Por Pedro Fernández Cuesta
Pedro Fernández Cuesta
JARDÍN VIDRIOSO
(Novela)
PRIMERA PARTE
I. Apertura y presentación
Protagonista de la novela:
“Él”, Carlos Alberto, joven más bien decadente; pelo corto, repeinado hacia atrás, ligero tupé, bigote fino muy cuidado.
Antagonista de la novela:
El “no él” (conjunto de ellos negativos) de Carlos Alberto.
Coprotagonista de la novela:
El “otro sí” (conjunto de ellos positivos) de Carlos Alberto.
1. Aquella mañana desayuné, como todos los días,
café con tostadas en mi jardín vidrioso.
¡Oh, irradiación furiosa de una rotación tranquila!
Qué efectiva resultaba aquella reflexión partidaria,
pero me fastidiaba el placer curioso del destino.
2. «Aquella mañana»,
había escrito Carlos Alberto,
«desayuné, como todos los días,
café con tostadas en mi jardín vidrioso.»
Luego a continuación venían un par de frases que,
por lo que fuera,
Carlos Alberto (casi con saña pero no)
había tachado con una rápida y nerviosa línea de lápiz.
Carlos Alberto escribía con pluma estilográfica.
Lo tachado decía:
«Luego, a través de las verjas del patio,
observé el paisaje con mis fabulosos anteojos prismáticos.
¡Oh, naturaleza de fábricas, técnica y axiomas!»
Aquella palabra, "anteojos",
estaba tachada además con tinta,
con una sola y breve línea.
[Es bien cierto que, aquella mañana,
Carlos Alberto había estado contemplando el paisaje
desde el mirador, con los prismáticos.
Pero la fábrica no puede ser vista ni aun en la imagen ampliada.
En cuanto al patio, es un espacio rodeado por altos muros
de piedra.]
Después de las frases tachadas
Carlos Alberto había escrito lo que sigue:
«Oh, irradiación furiosa de una rotación tranquila!
Qué efectiva resultaba aquella reflexión partidaria,
pero me fastidiaba el placer curioso del destino.»
3. Aquella mañana desayuné,
como todos los días,
café con tostadas en mi jardín vidrioso.
¡Oh, irradiación furiosa de una rotación tranquila!
Qué efectiva resultaba aquella reflexión partidaria,
pero me fastidiaba el placer curioso del destino.
Tenía setenta millones de precoces inquietudes
y una extraordinaria posesión de gravitante reposo.
Sí, era un placer desayunar en mi jardín vidrioso,
en mi patio espiritualizado de jóvenes árboles;
acaso porque me recordaba un específico sueño agradable,
o acaso porque mi cabeza estaba estupefacta
ante la proximidad del indígena.
4. Bien sabía Carlos Alberto
que no era él sino ella, que no era el indígena, sino la indígena. Carlos Alberto siempre había llamado así, indígena, al primitivo habitante de un país prístino. No al nativo manufacturado, ya que el propio Carlos Alberto, o sus padres («¡ay, Dios santo!, y pensar que mis padres...») eran también nativos. Carlos Alberto llamaba indígena al primigenio prístino habitante de un país, a ese que ya estaba ahí antes de irrumpir la civilización y todo los demás. Al aborigen de antes de la llegada de los desarrollados: de esos que van pegando bramidos en primera línea cual automóvil enaltecido. El abuelo de Carlos Alberto («¡ay!, cuándo el abuelo sepa lo de mis padres...») era, claro, otro indígena (¡pues lo acabará sabiendo!) de aquí, España, aunque no de aquí, Fermosa, pues él era natural de Salamanca, áurea ciudad do moraba el digno anciano de pro. Respecto a Wadelmás («mi fiel y excepcional mayordomo») su origen era incierto, pero tenía pinta de irlandés, incluso de sueco, pero él decía haber nacido aquí, en España, y no había por qué dudar de su palabra; luego había que considerarle, sí, ¿por qué no?, un indígena. Pero no en el sentido de salvaje, de prístino. Mas, ¿en qué se fundaba el salvajismo del indígena, o sea, de la indígena?: «en su pura mirada gauguiniana, prístina», pensó Carlos Alberto.
5. «Yo», escribió Carlos Alberto,
«siempre he llamado indígenas a los primitivos habitantes
de un país prístino.
Pero él fue, ya desde el primer día,
el indígena por excelencia.»
Luego supo Carlos Alberto que el joven aquel era,
en realidad,
aquella joven,
pasando de ser el indígena a ser la indígena.
Pero como se había prometido no rebelar aquel secreto,
incluso en sus íntimos escritos
Carlos Alberto continuó escribiendo el indígena.
6. Del diario de Carlos Alberto
«(...) Sí, era un placer desayunar
en mi jardín vidrioso,
en mi patio espiritualizado de jóvenes árboles;
acaso porque me recordaba un específico sueño agradable,
o acaso porque mi cabeza estaba estupefacta
ante la proximidad del indígena.
Mi jardín estaba verde en aquella época del año,
inabordable de tantas condiciones agradables y tristes.
Lo agradable se entiende, pero,
¿por qué lo triste?
¡ah!, ¿qué será entonces cuando llegue el otoño?
Tengo que decirle al mayordomo, pensé,
que no me ponga tanto azúcar en el café,
que no experimente con mi juicioso paladar.»
7. Wadelmás, el mayordomo,
es un hombre alto y atlético; y siempre le verás con la cabeza erguida. Siempre con ese gesto frío, entre afable y adusto. Su cabello ondulado, encanecido, otrora fue pelirrojo, y aún se nota... pero no en sus largas patillas, ya tan blancas.
8. Del diario de Carlos Alberto
«¿Qué hacer hoy?
¿Ir con mi bólido a ese simulacro de realidad que es la ciudad suave y fatal o quedarme aquí, suspirando sinceridad e hipocresía? Aquí, entre estas densas brumas de polvo secular que, por mucho que Wadelmás pase el plumero, no desaparecerán nunca. O eso espero.» Esto escribió Carlos Alberto a las cinco y veinte de la tarde. Luego, a eso de las seis y media, volvió a coger el diario: «Me inclino por lo primero. Iré con mi bólido a ese simulacro, a la pretendida realidad de la ciudad suave (quien dice suave, puede decir también pútrida), veré los transeúntes y el barullo y sentiré sobre mi materia el calor de la electricidad.»
9. Carlos Alberto
es un joven atildado, un auténtico dandi.
Cierto que a veces (la materia es débil), puede caer en faltas contra el refinamiento y la elegancia. Pero se arrepiente con toda su alma y trata de enmendarse.
Carlos Alberto es rico
Él posee una gran mansión
con espléndidos jardines románticos.
Como extensos fragmentos de un paraíso:
líricas florestas no por domésticas menos selváticas
pero dentro de un orden;
no incultas o vulgares
(ineducadas no, por Dios, eso nunca)
más sí un fingimiento selvático
(en el buen sentido de la palabra selva)
que fe, esperanza y caridad podrían infundir al ánima
si es que existe pues claro que existe
pero yo pensaba que se decía alma
no, pero también se dice ánima
¡ah! ¿sí?, pues bueno, no lo sabía.
Carlos Alberto no es rico
No posee una gran mansión
(¡Ah!)
con espléndidos jardines románticos.
Pero bueno, ¿en que quedamos?
Me explico: para el caso es como si todo le perteneciera
desde que sus padres tomaron las de Villadiego.
Como si huyeran de selváticos peligros
buscaron refugio
(la parejita aristocrática ¡qué escándalo!)
en aquella vil comuna
¿cómo no toma la policía cartas en el asunto?
¡maldito gurú estafador!
El padre y la madre de Carlos Alberto (ahí la aristocrática pareja ¡qué escándalo!) tienen ya sus añitos (tampoco tantos, si quieres te digo la edad del padre; decirte la de la madre sería una descortesía no, no, si no hace falta) pero se conservan muy bien «¡ah, el tiempo no pasa por vosotros, caramba, cada día estáis más jóvenes!» «¡hombre, tampoco exageres José Emilio!» «¡que sí, que sí!» y ¡siempre! tan elegantes (ya no) y distinguidos (ya tampoco). «Mis padres ya no son distinguidos.»
Es decir, que se lo dejaron todo a Carlos Alberto, pero legalmente todo sigue siendo de sus padres. Y nada obliga a Carlos Alberto a ocuparse de todo, pero lo hace. Es decir, no es que los padres hayan dejado la mansión y todo lo demás a Carlos Alberto en usufructo, pues lo que le dijeron a Carlos Alberto es que podía disfrutar de la mansión y todo lo demás o hacer lo que le diera la gana, pero sin ninguna condición, sin ninguna obligación; y así han demostrado ellos (los progenitores) ser unos irresponsables probados. «Pues sí.»
Otra cosa: Los padres de Carlos Alberto (o si se quiere Carlos Alberto) son ricos en el sentido de poseer bienes de considerable valor, pero en cuanto a dinero... «¿Aceptar la propuesta de esos buitres chismosos?»
Una forma de sacar dinero sería aceptar alguna de esas exclusivas, que más de una revista “del corazón” le proponen. Pero Carlos Alberto se resiste, pues sabe bien qué es lo que atrae a tales buitres: el escándalo del asunto de los padres. Mas las aves rapaces de la prensa no cejan en su empeño y siguen, erre que erre, con sus ofertas; por lo que Carlos Alberto teme que, o encuentra (¡y pronto!) un medio de sacar dinero, o acabará cediendo a los rapaces profesionales del chismorreo, por más que tema la adusta severa mirada censora de Wadelmás (que, como ya sabemos de sobra, se pronuncia Guadelmás). Y ni que decir tiene, ¡por supuesto!, que Wadelmás está terriblemente disgustado por el asunto de la insensata fuga de sus señores, y, por más que se esfuerza en no exteriorizar sus sentimientos reprimiendo los gestos y las palabras, por aquello de que la faz es el reflejo del alma o por algunas insinuaciones veladas exentas de malicia, que a veces se le escapaban, se le nota. De hecho, Carlos Alberto nunca había visto tan disgustado a Wadelmás. «Mi rígido y afectado Wadelmás está disgustado, y por más que quiere no puede ocultarlo.»
10. Ahora,
Julio Alberto contempla el muro de piedra, que dista de él unos diez metros escasos, con sus fabulosos prismáticos «mis fabulosos anteojos prismáticos» y, aunque enfoca al muro, él ve verjas; no una, dos o tres verjas, sino más: hay miríadas de verjas en su melancólica ánima (que es otra forma de decir alma ya lo sé).
11. En aquel momento
Carlos Alberto contemplaba el muro de piedra, que distaba de él unos diez metros escasos, con sus inverosímiles prismáticos «mis fabulosos anteojos prismáticos» y, aunque enfocaba al muro, él veía verjas. No una, dos o tres verjas contemplaba, sino más: ¡miríadas de verjas!, y toda una naturaleza de fábricas, técnica y axiomas.
¡Oh, naturaleza de fábricas, técnica y axiomas!
¡Oh, irradiación furiosa de una rotación tranquila!
12. ¿Pero es que no veis
a Carlos Alberto contemplando el muro de piedra? ¡Oh, sí, claro que lo veis, vaya que sí lo veis! ¿Y es que no veis cómo él lo hace con sus fabulosos anteojos prismáticos que le regalara su tía Eusebia? Sí, lo veis; a través de mis ficciones lo imagináis: allí, con los prismáticos que le regalara su tía Eusebia, a unos diez metros del muro (escasos), contemplando miríadas de verjas lánguidamente abstraído, firmes sus pies en el pavimento de mármol. «Hay que pisar firme, siempre pisar firme», como suele decir la tía Eusebia «y a Wadelmás también se lo he oído decir»; ¡y toda una naturaleza de fábricas, técnica y axiomas! «pero me fastidia el placer curioso del destino».
13. Le fastidiaba el placer curioso
del destino: Aquel charquito violáceo y último, apenas sí aromatizado por las albricias de la aurora: por un palpitar de sueños crepusculares, mórbidos; sueños que abrasan temblores no por turbios menos graves.
14. Del destino último
que se reflejaba en el charquito en la tarde triste, que de una felicidad intensa llenaba el ánima; aquella tarde sobre todo, aunque hubo otras parecidas. Pero aquella tarde el ánima que es otra forma de decir el alma de Carlos Alberto como nunca se había inflamado, ahí llama ya nunca exangüe y brumosa o tal vez sí ¡ay!, pero no en aquel preciso momento. Araña expulsada, esa que transmuta vergel en páramo. Y no había un charquito sino muchos. Era aquella la tarde de los charquitos.
La conoció la tarde de los charquitos, la tarde que la lluvia recién ida había purificado; «¡malditos charcos!», dijo uno que pasaba hecho ya sopa, y ellos rieron, porque para ellos, que se acababan de conocer, no eran charcos, sino los charquitos, y no importaba estar mojados por la lluvia de antes. Y no se pensaba en catarritos o catarrazos o algo peor que uno pudiera pillar; no pasaba nada porque no se pensaba en ello, primero porque eran jóvenes, y luego porque habían conectado tanto, tanto...
Ella se llamaba Emasinca.
Pero eso fue hace mucho tiempo... hace lo menos cinco años.
¡Cinco años! Para los jóvenes cinco años son una eternidad.
15. Entonces un pensamiento terrible asaltó a Carlos Alberto:
«¡Emasinca!». Súbitamente reparó en ello, y ello le escalofrió:
«Me había olvidado de Emasinca.»
Sí, de pronto el se dio cuenta de que se había olvidado de su novia.
«Porque Emasinca era mi novia... ¿o no?
¡Sí!, claro que era mi novia! pero... ¿por qué hablo en pasado?
¡Ella es mi novia! pero... ¿hace cuánto que no la veo?
¿Hace cuánto que no la llamo?»
¡Mucho tiempo! No era capaz de recordar cuánto, pero desde luego hacía mucho. Pero el caso es que ella tampoco había intentado ponerse en contacto con él. «Por lo menos tiene que hacer ya un año que no la veo», pensó alarmado, «¿cómo puede haberme ocurrido esto?; a ver si es que lo habíamos dejado... ¡no, no lo habíamos dejado!, lo que pasa es que tengo tantas cosas en la cabeza...»
Sí, aquel joven tenía muchas cosas en la cabeza, ¡Oh, cuántas cosas habían acontecido últimamente, cuántas novedades! Para empezar, lo del asunto de sus padres, aquella fuga tan inesperada de aquellos dos irresponsables. Y después, ¡y tal vez era esto lo que a él más le había trastornado!, había estado lo del descubrimiento sorprendente: él era ella. Y en el momento que lo supo se enamoró de ella. «¡Pero ella no sabe nada de mi amor! Y, sin embargo, me he permitido el lujito de olvidarme de Emasinca, ¡de mi novia!. E incluso cuando ayer fui a la ciudad no se me ocurrió ir a verla... pero, ¿cómo se me iba a ocurrir ir a verla... ¡si hasta me había olvidado de que tenía novia!? ¡ay, Dios mío!» Se encontraba él en uno de los pisos altos de la mansión, en el gabinete de lectura, donde sus padres organizaban las tertulias. Por la claraboya del techo entraba una delicada luz mortecina. Carlos Alberto procuraba no usar la luz eléctrica por el ahorro... pero no sólo por eso. Las penumbras se le antojaban protectoras. «Estas penumbras se me antojan protectoras.» Se levantó bruscamente. Antes de que le asaltara aquel pensamiento «¡Emasinca!» encontrábase leyendo plácidamente, apoyado el libro vetusto sobre el tablero del noble y no menos vetusto escritorio.
Carlos Alberto se levantó bruscamente
y avanzó con rapidez hacia el teléfono,
situado al otro extremo de la estancia.
Mas a medio camino de se detuvo en seco.
«No recuerdo el número de Emasinca,
y lo que es peor:
no recuerdo donde lo tengo anotado.»
16. Ahora, ya en su habitación
(su querida habitación, ¡su templo!, el sagrado relicario de su memoria personal), Carlos Alberto busca, con anhelante impaciencia y un poco (o algo más) de desesperación, su agenda de teléfonos, porque ahora sí recuerda perfectamente ¡perfectamente! que él tiene, sí, una agenda de teléfonos, donde tiene que estar anotado el número de ella. Y, mientras busca, los recuerdos van aflorando a su mente... «¡sí, claro que sí!»
17. Y de lo que ya no cabía la menor duda
era de una cosa: Emasinca era su novia, «sí», pues ciertos recuerdos, que se mostraban ya nítidos, ciertos recuerdos que, por lo vívidos que eran y por el carácter que detentaban le hacían sonrojar por momentos, no dejaban espacio a la especulación. Emasinca era su novia «¡sí!» como dos más dos suman cuatro o el todo es mayor que la parte. Pero también estaba empezando a recordar, sí, que discutía mucho con ella «claro, al fin y al cabo somos novios, aunque es verdad que la última discusión fue un poco subidita... No subida de tono, eso no, pero sí de un rojo pasional y perturbador, pues cuando la pasión irrumpe el rojo lo inunda todo. Roja pasión que no viene sola, pues le acompañan sus fieles secuaces: la ira, el odio, el egoísmo, los celos y todos los demás (son muchos), montando entre todos (¡menuda caterva!) una alegoría de tres pares de narices. Claro que, pensándolo bien, ¿cómo es posible amar sin pasión? ¡Ay!, acaso la roja pasión no sea tan mala si se sabe dosificar bien como el ajenjo, dejando caer el agua, gota a gota, sobre el dulce terrón.
18. «No encontré la agenda de los teléfonos,
y soy incapaz de recordar su número. Pero sé donde vive, sí, creo que no me resultaría difícil dar con el portal de su casa, pero no recuerdo bien es si ella vivía en el segundo o... Será cuestión de preguntar a la portera (recuerdo que había una portera, y que me caía mal, aunque no sé por qué; bueno, supongo que no hay que tener un motivo para que a uno le caiga mal una portera).»
19. Hablando con Wadelmás (al otro día):
preparando la partida a la pretendida realidad de la ciudad suave.
–No te preocupes si no vengo a comer, Wadelmás.
El mayordomo no pudo disimular un gesto de contrariedad.
–Si a las dos y media no he llegado, os coméis vosotros lo que sea.
–¿Lo que sea, señor?
–Sí, lo que hayáis preparado para mí, lo coméis vosotros.
–De uno de nosotros quería hablarle, señor.
Ese nosotros se refería a los sirvientes.
–Del in... de Anselmo quería hablarle –continuó Wadelmás.
–Dime, Wadelmás.
–Parece que pretende dormir generosamente durante el resto...
(empezó a decir el mayordomo)
–... de esta absoluta y sensible mañana estival.
(dijo Carlos Alberto, terminando a su manera la frase del otro.)
Para luego exclamar con vehemencia:
–¡Pues que disfrute setenta grados de fastidio en su lecho!
Al oír aquella estrambótica contestación,
el mayordomo no sintió ninguna extrañeza, ni apenas vergüenza ajena, porque ya estaba acostumbrado a la pintoresca forma de expresarse de Carlos Alberto. Y además, tampoco podía decirse que Wadelmás fuera la naturalidad personificada hablando.
–Perdona mi intemperancia, Wadelmás, quizá la madrugada...
[el mayordomo escuchaba impertérrito las palabras de su señor.]
–... (el alba amaneció hoy exquisita)
[el mayordomo escuchaba imperturbable las palabras de su señor.]
–...embrujó mi alma espontánea y pura.
Resulta inexplicable, lector; milagroso si quieres:
Wabelmás seguía incólume, sin apenas sentir vergüenza ajena.
–Sí, es una teoría –contestó el fiel Wadelmás.
–Puede ser, elegante Wadelmás
(dijo Carlos Alberto, regalando al mayordomo una franca sonrisa)
[sonrisa no por melíflua menos varonil]
–...por lo pronto –siguió Carlos Alberto–, prepararé mi bólido,
[su bólido era su automóvil]
–...ese grisáceo capricho de mi alma,
[el mayordomo escuchaba impertérrito]
–...y marcharé discreto y afeitado a la suave ciudad
[el mayordomo escuchaba imperturbable]
–...de realidad pretendida. ¡Ah, te preguntarás
que mundana idea me traigo hoy entre manos! Pues sí, creo que lo has adivinado... [Wadelmás ni decía nada ni pensaba en nada ni adivinaba nada] «y si no lo has adivinado», prosiguió Carlos Alberto, «yo te lo digo: ¡Emasinca!» Al oír aquel nombre, Wadelmás no pudo evitar un gesto de perplejidad y disgusto. «¿Emasinca?», pensó el mayordomo. «¡Anda, Wadelmás!», dijo (con cierta impaciencia imperativa) Carlos Alberto, «no te hagas de rogar y pon ya a punto mi bólido con esa tu sabiduría mecánica.»
20. Se retiró Wadelmás y yo quedé allí, pensatuvo
y anhelante. En mi ánima, un lobo no tan dócil aullaba una melodía no tan jovial, y, aunque trataba de engañarme, todo era, pues me lo decía una angustia nada baladí, cual un gran crepúsculo enmarañado. Como insidiosas telas mal tejidas, en lo técnico, por silentes, lunáticas arañas cafeinómanas.
21. Y ya el bólido avanzaba veloz por la carretera,
dejando tras de sí una estela de exhibicionismo embravecido. Recta o curva, la vía se precipitaba sobre mí.
Yo bebía sediento los kilómetros.
***
II. A la busca de la olvidada
1. «¡Oh, inexpresiva carretera, que te prolongas
impávida y gris, conturbando el paisaje que atraviesas! ¡Oh, pavorosa vía cicatriz que atraviesas un paisaje delicioso en esta mañana estival que ya declina! ¡Oh, aire que despeinas mi cabello! ¡Oh, yo, conductor al volante de este automóvil descapotado y bravío que hace bramar al viento con pujanza!»
El paisaje semoviente embellecía,
con su mística estética impresionista, el ánima conturbada de Carlos Alberto. «¡Oh, cuánta melancolía sin cuento! Pero dime, ¡oh, ánima!, ¿en verdad te lamentas por Emasinca? ¿No será por ventura la otra, la encubierta aborigen, quién más te estremece? ¿No será acaso por ella por quien tú y yo, ánima, temblamos al unísono? ¿No es por ella por quién yo, compendio de cuerpo y alma, tiemblo?»
De esta forma, poesía y filosofía fundíanse
en las elucubraciones de Carlos Alberto, mientras su descapotado auto avanzaba veloz, veloz, veloz...
(Respetando, eso sí, las normas de circulación.)
Veloz, veloz, veloz...
por la carretera inexpresiva, impávida: alma (o ánima) que vuelve su rostro ¿cuándo? en esta corriente del tiempo fluir en mudanza ahora entonces ya nunca siempre en la vereda semoviente que se quiebra o se ondula tropel de palabras lumbre o hielo y todas las penas lágrimas suspiros ¿para qué? sólo un sendero tal vez hacia un abismo buitres, salamandras, murciélagos o ¿por qué no? el místico ensueño azul por supuesto y tal vez la humilde ofrenda pero este camino eterno es tan breve... no, no caves tan pronto, aún es temprano, aún es ahora, hoy, ¡hoy! mañana ya veremos.
2. Antes de llegar a la ciudad
de realidad pretendida, a la ciudad suave, ves correr hacia el auto muy raudas, semovientes, las fábricas obscuras, no tan místicas, sus altas chimeneas hola, qué tal y al punto ya hasta luego: en el retrovisor las ves, y ves que ya se alejan.
3. Luego verás los prados, los campos
con vacas que tanto te alegraban ¡y que te siguen alegrando, diantres! ¡venga, anima esa cara!
4. «Volverá a descansar mi anatomía,
sí, en aquel confortable sillón en el domicilio de Emasinca. Ella estará junto a mí, de pie. De sus estimulantes labios tal vez, lo más probable, fluirán apresuradas e irreflexivas palabras, y mi mente, quizá distante, de seguro no captará su significado. ¡Ay, femenil y alocada Emasinca! ¡Ay, alegre, cariñosa y tal vez inconstante Emasinca! Tus bellos ojos despiden chispas que, cual gotitas de rocío, refrescan mi ánima por los siglos de los siglos amén aunque sólo sea por un ratito me conformo. ¿Y no es tu cuerpo gentil un paraíso que invita a un vivir jubiloso, a una vida a cuerpo gentil precisamente ya por siempre el buen tiempo como ahora? Pero ¡ay! en ocasiones me resultas un poquito pagana e irritante, y es entonces cuando provocas el más antieufórico tedio en mi ánima. Pero... ¡ah!, ¡eres tan gallarda y hermosa!»
5. No hay desventura en la geometría
y en los números, y cuando aún humean las fábricas allí al pasar en el retrovisor y en el recuerdo último ya el apresuramiento, esos ciclistas podían tener más cuidado, leche CONSTRUCCIONES MECÁNICAS bueno, ya estoy en la ciudad PERFUMERÍA DARÍO he aquí la vida a borbotones LIBRERÍA TOMÁS un ómnibus que pasa CAFÉ SUIZO un aviso sonoro: una bocina impaciente, ¡ah!, cómo les gusta darle al claxon BANCO pues bueno, ya estoy aquí, ya en este delirio abstracto que ensordece y lustra, que borra COPRO ORO todo pesar TALLER la vida ahí a borbotones, las multitudes a todas horas agolpándose, los turistas, congestiones, atascos, bocinas, los conductores impacientes... Demasiados vehículos, y el otro día leí que la contaminación estaba aumentando de forma alarmante, si el alcalde no hace nada... Un aviso sonoro: una bocina ¡ya va, ya va, tranquilo, qué prisa tienen todos! ya estás aquí, ya en el delirio abstracto que ensordece. La plaza de Reja y Frutos (el excelso prócer) bien, ahora hay que coger la calle Bajada Vieja, pronto veré a Emasinca, si es que está en casa, si es que existe, ya no sé lo que me digo, bueno, bueno... pase, pase, hay que respetar siempre los pasos de cebra, bueno, ¡adelante!... estas son calles más tranquilas Calle del Arco Nuevo ahora tengo demasiado calor, hasta en camisa Calle del Arco Nuevo ¿Calle del Arco Nuevo? (el corazón palpita con fuerza: emoción intensa) ¡Calle del Arco Nuevo!, la calle de Emasinca, ¡ya estás aquí!, tranquilo... (pasa el semoviente portal en dirección opuesta al avance del bólido: velocidad moderada) ¡Ah, el portal de Emasinca! y allí está la portera... a ver ahora donde aparco...
6. No hay desventura en la geometría
y en los números, pero cuando un portal semoviente (¡ah!, tranquilo, tranquilo...) en dirección opuesta (velocidad moderada) esplende y de qué modo (mas no la luna de plata, ni el sol, este que pasa: di la luna de oro) aligeras, buscas aparcamiento, la vil penumbra regada por las lágrimas grises de los barrenderos, despreciando otras joyas, amores imposibles, indígenas grandezas, folclores de bohemia o anhelos que se abren tal vez al infinito ¿te acuerdas? ¡Ahora sólo Emasinca! Ahora sólo la tierra mestizada de oro, del fulgor de la luna aún siempre tan temprano. ¡No! ¡Despierta! hay que aparcar, ¡aparca!, que el fulgor de un portal resucitado no ose coquetear con las hermosuras y bullicios primaverales al menos hasta que hayas aparcado ¡eh mira, allí hay un hueco! ¡ah, pues sí! y el calor te recuerda que es verano.
7. Ahora, endiamantada el alma,
endiamantado el corazón romántico y, junto con el alma (o ánima) y el corazón romántico, también endiamantado el cuerpo no materia todo, Carlos Alberto, allí frente al portal de Emasinca, ser ahí él, aguarda. Aguarda (frente al portal de Emasinca) en el Parque Nuevo. Y, entre el joven y el portal: escasos transeúntes caminando en uno u otro sentido por esta acera de árboles tan frondosos; pavimentada y umbría vereda contigua a la frondosidad donde él espera y desde donde él puede ver, tras la acera umbría, la carretera con su tráfico escaso; y luego la acera de enfrente, gemela a su opuesta: los transeúntes escasos, los árboles frondosos... Acera, cual su opuesta, muy bien pavimentada.
8. Pero, ¿por qué espera Carlos Alberto?
o ¿a qué espera Carlos Alberto? o ¿por qué el momento del encuentro dilata? Quizá recuerdos olvidados, bloqueados, pugnan por restablecer la comunicación cortada, y, aunque por ahora sólo se manifiestan cual sordos sonidos ininteligibles, cual borrosas imágenes incomprensibles, son potencias que aterran, que espantan. No, no es eso, lo que ocurre es que no recuerdo cual era el piso de Emasinca, (¡mi novia querida!), aunque quizá fuera el segundo, el segundo, creo; pero no estoy seguro. Mira, vuelve a salir la portera y, con una cesta vacía, del portal se aleja poco a poco, lentamente con su paso cansino... ¡Corre, aprovecha la ocasión, Carlos Alberto! Sí, pero... ¿qué ocasión? Carlos Alberto no recuerda el piso donde ella vive; no, no está seguro. Prefiero esperar a que regrese la portera de hacer la compra y preguntar que así se llega a Roma. Pero... ¿qué cara pondrá la portera cuando le pregunte por el piso de mi novia, yo, que tantas veces he entrado y he salido de ese piso, solo o en compañía de Emasinca? Pensará que quiero tomarle el pelo, pues nadie en su sano juicio olvida el piso de su novia, mas... ¿a mí qué me importa lo que piense la portera? Sí, lo mejor será esperar a que regrese con la compra; y quién sabe?, quizá entretanto aparezca Emasinca. Desde luego, no sería extraño, pues ya se va acercando la hora de comer. Aunque también es posible que Emasinca esté en casa, y que en cualquier momento zas aparezca en el portal; puede que ella tenga también que comprar algo... Pan para la comida (por ejemplo), seguramente un colón, o tal vez una libreta, aunque creo recordar que ella prefería el colón; en cambio, no le gustaba la barra, de eso sí que estoy seguro. En cualquier caso, Carlos Alberto ha decidido quedarse esperando. En cualquier caso, a Emasinca o a la otra, Carlos Alberto está esperando ahora, en un rústico banco de madera del parque, a la sombra de un frondoso árbol.
Los minutos pasan lentamente, lentamente...
Tres cuartos de hora esperando y ni portera, ni Emasinca ni nada.
9. El joven Carlos Alberto, hasta en camisa
(como ahora, ahí sentado en el banco del parque) resulta un hombre de gran elegancia (clásica elegancia: nunca gustó de extravagancias). Por el calor ha prescindido de la chaqueta de verano (que ha quedado en el automóvil) pero no de la corbata. Hace calor, sí, pero Carlos Alberto no suda (Carlos Alberto no suele sudar). Carlos Alberto es un hombre bien parecido, alto, delgado, atlético, atractivo. Suele llevar sombrero, aunque hoy no se estile (su sombrero también quedó en el automóvil). Carlos Alberto lleva peinado hacia atrás, y con ligero tupé, su cabello lustroso, cual antiguo galán hollywoodiense. Lleva Carlos Alberto un bigotillo fino muy cuidado, a lo Errol Flynn. Una chica muy culta que conoció, Coralia (¿o era Copelia, como la muñeca mecánica?), le dijo que se parecía a Errol Flynn (era una joven cinéfila que conoció en un cineclub; entonces Carlos Alberto aún no estaba con Emasinca; estaba libre, y Coralia y él, que se entendían bien, se vieron unos cuantos días como amigos, con otra gente de su edad, y después, por lo que fuera, dejaron de verse, se perdieron la pista). ¿Errol Flynn?, en realidad yo creo que no, que los rasgos de Carlos Alberto poco tienen que ver con los de tal galán. Más me recuerdan a los de Rodolfo Valentino (que no llevaba bigote, pero no hay que dejarse engañar por lo del bigote). Y más todavía recuerdan sus rasgos, en realidad, a los de John Gilbert; pero la nariz, eso sí, es mucho más como la de Valentino; ahora bien, la mirada de Carlos Alberto nada tiene que ver con la de Valentino y sí mucho (¡ah!, ¿no os habéis fijado?) con la de John Gilbert; y un poco también, ahora que lo pienso, recuerda la mirada de Carlos Alberto a la de William Powell. En este momento mucho, por ejemplo.
Sí, de tanto esperar, ¿no lo veis?,
a Carlos Alberto se le está poniendo cara
de William Powell.
O, mejor dicho, se le están poniendo ojos
de William Powell.
10. En el parque aquel había un kiosco,
es decir, un puesto de revistas; bueno, de revistas y golosinas y otras zarandajas. Desde donde estaba ahí en aquel banco de madera observó Carlos Alberto cómo el kiosquero preparaba las cosas con intención de cerrar; ¡claro, porque ya era la hora de comer! A grandes zancadas, se acercó Carlos Alberto al kiosco, comprando un ejemplar de Hermes de Hispañia y cinco caramelos tofe bombón (para matar el hambre: desde que dejó de fumar, Carlos Alberto se había aficionado a los tofes. Los de nata o los de sabor café no estaban nada mal, pero prefería los tofe bombón).
Hojeó el periódico sin poder concentrarse en nada, mirando a cada momento hacia el portal de Emasinca.
Y, por su parte, tras aquellas consideraciones, y teniendo en cuenta que el consumo total (bienes y servicios) constituye dólares la deuda el ingreso nacional pero sin llegar aún a ningún tipo de compromiso pero Emasinca y yo sí estamos comprometidos pues somos novios, la portera es testigo y por más que «Bikini» clásico se sentó a conversar con moda baño (reunión de índole internacional) PAGAMOS POR SU TELEVISOR VIEJO ¿dónde estará Emasinca, y por qué no regresa la portera? PARA NIÑAS Y NIÑOS: VUELTA AL COLEGIO ¿ya?, pero si todavía estamos en agosto... pobres niños y parece que continúan las huelgas y los problemas; sí, las cosas parecen estar realmente mal, y los agitadores se aprovechan, claro está EXIGIMOS: Residencia en la capital y vehículo propio; edad máxima, treinta y cinco años; estudios nivel bachiller, dedicación total. OFRECEMOS: Elevadas comisiones, incentivos y dádivas sólo les falta decir carantoñas, ¿qué cara pondría mi excelso Wadelmás si le digo que he decidido trabajar de vendedor a comisión?, pero lo cierto es que tendría que buscar algún trabajo, a ver, a ver... SECRETARIA BILINGÜE para agencia de publicaciones juveniles; se requiere: perfecto dominio del inglés, tanto hablado como escrito muy bien esto lo controlo TAQUIMECANOGRAFÍA en inglés y español esto ya no lo controlo... se ofrece: trabajo interesante, moderna oficina ¡ajá! y ambiente afable y cordial ¡ajajá! JORNADAS INTENSIVAS ¡buf!, quita, quita... Retribución a conveniencia, según aptitudes... Incorporación inmediata y bla bla bla... Bueno, si no fuera por la taquimecanografía y esas jornadas intensivas estaría dispuesto a afeitarme el bigote... ¡y a travestirme como la indígena! MECÁNICO, BUEN SUELDO A CONVENIR ¡ah! esto para Wadelmás, para el día en que se canse de mí, a ver, a ver... ¡hombre, una noticia de caza! EN TREINTAIDÓS BATIDAS SÓLO MATARON UN LOBO ¡el chápiro esmeralda nos asista!, qué mala puntería. El hombre, el lobo y la lucha que nunca cesará. SEMANA FINAL DE REBAJAS Liquidamos todas nuestras existencias de verano ¡ÚLTIMA OPORTUNIDAD! por cierto qué hoy es domingo ¡Venga ya al BOOM de las ofertas inverosímiles! y todavía no he ido a misa, y además ¡GRAN VENTA DE RESTOS, SOBRAS Y RETAZOS! ya me cansa esta espera... ¡anda la osa!, esto sí que no me lo esperaba ¡una reposición esperada! UN REMOLQUE LARGUÍSIMO Lucille Ball y Desi Arnaz Metro Goldwyn Mayer
El diario preferido de Carlos Alberto: Hermes de Hispañia.
Se decía que era un diario masón pero Carlos Alberto no lo creía.
Lo dudo mucho... sí, me plació el filme cuando lo visioné otrora.
¡una reposición esperada! ¿masón? me choca, pensó Carlos Alberto.
UN REMOLQUE LARGUÍSIMO, de Vicente Minnelli
BOOM Vuelta al cole en agosto, ¡qué desfachatez!
Al Hermes sólo le falta un suplemento dominical como el del ABC.
Y me suena que dijeron que pronto tendrían suplemento en color.
Muy pronto tendremos suplemento a todo color, sí, eso dijeron.
Carlos Alberto allí hojeando el Hermes y era domingo.
Domingo 15 de agosto de 1971.
Ahora, al menos, los domingos el Hermes mete algo de color.
Los domingos mete algo de color, sobre todo en los anuncios.
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Adquiera también, para escuchar su música favorita y sus lecciones, este magnífico TOCADISCOS ESTÉREO, portátil y transistorizado.
Luis Alberto consultó su Omega de oro macizo.
–¡Qué tarde ya! –exclamó in mente Carlos Alberto.
En su muñeca la máquina precisa, el Omega de oro.
«Nobleza obliga», pensó Carlos Alberto.
¡Diantre! ¡Un Pegaso Z-102! ¡Mi bólido!, y muy bien dibujado...
Esta ilustración la tengo que recortar para mi álbum.
¡Ah!, parece quimérico
que automóvil de los años cincuenta pueda seguir feliz y lozano, con todo su vigor juvenil, a estas alturas; mas sé que el autor del milagro es Wadelmás; verdad es que no sé qué haría sin este hombre brillante, que nunca podrá ser loado con justicia. Wadelmás, ¡tú!, que del mítico equino galopante alas invisibles incólumes mantienes. De esta guisa se expresaba in mente, nobleza obliga, Carlos Alberto.
EL CINE DE AHORA AQUÍ
Filmes del pasado año que podremos ver pronto en nuestra ciudad.
...los filmes de 1970 que veremos en el año en curso.
Mas vale tarde que nunca, piensa Carlos Alberto.
Un, dos tres, al escondite inglés
Íñigo y conjuntos de música ligera, pudiera ser un film curioso.
El hombre orquesta, con Louis de Funès
¡Ah, este cómico tan aplaudido!, dicen que te tronchas con él.
El conde Drácula, de Jesús Franco
Esta ya se sabe, de susto y sobresalto.
Cuando los dinosaurios dominaban la tierra
Sí, sí... esta película tiene que ser algo grande.
Rio Lobo, el último gran western de John Wayne y Howard Hawks
¡Vaya!, el inífugo Juanito Vainas sigue haciendo de las suyas.
Regreso al planeta de los simios, la más esperada segunda parte.
Con James Franciscus y la actuación especial de Charlton Heston.
Esta no me la quiero perder, y no lleva mala crítica.
Hermes de Hispañia diario local instructivo y constructivo
Director: Marqués de Guindo y Rosas
Se dijo que era raro, meditó Carlos Alberto,
que un diario local se pusiera España, como queriendo abarcar el todo desde la parte, y encima, para más inri, en vez de España o Hispania, esta extraña mezcla, Hispañia. Se habló de falta de respeto al nombre patrio, pero el de Guindo y Rosas justificó filológicamente tal nombre y no se le vetó el invento; pero al de sangre azul y azulado espíritu se le colgó (¡ay!) el sambenito de masón; ¡ah!, pobre marqués de Guindo y Rosas. Mas no sé por que compadezco a un hombre que no es capaz de atar corto a sus rapaces reporteros de pico corvo.
A ver que echan hoy en el CINELUX...
El último cuplé,
una de las películas más glamurosas del cine patrio. Reposición. Sarita Montiel. La obra cumbre de Juan de Orduña. Esta tiene que ser buena, desde luego; buena y profunda... de este director he oído decir que es un genio.
CONTINUAS: PALACIO DEL CINEMA ¡¡Refrigerado!!
Dos estrenos por el mismo precio: Españolas en París y Varietés ¡¡en España se hace cine de calidad!! Pues si es cine de calidad, y sólo por ver a Laura Valenzuela o a Sarita Montiel... Y, desde el domingo que viene: ¡dos magníficas reposiciones!: del productor de King Kong, La diosa de fuego + Cleopatra, del gran Cecil B. de Mille, ¡con la mítica Claudette Colbert!
USTED MISMO PUEDE CORTARSE EL CABELLO
CORTA CABELLO CAPLIS
«¡Regresa la portera!», exclamó in mente de súbito Carlos Alberto.
***
III. La portera
1. En efecto, con su paso cansino
la portera ya regresaba. Y, después de tanto tiempo, no parecía traer en la cesta mucho más que la barra de pan que de ella sobresalía. Bueno, ¿y a mí qué me importa?, el caso es que ahí está la portera, pensó.
2. Y, ni corto ni perezoso,
largos pasos atléticos, Carlos Alberto (tuvo suerte de que el semáforo estuviera a su favor) ya estaba atravesando la carretera con presteza. Y apenas la portera había llegado al portal cuando Carlos Alberto, algo jadeante, abordó a la susodicha con cierta brusquedad (no exenta de modales).
3. Habló él: «Perdone,
muy buenos días... ya casi tardes... tenga usted. Disculpe la molestia, ¿sabe si la señorita Emasinca se encuentra en casa?»
4. La mujeruca
no contestó de inmediato, limitándose a mirar de arriba abajo a Carlos Alberto. Y era difícil saber si el rostro ajado de ella revelaba sorpresa, desdén, lástima o qué. Dijo por fin la portera: «No pensé que volvería a verle por aquí, señorito Carlos Alberto».
5. O sea,
que la portera se acordaba perfectamente de él, de su nombre. «Pero señorito Carlos Alberto», continuó diciendo la mujer (y ahora no cabía duda, su expresión era de lástima), «usted tiene que saber... que ella ya no vive aquí desde que...» «Desde que», se repitió mentalmente Carlos Alberto. Y sintió como un tumulto de recuerdos reprimidos que, desde alguna oscura sima infernal de su cerebro, trataban de salir a la luz. Y, cual relámpago, un temblequeo recorrió su cuerpo todo su ánima alma toda en blanco y negro y color (refrigerada) no apta ¡el acontecimiento del año! primer premio en el Festival Internacional de... ...desde que... «...se casó», terminó de decir la portera. «¡¡Se casó!!», clamó in mente Carlos Alberto, resonando, retumbando, repitiéndose en eco interior la desgarrada voz vehemente ahí en las amplias estancias, en los amplios corredores de la insondable mansión de su cerebro; y entonces ya nada pudo frenar a aquellas hordas reprimidas de recuerdos que, con salvaje estruendo (alaridos o las desprendidas cadenas arrastradas) avanzando a trompicones, ineducados en demasía, irrumpieron aquí, allá y acullá embarullándolo todo ¡Leviatán! ¡LEVIATÁN! sí embarullándolo todo cosechas destruidas las turbas en tumulto embarullándolo todo ¿Quién te envía? las jarras derramando, ¡rompiendo las vajillas! ese Big Bang terrible tal vez todo es posible una danza en un templo sin vestidos de marca en la noche borracha ¿Quién te envía? muertos los timoneles y rezar ya no basta, pues las bestias devoran plegarias ¿Quién te envía? mientras la niebla densa de Londres por ejemplo se regocija di, ¿quién te envía? con el ocultamiento de esa avalancha humana que protege y anula. ¡Oh, ajada portera!, di, ¿quién te envía?, ¿de qué inframundano ámbito procedes?, di, ¿quién con tan nefando mensaje te envía? «¡¡Se casó!!»: ¡Oh!, ya la ciudad toda se desmorona en torno mío, ¡oh!, ya la otrora (¡hace un segundo!) sólida tierra se abre bajo mis pies en grietas espantosas. Ya las carcajadas de los moradores del infierno ensordecen mis sentidos. Atónito yo al recibir el cruel recado; impávido impasible inexpresivo exteriormente yo, mas mi alma grita con tal ira, que colijo que incluso en las más distantes galaxias ha de oírse mi planto. ¡Oh!, mi ánima es ahora un voraz agujero negro que pugna por absorber el universo todo.
Todas estas ocurrencias verbales
y algunas más habitaron de súbito en la mente de Carlos Alberto, pero toda esta verborrea fue discurso mental que duró sólo pocos segundos. Luego Carlos Alberto, más tranquilo ya aunque un poco empalidecido, dijo a la portera: «Claro... claro que sé que Emasinca ya no vive aquí... desde que se casó, ¿cómo no habría de saberlo?, tan sólo preguntaba... bueno... por preguntar... nunca se sabe».
La mujeruca sonrió entonces
con cierta picardía, moviendo lentamente la cabeza; primero de arriba abajo y luego, acto seguido, con aún más pícara expresión, de un lado a otro. «Pues nada, señora... no quiero entretenerla más; me alegra que siga usted bien... que pase usted una buena tarde dominical.» Por toda respuesta, la portera se limitó a emitir una risita queda.
Luego, cuando Carlos Alberto
(un tanto aturdido y confuso) ya cruzaba el paso de cebra (suerte tuvo, pues el semáforo estaba a su favor) la mujeruca, forzando al límite su vocecilla aguda para ser oída pese al ruido de la calle, le gritó: «¡¡Que pase usted también una buena tarde, señorito Carlos Alberto, y cuídese mucho!!»
«Emasinca ya no me pertenece», pensó con tristeza Carlos Alberto.
***
IV. La vida sigue
1. Quizá le costaba reconocer
a Carlos Alberto que Emasinca ya no le pertenecía, y que (¡al fin y al cabo!) no había sido en su vida sino un tenue paréntesis; o un sueño, si se quiere. Un sueño o una novela de amor con un triste final. Final que quizá como autodefensa, como protección de su salud psíquica (psique psyché significa alma), había conseguido abolir para su yo consciente.
2. Pero la vida seguía;
concretamente seguía la tarde del domingo. A ratos en coche, andando a ratos, Carlos Alberto pasaría la tarde dominical de agosto yendo por la ciudad de aquí para allá.
3. Lo primero que hizo
Carlos Alberto (tras el encuentro con la portera) fue buscar restaurante para comer; por allí había un par de restaurantes que estaban bien, mas en ambos él había estado retornaban los recuerdos con Emasinca. Así que tomó el coche y buscó en otra zona. En la Plaza del Marqués se ve el monumento al insigne general Coralinas, que se alza en el centro de un jardín de variopintas flores y esbeltos álamos. En un restaurante de esta plaza comió Carlos Alberto. La Plaza del Marqués no es grande, y se llama así por Coralinas, marqués además de general (se decía que el general Coralinas fue masón como Prim, y también decíase lo opuesto y la mayoría no decía ni mu). Pues eso, que en un modesto restaurante de esta modesta plaza fue donde comió Carlos Alberto (aquel domingo 15 de agosto de 1971 tras el encuentro con la portera) porque «¡ay!» la vida seguía, ya que, «en su corretear lúdico, las palabras hueras no han de poder hacer de mí un melindroso, preso de una beldad aún perfume presente», porque si bien la sima acobarda, por el abuso de ese color o no color, el negro, cierto es también que existen bebedizos o embrujos no lejanos: «la indígena navega por mi savia, por mi azulenca savia se desliza: nave (la suya) cargada de perfumes y ebriedades, pero nada de almizcle: ¡oh, por Dios dejad en paz al almizclero, que trisque en altas rocas el codiciado cérvido!». ¿O quizás la ironía ha de ser, cual no útil piedra áurea o inútil diamante tallado de brillos venenosos, patrimonio exclusivo de místicos ateos quejumbrando? ¡No!, no trivialicemos con lo peligroso para ahondar aún más en un abismo que, al fin y al cabo y se mire como se mire, ¡no parece que al fin nos pertenezca!; «y puesto que Emasinca ya no me pertenece... olvidemos el asunto y volvamos a la cartelera, porque lo cierto es que me apetece ir al cine...» Entonces, súbitamente, el camarero interrumpió sus pensamientos: «¿El señor va a tomar café?» «Sí, un café solo, gracias» Sí, un café solo, gracias ¡oh, irradiación furiosa de una rotación tranquila!
4. «Bueno, repasemos la cartelera
otra vez...» PERO LE FASTIDIABA (color, tolerada) el placer curioso del destino, le disgustaba sí, gracias toda aquella indolencia tan pronto una marinerita compañera de viaje deja la nave en plena tempestad las olas inefables; le fastidiaba SÍ, GRACIAS ese ya más que desolación hastío de cielos luminosos como universos sencillos o vicios elegantes corrompidos; le disgustaba aquel ya no el opio de unos besos de un ser que ya es ser sido; le fastidiaba y mucho SÍ, GRACIAS aquel ya sí la brusca boda la chusma del convite el cura comunista el tipo descarado el puño justiciero el TODO HA TERMINADO: CINE HOLLYWOOD refrigerado La bruja novata, con Angela Lansbury
5. Pues eso,
que Carlos Alberto se tomó el café negro mirando la cartelera de cine, y que le pareció que el café estaba un poco fuerte, amargo en demasía a pesar del azucarillo y que pensó «mejor». Y que eso, que como había pensado Carlos Alberto en ir a misa de ocho... pues eso, que aún tenía mucho tiempo. Pues eso, que recorrería la ciudad hasta las ocho y que luego iría a misa y que luego, por último, iría al cine.
–Por favor, ¿me trae la cuenta?
6. «Siempre e temido caer»,
pensó Carlos Alberto, «en una inobservancia moral como en un dédalo ya sin salida, sin retorno. Y tal vez este temor me llevó a esta amnesia parcial de la que hoy, domingo de feliz recordación, salgo como el que emerge de tinieblas. Nueva etapa de mi vida, mas, ¿por qué hablar de inobservancia moral en el “caso Emasinca”? Es fácil: ¿acaso no pugna con la moral consentir la ruptura de un noviazgo sólido?»
7. «Recuerdo nítido ahora
acude a mí: aquel ángel airado que me visitaba; que se me apareció no una, ni dos, ni tres veces... ¡si no se apareció siete veces no se apareció ninguna!; él me reprochaba mi inobservancia moral, ese no haber sido capaz de abolir una ruptura inicua», pensó Carlos Alberto.
8. «Y ahora recuerdo
esa jamás olvidada visión cuasi divina, ¡oh purísimo desnudo de mujer que, al bañarte en el río, acrisolabas las aguas todas! ¡Oh, tú!: indígena ya por siempre, que transmutaste río español en exótico río polinésico. Pero es chocante que, siendo ella española, parezca polinésica», pensó Carlos Alberto.
9. Y puesto que,
tras la conversación con la portera, Carlos Alberto había vuelto, como quien dice, a nacer, de precepto era vivir ahora con intensidad mayor, o, al menos, con una intensidad de «una más pura y cristalina índole», pensó Carlos Alberto. «¡Alerta!»
10. Y así, en las primeras horas
de la tarde dominical, Carlos Alberto, pues sus sentidos eran noveles y estaban alerta (¡alerta!) pudo captar con rara intensidad (allí reposando cual titán en día de asueto la ciclópea máquina) la ciclópea belleza de una MICHIGAN. «Mañana», pensó Carlos Alberto dirigiéndose como por telepatía a la portentosa obrera, «¡oh, MICHIGAN!, soberbia tú no por altanera sino por excelente, sabiamente manejada por un operario especializado, cargarás tierra, o lo que sea, en un camión, me imagino, con tu terrible pala ¡Transeúntes! ¡¡ALERTA!!» «No veo yo lógico», pensó luego Carlos Alberto, «llamar a la Michigan pala cargadora, yo diría mejor que ella tiene una pala cargadora». ¡¡Ah, las Michigan!!
Wadelmás, el fiel mayordomo,
le había hablado de ellas. Y luego Carlos Alberto las había visto en los anuncios de prensa, retratadas por hábiles dibujantes.
«¡Ah, mi álbum
de recortes», pensó Carlos Alberto, «precisos dibujos que allí atesoro; a veces me producen sensaciones similares a las que esas enigmáticas de pinturas de Chirico me provocan. Es, pues, el puro placer estético, el arte por el arte, lo que ha hecho que me interese por este armatoste magnífico, dicho sea esto sin ánimo de ofender; ¡¡bien sé que es útil la Michigan!! ¡¡alerta, transeúntes!! y es precisamente esta condición útil lo que impide ver su belleza». Decía bien in mente Carlos Alberto, ya que sólo rebajando la Michigan para lo útil se la eleva para el arte por el arte; yo también (habla el narrador, no tan omnisciente) he amado, y casi idolatrado, esta y otras máquinas bellas. ¡Tú sabes mucho de esto, Marta, con tus pinturas de objetos idealizados! (el no tan omnisciente, el artífice de esta novela, dirígese ahora a su amada). Y Carlos Alberto en su decir silente persistiendo: «Son fabricadas por Clark Equipment International y sus compañías asociadas. Alemania, Australia, Francia, Gran Bretaña, Bélgica, Estados Unidos... y creo que también Japón; sí, también Japón. ¡Y aquí estás tú ahora! Aquí tú fuera de mi álbum, mi querida Michigan; aquí tú, mi querida máquina que ya por siempre, en recorte, certeza sensible o recuerdo, ocuparás algún lugar (el que sea) en mi ánima más o menos polvorienta».
El asunto de la Michigan
de marras hizo pensar a Carlos Alberto en Miguel de Unamuno, poeta filósofo. Pensó en concreto Carlos Alberto en aquél libro de Unamuno que con delectación había leído, releído y requeteleído, Niebla, novela o, si se prefiere, nivola (como diría el búho). Tenía Carlos Alberto esta novela en la edición de Espasa-Calpe (Madrid), de 1935, con prólogo de Victor Goti (tercera edición). Pensó más en concreto Carlos Alberto en una frase como una sentencia que, apenas iniciada la novela, puede leerse: «Un paraguas cerrado es tan elegante como es feo un paraguas abierto» «¡Eso no es cierto!», pensó Carlos Alberto, «y la Michigan no pierde su belleza cuando se la dibuja en acción y cuando dicho dibujo, ya recorte fuera de su utilidad publicitaria, es contemplada por los ojos del esteta puro; aunque reconozco que yo, que me he acostumbrado a la contemplación de lo inmóvil, prefiero (y mucho) a la Michigan así, en estado de dominical quietud (tanto en esta certeza sensible como en la certeza trascendida del dibujo allí ya recorte en mi álbum); pero en lo que nunca he podido estar de acuerdo es en lo del paraguas, pues en mi memoria guardo románticas imágenes de paraguas abiertos bajo la lluvia».
«Por cierto», pensó Carlos Alberto,
«tengo que pensar en ese anuncio que tanto llamó antes mi atención... ¿no habré perdido el periódico?... no, lo dejé en el coche». El anuncio en que pensaba Carlos Alberto (que no ha sido mencionado) decía así: ASESOR EN ARTE DE PRIMERAS VANGUARDIAS SE PRECISA
«Sí, sí...», pensó Carlos Alberto
mientras se dirigía hacia el lugar donde permanecía aparcado el coche; su descapotable ahora aguardando ahí con la capota puesta. «Sí, sí...», pensaba Carlos Alberto, «sería algo fantástico conseguir un trabajo así ASESOR EN ARTE DE PRIMERAS VANGUARDIAS SE PRECISA pues de esto creo que entiendo bastante, no en vano me he pasado toda la vida como quien dice con este asunto de las primeras vanguardias... ahora bien, si empiezan a pedir acreditaciones les tendré que decir que yo, de títulos y zarandajas, ¡nada de nada!; pero puedo hablarles de mi colección particular, que ya supera a la de mis progenitores. O que me pregunten, que me examinen, que me pongan a prueba...»
El caso es que al menos
había que intentarlo, ¿verdad Carlos Alberto?, porque si no, con tu tan precaria situación económica... «porque fíjate que ya estamos a quince y Wadelmás sigue ansiando sus emolumentos», reflexionó desazonado Carlos Alberto, «¿qué pasaría si Wadelmás se hastiase de mí, que haría yo entonces?; desde luego, algo hay que hacer; podría vender una obra de mi colección... ¡ah, solución terrible!, sí, terrible, de acuerdo, pero necesaria. ¡Ah, tú, necesidad prosaica que del primo pecado procedes! ¡Oh, primo pero no primoroso pecado que inspiró la serpiente antigua! ASESOR EN ARTE DE PRIMERAS VANGUARDIAS SE PRECISA Sí, esta sería la solución ideal, ¡ah, si lograra tan magnificente trabajo! ASESOR EN ARTE DE PRIMERAS VANGUARDIAS SE PRECISA Sí, sería magnífico... ¡un momento!, ¿he pagado este mes al cocinero?, ¿y a la indígena?, ¿y a la señora Paulina? Sí... todos ellos recibieron su paga, estoy seguro».
Lo primero que hizo
Carlos Alberto al entrar en el auto (su bólido) fue coger el periódico y buscar, más impaciente que ansioso, el anuncio que tanto le interesaba «tiene que estar por aquí... sí... por aquí andaba; a ver... ¡sí, aquí está!» ASESOR EN ARTE DE PRIMERAS VANGUARDIAS SE PRECISA Galería Isidro Rux Calle de los libros 52 Barriada de los bohemios «Isidro Rux... Isidro Rux... ¿de qué me suena a mí este nombre?... sé, sí, que alguien me habló de Isidro Rux... de su galería de arte... de una nueva galería que tenía que ver con algo pintoresco... curioso... sí, sí... ¡un momento! lo tengo en el ápice de la lengua... ¡ya está! ¡un payaso! ¡Isidro Rux es un payaso!, bueno no, más bien un payaso retirado, otro que, como el mítico Clovis Sagot, muta de clown a marchante. ¡Bien!, mañana estaré como un clavo en la Galería Isidro Rux. Claro que estar como un clavo es estar en punto, y yo no sé el horario de esta galería. Bueno, tal vez en la guía de teléfonos venga ya el horario; me gustaría llegar el primero.
Y ya está deambulando
de nuevo Carlos Alberto por la ciudad, ahora ya siempre al volante de su noble auto, del que no se apeará hasta que su reloj (Omega: estilo y precisión) señale las ocho; entonces Carlos Alberto, eso desea, su auto aparcará allí mismo, en ese hueco «¡sí, perfecto!» junto a la iglesia de San Miguel Arcángel. Pero mientras el reloj Omega: estilo y precisión no marque las ocho: LA CIUDAD EN TORNO: fluctuante, variopinta, estimulante, envolvente, sofocante, inquietante, orgullosa y arrogante, excesiva, suntuosa, huraña a veces (no tan cordial, desde luego), quizá a veces (¿y por qué no?) indiscreta como estrella chismosa diamantina más osada seguramente por el bochorno envolvente las risas ofensivas o el pecador buscando ya hotel para luego, para cuando allí jornaleras penitentes muñecas sedientas enlodadas por hienas desalmadas, y todo no es sino certeza maremágnum sensible de confusas sensaciones. Ha de ser mientras el Omega estilo precisión no marque las ocho: sollozo inefable sobrepasando toda hilaridad, como algo ligero delicioso y que el tiempo adorna con aureola envidiable desesperada o los besos idos (quería decíroslo) y que tímidos regresan in mente y es para volverse loco, Carlos Alberto. Para volverse loco en los instantes débiles que se escurren y qué poco importa o en los fríos silencios calmos que hacen tanto mal, de hecho. LA CIUDAD como un más tarde ya veremos, un ya me figuro, hombre o una religión amable y yo sin razonar obedezco ¡en una multitud nadie pronunciará lo más precioso! Y, justamente por eso, ¡oh, ciudad confusa!, y aunque tu memoria sea excelente, podrán borrarse ¡sí! todos los remordimientos. ¡Oh, la ciudad como un que no me turben el reposo o, tal vez, la calle toda como un sueño, los árboles también (en la avenida); también los transeúntes, por supuesto, y un viejecillo que llamó su atención, ¿por qué?, ¡quién sabe!; o, momentos después, LA CIUDAD aquella mujer que esquivó su mirada o tantos jóvenes y todos se reían y tomó un atajo y a su manera estaba alegre al volante de su automóvil y pasaban los balcones; calles ahora estrechas como pasadizos sinuosos y el borracho nerviosísimo ¡qué suerte no ser alcohólico, Carlos Alberto! «aunque creo que bebo demasiado», pensó Carlos Alberto.
11. La ciudad en torno
semoviente ahí y él al volante de su auto esplendente y los edificios el tráfico la gente todo mostrábase preciso claridad meridiana pero muy poco comprensible matices metal lumbre que se quiebra alma cóncava y convexa la tuya «¡oh, ciudad suave de realidad pretendida!», pensó Carlos Alberto desde la atalaya de su alma aristocrática y luego, desde esa atalaya, de súbito descendió, y ved que iba al volante de su auto, al fondo de una triste sima y se sintió plebeyo entre plebeyos en nítido y preciso recuerdo: Carlos Alberto allí en un recuerdo vívido: una boda, un convite ¿QUÉ BODA ERA?
12. LA BODA DE EMASINCA
era, y Carlos Alberto sí allí en aquel convite (era la boda de Emasinca) golpeando (¡y ved que se rompían los cristales!) al plebeyo importuno (copas hechas añicos) cuyo nombre no recuerda, mas no por olvido: su nombre nunca supo; uno cualquiera del convite el plebeyo importuno, que tuvo la mala suerte de, pecando de importuno, topar con un joven, Carlos Alberto, con los nervios a flor de piel (que se dice). Entonces el invitado golpeado, aquel quizá algo más grosero que cualquiera, preso de furia se levantó crispado el gesto y fuertemente cerrados los puños, herido en su orgullo sobre todo. «¡Maldito alfeñique!», gritó al mismo tiempo que se abalanzaba sobre el lechuguino osado. Mas el cura libró a Carlos Alberto de la furibunda acometida del airado. El cura (decían de él que era comunista) se interpuso entre ambos. Como tenazas eran las manos del marxista (¿marxista?, tan solo eran rumores). El furioso trataba de zafarse de las manos del cura, que le dijo: «¡Venga, hombre, perdónale, ¿no ves que hoy no se encuentra muy católico?» «¡Y que se atreva a decir eso un cura comunista!», pensó Carlos Alberto entonces. Al volante de su bólido, recordando reflexionó: «Para los maldicientes cualquiera es comunista...» y seguían los recuerdos: Acaso más airada que el furioso, Emasinca gritó a Carlos Alberto: «¡Olvídate de mí, por siempre olvídate de mí, bórrame para siempre de tu mente!» «¡Y todo, sí, cobra sentido ahora!», pensó (al volante de su auto) Carlos Alberto. «Sí, ahora lo entiendo todo», reflexionó al volante de su bólido, «se ve que mi no consciente, a tono con mi sí consciente, decidió cumplir (al pie de la letra) la tajante e inmisericorde orden de Emasinca, ¡si es que todo tiene su explicación, hombre!» Sí, ¡ahora todo se explicaba!, pero aquellos recuerdos tan vívidos allí seguían; seguían, sí, mas sólo como final THE END de una película que ya (Carlos Alberto quería creerlo) poca o ninguna importancia iba a tener en su vida; final en apariencia triste, pero quizás no tanto, pues cuando una puerta se cierra... FINAL THE END allí Carlos Alberto, joven de óptima cortesía normalmente, abriéndose paso a empujones entre aquella «caterva de plebeyos», que le espetaban gritos maldicientes entre risitas o groseras risotadas. Esta fue la humillante retirada de Carlos Alberto; porque Carlos Alberto se sintió humillado, pero... «no hay mal que por bien no venga», pensó.
13. Y su Omega marcó las ocho
con estilo y precisión, y Carlos Alberto, poniendo fin a su vagabundeo urbano, aparcó su auto allí mismo como había previsto en aquel hueco «sí perfecto» junto a la iglesia de San Miguel Arcángel.
14. Hubo un tiempo
no tan lejano en que Carlos Alberto sintió predilección por las grandes catedrales («en un tiempo tampoco tan lejano»: en el itinerario vital de un hombre joven no existen las grandes distancias). Hubo otro tiempo, más cercano, en que Carlos Alberto se sintió atraído por el campo; allí a solas, en comunión con la naturaleza, buscaba Compañía: rezaba, siempre rezaba; y también recitaba algún poema (de Verlaine o Blake, daba lo mismo) y era su personal manera de cumplir con el dominical precepto. «Y ahora prefiero iglesias pequeñas», pensó Carlos Alberto, «como esta pequeña, bella e íntima iglesia de San Miguel Arcángel».
***
V. La iglesia de San Miguel Arcángel
1. Esta iglesia
fue inaugurada y bendecida el quince de diciembre de mil novecientos veintidós. Es iglesia atípica, y de gran interés artístico; una importante aportación al arte sacro moderno, en línea diametralmente opuesta a la de esas asépticas iglesias hangares, poco aptas para elevar las almas a lo sobrenatural.
2. Podría definirse
esta iglesia como neorrománico expresionista. Lo románico es aquí de una medievalidad muy auténtica, y esa misma autenticidad se muestra en lo expresionista del templo. Nada hay en esta iglesia de San Miguel Arcángel de amaneramiento decorativo, y menos aún de pastiche o de refrito estilístico. Arco, talla, moldura, imagen... de todo irradia verdad y vida, trascendencia, pura espiritualidad que embelesa el espíritu.
3.Y allí pues
(iglesia de San Miguel Arcángel) Carlos Alberto en la tarde dominical que declina mística. «Así es que mi última discusión con Emasinca sí fue, al fin y al cabo, subida de tono... sólo por su parte, eso sí, porque yo gritar, lo que se dice gritar... bueno, en realidad no dije ni mu; y no le demos más vueltas, lo que pasó es lo que pasó: una amnesia parcial por obedecer a rajatabla ¡a sus órdenes! a mi airada exnovia Emasinca. Eso es todo... ¡y sanseacabó!» Sanseacabó. Ahora la tarde mística que declina, las ancianas pías que con tanta ligereza y falta de educación y caridad son tildadas de viejas beatas; los demás feligreses, de todo tipo y condición; el sacerdote al fondo, oficiando; el organista («suena bien el órgano») colmando de música trasmundana el abovedado templo, el incensado aire tibio, atenuando con languidez los recuerdos obsesivos, las preocupaciones y fíjate sí allí en Carlos Alberto tal vez un gesto de fatiga «arcabuz, albaricoque, avestruz, abanico, ábaco, amanita, árbol» in mente recitando; es uno de sus mantras, como decía Emasinca ¡qué sabría ella de mantras! «¡Ah, qué sabría de mantras ni de mantras!», se dice in mente Carlos Alberto, «quizás al principio la serie no era sí, tal vez haya mutado»: esta serie consta de 30 cromos; los 29 primeros son las letras del abecedario y el número 30 las unidades. CHOCOLATES SELECTOS EVARISTO JUNCOSA HIJO Enciclopedia Infantil: una vieja colección de cromos que que Carlos Alberto atesora «¡qué sabría de mantras ni de mantras! canoa caballo cerezas cama cabo cometa ¡y otra vez canoa caballo cerezas cama cabo cometa»: oración en círculo, mantra circular contra el chacal que acecha (bajo el soportal: en medio del chubasco) al hombre del paraguas que lidia con la terca impetuosa lluvia, al hombre que anhela ese chocolate caliente en la paz hogareña que sabe (o cree saber) próxima; pero ¡ah! el destino es impredecible: poco puede imaginar el hombre del paraguas que la alimaña de dientes carroñeros... pero... ¿de veras era un chacal allí al acecho? ¿no era más bien un chino con un chuzo? (guárdate de la púa de hierro de esa lanza que empuña ese chino sereno, vigilante). No, la cosa no sucedió así; lo que ocurrió fue que el chino con su lanza, su chuzo de sereno (el chino era el sereno) mató al chacal ¡ay, pobre! ¿qué dirán los de ADENA? Y, en cualquier caso, en su juego de ingenio con el dígrafo (che: ch) y las bonitas ilustraciones en torno, Carlos Alberto salvaba, siempre, al tipo del paraguas. Mas lo que otrora fuera juego oración o mantra ahora es: «chubasco chocolate chafarote chino chuzo chacal chubasco...», repite in mente Carlos Alberto al mismo tiempo que el cura desgrana sílaba a sílaba las palabras con religiosa cadencia. Y aunque Carlos Alberto, en su propio mantra ocupado, no capta el significado claro de las palabras del que oficia, sí capta, por la concentración que obtiene con su letanía pintoresca, un significante místicamente transmutado: significante que es fonética poesía sobrenatural que incensa su alma hipersensible: ¡oh, irradiación furiosa de una rotación tranquila! ¡oh, arcángel! ¡oh, tropel de voces apócrifas! ¡oh, astronomía aristocrática, subyugante! ¡oh, tú, Emasinca! «¡Emasinca, Emasinca, ya en ayer exiliada para siempre!» Conmoción en el alma: cual la que suscita interrumpir una conferencia imitando el relincho de un caballo sin sentir desagrado de uno mismo. POR EJEMPLO. «¡Mas, ¿no es cierto esto que digo?!», dice, elevando la voz, el oficiante, y despierta a Carlos Alberto, con aquella pregunta, de su ensimismamiento lúdico-místico. «Imagino que sí», responde in mente Carlos Alberto. Luego, mentalmente formula otro interrogante: «¿Qué itinerario tomarás, Carlos Alberto?» Mientras tanto, el oficiante sigue con su homilía, y su discurso, ahora balanceante, casi jazzístico parece. «Al volante de su homilía, el cura sabe tomar con suavidad las curvas», piensa Carlos Alberto, y el decir del sacerdote es sonido para él aún incomprensible. Y entonces, procedente de la calle, se escucha, muy amortiguado, el persistente sonido de un claxon. Y piensa Carlos Alberto que el sonido eléctrico, estridente e insoportable de un claxon, aun siendo solamente ruido, no-música, es, frente al sonido del órgano (incluso al del órgano eléctrico), un sonido más de ahora, más de hoy, más contemporáneo. «Más vanguardista, diría yo; pero amortiguado y en este eclesial contexto, tal apariencia vanguardista se cubre de cierta significación mística, o si se prefiere mistérica», pensó Carlos Alberto. Y, sin saber por qué, Carlos Alberto se ve a sí mismo como un actor de antaño en una película del oeste, diciendo: «¡Yo sólo cumplía órdenes, mi capitán!», para acto seguido volver a su letanía: «dalmática datilera diábolo desfiladero dado delfín daga dalmática datilera...» ¡oh, ciudad suave! ¡oh, realidad pretendida! ¡ah, tú, templo intervalo en el errar de Carlos Alberto! Pues a pesar de que (¿no necesariamente?) una letanía lúdica es (quizás) una llamada de socorro (o mitigar de sombras, como poco) o un inclinarse (ya sin enojo, ¿para qué?) para alzar la vista; y a pesar de ello, digo, ¿no es menos cierto que el hombre necesita, si sus sueños caminan en dirección opuesta o retenidos excusas o raíces, al menos como un tímido festín pequeño para, al acaso río abajo en parte «(en parte al menos) recuperar las horas usurpadas, Emasinca...» Cine película film CARAMELO el signo del Zorro SELECTO por Douglas Fairbanks nombre y dibujo registrado «y aún no he decidido que filme iré a ver luego», piensa Carlos Alberto. Y en ese instante se fija en una escultura allí, sí, esa, que orna, por así decirlo, uno de los capiteles del templo, y reflexiona, más bien divaga... «No acaba de entenderse tanta arrogancia y mala fe en Satanás... hay quienes dicen ahora que Satanás tuvo sus razones... pero su rebeldía fue más que un delito de opinión... claro que sí, claro que sí... ¡uf, qué calor!... San Miguel le mata, sí, de acuerdo, pero Satán resurge, como el ave fénix, de sus cenizas... ¡basta con leer el periódico!... Este Satán ¡que el diablo le confunda! goza de buena salud». Luego, yendo a otro tema en su divagar, mas sin dejar el terreno de lo religioso, pregúntase: «¿Puede estar vigente Santo Tomás en la era ya no de los automóviles o de la televisión, sino de los viajes espaciales?», para rápido contestarse: «¿Y por qué no?» Al entrar en el templo, por contraste con la calle, hacía fresco; ahora tiene calor, mas no suda. Entonces se fija en algo que, hasta el momento, le ha pasado inadvertido: posado en una balaustrada, allí arriba a la derecha, hay un pájaro multicolor.
4. El pájaro multicolor
allí en la balaustrada. «¿Cómo habrá llegado hasta aquí?», se pregunta Carlos Alberto. Entonces el pájaro multicolor, inmóvil cual estatua, de súbito alza el vuelo y, en un pispás, atraviesa el templo casi rozando el techo (la mística bóveda) con sus alas... para ir a posarse, allí enfrente, en otra balaustrada de piedra. «¡Ay, Emasinca, Emasinca... cual pájaro alado tú también has alzado el vuelo! Mas, ¿a qué tanto lamento, no es la indígena la mujer que amo? Sí, de acuerdo; pero el hecho de que no me atreva a llamarla por su nombre, por su vero nombre que sé ahora, muestra que, en mi fuero interno, albergo firme convicción de la ilícita naturaleza de una obcecación que, más por defecto que por exceso me temo, acabará por destruirme un poco más... ¡Basta, he de ser capaz de pronunciar sin miedo su nombre, aunque sólo sea en lo más íntimo de mi pensamiento: ¡Magnolia! ¡Oh, Magnolia, Magnolia! Ya nunca más tú la indígena; ¡por siempre ya Magnolia tú!». Entonces cree observar Carlos Alberto que el pájaro de múltiples colores desde la balaustrada, allí enfrente, le mira con fijeza. Y piensa: «¡Sería un golpe que ahora el pájaro, como el cuervo de Allan Poe, exclamara: ¡Nunca más!; pero, ¿nunca más qué?, nunca más, quizá, el amor; Emasinca era mi amor, y Emasinca alzó el vuelo; y ahora poseo poco más que una vana ilusión: Magnolia. Magnolia es un pájaro volando. No está en mi mano, desde luego. Y lo más probable es que nunca anide en mi alma, en mi ánima en pena. Mejor ser pesimista, por si acaso». Y entonces Carlos Alberto recuerda que antes, cuando el ave echó a volar, nadie (ni cura ni fieles) pareció reparar en el raudo pájaro. «¿Sólo yo reparé en el ave?; verdad es que fue un vuelo silente, pero aun así... ¿acaso el ave solo habita en mi mente? No, ¡qué va!, ni mucho menos; el ave es rotundamente real; tan real como una idea», piensa Carlos Alberto; y ese ave cobra para él tal grado, tal rango de verdad, que feligreses y cura se desdibujan; mas no las estatuas, que resisten el parangón con el ave. «No desdibujas las estatuas, tú, ave multicolor. Ni las columnas, ni las balaustradas, ni las bóvedas...», piensa Carlos Alberto.
5. Y continúa la misa,
el sacerdote con sosiego sigue oficiando el sacro rito católico. Sosiego y circunspección. Y allí también los feligreses entre la devoción (unos) y el aburrimiento (otros). Hay dos o tres viejecitas muy devotas. «Tres son, sí, las viejecitas devotas», piensa Carlos Alberto, que ha oído o tal vez ha leído: los frutos de la devota asistencia a misa son muchos.
6. En reverencia exterior, en compostura,
Carlos Alberto muestra, ha mostrado en todo momento, una impecable actitud. Y es que Carlos Alberto es así, por naturaleza y por educación; no en vano ha tenido, y tiene, un maestro del saber estar: Wadelmás, el fiel mayordomo de virtudes nunca nunca suficientemente elogiadas.
7. «En cualquier caso», piensa
Carlos Alberto, «nunca perderé la fe... la verídica fe, entiéndase bien».
Y, en ese momento, el cura dice:
«Podeis ir en paz»
***
VI. CINELUX
1. Al final
Carlos Alberto ha escogido el CINELUX, donde dan El último cuplé, una de las películas más glamurosas del cine patrio. Reposición. Sarita Montiel. La obra cumbre de Juan de Orduña. Esta tiene que ser buena desde luego; buena y profunda... de este director he oído decir que es un genio.
2. «Esta tiene que ser buena,
desde luego; buena y profunda... de este director he oído decir que es un genio», piensa Carlos Alberto. Y allí está el CINELUX.
3. Su querido, su amado Cinelux:
«¡Ah, qué hubiera hecho en tantos momentos difíciles sin el cine!»
Difíciles. O que a él en su momento le parecieron difíciles.
«¡Ah, qué hubiera hecho sin este y otros cines!»
«¡Vetusto y elegante establecimiento; oh, tú, CINELUX!»
«¡Cuántas penas se aplacaron en ti y por ti, oh CINELUX!»
Y allí está el Cinelux.
Y allí está esa larga fila variopinta de los que hacen cola.
«Y aquí está la fila alongada y variopinta de los que hacen cola.»
La veraniega reposición está siendo todo un éxito de taquilla.
«Pues toca hacer cola... paciencia», piensa, y se suma a los otros.
«Esta película tiene ya sus añitos... hace tiempo que quería verla...»
(Wadelmás le ha hablado hablado de esta película)
«...bueno... Wadelmás me ha hablado de muchas películas...»
(no ha conocido a nadie tan cinéfilo como Wadelmás.
«...a más de acopio de datos, Wadelmás posee agudeza crítica...»
(Carlos Alberto tiene a Wadelmás por un gran crítico de cine)
«... una elegante sutileza de juicio y otros muchos etcéteras...»
Mira su Omega de oro. Marca con precisión las diez y veinte.
La película empieza (noche, sin numerar) a las 10, 35.
«Aun queda tiempo, pero con esta cola...»
De esta película, Wadelmás le ha hecho muchas alabanzas,
«y también de otros filmes de Ormuña... no, no es Ormuña...»
(en la cola, unas chicas con pantalón campana y buen tipo)
«es... Or... ¡Orduña, sí!, Javier Orduña... no... ¡Juan de Orduña!»
(y se fija en ellas, en las del pantalón campana, de espaldas a él).
En rojo allí las letras luminosas : CINELUX
«Eso: Juan de Orduña», piensa él, mira las chicas frente él.
Un gran cartel pintado (vistosos colores) muestra a Sara Montiel.
«Un hombre muy influyente en la historia del cinema...»
Carlos Alberto ha visto algunas de las antiguas.
«... aquella sobre la legión, y esa otra sobre Juana la Loca...»
Sara Montiel ahí, magníficamente pintada en el cartel.
«Amor loco... no hombre, no, Amor loco no...»
Ríen ahí chicas a la moda; de espaldas, por momentos de perfil a él.
«Locura de amor, eso sí; y luego estaba otra que vi también...»
Cola lenta avanza en la tarde sofocante (agosto) que declina.
«... otra también de tema histórico... Agustina de Aragón, eso es».
Y había visto él alguna otra en la tele, que ahora no recordaba.
«Era un cinema más ceremonioso y solemne, para mí más grato...»
Una Sara magníficamente pintada nos mira desde el cartel.
«Había preocupación por la armonía en estos filmes...»
Espectaculares sin caer en la exageración pomposa, piensa él.
«Orduña favorece la seducción por lo bello fílmico», piensa él.
«Filmes para eclipsar lo histórico de rancia cátedra» piensa él.
«Algo así me dijo Wadelmás», piensa Carlos Alberto.
«Wadelmás sabrá, que es el que entiende de cine», piensa él.
«Yo algo sé de la prístina vanguardia», piensa Carlos Alberto.
Asesor en arte de primeras vanguardias se precisa.
«Sería fenomenal conseguir un trabajo así...»
4. «El plan va a ser el siguiente
(el que algo quiere algo le cuesta): primero, dormir en la ciudad, en un hotel; segundo, en la galería a primera hora en cuanto abran, ¡como un clavo!... bueno, antes enterarme por la guía telefónica del horario de la galería... espero encontrar habitación en algún un buen hotel.. tercero, una vez allí (¡cuidado!) tengo que estar convincente... pero... ¿cómo se convence a un payaso?»
Carlos Alberto llevaba siempre un maletín consigo.
Siempre que va a la ciudad ese maletín va con él.
En el maletín lleva lo imprescindible por si el pernoctar surge.
En el auto reposa el maletín que lo esencial contiene.
5. Pero, ¿cómo se persuade a un payaso?
Dí, Carlos Alberto:
¿Cómo se convence a un clown?
Galán que se acicalará;
y afrancesará (tal vez)
su ánima, evitando estridencias;
y... ¿para qué?
Chafarrinón del payaso
dará al traste
con la lógica burguesa
del discurso
y se carcajeará, tal vez grosero,
de las tonalidades suaves de una paleta
de conceptos azules,
vagarosos...
Di: ¿cómo se convence a un clown?
Con alma interpretará el galán
su papel (seriedad convenientemente
ornamentada para la ocasión)
mas nada podrá
(hilaridad que a él acude)
ante la facha bufa
del payaso.
6. «Como consecuencia»,
opinó el insigne Pío, «estimo que tanto el tema como su desarrollo son inmorales, y que debe prohibirse el rodaje de este guión». El no menos insigne Villares Barrio también opinó: Villares no entendía por qué se quería revivir aquel género, el cuplé, «de escaso valor artístico y baja moralidad»; el cuplé, pensaba él, «sólo puede despertar la nostalgia de los que lo vivieron, sin que hoy día tenga el menor interés...» ah, ¿sí? «...para el público» ¿para quién?: «para el publico actual» (NOTA: son las palabras literales de Villares que, cual collage, en esta vanguardista novela, o neovanguardista si lo prefieres, se parafrasean o transcriben; como literales son también las anteriores palabras, reales en la ficción, que ya se atribuyeron justamente al insigne Pío. Refiérense, los de pro susodichos, al guión de El último cuplé. Por ellos, esta película jamás se hubiera filmado. Mas entre los de la moral y las buenas costumbres la reprobación no fue unánime, y el rodaje se autorizó. «¡Yupi!», debió de exclamar entonces Juan de Orduña al recibir la buena nueva».)
7. «Y colorín colorado,
este cuento se ha acabado», piensa Carlos Alberto cuando por fin llega su turno en la taquilla.
–Una de platea, por favor.
–No me quedan –contesta una sonriente señorita.
–Pues una de palco platea.
–Lo siento, tampoco me quedan.
–Pues de palco.
–Aquí tiene.
«¡Uf!», pensó Carlos Alberto, «un poco más y me toca gallinero».
8. Todo un palco
para él, y muy bien situado. Y además la película es fenomenal. Él se la esperaba buena, pero no tanto. «Eso sí que es cine. Cine musical del bueno, no cabe duda», pensó, y, de súbito, renació en él toda la alegría perdida. Y la esperanza.
9. Pero, ¿sabéis?,
súbitamente un grito allí, en la platea, rompe el ensueño fílmico. Es un grito furioso, desgarrado, que de lo oscuro ahí entre las butacas estalla, en forma de imprecación, contra la película. Y surgen rápidas réplicas (aquí, allá y acullá) en forma de ¡chitón! y similares. Y allí se ve por el pasillo, en marcha atlética y linterna en ristre, al acomodador. Y allí, al punto, ve Carlos Alberto como el acomodador amonesta al incívico. Y, con la misma celeridad que ha sobrevenido el incidente, la normalidad (sólo cuchicheos leves que ya se desvanecen) retorna. Todos vuelven a la película. «Hay cada tipo... lo mismo está borracho», piensa Carlos Alberto.
10. Con independencia
de la relevancia que pueda tener para el caso, no quisiera escamotear al lector un dato: en el momento en que el incívico interrumpió con su grito furioso, con su soez imprecación, Sara Montiel (María Luján en el filme) decía: «Mira, desde aquí se presiente la primavera en París».
11. Y, de pronto...
«¡Eh!, ¿qué?» Allí caminando hacia la salida del cine entre las filas de butacas, como un zombi, le ve Carlos Alberto. Y, pese a esa penumbra densa, reconoce en el zombi, por intuición, al autor de la imprecación. Y no sólo eso: «Pero, si ese hombre es...», piensa Carlos Alberto, «¡el marido de Emasinca!» «¡Ay, madre de mi alma», dice en ese momento Sara Montiel María Luján, «cuánto tiempo separada de ti!»
12. «¡Ay, madre de mi alma!,
el marido de Emasinca, es el marido de Emasinca!», exclama in mente Carlos Alberto, «pero, ¿por qué gritó así? ¿y ella... dónde estará?, pues en casa o donde sea... ». Mientras, el marido y supuesto imprecador se ha perdido ya en la oscuridad. «Parecía tan abatido, tan decaído...»
13. Y una pregunta apresurada
irrumpe en la mente de Carlos Alberto:
«¿Todo ha terminado entre los dos?»
***
VII. La ciudad nocturna
1. Y ahora allí aquí
otra vez la calle la ciudad sus atractivos la noche de verano. A la salida del cine la «pretendida realidad de la ciudad suave». Aquí entonces, de nuevo, la calle: vehículos que tuercen o se cruzan (atonalidad caótica); ruidos (motor y claxon), luces noctámbulas de los negocios nocturnos. Otra vez la calle (aquí o allí), vehículos saliendo o entrando en la calle tal o en la avenida cual. La avenida es una calle ancha. Edificios altos, señales de tráfico, anuncios luminosos, peatones... un pobre pasa, taxis (¡Taxi!, exclama uno de posibles) o las farolas. Ciudad que aspira a ser lo más verdadero. «No eres tan suave como pretendes», piensa él.
2. «No eres tan suave
como pretendes», piensa Carlos Alberto.
3. Se ha alojado Carlos Alberto
en el Hotel Doreste, inaugurado allá por la década del charlestón. Más económicos hoteles (pero muy decentes) estaban completos. Y aquí él, ahora, desde el balcón disfruta de una admirable vista. Habitación con vista a la Plaza del Persiles con su rosaleda suntuosa. Ahí la plaza y su jardín, y allí al fondo las luces de la Estación de San Rafael. Ahora son más largos los días, más ya aquí la noche. Con el balcón abierto de par en par, se acuesta ya Carlos Alberto. Pero hace demasiado calor. No es posible conciliar el sueño.
4. «El Hotel Doreste consta
de 200 habitaciones; con su teléfono y su baño (con su agua caliente y fría) cada una; Y con el confort contemporáneo de las vanguardias, sí, de este tema sí que entiendo, Picasso, Modigliani, Chagall, Klee, etc... pero... ¿qué le pasaría al marido de Emasinca? Pienso que todo acabó entre ellos y me da igual. Y eso prueba que yo nunca amé a Emasinca; no, no las vanguardias, las primeras vanguardias... no, yo nunca amé a Emasinca». Aquí él entonces. Noche de agosto. Hotel Doreste. Balcón abierto. Demasiado calor. Imposible conciliar el sueño. Emasinca. Las primeras vanguardias. El último cuplé. Y 200 habitaciones con su...
«¡Al diablo!», piensa Carlos Alberto, y se levanta de un salto.
5. Y aquí allí le tenéis,
en su automóvil en la noche de verano. Carlos Alberto, el joven dandy. Que la Boite Paraninfo se dirige, mismamente. Una boite (pronúnciese buat) es la antesala del infierno, decían ciertos curas «no, por favor, no exageremos», piensa Carlos Alberto.
6. La Boite Paraninfo
cuenta con espacio de baile, luces psicodélicas y música moderna, y el restaurante hippy que llaman, abierto hasta altas horas de la noche. Y lo que es el bar (claro está). Y Carlos Alberto no ha cenado más que lo poco que tomó en el ambigú del Cinelux. Paraninfo es la más chic, la más elegante, la más pija (en el buen sentido de la palabra, entiéndase) o, si se quiere, pija chic, o incluso hippy chic o hippy pija. A Paraninfo van los hippy dandis y las presumidas estrafalarias de boutique. Y allí se dirige Carlos Alberto, por culpa («siempre hay que echar la culpa a alguien o a algo») del insomnio. Y ya aquí Carlos Alberto el umbral de este averno de pacotilla o boite de lujo Paraninfo pisando. Entra, y una bonita canción están poniendo de Fórmula V, “Cenicienta”. Conoce la canción Carlos Alberto, pues tiene el long play, “Adelante!”. «La cosa empieza bien», se dice Carlos Alberto. Y aquí ya los esnobs. Y se fija él sobre todo en ellas. Bellas y sofisticadas, sí, pero... «algunas tienen miradas harapientas», piensa Carlos Alberto, «mirar de agónica alegría o feliz aburrimiento, y aun así cuán bellos esos ojos». Y no ve él caras conocidas. «Y es verdad qué, cuando sonríen, hay en sus labios brisa de jardín florecido», piensa, y lleva razón, pues en las sonrisas de ellas hay como cierta brisa de jardín florecido, si bien te fijas. Graciosas y bellas, y puede que también simpáticas «pero eso habría que verlo». Y, ¿no es cierto?, «atolondradas y coquetuelas ellas», por supuesto. «¡Oh, irradiación furiosa de una rotación tranquila!». Amigos, lo que se dice amigos, no, pero Carlos Alberto tiene conocidos que van por la Boite Paraninfo. No se ven, en este momento, caras conocidas. Aunque, con tanta gente... Entre esos conocidos que frecuentan Paraninfo, el que se aproxima más a la idea que Carlos Alberto tiene de amigo es Ladislao Gautier, afamado artista. Carlos Alberto no entiende cómo tanta fama, pues del dibujo de Gautier peca de amorfo. En la prensa se dijo que su verdadero nombre era Ramón Rivelles, y que Ladislao Gautier era un pseudónimo. El pintor hizo caso omiso del asunto, y se pensó, por eso de que quien calla otorga, que el dato era verídico. Pero, cierto día, el pintor tuvo a bien rectificar el dato en privado, en una confidencia que le hizo a Carlos Alberto. Fue hace un par de años, en otoño, y aquí, en Paraninfo. «Los gacetilleros», dijo Ladislao, «en parte erraron en parte dijeron la verdad; mi verdadero nombre es Ladislao Ramón Rivelles y Durán; lo de Gautier en cosa mía». Posee Ladislao un amplio taller, en la Rúa Empedrada, y allí estuvo una vez de visita Carlos Alberto. Pero no adquirió Carlos Alberto ningún cuadro. Un precio muy alto para un dibujo muy bajo. «El color lo da bien, pero su dibujo es amorfo.» Sin embargo su pintura, realismo social, cada día se valora más. «Me pone un Gin Tonic», pide Carlos Alberto, «con un toque de absenta». Detrás de la barra, una chica muy chic se ocupa de poner los discos. No la ha visto antes Carlos Alberto. «Es monilla», piensa. Antes los discos los ponía uno con barba. Suena “Hilo de seda”, de Los Pekenikes. Él tiene el single (léase sínguel), con esta canción y “Sombras y rejas”, basada en un tema de Albéniz. Carlos Alberto se deleita ya con la música y el cóctel cuando, detrás de él, una agria voz, como de beodo que arrastra las palabras, por su nombre le llama, bruscamente. Sobresaltado raudo se vuelve él, y ahí, a cuatro pasos, el que ha dicho su nombre ahora le espeta improperios. Pues improperios son, aunque mal se entienden. Y se queda de piedra (como suele decirse), pues el borracho es el marido de Emasinca. En efecto, aquel que, espetando improperios, abole bella suite Álbéniz Asturias Pekenikes es ahí beodo el marido de Emasinca. Pero, ¿qué grita este energúmeno, este como poseído por Satán? Esto: «¿Dónde está mi mujer, bastardo, dónde has escondido a Emasinca?», grita de forma atropellada, «¿no respondes? ¡da igual, ya pasará por tu casa la policía con una orden de registro! ¿no lo crees? ¡ya lo creerás!, ya lo creerás cuando la policía te eche la puerta abajo, so cabrito; y yo estaré allí, empuñando mi Astra plateada, y no me temblará el pulso». Y tales palabras pasman más que indignan y abochornan, qué también, a Carlos Alberto, que no es capaz de articular palabra, impertérrito ahí en apariencia cual estatua, cóctel en mano; tan incomprensible es esto para él. «¿Que yo tengo escondida a Emasinca?» Que está borracho es evidente pero... «aun así, tanto despropósito a de obedecer a algo». Y, súbito, un flash intuitivo hace comprender a Carlos Alberto el por qué del estado del embriagado antes, en el Cinelux: la desaparición de ella, Emasinca. Y ahora el afligido te culpa «a saber por qué» de la pérdida de su esposa». Carlos Alberto quisiera tranquilizarle, convencerle con palabras amables, tranquilizadoras, a pesar de la dificultad que entraña tratar razonar con un beodo, «porque con buena voluntad, y sin perder la paciencia, es como mejor se solucionan las cosas»; pero cuando por fin logra articular unas palabras, Carlos Alberto dice: «¡Pero usted está más chiflado que Carioco! ¡Ande a dormir la mona, majareta!» (El tal Carioco es un personaje de Pulgarcito, revista que Carlos Alberto lee desde niño.) Algunos “mueven el esqueleto” en el espacio de baile, sin enterarse de nada. Súbitamente, un tipo con pinta de matón pregunta a Carlos Alberto: «¿Conoce usted a este borracho?» Y está claro: el tipo de cara de pocos amigos, el matón, alto y cuadrado, es el encargado de la seguridad, o tal vez uno de los encargados. Viste de oscuro, sobria y pulcramente trajeado. Lleva el pelo muy corto (no va nada a la moda), lo que acentúa su cuello de toro. «Perdone que insista, caballero», dice con palabras precisas y cortantes, «¿ese de los gritos, es amigo suyo?» «Conocido sí, pero no amigo, además...», comienza Carlos Alberto. Se arremolinan algunos en torno, curiosos. El beodo sigue despotricando. No está el horno para bollos, y aun así, en una jovencita se fija Carlos Alberto, que entre los que se agolpan destaca por su buen tipo. «Pues ya que usted le conoce», ordena cuello de toro, «acompáñele a su casa y tengamos la fiesta en paz». La jovencita que por su tipo destaca viste a la moda Rodier: gorra azul a juego con pantalón azul acampanado y blusa ajustada larga (estampado azul rojo violeta) ceñida por cinturón de ancha hebilla. Botas negras de alto tacón, que el pantalón en parte cubre. Entre los que se agolpan, ella en primera fila. «¿Decía usted?», pregunta Carlos Alberto. Ensimismado en la joven, no ha escuchado la orden del matón. El beodo sigue despotricando. Dice el matón: «¡Que tenga la amabilidad de acompañarle a casa o adonde sea, ya que por su estado de ebriedad no puede permanecer aquí ni un segundo más!». Y Carlos Alberto responde, tratando de mantener la calma: «Yo no tengo nada que ver con este individuo, por lo que usted, que presumo que es el encargado de seguridad, es el que ha de cumplir con su obligación, haciendo lo que tenga que hacer; acompañarle a su casa o, como usted ha dicho, a donde sea... ¡O échele a patadas por la puerta, como hacen siempre con los borrachos en las películas!, pero a mí déjeme en paz». Entonces en ese instante, de improviso, el beodo cual fiera se abalanza hacia Carlos Alberto para, con todas sus fuerzas, intentar propinarle un contundente puñetazo. Pero fácil le resulta al agredido Carlos Alberto, otrora boxeador amateur (léase amater), esquivar el inepto embate del ebrio, de tal suerte que el puño agresor va a impactar, como en el cine cómico, en la faz del grandullón del cuello de toro. ¡Menudo revuelo y confusión se arma allí entonces! «¡Déjele, sólo es un borracho!» grita, desgañitándose, la joven de la gorra azul. Carlos Alberto se percata: el cabello de ella es una media melena, rubia y lisa. «¡Suélteme el brazo, maldito gorila!», grita el marido de Emasinca. «¡Pero suelte ya!», grita la de la gorra azul. Carlos Alberto se percata: los ojos de ella son muy verdes. Escándalo, caos, gritos, confusión. Y Carlos Alberto decide, en medio de todo este lío, subrepticiamente marcharse de allí, mas no sin apurar de un trago su cóctel y echar unas monedas sobre la barra.
Y se dirige presto al restaurante hippy.
***
VIII. El payaso
1. Al día siguiente,
habiendo dormido escasas horas, Carlos Alberto, que conoce ya, por la guía de teléfonos del hotel, la hora de apertura de la galería del payaso o expayaso, allí acude. A las nueve de la mañana abre la galería; allí se exponen pinturas (sobre todo) y se vende material para artistas. Nueve de la mañana. Carlos Alberto, bastante somnoliento, ya está ahí, como un clavo. Y a pesar del café negro (muy cargado) que tomó en el hotel, Carlos Alberto se encuentra embotado por el sopor. Agosto, lunes 16 a las nueve de la mañana en punto «menuda nochecita entre el insomnio y el marido de Emasinca» ya está ahí, a la puerta de la galería, pero el payaso brilla por su ausencia. Y cinco, y diez, y cuarto, y veinte... mas nadie abre («¡qué falta de formalidad!»). A las nueve y veinticinco una bella señorita abre la galería. Esta bella, pero bastante ojerosa, señorita informa a Carlos Alberto de que el dueño (el payaso, Isidro Rux) suele llegar sobre las diez o diez y media. «Puede darse una vuelta o esperar dentro», dice la señorita ojerosa, que mira con un no sé qué de recelo. Galería Isidro Rux Calle de los libros 52 Barriada de los Bohemios aquí y, entre darse una vuelta o esperar dentro, él opta por lo segundo, así que ambos entran: «Pase usted» «No, no, señorita, usted primero».
2. Dentro,
pinturas, grabados y dibujos cuelgan en las cuatro paredes. Espacio no claustrofóbico, pero algo opresivo. Como poseído por un horror vacui, el expayaso ha abarrotado con pinturas, dibujos y grabados (sin orden ni concierto en apariencia) las cuatro paredes de este más bien angosto espacio. Todas estas obras están bien que mal enmarcadas, con marcos de muy distinta índole. Dos ejemplos: Un dibujo abocetado es anulado (más que realzado) por un churrigueresco marco, mientras que un óleo a su lado, de mediano tamaño, está enmarcado con simples listones de madera; lo cual en sí no está mal, «pero lo raro es el contraste», piensa Carlos Alberto. Aunque, si se piensa bien, «puede verse, ¿por qué no?, como un interesante efecto expresivo», piensa Carlos Alberto. El caso es que, aparte de puerta y techo, el único espacio que aquí está libre de abarrotamiento de obras de arte, es una puerta ahí al fondo, a través de la cual es visible una escalera. Muy pronto sabrá Carlos Alberto, por la bella señorita ojerosa, que arriba están los materiales de arte. Pero eso será luego. Ahora Carlos Alberto está aquí, en compañía de la señorita, que parece una azafata de congresos y exposiciones. Aquí, en este casi claustrofóbico espacio colmado de obras de arte. Además, al pie de las paredes, soportes sujetan grandes cartapacios, atestados de grabados o de acuarelas o de dibujos de muy diverso formato. «Puede usted mirar las obras mientras espera la llegada del señor Rux», le había dicho ella a él. Y él mira ahora (Galería Isidro Rux) las obras (Calle de los libros 52) mientras ella («yo conozco a esta chica pero, ¿de qué?») allí en pie permanece como no puede ser de otra forma, pues ni sillas ni nada por el estilo hay. «Conozco a esa chica pero... ¿de qué?», piensa él. Ella le mira con sus sus ojos verdes. Su pelo es rubio y liso. Él mira las obras. Los ojos de ella son muy verdes. Ella ahí de pie y parece cansada, mas trata de mantener la compostura sobre los altos tacones de sus zapatos, en praxitélica pose con su vestido negro como de azafata, como para algún evento uniformada. Chaqueta, y falda por encima de las rodillas, tan esbelta. «Sí, he visto a esta chica en otro lugar pero... ¿en dónde?», piensa él, mientras trata de concentrarse en la obras expuestas. «Pobre chica, parece cansada... ¿no tendrá calor con esa chaqueta?», piensa él, «Porque parece de tejido ligero, pero aun así... ¿la obligará el payaso a vestir así?» Entonces... «¡Ahora caigo!», piensa Carlos Alberto, «ya se quién es esta chica... es la chica de la boite, la de la gorra azul». Sí, él lo ha adivinado, y ahora «entiendo la expresión de ella, entre el recelo y la curiosidad... creo que me ha reconocido». Sí, Carlos Alberto, estás en lo cierto; desde el primer instante, ella ha reconocido a aquel joven, a aquel al que insultaba anoche el borracho. Te ha reconocido a ti. «En verdad el mundo es un pañuelo», sentencia in mente Carlos Alberto.
3. Y puesto que el mundo
es un pañuelo, ¿merecería la pena un brindis? ¿Brindarías aquí mismo, Carlos Alberto, si pudieras? ¿Qué clausurarías? ¿Qué buhardillas de tu alma se iluminarían, te iluminarían? Y tú, ¿qué iluminarías? Puertas de par en par se abren y una estrella florece de oro nuevo. ¡De oro nuevo! ¡Oh, irradiación furiosa de una rotación tranquila! Y, no obstante, tú te limitas, Carlos Alberto, a inclinarte levemente para mejor contemplar la tenue obra por el churrigueresco marco asediada. Y muy, muy leve pero ahí el pálpito. No es para menos, pues el dibujo etéreo y sin firma es, todo él, un susurro clamoroso: Modigliani.
4. Y llega Isidro Rux,
el payaso o expayaso. Pero nada extraño ocurre. Ni un mínimo rumor discordante en su nada cómico aspecto de caballero elegante, maduro. Con un andar ligero entra. Y se detiene. Con precisión militar mas con naturalidad. Pero... ¡cuidado!, ¿atisbo aquí sutil de payasada? ¿Sombra de payasada no ahí? Carlos Alberto duda. «Dudo», piensa. Brusco sí el cambio de lo presuroso a lo absoluto estático, cual film que, de pronto, se paraliza en un fotograma. Hombre estatua (elegante traje claro beis, corbata verde) no más de cinco segundos ahí, impasible. Para bendecir luego a los presentes, ella y él, con sonrisa reverente y esplendorosa y, con voz grave como de hombre ilustre, decir: «Buenos días». «Difícil, sí, vislumbrar en él al payaso pretérito», piensa Carlos Alberto. No ahí chufla, en efecto, ni ecos de metales de charanga ni griterío infantil. Él (Isidro Rux) es apuesto, metro ochenta (o así), atlético. Carlos Alberto no lleva la chaqueta. Isidro Rux: Frente alta, cabello espeso, plateado. Y mira: Algo insta a cuadrarse en presencia del otrora payaso cuando, con cierta vocación, el servicio militar has hecho, Carlos Alberto. Así es que no han sonado las fanfarrias circenses, mas sí ecos de marchas militares marcan el paso en la mente del otrora alférez Carlos Alberto.
5. Siguiendo a Isidro Rux,
sube él la escalera de caracol que lleva a la tienda. Aquí el mostrador y las estanterías repletas: cajas de óleos, pinceles, lápices, lienzos, blocs, cajas de acuarelas... o caballetes en un rincón. Luego, por una angosta puerta (tras el mostrador) pasan Carlos Alberto («usted primero», dice Rux) e Isidro Rux («gracias», contesta Carlos Alberto). A una sombría y vasta estancia pasan. Grandes cajas apiladas, de madera o cartón. Y allí, contras las cajas y unas sobre otras apoyadas, muchas obras sobre lienzo, de mayor o menor tamaño (algunas de tamaño considerable) en la penumbra apenas visibles. Sólo un pequeño ventanuco deja pasar la luz matutina. Si en esta estancia hay luz eléctrica, Rux ha prescindido de ella. «No sé por qué no da la luz», piensa Carlos Alberto. Así, entre sombras y penumbras, un poco a tientas, cruzan la vasta estancia, para luego, por una puerta (esta sí realmente angosta) en la pared del fondo, acceder a otra escalera de caracol, mucho más estrecha que la otra por la que subieran. Con el agravante de que esta tiene los peldaños harto desgastados. Pero al menos ahora una bombilla les ilumina. «Vaya con cuidado», advierte Rux. «Ya, ya...» Y así, con ascendente y reflexivo paso, arriba Carlos Alberto, tras Isidro Rux, a una buhardilla de parcas dimensiones, muy bien iluminada por la luz natural que, a través de la ventana en el inclinado techo, aquí entra a raudales. Esta estancia es el despacho de Rux. Un añoso escritorio de madera con una vieja silla de oficina, también de buena madera, de esas con mangos y ruedecitas. Y frente a la mesa otra silla, ordinaria pero cómoda, que también buenos años representa; es para recibir a la gente. Carlos Alberto se sienta en ella, y frente a frente los dos, da comienzo la entrevista.
6. Tras la entrevista,
que ha sido un éxito, dice Rux: «Le telefonearé». Y lo repetirá después cuando, estrechando su mano (con férrea energía), se despida de él. La atractiva chica ojerosa mirará, sonriente, a los que se despiden. No ha de tardar en telefonear Isidro Rux a Carlos Alberto, para decirle que sí.
***
IX. Inquietudes y rememoraciones
1. Estaba inquieto
Carlos Alberto. Ya tenía trabajo. Un buen trabajo no mal remunerado. Y por ello estaba contento. Pero estaba, al mismo tiempo, preocupado, inquieto, por el asunto del marido de Emasinca. O por estar borracho, ¡tan borracho!, aquella noche, no sabía él (el marido de Emasinca) qué estaba diciendo, o Emasinca realmente había desaparecido. «Y él a mí me culpa de la desaparición de ella... ¿cómo que yo tengo escondida a Emasinca, dónde, en el desván?» Y, de súbito, una imagen, ¿una mala pasada que le jugaba la imaginación? Una imagen como un flash, que escalofrió a Carlos Alberto: Emasinca en densas tinieblas envuelta, en el desván atada y amordazada; y aquella imagen mental tan vívida, y a pesar de su extravagancia, hizo que un sudor glacial y un temblequeo de terror recorrieran, cual dos relámpagos simultáneos, su cuerpo y su alma. Pero no. «Emasinca no está en el desván atada y amordazada; lo sé, y no voy a subir al desván para comprobar nada.» Mas, al filo de la media noche, a través los largos pasillos de la mansión, Carlos Alberto con cautela se dirigió hacia el desván. Largos pasillos sombríos, cuasi tenebrosos, que él ilumina con la tenue luz de una linterna. Corredores largos que llevan a largas escaleras sombrías, cuasi tenebrosas...
2. Al pasar por la puerta de ella
(ella que fingía ser él) Carlos Alberto sintió un escalofrío. «Eros me lo envía» Y su mente le ofrendó la fantasmagoría (vívida y vaga) de ella: la indígena allí entregada al sueño.
3. Y, como era de esperar,
como no podía ser de otra manera, Emasinca (era obvio, así tenía que ser) no se encontraba allí en el desván. Ni atada, ni amordazada, ni de ninguna otra forma.
Entonces recordó lo que dijo el comisario:
–Olvídese de la señora de Pereda-Turrión.
(Cesar Pereda-Turrión Gomariz: el marido de Emasinca)
–Pero él dijo que ella...
–A ella no le ocurre nada. Olvídese.
–Pero, señor comisario...
–Olvídese, todo está controlado.
4. Y ya en su habitación,
rememorando, en su augusta cama Chippendale ya desvelado estaba él tumbado boca arriba, destapado, ataviado con su ligero pijama azul.
Rememorando.
5. Rememorando: Era un día
primaveral, y por la floresta él paseaba. De la mansión extramuros, tan amena en primavera, la floresta; y paseando por ella, Carlos Alberto; y el trino de los pájaros amenizando el plácido paseo, aquel radiante día. Sonreían las flores en lo verde. El cielo era una cúpula límpida, que el más puro aire contenía, y mariposas eran etéreas bailarinas silentes en ese aire. Un día para los románticos. Para esos a los que (ya entonces) los materialistas llamaban cursis. Tarareaba el paseante una canción de moda cuando oyó el murmullo del río, allá abajo. Y, de súbito, erótica visión allí en el río. Seductor cuerpo femenino desnudo, que el líquido elemento cubría hasta la cintura y el sol envolvía con su luz. Él la veía a ella, pero ella no podía verle a él, tras la espesura oculto. «¿Quién es ella?», se preguntó Carlos Alberto; y, al instante, como una revelación, llegó la respuesta. «Pero si esa mujer... ¡es él!», exclamó in mente, «sí, es el indígena; ahora comprendo el porqué de esa predilección por una ropa demasiado holgada. ¡Oh, irradiación furiosa y pletórica de la vida misma, inmediatez esencial que retrae el alma a sus esencias divinas!» Entonces tal vez lo sagrado era eso. No otra cosa que ese éxtasis como un cebo para el espíritu. Entonces lo ultraterrenal estaba a tres pasos, más acá de lo esperado, como una luz para el peregrino o vaya usted a saber. Naturaleza que se despliega universal en un desnudo concreto no especulativo por lo pleno de formas, para qué las palabras vanas o vaya usted a saber. Divinal e inmediata realidad, en sí misma basada. Fuerza motriz eros que simplifica lo absoluto autoengendrándose pura y libre de sombras, de velos abstractos de cientificidad inútil. Cualidad y calidad, también calidez y aun más: de pronto el misterio de la tierra espíritu en el agua (río) y en el aire (plein air) a la luz del fuego Sol. Y no es conveniente economizar sueños como relámpagos. Eros más allá del escondite primer plano de los ojos que miran. Cuadro vivo, bañista por la luz difuminada, pero aun así, sus curvas tan exactas. Espectador tras la espesura que no aplaude, que apenas a tragar saliva (glup) por el miedo a ser descubierto se atreve. No, ni a eso tú apenas te atrevías, voyeur (vuayer) tú allí, tras el verde parapeto. «Aristocráticamente me deleito con tu cuerpo», pensó Carlos Alberto. «Mujer primorosa que te bañas en el río, cásate conmigo sin abandonar (tras el sacro rito, claro) tu condición de desnudo impresionista», pensó Carlos Alberto. Deseo, «¡oh, sí!», allí el suyo de conquistar algún día aquel cuerpo aureolado que dulcemente le derrota. «Mira, ahora está saliendo del río», pensó y tomó, sigilosamente «como me vea voy listo», las de Villadiego, pues valía más una retirada a tiempo que una derrota. Memorable acontecer fue. Ella desnuda en el río (en el claro de la floresta) para clausurar las intempestivas visitas del onírico ángel acusador bien se acuerda ¡como para no acordarse! en la penumbra erguido reprochando: «No luchaste tú por Emasinca».
6. Tras el acontecer memorable
Carlos Alberto escribió:
No, no puede uno engañarse a sí mismo,
no puede uno decorar su alma
con una falsedad de terciopelo.
Ya mi alma se ha entregado a la dicha
de una música tibia de mezquino deseo,
a la prolongada brisa de una dolorosa
y placentera sensación.
Sí, impregnado estoy de amapolas
y nubes.
Necesito ese cuerpo y no otro,
ese hermético espíritu purpúreo,
esos ojos sinceros de mirada
implacable,
ese carácter irritado y contenido
que le confiere ese animado encanto
perfecto.
¡Oh, aurora disfrazada de ultramar
que imaginara mi alma doméstica
y milenaria!
¡Oh, amable anatomía épica
y profunda!
¡Oh, perfil perfecto que glorificas
mi vista
en abundancia!
¡Oh, sencillez aterciopelada
de dulzura!
¡Oh, sentimiento de infelicidad
de quien se sabe abocado a un infierno
más o menos dulce!
7. Pero volviendo al presente,
las cosas están así: Puesto que la entrevista con Rux fue todo un éxito, el problema económico de Carlos Alberto estaba solucionado. Por otra parte, si la olvidada y luego recordada Emasinca ya estaba fuera de su vida, ¿a qué esperaba Carlos Alberto para intentar conquistar a la otra? «Tal vez no lo intentas», pensó Carlos Alberto, «por temor al fracaso». «No», pensó Carlos Alberto, «ahora ya no temo fracasar».
8. El miércoles 25 de agosto
Carlos Alberto paseaba con sosiego por su amado jardín vidrioso. Que así llamaba él a su jardín, in mente o por escrito. Por escrito así: jardín vidrioso, sin ninguna mayúscula. Ese jardín era suyo porque él amaba a ese jardín, y sabía que ese jardín le amaba a él. Así ven las cosas los poetas idealistas. Él era un poeta, un idealista en el sentido alemán del término casi. Casi, pues era católico. Mas si era sosegado su pasear, su rostro delataba tensión. Tras unos setos estaba Anselmo, ocupándose de unas flores. O sea: allí estaba, ocupándose de unas flores,
Magnolia
(y las flores de las que se ocupaba eran, precisamente, magnolias). Por el calor había prescindido Carlos Alberto de la chaqueta, pero no de la corbata. Camisa de manga larga y pantalón con la raya perfecta. «No sé que haría sin Wadelmás», pensó. Y luego: «¿Qué ganará esta chica con semejante disfraz?» Y también: «¿Será posible que Wadelmás no sospeche nada?» Pero el caso es que él, Carlos Alberto, tampoco había sospechado nada hasta el día del río.
Anselmo (o sea, Magnolia),
ocupada con las albas y rosadas flores, mira de reojo a Carlos Alberto, que con parsimonia se aproxima. Fragante aroma allí de las magnolias de floración tardía, criaturas de Wadelmás, el demiurgo floricultor. Un ilustre jardinero que visitó en tiempos el jardín, con asombro exclamó: «¡Esto no son magnolias!, son... ¡otra cosa!». Dirigiéndose a la que ahí con cariño cuidaba las flores, Carlos Alberto, con amabilidad un tanto almibarada pero no exenta de severidad, dijo: «Señorita Magnolia, ¿no cree que debería terminar ya esta farsa?» La travestida bajó la mirada; para alzarla al instante y, enfrentando sus expresivos ojos a los de él, decirle con firmeza: «Ya le conté toda la historia, don Carlos Alberto».
***
X. La historia de Magnolia
1. Lo cierto es que
cuando Carlos Alberto dijo: «Sé que es usted una mujer, ¿que por qué lo sé?, por nada, porque se nota», ella, tras revelarle su nombre, contó su historia.
2. «Puede llamarme Magnolia,
ya que Magnolia es mi nombre. Soy huérfana desde niña, y desde niña vivo con una tía mía. Ahora no, claro está; ahora vivo aquí, como bien sabe usted. Mi tía vive aquí, o sea, en la ciudad, pero prefiero no decir su nombre, y menos su dirección. Bueno, el caso es que andaba mal de dinero y, como soy artista... sí, soy artista, y no se me ocurrió otra cosa que hacer falsificaciones de esculturas africanas antiguas, en madera. Las vendí en tiendas de arte; no muy caras, pero las vendí. Les di gato por liebre, vamos... Pensaron que eran auténticas, porque estaban muy bien hechas, modestia aparte. Bueno... ya le he dicho que vivo con mi tía desde niña. Hace ya unos años, no muchos, que soy mayor de edad; pero he continuado viviendo, hasta que empecé a trabajar aquí, con mi tía. Pues eso... Hice las falsificaciones porque necesitaba dinero. Y la verdad es que me salieron muy bien, como si fueran auténticas, y por eso en las tiendas se lo creyeron... lo malo es que uno se dio cuenta de que eran falsas; no sé como, porque estaban perfectas... se ve que era muy entendido, y por eso se dio cuenta... Y ahora viene lo peor. Llego a casa y me dice mi tía, muy preocupada, muy alterada, que ha estado ahí la policía, diciendo que quieren hablar conmigo, qué he falsificado unas esculturas, y que eso se considera un delito. Y ya está. Y es por el lío este que estoy aquí disfrazada, para que no me encuentre la policía. Nadie sabe donde estoy, ni siquiera mi tía. Y mejor que mi tía no sepa nada, pues así la policía no se empeñará en hacerla hablar. Claro que... pensándolo bien... la policía no tiene por qué saber que mi tía no sabe nada. Pero no creo que se vayan a meter con ella... bueno, por alguien sé que mi tía no ha sido molestada por la policía. Ya está, ya lo sabe... y se lo he contado todo porque, una vez que he sido descubierta, ¿qué puedo ya hacer?; y yo creo, ¿sabe?, que puedo confiar en usted, ¿o no?
***
SEGUNDA PARTE
I. Nostalgia. Respuestas.
1. El sábado 3 de octubre de 1971
Carlos Alberto abrió su cuaderno (terciopelo azul y cantoneras áureas, en cuya portada se leía, en letras doradas, DIARIO, pero que de diario tenía poco) y, tras rasguear la fecha, escribió: «Hojas esproncedianas y el viento jugando con ellas. “Hojas del árbol caídas juguetes del viento son”. Sí, Espronceda, esas hojas son mis ilusiones perdidas. Magnolia ya no está aquí. Emasinca sigue en paradero desconocido. Y si persiste el marido en su desvarío, un día estará aquí a la policía, con una orden de registro. Por ahora, parece que la policía no toma en consideración su acusación gratuita. “Sí, puede escribirme”, me dijo Magnolia. Pero no contesta a mis cartas. Y tampoco mis padres escriben. ¡Oh, tú, triste jardín vidrioso que mi tristeza refleja! Aquí en ti escribiendo en otoño, jardín. En ti yo escribo, jardín vidrioso. En otoño en ti yo y el otoño en mi. Irradiación feliz emitiría otoño con sus hojas caídas si ilusiones yo tuviera. Pero al menos mi trabajo con el payaso va bien; y ahora que lo pienso, está ella. ¡Pero ella es tan fría! Creo que su frialdad obedece al influjo del payaso. Sí, tal vez cumple órdenes del payaso. Quizás en otro ámbito ella se manifieste cálida; quizá tenga novio. Mas, ¿por qué digo que Emasinca está en paradero desconocido?»
Y con el punto de la postrera interrogación puso punto final.
Pero luego, a manera de postdata, Carlos Alberto añadió:
«¿Acaso no aseguró el comisario que a ella no le ocurría nada?»
2. Pero, ¿qué pasó con Magnolia?,
¿dónde está ahora?, ¿continúa ella escondida? Es posible que te hagas, lector, estas u otras similares preguntas. Yo, en calidad de narrador no tan omnisciente, voy a tratar de contestarlas. Carlos Alberto consultó a un amigo, un tal Borja Juan, abogado, sobre el asunto de las esculturas falsificadas. Y el caso resultó ser, son palabras literales de Borja Juan, «bastante pintoresco». Borja Juan estaba bien relacionado con las altas esferas. El padre de Borja Juan y el comisario Muñoz-Viñó eran muy amigos. «¿Bastante pintoresco?», preguntó Carlos Alberto. Borja Juan se explicó así: «Es cierto que ella vendió copias como originales. Pero las vendió por mucho menos precio del que normalmente se paga por copias de tal perfección. Es decir, que más bien la engañada fue ella». Al final el mercachifle denunciador (sólo uno había denunciado) retiró la denuncia, sobre todo cuando cierto mandamás dijo: «¿Acaso un feo fetiche africano, original o copia, puede ser arte? ¡Arte es Velázquez!» Ella volvió a vivir con su tía. «Sí, puede escribirme», dijo ella, pero...
***
II. Un domingo de otoño
1. La ciudad
«suave otoñal no tan suave nunca lo fue si bien se mira», pensó Carlos Alberto. Hojas caídas. Gente. Tráfico. Otoño. Algo alicaído él. Bonita mañana de otoño. 4 de octubre del 71. Tras la misa, sin rumbo ahora él caminando. Hojas caídas. Peatones variopintos. Tráfico, contaminando la ciudad con alegría mecánica. Árboles, sobrevivientes de una época natural incívica, perdiendo sus hojas. Humo expelían frívolamente los autos cívicos. Carlos Alberto iba como un figurín. Como un petimetre. Llevaba un bonito sombrero de fieltro. Era ya muy raro ver jóvenes de su edad con sombrero. Caminando él en su día de asueto, trajeado a lo clásico pero a la moda. Anchas las solapas de la chaqueta y sutilmente acampanado el pantalón. No a la moda su corte de pelo, invisible casi por el sombrero. Corte a juego con su bigote fino; como un galán él de los años del swing. Y allí un kiosco. Al pie del kiosco, las hojas caídas de los árboles próximos se amontonaban, en la mañana dominical. Allí el kiosco, recubierto de revistas, periódicos o tebeos; y enfrente Carlos Alberto, con sus zapatos lustrosos sobre la muelle y crujiente alfombra de hojas, mirando lo allí expuesto. Sólo el techo en pico y la ventanilla se libraban de tanto papel impreso. Una bola áurea remataba la picuda cúspide. No sólo revistas, periódicos o tebeos; novelas y fascículos allí y no sólo de Corín Tellado, Estefanía o Silver Kane las novelas. Allí él pudo ver Historias de cronopios y famas de Julio Cortázar o El paraíso perdido, de J. Milton. «Dice Wadelmás que Milton no es trigo limpio, que mejor no leerle», pensó Carlos Alberto; «Corín Tellado, se diga lo que se diga, es la reina de la novela rosa; además sus novelas son muy edificantes». Fascículos había para dar y tomar. Allí Félix, el amigo de los animales, sonreía en su fascículo. Allí fascículos de enciclopedias, semanales o quincenales. Antaño, infancia añorada, aquel mismo viejo kiosco fue, para Litos, lugar adorado, y mucho más por los tebeos que por los dulces. Litos, así le llamaban en su infancia y así le llaman aún los amigos que desde la infancia le conocen. Y también vio allí alguna fotonovela, y novelas o historias gráficas para adultos como York o La masa. «A estos tebeos los llaman ahora cómics, pero no entiendo que los califiquen para adultos. Los de York sí son buenos», pensó Carlos Alberto. Hacía caso omiso Carlos Alberto a los pseudointelectuales de entonces, que tildaban a los tebeos y similares de subcultura. «Normal que Wadelmás no valore bien los tebeos, porque es mayor, pero...» Él enfrente del kiosco, mirando lo allí expuesto, y en torno la ciudad más suave ahora por el feliz efecto de la contemplación de tanta carátula. Y allí un tebeo, tras el cristal, medio tapado por otros, llamó su atención.
2. Un tebeo,
tras el cristal, medio tapado por otros, llamó su atención. Sólo se podía leer GARCITO (letras verdes, sutilmente góticas). Un TBO tapaba la esquina superior izquierda de la portada (según se miraba). Que era un Pulgarcito no cabía duda, y la ilustración, que ocupaba toda la portada, hacía ver que se trataba de un extra. Asimismo el precio, 25 pesetas, lo indicaba; los números normales valían 6 pesetas, como ese Mortadelo que allí en parte ocultaba el tebeo de marras. Lo que podía verse de la portada de este medio oculto tebeo, no parecía corresponder a un extra de verano que no se hubiera vendido. Él no había visto nunca un extra de otoño. Varios cláxones sonaron cerca del kiosco, crispantes, pero él estaba tan concentrado en aquella carátula, que ni se enteró. Lo que se podía ver de aquella portada mostraba a Zipi y Zape, Mortadelo, doña Urraca y Tribulete. Todos ellos posando como para un cuadro antiguo. Mortadelo, como distinguido gentilombre «del tiempo de Maricastaña, ¿siglo XVI?, pero... ¿ya se llevaban en el XVI las gorgueras?; sí, ya se llevaban», pensó Carlos Alberto. También lucía gorguera doña Urraca.
3. Y reparó
de pronto Carlos Alberto en que había, entre doña Urraca y Mortadelo, una especie de imprenta antigua. «Ya lo sé, Mortadelo es Gutenberg», pensó, «pero, ¿gorgueras en el XV?, porque la imprenta se inventó en 1450, si mal no recuerdo».
4. Y allí los periódicos,
algunos de los cuales se apilaban directamente en el suelo, al pie de la parte de delante del kiosco; Y había grandes piedras planas sobre esas pilas, para que no de volaran los periódicos. Hacía viento, pero escaso. Otros periódicos, y alguna revista, estaban apilados sobre una serie de sillas alineadas, allí frente a la parte delantera del kiosco y con piedras similares. Se fijó Carlos Alberto en que las piedras estaban barnizadas. Y, aquí o allá y sobre la prensa amontonada, las hojas caídas otoñales. Echó un vistazo a las portadas. Allí ABC Ya Pueblo Marca El Alcázar El Caso Hermes de Hispañia etcétera.
5. Allí kiosco otoño portadas
ABC Ya Pueblo Marca El Alcázar El Caso Hermes de Hispañia... y las revistas: La Estafeta (nº 477 1 octubre 1971 20 ptas LEPANTO la más alta ocasión que vieron los siglos y la portada la firmaba Goñi) Bellas Artes 71 «Sí es el número de septiembre-octubre que el PAYASO me estuvo comentando... ya eres un crítico profesional Carlos Alberto mas no sé qué tiene ese payaso que conturba mi alma sólo por esta portada merece la pena dejar hoy Hermes por ABC»: allí primer plano de Jane Fonda en los domingos de ABC suplemento semanal 3 de octubre de 1971 «¿por qué no responde Magnolia a mis epístolas? ABC normal y suplemento por seis pesetas es barato Para Wadelmás Emilio Romero es una mente lúcida» Jane Fonda ojos azules pelo rubio en la portada a todo color «Wadelmás está suscrito a Pueblo» y la Dama de Baza en la portada de Bellas Artes «¿llevaba Gutenberg gorguera? ¿de qué será el extra de Pulgarcito? ¿por qué no responde Magnolia a mis epístolas?»
6. Al final compró
el 50 aniversario PULGARCITO (que así se llamaba). Y también La Estafeta y el ABC.
El kiosquero tenía pelo blanco y blanco bigotillo.
–¿Qué le doy?
–Casi nada, una peseta... ¡y cincuenta más! –dijo el kiosquero.
El pícnico y simpático kiosquero.
Era el de siempre, el de la ida y añorada infancia de Carlos Alberto.
7. En la terraza del Café,
diez minutos después... «Lo fenomenal de las terrazas en otoño es que no están abarrotadas de gente», pensó Carlos Alberto. Hacía fresco allí pero se estaba bien. «Las terrazas en verano son una lata», pensó. El tebeo, La Estafeta y el ABC normal sobre la mesita de la terraza, junto al vermut y las aceitunas. En sus manos el suplemento. Primero miró, con suma atención, la portada, el primer plano de Jean Fonda, como si estuviera valorando una pintura «o una fotografía, que también puede ser arte la fotografía, aunque el payaso diga que no». Rux había dicho, tajante: «¡La fotografía no es arte!». «¿Y Atgèt, Nadar, Fox-Talbot, no son artistas?», preguntó, a modo de contestación, Carlos Alberto. «Son fotógrafos sobrevalorados», dijo Rux, «¿y no era Nadar caricaturista?» «Sí, pero no...» «Nada menos artístico que la caricatura de prensa», le interrumpió Rux. «No infravalore el humor», dijo Carlos Alberto, «no se olvide de que el gran Charlie Rivel es humorista». «¡¿Humorista un payaso?!, exclamó interrogativamente Rux, «¿desde cuándo un payaso es un humorista?, ¡un payaso es la pura esencia del teatro!» «Eso no lo niego, pero...» «Además», interrumpió Rux, «le diré que Charlie Rivel no es de los mejores; ¡no se puede comparar con el gran Grock!» «Yo, la verdad, no conozco a Grock, pero Rivel...» «No», interrumpió Rux, «Rivel no, ¡Grock!, repita conmigo: ¡gran Grock!, ¡gran Grock!, ¡gran Grock!» En la terraza, en sus manos el suplemento, Jane Fonda allí en la portada, Carlos Alberto pensó: «No sé cómo sería él como payaso... pero Rivel es inconmensurable... y las opiniones sobre arte del payaso carecen de criterio; quizá como payaso fuera mejor que como crítico». «Las nuevas vanguardias nada valen; tan solo los fieles a las primeras vanguardias valen», dijo Rux. «Personalmente yo también prefiero las primeras vanguardias, pero eso no...» Isidro Rux le interrumpió: «¡Pop art, action painting, informalismo... todo mandangas! Y le advierto: de las primeras vanguardias no todo se salva; Modigliani, que tiene cosas buenas, cayó en una aburrida monotonía; ¿ha visto usted ese dibujo de Modigliani que tengo ahí abajo?, ¿sí?, ¿y que opina?» «Para mí, es...», empezó a decir Carlos Alberto, pero Rux le interrumpió: «¡Excelente!, ¿verdad?; Modigliani, a fin de cuentas, es mejor dibujante que pintor». Eso fue el día de la entrevista, y Carlos Alberto, como lo que quería en verdad era el trabajo, calló. «¡Maldito payaso!», exclamó in mente. Y pasó la página, pues ya llevaba mucho tiempo detenido en esa portada. Pasó la página del dominical, y luego otra y otra... Estuvo hojeando el dominical, mirando fotos, ilustraciones, chistes y anuncios; y leyendo, de los artículos, el texto en negrita y poco más. Escribía sobre Lepanto Pemán, «el autor de Las flores del bien». Carlos Alberto había leído en tiempos el libro, que respondía a Las flores del mal de Baudelaire. Las chicas de Kiraz le parecían magníficas. «Seguro que el payaso piensa que estas chicas tan etéreas, con tanta sutileza dibujadas, no son arte», pensó Carlos Alberto. Renault 12 “S” confort mecánico. «O sea que es el cuarto centenario de Lepanto, ahora entiendo por qué tanto Lepanto en todas partes». «¿Y Mingote no es arte, payasito listo?» Y se tomó la ya última aceituna, para apurar luego el vermut; y cambiar suplemento por por Pulgarcito para deleitarse, allí en portada y contraportada, con aquel retrato múltiple de alcurnia, todos allí de época ataviados; y Gin firmaba el cuadro. Allí don Furcio Buscabollos, don Agapito, don Pío, Olegario, el doctor Cataplasma, Rigoberto Picaporte, Hermenegilda (o sea, la gorda), Leovigilda (o sea, la flaca), Gordito Relleno, Carpanta, Carioco, doña Urraca, Zipi (el rubio), Zape (el moreno), Mortadelo, el repórter Tribulete, Petra y para de contar. «¿Y tú que opinas, payasín?, esto tampoco es arte, ¿verdad?; a fin de cuentas sólo es un tebeo». Eso pensó, y La Estafeta reposaba sobre el ABC normal y bajo el ABC de los domingos (Jane Fonda allí rubia ojos azules) «¡maldito payaso!, si no fuera porque necesito el trabajo...» Es decir, que se celebraban dos aniversarios, un cuarto centenario y un cincuentenario. Y era para él el 50 aniversario de Pulgarcito el más relevante aniversario de los dos. Y Carlos Alberto alzó la mano para llamar la atención del camarero, pero este estaba distraído, con la mirada fija en no sé donde, pero un joven que pasaba por la calle, elegante según la moda del momento, reparó en él. Y vio Carlos Alberto cómo avanzaba hacia la terraza, hacia él. Y no era capaz Carlos Alberto de reconocer a aquel que avanzaba hacia él. Era un joven de su edad, alto y de complexión atlética como él. Y a su lado ya ese joven, fue sólo entonces cuando le reconoció. «¡Poldo!, no te había conocido». Era Poldo, un amigo al que no veía desde hacía un par de años o así. «No te levantes», dijo Poldo. Pero él se levantó y estrechó su mano, con brío. «Cómo para conocerte con estas lanas que te has dejado», dijo Carlos Alberto. Poldo tenía el pelo como el de los modelos de Galerías Preciados o Cortefiel. Y como ellos vestía. «Estás anticuado con ese bigotillo, Litos», dijo Poldo. «Claro», dijo Litos, «tú antes llevabas bigote, y eso es lo que más me ha despistado». «Sí, pero mi bigote era normal, el tuyo sólo lo llevan los vejestorios». Poldo era rubicundo, de rostro afilado y nariz aguileña. «¿Y mi sombrero, qué te parece?», dijo Litos. «Sin comentarios», dijo Poldo. Poldo bromeaba y Litos le seguía el juego.
8. En el Pegaso Z-102
ya ambos. Poldo conduce el coche de Litos. «Bueno, en tu coche, pero yo conduzco», había dicho Poldo; y, ya en la carretera, dijo: «Pues va bien el cacharro, chico». Campo, vacas. Dijo Litos: «Parece quimérico que automóvil de los años cincuenta pueda seguir feliz y lozano, con todo su vigor juvenil, a estas alturas; mas sé que el autor del milagro es Wadelmás, mi mayordomo». «Y parece increíble», respondió Poldo mirando a Litos de soslayo, con sonrisa irónica, «que en 1971 alguien hable de una forma tan rimbombante como tú». «No sé por qué me he dejado liar por este... vivalavirgen», pensó Carlos Alberto, o sea, Litos para los amigos de otrora, como Poldo. «Lo que pasa, Leopondo José, es que envidias mi bólido», pensó Litos. Y dijo: «¿Sabías que en 1952 conquistó el récord mundial de velocidad?» «¿Quién?» «¿Quién va a ser, Poldo?, este coche» «¡Pero no lo conducirías tú!», exclamó Poldo divertido. «Dificilmente», dijo Litos, «nací en 1947». «¡Ah!, lo mismo que yo». Tierra sembrada, cielo azul... «¿Sabías qué sólo se fabricaron 86 unidades de este coche?», preguntó Litos. «¡Caramba!», respondió Poldo. El Z-102 es un biplaza. Detrás, en el maletero, iba el equipaje.
Tierra sembrada,
cultivos de otoño. Cielo azul. Otra vez vacas pastando. Una casa roja.
Mientras el auto avanzaba
ellos charlaban. Ambos se conocieron en párvulos, en el Colegio León XIII, y juntos estuvieron todos los años colegiales. Coincidieron en la enseñanza media también, en el Colegio del Espíritu Sacrosanto, y en este mismo centro fueron bachilleres. Y, para postre, un año juntos en la Universidad de Fermosa, o sea, la de su ciudad. «Yo no comprendo, Litos, por qué dejaste la carrera, con lo bien que ibas.» «Es que a mí lo del derecho...» «¡Pero si sacabas notas espléndidas!» «Sí, lo sé, Poldo, pero a mí lo del derecho...» «Luego empezaste...» «¡Sí!», interrumpió Litos, «empecé otra carrera... y luego otra... pero no terminé ninguna». «¡Tú eres un bohemio!», exclamó Poldo al volante del Pegaso. Paisaje de otoño pasaba veloz, a derecha e izquierda. «Y tú, ¿a qué te dedicas ahora?», preguntó Litos. «¡Abogado ejerciente!, exclamó Poldo. Rojas copas de los árboles vertiginosos... «¿Abogado en ejercicio?, yo pensé que seguías en la docencia», dijo Carlos Alberto (Litos). «Ya no, ahora estoy en el bufete de Jajú, aunque, teniendo en cuenta que ahora es mi jefe, ¡debería decir don Borja Juan!» «¡No me digas!», exclamó Litos, «no tenía ni idea; pues precisamente, últimamente...» «Lo sé bien, nos recomendaste a una joven... la señorita Magnolia... la de los fetiches... yo trabajé en el caso». Carlos Alberto había tratado de llevar el asunto de Magnolia con la mayor discreción posible. «¡Oye!, entre la señorita Magnolia y tú...», comenzó Poldo. «Una amiga», cortó en seco Carlos Alberto. «¡Aja!, y si no es indiscreción, Litos, ¿dónde la conociste?; lo digo porque ella no es de nuestro ambiente». «¿De nuestro ambiente?, parece que no basta con dejase el pelo largo para ser de la nueva ola», pensó Carlos Alberto, «y no sé por que diantres me he dejado liar por este atolondrado en ejercicio». «Mis primas se pusieron muy contentas cuando les dije que venías conmigo», dijo Poldo. Leopoldo José Briz y Romero-Cañavate pertenecía a una familia de alcurnia y patrimonio. Había llamado desde una cabina, antes de salir de la ciudad. «¡Hola!, ¿eres Rosita, verdad?... sí, soy Poldo... mira, ¿te acuerdas de Litos... sí, sí, ese mismo... pues mira, escucha, que se viene conmigo a la fiesta». «Oye, ¿no habrá mucha gente en el cumpleaños de Rosita?», preguntó Litos. «Qué no te enteras, Litos; no es el cumple de Rosita, sino el de Marita». «Marita es la pequeña, la rubia, ¿no?». «¡No hombre!, no das ni una, Litos; Marita es la mayor, la morena; y no te apures, ¡vamos a ser cuatro gatos!». Arboledas pasaban... «¿Pero Villa Engreída a quién pertenece?», preguntó Litos. «A los padres de Marita, pero lo bueno es que mis tíos están fuera, como ya te dije antes». «Marita y Rosita... no son hermanas, claro», dijo Litos. «¡Caro que no!, Marita es hija de mi tío Polo y mi tía Lina; y Rosita de mi tío Carlos y mi tía Herme», dijo Poldo, y continuó diciendo: «He ido a Villa Engreída un par de veces, la última vez hace un año, pero recuerdo el camino... creo yo». Hacia ellos paisaje se abalanzaba. Arboles, cercas o casas aisladas pasaban a ambos lados, veloces... Al fondo las montañas azules. Carlos Alberto había visto a Marita y a Rosita alguna vez, pero nunca había estado en Villa Engreída.
Entonces, de súbito,
Carlos Alberto le vio allí estático en la carretera, abalanzándose hacia el Pegaso. «¡Frena!», gritó Carlos Alberto. Frenó Poldo. «¡Dios mío!», dijo Litos. La carretera estaba desierta. «¡¿Cómo me haces frenar así, Litos, estás loco?!» Por suerte ningún coche les seguía. Carlos Alberto había bajado del coche: «Nada», pensó. La carretera estaba totalmente desierta. Pero Litos, para cerciorarse, miró debajo del Pegaso, parado junto a la cuneta. Poldo también se apeó. «¿Qué miras, Litos?, ¿qué es lo que viste?, ¿un conejo?» «Sí... eso... pero parece... que ha sido una falsa alarma», titubeó Carlos Alberto.
En el auto de nuevo
avanzaban, pero ahora conducía su propietario. Dijo Poldo: «¡Menudo susto morrocotudo me diste, chico!, ¿acaso no sabes que si se cruza un animal lo que hay que hacer es acelerar?» «Ya, Poldo, pero, ¿y si no se trata de un animal?, ¿y si se trata de un ángel?», pensó Carlos Alberto. Era el ángel grave y solemne de siempre, el de los reproches, el de los avisos, «pero antes, al menos», pensó Carlos Alberto, «se me aparecía, cuando no en sueños, en un duermevela lindante con la vigilia; pero a plena luz del día nunca se había manifestado». De pronto recordó que antes, ojeando el dominical, vio, de refilón casi subliminal, la página de los horóscopos. Carlos Alberto solía evitar esa página, pues aunque no creía en horóscopos de prensa, «nunca se sabe»; y se sugestionaba con cualquier cosa. «Ahora, tras esta inquietante visión del ángel, creo que me vendría bien saber mi horóscopo», pensó Carlos Alberto, «así sabría a que atenerme».
«¡La carretera se bifurca!,
¿por dónde tiro?», dijo de pronto Carlos Alberto. Y el copiloto, que se había quedado dormido, dijo «¿Eh, qué, cómo?, ¡ah, sí!, a la derecha!» Poldo dijo esto adormilado, casi de forma refleja. Y Litos llevó el auto hacia la derecha, entrando en una estrecha carretera. Arboles otoñales con copas de rojas hojas refulgentes. Y se levantó un súbito viento. Y, como rojas mariposas, hojas revolaron en torno al coche que avanzaba por la mal pavimentada vía. Hojas a veces unidas por pocos segundos al parabrisas (como adheridas) quedaban, para despegar de súbito y al azaroso influjo del viento de nuevo entregarse. «Me he confundido, no era la derecha», dijo Poldo. «¿Como?» «Que nos hemos metido por la que no era, Litos... y aquí no hay quién de la vuelta» «¡Vaya!» «¡Bah!, no importa, Litos, esta carretera creo que es la que mis primas llaman el atajo, o sea, que por aquí se llega antes». «¿Seguro, Poldo?» «¡Sí!», respondió Poldo con escueta seguridad.
Y, al rato...
–¡Mira!, ¡ahí la tienes! –exclamó Poldo.
9. Ante ellos se alzaba
la imponente construcción. Pétreo muro, y la verja interrumpiendo esa monotonía de piedra. Y tras el muro alzándose, la vetusta villa de altos tejados como flechas apuntando al cielo y esas altísimas chimeneas. Y, al poco, el auto ya estaba allí aparcado junto al muro y a la derecha de la verja. Y bajaron del auto, y vieron que la verja estaba cerrada. Poldo llamó al timbre, pero nadie salió a abrir la verja. «Es raro que no salga nadie, porque aparte de mis primas y sus invitados tienen que estar los criados», dijo Poldo. Pasaron unos minutos exasperantes. «¡Qué cosa más rara!», exclamó Poldo. «Pues ya me dirás tú que hacemos ahora», dijo Litos. Y pensó con inquietud en la visión del ángel. «Mira, Litos», este muro no es tan alto... con tu ayuda yo podría subir, y luego desde arriba te ayudaría a ti». «¡Ya!... es factible», aprobó Litos, «pero como abogado ejerciente... habrás oído hablar del allanamiento de morada». «¿Allanamiento? ¡Qué exagerado eres, Litos! Es la casa de mi prima a la que estamos invitados», dijo Poldo.
10. Nada.
Ni un alma. Ni coches aparcados ni nada. Salvado el muro, caminaron hacia la casa, y su puerta principal estaba cerrada. Llamaron al timbre. «No hay nadie», dijo Poldo. Arreciaba el viento, y hojas pirueteaban a capricho del agitado elemento. «Eolo inquieta al arjé de Anaxímenes», pensó Carlos Alberto.
11. «Mira», dijo Poldo
señalando la placa áurea en la puerta que en distinguida cursiva decía:
Leopoldo Javier Briz Romerales
Paulina de Anglada Ruiz-Areán
–O sea –dijo Poldo–, tío Polo y tía Lina, padres de mi prima Marita.
«Sí», pensó Carlos Alberto, «pero el atajo ha hecho de la villa otra».
12. Así estaban las cosas.
Ni un alma. ¿Dónde las primas y sus invitados? ¿Dónde los sirvientes? Viento. Otoño. Bueno, pues ya vendrían. Todo era cuestión de esperar. «Poldo parece tranquilo», pensó Litos. «Litos parece inquieto», pensó Poldo. Ambos se pusieron a pasear por la villa. Entraron por un paseo interminable, flanqueado por grandes árboles. Litos tenía que sujetarse el sombrero de vez en cuando, por el viento. Entonces vieron un gran sofá de jardín de mimbre, con cojines para asiento y respaldo. Y allí en lo acolchado se sentaron y se respaldaron. Hacía viento, pero no hacía mal tiempo. «No comprendo donde se han ido todos», dijo Poldo. «El atajo nos ha conducido a este ámbito onírico», pensó Carlos Alberto, y recordó la visión del ángel. «¿Qué piensas de esas personas raras que tienen visiones?», preguntó Litos a Poldo, y al instante se arrepintió de haber hecho tal pregunta. La hizo sin mirar a Poldo, puesta su mirada en los árboles al otro lado del paseo. Poldo no dijo ni mu; y Litos miró entonces a su amigo, y vio que este se había quedado dormido. «Como un tronco», pensó Litos; y dejando a su amigo en brazos de Morfeo, se puso en pie, y siguió caminando por el largo paseo. En verdad merecía ese camino el calificativo de interminable, pues parecía no tener fin.
13. Por el camino largo
avanzaba Carlos Alberto, pausadamente. De vez en cuando sujetaba su sombrero, por el viento. «Furiosa y delicada irradias de este camino de otoño, tú, belleza», pensó. Refulgente belleza de esos robles rojos. Tan gruesos troncos, tan sinuosas ramas, tan ígneas hojas aureolando esos árboles. «Este asunto del ángel ha llegado a interesarme... ¿es un ángel bueno o malo?», pensó, «ahora se piensa que una visión de esta índole radica en la mente, que no es en sí, sino en mí (en nosotros). Los que piensan esto creen en lo real y en lo mental; son materialistas, y para ellos la mente es una máquina. Son antifiósofos. Son científicos, y no tienen derecho a opinar de lo que no entienden. Pocos creen ya en las visiones sobrenaturales. Yo sí, pero, ¿cómo distinguir un ángel bueno de uno malo?» Certidumbre otoñal. Distinguió de un ruiseñor el canto. Carlos Alberto transmitía su inquieta serenidad al camino, y las ramas onduladas de los árboles, sus hojas, eran el alma de él desplegada. No se veía el fin del camino. «No tendrá fin el camino», pensó, «por toda la eternidad caminaré, mientras Poldo duerme eternamente; tendré una eternidad alongada para olvidar a Emasinca, para añorar a Magnolia». «Excepto cuando la vi bañándose en el río, nunca llegué a ver a Noelia vestida de mujer», pensó. Por el camino largo avanzaba. Las gruesas y altas encinas y sus hojas áureas.
14. A la pérgola llevó el camino.
Ante sí la vio y entró en ella. Por entre las dos filas de columnas ahora caminaba, a la sombra del tupido follaje de las trepadoras, que cubría, casi totalmente, las vigas transversales. De capitel a capitel, esas vigas transversales; y las trepadoras, con sus hojas otoñales, aferradas a esas vigas como también a esas columnas. «Capiteles jónicos», pensó; y las hojas, sobre la piedra gris, iban del amarillo al rojo, por un ocre de oro pasando.
15. Y vio el invernadero
cuando pasó la pérgola. Un invernadero como un palacio de cristal. De hierro pintado y cristal y madera el no pequeño palacete. Y esa cúpula, poliédrica al sol destellando: pentágonos de cristal en estructura férrea ensamblados. «Para pintar el hierro han elegido el verde», constató per se. «Lo verde es de lo férreo la esperanza», pensó Carlos Alberto.
16. Y entro en el invernadero,
pues la puerta estaba abierta. Entró. Allí las flores del período frío. Él amaba las flores; no entendía a los animales ni a los humanos; aún así, entre perro y gato, gato; y entre hombre y mujer, mujer. Entró. Allí las flores pentámeras de la artanita, blancas o purpúreas; corola de cinco pétalos. Y del pensamiento violáceas flores tricolores de cinco pétalos. O allí, también cinco sus pétalos, las primorosas flores amarillas de la prímula. Y, de súbito, un sobresalto: él no estaba solo allí. Al fondo, de espaldas a él, una mujer (camisa a cuadros, pantalón vaquero de peto) se ocupaba del jardín. Tenía una media melena corta y un tipo esbelto y sensual. «Esa jardinera es una bella escultura viva», pensó.
17. La jardinera,
antes de que él dijera nada, sintió su presencia, y dio media vuelta con cierta brusquedad, fijando su mirada el él. Y él quedó fascinado por el rostro de esa mujer, por esa mirada entre cálida y gélida. Era sin duda esa joven la mujer de sus sueños, tal vez una aparición, pero no, ¡era real!, y además... ¡y además conocía a esa joven! «Pe... pero si es...», pensó Carlos Alberto, y exclamó: «¡Magnolia!»
18. Con Magnolia
estaba, en efecto, pero él, así de golpe, no había reconocido a la joven. Al fin y al cabo, era la primera vez que Magnolia estaba ante él sin el disfraz de chico, dejando aparte lo del río. Carlos Alberto estaba ahora estupefacto ante la proximidad de la indígena. Allí, ante él, la prístina indígena. ¿Qué hacía allí la aborigen, la representante de aquellos que, antes de la civilización, eran? Allí ella y su pura mirada Gauguiniana. Brisa de un mar lejano en el invernadero. Lustrosa polinésica su media melena. Ojos oscuros polinesios. Tez morena. Las manos enguantadas de Magnolia sujetaban unas tijeras grandes de jardín. «Sí», dijo ella, y añadió: «soy Magnolia». Él, con expresión de sorpresa, dijo: «¡Vaya!, no esperaba verla aquí». «Lo mismo digo», contestó Magnolia, «pero aquí no soy Magnolia, sino Dori» «¿Y cómo es eso?, preguntó él. «Es por el asunto de las falsificaciones», dijo ella, «salió algo en la prensa de aquí; poco, pero por si acaso...» «Ya veo», dijo él, «y posiblemente Magnolia tampoco será su verdadero nombre». Ella bajó la mirada. Y, sin decir nada, se puso a jugar con las tijeras abriéndolas y cerrándolas con rapidez. Durante unos segundos, sólo el rítmico clac clac metálico de las tijeras. «Ya se que no tengo derecho...», empezó a decir él, sin saber bien como daría fin a la frase. Pero ella le interrumpió. Dejando quietas las tijeras, y con sus ojos fijos en los de él, dijo: «Siempre dice mi tía que no hay que sacar conclusiones apresuradas; ambos nombres son verdaderos; me llamo Magnolia Dorotea». «Por favor, acepte mis sinceras disculpas», dijo Carlos Alberto, y pensó: «Magnolia Dorotea es un nombre aristocrático». «¡Oh!, no tiene por que disculparse», dijo ella mientras, sin darse cuenta, balanceaba las grandes tijeras abiertas, con su dedo índice sujetándolas por una de las asas. Carlos Alberto no podía dejar de mirar ese peligroso oscilar. «Al final se cortará», pensó. Alternativamente miraba ora los ojos de ella, ora las tijeras oscilantes. Y ese índice que sujetaba el asa, impulsando el movimiento pendular, parecía apuntar hacia él intencionadamente. «Conseguí trabajo aquí de jardinera, ya ve usted», dijo ella, y sonrió. Él sonrió. Y súbitamente las tijeras salieron despedidas vueltas dando en el aire: iban a terminar en el rostro de ella mas ella alzó su mano, y esa mano hubiera sido herida (tal vez solo un rasguño o quién sabe) pero no. Él frenó esa trayectoria amenazadora de las tijeras abiertas afiladas alcanzándolas, por una de sus asas (raudos reflejos) asiéndolas. Raudos reflejos él. «¡Vaya susto, gracias, ¡que reflejos!», dijo ella. «No hay de qué, pero mejor dejemos las tijeras aquí en esta repisa», dijo él. Fragancia de las flores en aquel ámbito. Los dos allí bajo una alta bóveda de cristal (aquel invernadero tenía bóvedas y cúpula sobre el crucero, cual templo; pero de hierro y cristal y no de piedra era ese templo de las flores). «¿Ha venido usted por el cumpleaños de la señorita Marita?», preguntó ella. «Sí, con mi amigo, o sea, con un amigo mío, pero ¿cómo es que no hay nadie en la villa?», preguntó él. «¿Por qué dice que no hay nadie en la villa?, ¡hay mucha gente en la villa!, está la señorita Marita, y la señorita Rosita, y sus amigos, y el señor Zacarías, y los sirvientes...» «Entonces... ¿cómo es posible que estuvimos llamando a la puerta y nadie nos abrió?» La mayor extrañeza reflejábase en el rostro de él. ¿Soñaba? No. ¿Quizá él veía visiones? No: ella era real, estaba allí. «No comprendo», dijo ella, «y, por otra parte... ¿cómo han entrado en la villa si nadie ha abierto?» «Pues... saltando el muro», dijo él, «y fuimos hasta la casa y tampoco abrió nadie». Todo misterio, si no a la inquietud, se abre lo ignoto; y lo ignoto fascina cual sobre sorpresa, mas abrir el sobre sorpresa es como pasar de la poesía a la prosa, mas es también ir de la intranquilidad del no sé a la quietud del sé. ¡Hale! todos los peques a comprar el SOBRE SORPRESA JISA 1 PTS «Pues es muy raro», dijo ella, «a no ser que... ¡ya caigo!, ¡han venido ustedes por el atajo!» «Sí, hemos venido por el atajo», dijo él, pero, ¿cómo es posible que un atajo...?» Carlos Alberto había llegado a intuir que ese atajo era una puerta a ámbitos oníricos, pero no. Pronto iba a conocer la verdadera solución del enigma. «Deje que le explique», dijo ella, «aunque llevo poco trabajando aquí, me he enterado de muchas cosas; resulta que el atajo conduce a la parte norte de la casa, y esa parte norte no se utiliza desde hace tiempo. El timbre de la verja norte sólo se oye en algunas habitaciones de la parte norte, y lo mismo ocurre con el timbre de la puerta de la fachada norte de la casa». «O sea», dijo él, «que esta villa tiene una verja norte...» «Y una verja sur», dijo ella. «Del mismo modo la casa tiene una fachada norte y una fachada sur, ¿no?», dijo él. «Sí», asintió ella. «Aún así me choca que mi amigo... Poldo, que es primo de Marita... y de Rosita, claro, no se diera cuenta de que esa fachada no era...» Magnolia le interrumpió: «Es que la fachada norte y la fachada sur... son casi idénticas». Ambos siguieron hablando de la casa, de la villa, y por Magnolia supo Carlos Alberto que él y Poldo habían caminando por ese larguísimo paseo en dirección oeste, y que en esta dirección continuó él luego caminando y que llegó a la pérgola, y por la pérgola siguió él caminando siempre en dirección oeste y así llegó al invernadero. Y por Magnolia supo él que, más allá del invernadero, la villa se prolongaba hacia el oeste «hasta el infinito», dijo ella. «¿Hasta el infinito?», preguntó él. Estaba él de pie, alto, delgado, elegante, y sujetaba el sombreo con la izquierda; en esta mano lo había tenido desde que entrara en el invernadero, y Magnolia, mujer encantadora allí frente a él, dijo sonriente: «Hasta el infinito no, claro, pero casi». Y rió ella. Y rió él. Y por Magnolia supo que si ellos, Poldo y él, hubieran caminado hacia el este en vez de ir hacia el oeste, pronto hubieran dado con el muro que limita la villa. En cambio, más allá del invernadero hacia el oeste, la villa parecía no tener fin. «Yo no he visto el muro que limita a la villa por el oeste», dijo ella. «Lo que sí he visto es el zoológico». «¿El zoológico?», preguntó él con sorpresa. Y ella le dijo que sí, que en la villa había un zoológico, con flamencos, gacelas, pandas, cebras y otros muchos animales, pero sin fieras; y él preguntó que si había elefantes, hipopótamos o rinocerontes, y ella le dijo que no. «¿Y monos?» «No los recuerdo...» «¿Y quiénes se ocupan del zoológico?» «Unos que viven cerca del zoológico, en unas casas», dijo Magnolia. Y por Magnolia supo él que había en la villa un campo de fútbol y una pista de tenis y una piscina casi olímpica. Y él hubiera querido preguntar: «¿Por qué no respondió a mis cartas, Magnolia?» Y no lo hizo, pues no tuvo valor.
19. El cumpleaños de Marita
se celebró en una sala amplia, pero los asistentes eran pocos. Además de la agasajada, de su prima Rosita, Poldo y Litos, estaban Luli, Licia, Tanás y Fausto. Marita: morena, altiva. Rosita: rubia, desenvuelta. Las dos altas y esbeltas. Luli: pelirroja, arrogante. Licia: pelo castaño, ojos burlones. Menos altas que las primas. Como estas, esbeltas, atractivas. Tanás y Fausto, rubio y moreno respectivamente. Desdeñosos ambos y ambos engreídos y vanidosos. Carlos Alberto fue presentado a quienes no le conocían: «Este es Litos». Al llegar él, Marita y Rosita saludaron con afecto. «Feliz cumpleaños, Marita», dijo Litos. Marita dijo: «Creo que querías pasar el día en el invernadero». Poldo encontró a Litos en el invernadero. «Añoro el invernadero», pensó varias veces, a lo largo de la fiesta, Carlos Alberto. «El invernadero es un templo, y Dori (ella es ahora Dori) es la jardinera del templo», pensó ese que allí llamaban Litos. Como Litos no tuvo tiempo de comprar nada, Poldo puso, en su regalo para Marita, el nombre de ellos dos. Y el presente gustó mucho. «¡Close to you, de The Carpenters!», exclamó Marita. Eso fue después de soplar las velas (23) y de que una bonita joven, uniformada, cortara y sirviera el pastel. Cortó esa joven el pastel de arándanos con cuchillo de plata. Entonces el long play sonó, una y otra vez. Usó el cuchillo de plata con suma precisión. Sólo Litos se fijo en eso. Era de un elegante diseño el cuchillo de plata. Sólo Litos se fijó en eso. La mano sutil que guiaba el cuchillo parecía modelada por Verrocchio. Esto pensó Litos. Y el perfil de la joven de la cofia recordaba algún dibujo de Leonardo. Eso pensó Carlos Alberto. El long play sonaba. Y alguien sacó el tema del zoológico, y así supo Carlos Alberto que lo del zoológico era cosa del padre de Marita, que había escrito y publicado algunos libros sobre zoología, y que uno de ellos, el más polémico, era «sobre el origen de los animales», dijo Marita. «¿Y dices que ha sido un libro polémico?», preguntó Fausto, «¿y qué decía la teoría, qué los animales venían de la Luna?» Lo dijo con desdén. «En la luna no hay ni pizca de vida», dijo, sentenciosamente, la arrogante y pelirroja Luli. Sonaba el long play de The Carpenters. «Esa chica tiene una voz matinal y azul», pensó Litos, a propósito de Karen Carpenter. «Es una teoría muy rara», dijo Marita, «es que el jerarca está loco». «¡Huy!, no digas eso de tío Polo», dijo la rubia y desenvuelta Rosita, «lo que pasa es que es un incomprendido». «¿Pero has leído el libro?», preguntó la altiva Marita. «No», respondió Rosita. «Eso me parecía», dijo Marita. «¡Exijo que me ilustres sobre la teoría rara, Marita!», ordenó jocosamente Poldo, el rubicundo de perfil de águila. «Yo no he leído el libro», dijo Marita, «pero os puedo decir, eso sí, lo que me ha contado el jerarca». Marita solía llamar a su padre el jerarca. Dijo Marita: «El jerarca se inspiró para su teoría, o sea, para la teoría rara del libro este, de un poeta... creo que inglés... o alemán... ¡da igual!; el caso es que ese poeta decía que el que creó el cordero no pudo crear al tigre». «¡Eso no tiene sentido!», exclamó Tanás, el rubio engreído y desdeñoso. «William Blake», pensó Carlos Alberto, y a su mente acudió el recuerdo de un poema: The Tyger (El Tigre), donde el poeta se preguntaba: ¿El que hizo el Cordero te hizo a ti? «Él, William Blake ponía Tyger y Lamb con inicial mayúscula», pensó Litos. «Pero vamos a ver», dijo el engreído Fausto, «¿de que creador hablamos?, de Dios imagino que no, porque se supone que es un libro de zoología, y no de teología». «Voy a voltear el vinilo», dijo Marita levantándose de un salto. «¡Eh!, mejor pon otra cosa», dijo su prima Rosita. «No», dijo Marita, «¡es mi cumpleaños y pongo lo que quiero!» Y The Carpenters sonaron allí de nuevo. Luli y Licia, esbeltas como chicas de Kiraz, en torno al tocadiscos se pusieron a bailar, a estilo yeyé. Los otros con lo de la teoría rara seguían, dale que dale. Ya sólo Carlos Alberto seguía sentado en su silla, junto a la mesa. Los otros se habían sentado sobre unos cojines, en el suelo. Algunos fumaban, oros tomaban licor. Licor de café tomaba Carlos Alberto, que no hablaba. Escuchaba. «Pienso», dijo Rosita, «que el que hace un tigre hace un cordero». «La clave está en el agua, H2O, ¿os suena?», dijo el engreído Tanás. «No, no es eso», dijo Marita, «la idea es que el cordero es obra de Dios, mientras que el tigre es creación de Lucifer». «¡Tío Polo es más surrealista que Dalí!», exclamó alborozada Rosita. «¿Y el lince quién lo creó?», preguntó con sonrisa torcida el desdeñoso Fausto. «Lucifer», respondió Marita. «¿Y un águila?», pregunto Tanás. Y Marita: «Lucifer». Rosita: «¿El gato?» Marita: «Lucifer». Poldo: «Perro». Marita: «Lucifer». «Y el elefante y la cebra y la jirafa, etcétera», dijo Tanás, «presumo que fueron creados por Dios, ya que son vegetarianos». «Sí», contestó Marita, «aunque no es la cosa tan sencilla, pero como yo no he leído el libro...» Y entonces recordó Carlos Alberto lo que le contó Magnolia del zoológico, que en él no había fieras ¿por ser de Lucifer? y que había flamencos, gacelas, pandas, cebras y otros animales. Y que monos no había. ¿Se trataba de un zoo de criaturas de Dios?, pensó Carlos Alberto, «porque las cebras y las gacelas son animales herbívoros, y el panda, aun siendo un oso, es vegetariano, pero, ¿qué pasa con los flamencos?, comen algas, pero también plancton que es vegetal y animal, y además insectos, peces y qué sé yo». Entonces de su ensimismamiento salió Litos, al ser así por Poldo así interpelado: «Señor silente, exponga su punto de vista sobre el asunto aquí tratado, si es usted tan amable». Litos estaba sentado en su silla; los otros sobre los almohadones, en el suelo; y, algo más allá, al son de la música (The Carpenters) Luli y Licia bailaban. Litos tomó la palabra y dijo: «Todos los animales fueron creados por Dios; esto se dice en el Génesis. Y el profeta Isaías nos dice que, en el futuro, habrá un cielo nuevo y una nueva tierra y allí: “el lobo y el cordero pacerán juntos; el león, como el buey, comerá paja”. Y luego menta Isaías a la serpiente, que comerá polvo. Esto leemos en Isaías 65, 25, pero antes, en Isaías 11, 6-9, si mal no recuerdo, el profeta nos habla del reino de la paz con más detalle. He leído estas cosas tantas veces, en mi Biblia Nacar-Colunga, que ya puedo citar de memoria». Y Litos citó y recitó:
“Habitará el lobo con el cordero,
y el leopardo se acostará con el cabrito,
y comerán juntos el becerro y el león,
y un niño pequeño los pastoreará.
La vaca pacerá con la osa,
y las crías de ambas se echarán juntas.
y el león, como el buey, comerá paja.
El niño de teta jugará junto a la hura del áspid,
y el recién destetado meterá la mano
en la caverna del basilisco.”
Acabado el recitado, dijo Litos:
«Así será, según el profeta, y así debió de ser en el Paraíso; pero por la serpiente llegó el pecado, y los hijos de Adán y Eva no conocieron ese Reino de la Paz». La música había cesado. Luli y Licia ya no bailaban. Ellas y los demás habían estado escuchando a Litos. Y, a través de una puerta (al fondo), subrepticiamente asomaba la joven uniformada de la cofia, la leonardesca joven del cuchillo de plata, que, con timidez, un leve, casi silente aplauso, dedicó a Litos; y Luli y Licia, las a chicas de Kiraz afines captaron, certeza sensible, y sin saber su procedencia, ese aplauso quedo como de plata. Y Luli y Licia aplaudieron con viveza, y los demás hicieron lo mismo. Mas no ese cuchillo de plata ella, como cuando cortó la tarta. Sólo un aplauso quedo de plata de sus manos. Y, con fijeza, miró Litos a la de la cofia, ajeno a los aplausos de los otros. Y súbitamente la de la cofia se fue. Pero no había sido visión angélica.
***
III. La noche del domingo
1. En la suite ya,
pero él aun no sabía que una suite fuera; o sea, que en la habitación de la mansión estaba Litos. Noche. Le había correspondido una óptima y casi lujosa habitación. Casi, pues era parca. Un poco más lujosa y casi hubiese sido rococó. Algo más sobria y hubiese pasado (aun sin serlo) por un neoclasicismo albo y áureo. Ya solo en esa habitación Litos aún vestido pero sin chaqueta (ya en la percha, en el armario). En la cama, sentado y como abstraído, él. Floja la corbata. La mirada como fija en sus zapatos. Reaccionó. Se levantó. Curioseó. Y no era una habitación, sino tres. O sea, una suite (léase suit). «¡Vaya lujo!» Saloncito y cuarto de baño amén del dormitorio. Y, por un momento, pensó que había allí una habitación más. Porque había otra puerta, pero cerrada con áureo candado. Un candado que parecía, al menos, bañado en oro. «Quizá la llave esté en un cajón», pensó. La puerta cerrada estaba en el pequeño saloncito. «Tal vez no sea una habitación, sino un armario.» Había allí una cómoda de madera, pero Carlos Alberto no miró en los cajones. Al dormitorio fue, donde estaba su pequeña maleta sobre una mesa. Abrió su maletín, que como maletín era grande. Pero como maleta sería una maleta pequeña. Él llevaba siempre su maletín consigo cuando iba a la ciudad. Lo primero que él vio, al abrir el maletín, fue el rostro de Jane Fonda. En la portada del dominical ella con sus ojos azules. Y, debajo, el 50 aniversario Pulgarcito, luego La Estafeta y luego el ABC normal. Con las revistas y el diario pasó al saloncito, tan pequeño que merecía ser llamado, aun cayendo en redundancia, pequeño saloncito. Y ahí él, en un sillón sentado: el dominical en sus manos; y, sobre una pequeña mesa frente a él, las otras publicaciones. Frente a él, al cercano fondo, la puerta cerrada del candado áureo. Y a la derecha de él, la puerta que daba al dormitorio. Miró su Omega (estilo y precisión): dos y cinco de la noche. No tenía sueño; leía en Los domingos de ABC un artículo de Pemán, sobre la batalla de Lepanto. Pero no era capaz de concentrarse. Pensaba que no tenía que haberse quedado a pasar la noche, que Poldo le liaba siempre. Pensaba que, además, durante la tarde, tras la comida de cumpleaños, no había visto a Magnolia; ni había visto de nuevo a la doncella de manos a lo Verrocchio (la Dama de las prímulas in mente), a la joven sirviente de perfil leonardesco (un bello rostro de mujer, ese dibujo del Louvre para la Madonna Litta in mente). Pensaba en lo que había hecho durante la tarde: Marita, Poldo y él fueron a ver el zoo. Y, mientras, los demás se dedicaron a jugar al tenis. En el Land Rover, al volante Marita, fueron al zoo. «Yo creo que ellos hubieran preferido el tenis también, pero insistí tanto...», pensó Carlos Alberto. Y se hablaba en el artículo de un cuadro: La Religión, socorrida por España. Pensó: «Conozco bien este cuadro, es magnífico, está en el Prado, pero no sé por qué Pemán dice que una mujer está desnuda y la otra un poco más vestida. Vale que llame desnuda a la semidesnuda (que es la Religión) pero la otra (España) solo lleva desnudos los brazos. Y él recordó: una cruz quebrada y astillada, pero con sutileza por no ofender el símbolo; un cáliz áureo abatido como abatida la mujer que la Religión alegoriza y cuan magnífica esa pierna o esa mano delicada (no en vano el lienzo lo pintó Tiziano) y ese rostro afligido; ella ahí la de esa tela azul con la que en parte cubre su desnudez tan veneciana. Y, por el árbol muerto, las venenosas sierpes pululando. La otra ahí cual Minerva acude en su socorro, de España alegoría; tocado suntuoso la del perfil tan clásico e igual (de suntuosa) esa otra tras ella empuñando la espada. Y hay más objetos, figuras o detalles; concierto tan excelso de formas y colores... Y rememoró a Magnolia en el río, y pensó que «¡ay!» qué curioso que, durante un tiempo, ella estuvo allí tan cerca de él, ocupada del jardín, «de mi jardín vidrioso», pero él veía únicamente un chico. Y nada, que no era capaz de concentrarse el el artículo de Pemán. «Y después supe que era una chica», y se lo dijo, y ella le contó su historia. Y de súbito él alzó la mirada, y miró con fijeza la puerta del candado áureo, frente a él. Y luego miró la cómoda de madera, a la derecha de la puerta del candado. Y pensó: «En uno de los cajones de esa cómoda está la llave del candado, que presumo dorada». La cómoda tenía cuatro cajones. Y en uno de ellos «quizás esté la la llave... o quizás no», pensó él; y, por encontrarse poco animado, concluyó: «no... en esos cajones no está la llave». No merecía la pena levantarse, abrir esos cajones «para quedar, por la decepción, con el ánimo aún más bajo», pensó. Siguió hojeando el ABC dominical, mas evitando llegar a la penúltima página, pues era donde venía El destino en las estrellas, por José María Terrón, el por él temido horóscopo semanal. Presentía Carlos Alberto que su horóscopo no iba a ser bueno. Temía sobre todo ser el signo pésimo de la semana. «Es que si lo miro y soy el signo pésimo me hundo», pensó. Aries era su signo (había nacido el 7 de abril). Le molestaba que Marta y María, la tira de Íñigo (el de Mari Pili y Leopoldino) viniera en esa página del horóscopo. Era muy difícil leerla sin sucumbir a la tentación de mirar el horóscopo. A veces lo intentó (tapando con el ABC normal parte de la página) y acabó cediendo a la curiosidad. Yendo en el todoterreno al zoo con Poldo y Marita, él dijo: «La finca es inmensa, ¿verdad?». «Sí, kilómetros y kilómetros», contestó Marita. «Kilómetros y kilómetros», recordó Litos allí en el sillón con el dominical en las manos. Y recordó aquel zoo, un intento «quizás loable de reconstruir lo ido o anticipar lo por venir; el Paraíso Terrenal, en cualquier caso; pero no comparto esa teoría del padre de Marita; además... ¿dónde las pacíficas fieras?». Y, a su mente de súbito, el recuerdo de una pintura, El Reino de la Paz, del pintor naif Edward Hicks, y recordó él algo que tenía que hacer para el payaso (así se refería in mente a Rux), mañana lunes. Tendría que ir, a la tarde, a una exposición de arte naif, en una importante galería; allí, él debería tomar notas, para elaborar un informe sobre los cuadros allí expuestos; y debería preguntar los precios de las pinturas y comprar el catálogo. Lo bueno del trabajo es que pocas veces estaba obligado él a ir temprano por la mañana. Suerte fue ver aquel anuncio del periódico: ASESOR EN ARTE DE PRIMERAS VANGUARDIAS SE PRECISA
Galería Isidro Rux Calle de los libros 52 Barriada de los bohemios Dejó Carlos Alberto Los domingos de ABC en la mesa, por no caer en la peligrosa tentación de mirar su horóscopo. Y cogió el 50 aniversario Pulgarcito. Abrió la revista y después la volteó, para así contemplar en conjunto la ilustración que portada y contraportada ocupaba, y que era como un cuadro, que firmaba Gin. Los personajes del Pulgarcito, esos que por norma general andaban a mamporros, pacíficos y dignos allí posaban. Por eso él volvió a pensar en El Reino de la Paz, de Hicks. Y, pensando en el cuadro rememoraba in mente las palabras de Isaías 11, 6-9: Habitará el lobo con el cordero, etcétera. Esas palabras que recitó y por las cuales fue aplaudido, «aplaudieron como quienes aplauden a un clown, pero la joven de la cofia sí parecía sincera». Y sí él pensó en el profeta Isaías al pensar en el cuadro de Edward Hicks fue porque el cuadro «como su título indica, se inspira en Isaías», pensó, «Hicks era un cuáquero, y conocía bien la Biblia; en su Reino de la Paz, igual que en Isaías, el lobo habita con el cordero, y el leopardo se acuesta al lado del cabrito; el buey y el león comen paja, y un niño pastorea al becerro y a la madre la vaca bruna de los albos cuernos que a su vera camina y al tigre. Un tigre puso Hicks; por no repetir el león, probablemente. Y sí allí otra vaca paciendo con la osa y sus crías echadas juntas. Y niños jugando. Y allí, por conocer uno el texto del profeta Isaías, adivina la caverna del basilisco y la hura del áspid. Y al fondo la paz entre indios y blancos», rememoró él. «Los niños de Hicks son como ángeles, mas el que a mí se me aparece no es es un ángel niño; es un ángel adulto, y no sé si es trigo limpio, pues sabido es que hay ángeles caídos. Si yo fuera un ateo, estaría preocupado por las apariciones, creería que eran cosa de locura. Pero, para un creyente, las apariciones nada tienen de raro. ¿Acaso no se apareció un ángel a esos niños pastores el presente siglo? Por tres veces vieron al Angel de la Paz. Y luego se les apareció la Virgen. Lucía, Francisco y Jacinta vieron a la Virgen. ¡Más brillante que el sol!, dijo Lucía. Y más datos: Albo manto, con bordes de oro. Y, en sus manos, un rosario. Muchos pensaron que era todo cuento. Pero el Sol, plateado, ofreció su danza suprafísica a unos miles de perplejos circunstantes. ¡Oh, astro Sol de plata que tiembla en el espacio! Y hay algunos que dicen que fue un efecto óptico colectivo, por mirar al Sol tan fijamente. Y, ¿sabes qué?», se preguntó Carlos Alberto, «que voy a mirar el horóscopo». Y raudo cambió el Pulgarcito por el dominical y con brío y valor abrió este y allí el horóscopo: «¡Albricias!», exclamó el voz alta, pues (no podía creérselo) el signo óptimo de la semana era Aries (¡su signo!), es decir: amor óptimo, salud óptima, trabajo óptimo y dinero óptimo. «¡Oh horóscopo óptimo, que fulminas la herrumbre y transmutas en oro luego el hierro!», exclamó in mente, exultante. Y en la mesa dejó el dominical, se levantó y fue raudo a la cómoda. Y abrió el primer cajón (desde arriba) de los cuatro que la cómoda tenía. Y ahí, dorada, áurea, tal vez de oro, la llave.
2. Ante la puerta
él con la llave en la mano. «Llave, como poco, bañada en oro», pensó, «y lo mismo el candado de la puerta». Y sabía que la llave encajaría en el candado. Se había ajustado el nudo de la corbata. Los zapatos no se los había quitado durante el tiempo que había estado en la suite (que al principio no sabía que era una suite). Se había puesto la chaqueta y, en su bolsillo interior, llevaba una linterna plana, pequeña y potente. Pues era hombre prevenido, siempre la llevaba en su maletín de viaje, por si acaso. «Y ahora abro la puerta, pues la llave va a encajar ya que soy el signo óptimo», pensó. Y la llave, fácilmente, por el ojo de la cerradura del candado entró. Y abrió el candado y abrió la puerta misteriosa y al otro lado paso Carlos Alberto.
3. Al otro lado
ya Carlos Alberto estaba. Un pasillo oscuro, y él pulsó el interruptor y no hubo luz. «Me toca utilizar la linterna», pensó, sonrió, de pie quieto frente al corredor tenebroso, angosto más bien o eso parecía, mas al no haber luz... «Yo signo óptimo de la semana dispuesto a la aventura», y, sin embargo, no se decidía a encender su linterna y a emprender ya su marcha hacia lo ignoto. Estático él linterna apagada en mano frente al azaroso futuro próximo. Rió entre dientes, recordando la historieta que leyó tras leer el horóscopo, aún su alma (o ánima) henchida de alegría por la buena nueva, «aunque no se yo si es válido decir leer para una historieta muda». No del todo muda. Onomatopeyas en la historieta de Marta y María por Íñigo: ¡Moc! ¡Mooooc! ¡Tut! ¡Tuut! Ellas, Marta y María se vieron envueltas en un atasco, mas lo sortearon pasando a pie entre los autos detenidos en volandas llevando el suyo, pequeño y que parecía pesar como una pluma. Al otro lado ya él, y a su espalda la luz del saloncito. Encendió la linterna. Apagó la luz del pequeño salón. Y emprendió el camino. Era un pasillo largo de paredes vacías. La luz de la linterna no permitía ver su final, y de golpe le sorprendía ver ante él una pared, y entonces el pasillo cambiaba de dirección. Torció primero él a la derecha, por el pasillo oscuro, y a la derecha otra vez, luego a la izquierda. Y llegó a una habitación, a la que se accedía por una puerta abierta. Pronto comprobó que la puerta era sólo el marco y la abertura. No hoja vio allí ni abierta ni cerrada. Era una estancia amplia, llena de albos bultos grandes: bajo fundas o telas, él adivinó armarios, sillones, sillas o mesas. Un ruido allí de pronto, y él dirigió hacia allí la linterna acertando a enfocar un semoviente roedor en fuga; ratón que se perdió detrás de un bulto. Salió de aquella estancia, y caminó por otro pasillo, este más ancho. Siempre a la luz de su linterna, ya que interruptor no había que funcionase. Y mientras caminaba pensó: «Ya sé lo que pasa, estoy en la zona deshabitada de la mansión, la zona norte de la que me habló Magnolia». Entonces se ensancho mucho el pasillo hasta formar una especie de hall (dígase jol), con tablas mal apiladas, cajas vacías y cosas raras de hierro, partes quizá de alguna maquinaria; y había óxido y telarañas en esas piezas férreas. Y al fondo había una puerta grande de madera. «¿Se podrá abrir?», pensó. Se podía abrir. La abrió. Salió a un gran patio. Y ahora otra luz, además de la luz de su linterna: Ahora, allí, Luna llena como de plata antigua, reluciente. Y se extrañó él, pues cuando regresaban del zoo en el todoterreno, ya tarde, él se fijó: Luna creciente allí relucía. Y ahora ya se percibía cual círculo perfecto. Allí en el patio nocturno, escombros vagamente percibía él, que caminaba con prudencia para no tropezar. Quizá restos de una pared de ladrillos. Y, a veces, fragmentos cerámicos ofrendaban a la linterna su colorido, esmalte polvoriento escondido a la Luna; fragmentos de cenefas por el suelo. «Como una construcción caótica de Kurt Schwitters», pensó él, pues no faltaba allí una rueda rota, aunque también de Gaudí los restos rotos cerámicos acudieron a su memoria. Y al fondo del patio cada vez se distinguía más la gran mole obscura de un edificio. A medida que él avanzaba, linterna en mano, más definía esa bruna mole espectral sus trazas como de templo hermético: no eran perceptibles la ventanas en un muro monótono, más pronto vislumbró, no demasiado grande, una portada al estilo románico. Arquivoltas semicirculares y el dintel sobre la doble puerta definían el tímpano, y, en esta superficie, Cristo (alfa y omega) bendiciendo con la mano derecha y, en la izquierda, los Santos Evangelios sosteniendo. Y, alrededor de Él, esa forma almendrada, la mística Mandorla. Y en torno a Cristo allí también el Tetramorfos. Allí los cuatro evangelistas, con los cuatro seres de Ezequiel identificados: Juan = águila, Marcos = león, Mateo = hombre y Lucas = buey. Carlos Alberto conocía toda esta riqueza simbólica que un tímpano románico contiene. «En el arte gótico se perdió la Mandorla, pero en parte pasó al arco apuntado», pensó Carlos Alberto. Y recordó que, según Marius Schneider, la Mandorla surgía de la intersección entre dos círculos, el superior y el inferior. «Eso es Cristo, enlace del Cielo con el Mundo», pensó Carlos Alberto. «Unos relieves muy bien hechos, podrían pasar por románico verídico», pensó. Recordó que ella imitaba el arte negro. Pensaba en Magnolia. Iluminaba los relieves. Donde no llegaba la luz lunar llegaba su potente linterna. Allí figuras humanas con cabezas de animales, como en el arte egipcio. Mas uno era un hombre totalmente. Y los cuatro tenían alas. «¿Se podrá entrar?», pensó. Y lo intentó. Pero la puerta estaba bien cerrada. Hacía un poco de fresco. Miró su Omega (estilo y precisión): las tres menos cinco de la noche. «¡Casi las tres!», exclamó in mente. Bordeaba el muro de la iglesia de la puerta cerrada. Un destello súbito en la noche, oscura al fin y al cabo a pesar de Luna y linterna. Destello en una puerta pequeña, baja, arco de medio punto, modesta, de madera vieja. Un destello. Candado áureo en la puerta, su brillo. Primer plano: ojos de Carlos Alberto mirando, muy abiertos, al candado áureo. Primer plano luego del candado. Él palpando bolsillos de su chaqueta. «¡Corcho!, no me digas que... ¡Sí, aquí está!» La llave áurea tal vez de oro de ley en la mano óptima de Carlos Alberto y ved en el primer plano de la mano que sujeta la llave de oro cómo la mano allí qué nervios por la emoción temblequeaba, mas era signo óptimo y abrió el candado y abrió la puerta. Y escrutó en un interior negro la luz de su linterna. Él asía la linterna por su asa metálica. Y vio escalones y subía los peldaños gastados de una vieja escalera de madera en espiral. Y al principio no se dio cuenta pero luego sí: delante de él, de espaldas a él, subía el ángel; de espaldas a él el ángel, sus alas plegadas, manto largo, que parecía mover en aquel interior un viento suave (escalera de caracol espacio angosto) irreal. Y pies descalzos bajo el blanco manto. Todo en blanco y negro el ángel traslúcido, que subía delante de él, de espaldas a él como deslizándose sin esfuerzo moviendo sutilmente los pies mas apenas rozando los escalones. Y su pelo media melena rizada mecida por esa brisa de otro mundo. Y la escalera de caracol dio a una puerta pequeña azul ajada descascarillado lo azul que traspasó el ángel así cerrada como estaba. Cerrada pero no candada y Carlos Alberto la abrió, y entró en un cuarto de parcas dimensiones. Pero el ángel allí no estaba, a no ser que estuviera escondido dentro de un armario estrecho que allí había, «pero no creo, sería ya el colmo», pensó. Una cama de forja, vetusta, sin colchón y sin nada, en su pura estructura de barrotes verticales y volutas, casi incólume, pues sólo muy leve el óxido. Todo lo veía a la luz de la linterna, pues hacer clic al interruptor no sirvió de nada. Tocó un barrote de hierro de la cama. Estaba casi gélido. Había unas modestas estanterías, y sobre ellas libros y revistas en desorden y también figurillas de porcelana, cursis y bellas (un gatito, un osito, una niña con su perrito, etcétera). «Lo bello es cursi para el materialista; lo cursi es bello para el poeta trasmundano del ocaso», pensó. Había una mesa pobre de madera y dos sillas, ambas de madera y con asiento de paja. Ambas sillas próximas, una de cara a la mesa, otra de espaldas a ella. «Si de una silla puede decirse cara y espaldas», pensó el dandy de la linterna. Sobre el tablero de la mesa nada había y una ventana él vio pequeña y cerrada, cerca de la mesa. Y tenues telarañas en los ángulos, que, a la luz de la linterna, parecían sedosos tejidos ajados. Tomó él de la estantería una revista que puso sobre la mesa, y él, sentado sobre la rústica silla, a la luz de la linterna comenzó a hojearla. La linterna, con el pie de metal desplegado, se mantenía derecha sobre la mesa. «Las cabezas de buey y de león del Tetramorfos me recordaron el estilo naif de Edward Hicks; espero que en la exposición haya algún pintor de la categoría de Edward Hicks; aunque lo malo sería que lo hubiera y que yo no fuera capaz de enterarme; al fin y al cabo sólo soy un diletante»; y recordó una conversación que tuvo con el pintor Ladislao Gautier, el afamado artista, cuyo verdadero nombre es Ladislao Ramón Rivelles y Durán; aunque no recordaba si esa conversación tuvo lugar en el taller de la Rúa Empedrada o en la Boite Paraninfo. Ladis aseveró: «¡Sólo el pintor puede juzgar la pintura!» Contestó Carlos Alberto, completando el silogismo: «Yo no soy pintor, luego yo no puedo juzgar la pintura». «¡Bah!, tu eres la excepción que confirma la regla», contestó el pintor. Carlos Alberto no acababa de entender esa fama de Ladis, pues pecaba de amorfo su dibujo. Ladis aseveró: «¡Lo naif es pintura hecha por los qué no saben!». «¿Y Edward Hicks? ¿Y Rousseau?», preguntó Carlos Alberto. «El primero no me suena de nada; Rousseau es más malo que un pecado mortal», contestó Ladis. «¡Discrepo totalmente!», exclamó, con contenida indignación, Carlos Alberto. «Esta revista me suena, yo he tenido esta revista, este número, en concreto, hace muchos años en mis manos, y no es raro, pues esta revista la compraban mis padres»; y miró Carlos Alberto la fecha de la revista a la luz de la linterna allí en la mesa. «1961, tenía yo entonces... 14 años», calculó in mente Carlos Alberto. Búho! (revista de actualidad, cultura y entretenimiento) nº 22 En un artículo titulado Informalismo, ilustrado con reproducciones de pinturas (en blanco y negro y color) se decía que era esta una corriente destructiva, y que si se generalizara acabaría con el arte. Añadía luego el autor del artículo que sólo conocía a un pintor que hubiera realizado pinturas salvables en este estilo, Zacarías González. Y Carlos Alberto, atentamente, miró la lámina, bajo la cual podía leerse: Copa de Apolo, 1959, por Zacarías González. «Es informalista por la materia caótica y al mismo tiempo lo geométrico ordena ese caos, al contenerlo; incluso hay simetría», pensó Carlos Alberto, «y dice el artículo que este pintor es de Salamanca, como mi abuelo... me gustaría recordar que pensé de estas pinturas a mis catorce años, si es que pensé algo; lo que sí sé es que el artículo gustaría al payaso, pues odia el informalismo». Siguió, con parsimonia, hojeando la revista en la estancia en penumbra. Y vio, de súbito, allí en la revista, algo que sí recordó vivamente haber visto, algo que hizo que su pasado se hiciera ya presente, irradiando lejanías, rescatando del olvido resplandores como un viento lejano saludo de un amigo él mismo a los catorce, jardín no tan vidrioso, y hablaba con los árboles y tenía un Scalextric traído de Inglaterra aquí no existiría hasta el año siguiente y él tocaba el piano aún lo sigue haciendo y él escribía versos en cuartillas azules, y aún lo sigue haciendo, tocaba la guitarra ya casi no la toca, creía: que los murciélagos eran quizá diablos, creía: que los diablos eran sólo murciélagos, y en las aguas del río cristalinos murmullos eran como palabras de Dios probablemente y era su casa el Cielo, y la ciudad la Ciénaga, y su madre era bella (una estrella en sus manos) y a saber qué su padre quizá Roberto Alcázar ese de los tebeos pues tenía una pistola en un cajón guardada con llave, por supuesto. Y lo que había despertado estos recuerdos de 1961 era un artículo allí en la revista titulado Pervivencia de la Escuela de París y profusamente ilustrado en color: Obras de Buffet, Minaux, Poucette, Lesieur y de un pintor español, Ortega Muñoz. Muy bien recordaba Carlos Alberto las pinturas aquellas, cómo le fascinaron a sus catorce años, pero entonces no comprendió el intríngulis del texto y su relación con el otro artículo titulado Informalismo, donde se arremetía con la corriente abstracta y caótica (así se la tildaba en el artículo). Frente a tal artículo, el que leía ahora hablaba de pintores franceses qué mantuvieron vivo, frente a la tendencia informalista que ya se imponía, ese espíritu de la Escuela de París, que era el espíritu de esa vanguardia prístina ajena a manifiestos y zaransajas, y también se hablaba de pintores españoles impregnados del espíritu de esa escuela parisina, que mantenían hoy ese espíritu, ya transmutado en espíritu hispánico sin perder sus raíces con la primera vanguardia. «Al payaso le gustaría este escrito», pensó Carlos Alberto, y contempló, detenidamente, las pinturas allí reproducidas. De Buffet, que hoy conocía bien por otras revistas y libros, venían tres pinturas, a saber: Torre Eiffel, Clown y Paisaje de Vaucluse. «Bueno, este paisaje más que una pintura es un dibujo». El dibujo, de 1950; las pinturas de 1955. «Bernard Buffet ¡oh, tú! trazos vigorosos negros quebrados ecos de dies irae tocado con guitarra algo ebria», pensó Carlos Alberto, y se sintió inspirado por un omnisciente. Sí, pero al omnisciente, ¿quién le dictó? Solución: el Omnisciente. Mas ¡ay! todo bien será casi mientras el mal exista: sólo casi omnisciencia en los ámbitos todos. De Minaux Las dos hermanas, de 1959, retrato doble (ecos de Van Gogh). «André Minaux ¡oh, tú! cálido flamear, hondo azul, frescor cálido a la sombra, bajo el sol, y ese sombrero áureo de paja que el alocado Van Gogh a la más joven de las hermanas prestó, y ambas mujeres se querían», pensó Carlos Alberto inspirado por el no tan omnisciente, a su vez inspirado, ¿eso es posible?, por fuerzas suprafísicas. Sí, lector, eso es posible. De Poucette, Arlequín con mandolina, de 1959, y Arlequín con guitarra, del mismo año, ambos cuadros con un mismo formato muy vertical. Y Carlos Alberto pensó: «Poucette ¡oh, tú! pulgarcita parisina arlequines gorgueras suaves nubes, lacios cabellos ingenuidad ojos chinos nipona boca de piñón, pálida candidez, vaguedad del ámbito, concreción de la máscara plenitud cristalina, gorros picudos, paz vibrante que ahuyenta miradas circunspectas tan burdas y esos sabios jamás entenderás estas pinturas». A Poucette Carlos Alberto había seguido la pista en aquellas revistas extranjeras hacia atrás muchas veces en el tiempo (librerías de viejo) y allí había visto a esa «chica mona menuda pelo corto bailando descalza, ¿o lo he soñado?», pensó Carlos Alberto. «No, no ha sido un sueño; y además, sé que guardo el recorte», se contestó a sí mismo. De aquel recorte recordaba «la joven bailando sonriendo, y el vestido pop, el suyo, dejando ver sus piernas bien torneadas (Poucette, tú) pelo a lo garçón e ibas descalza», pensó. De Lesieur un dibujo y dos pinturas de fechas 52, 58 y 61. «Pierre Lesieur ¡oh, tú! paisajes sutiles y delicados (sabios: color dibujo) para, buscando lo genuino ingenuo, encontrar en lo finito lo infinito», pensó Carlos Alberto. Y de Ortega Muñoz venían tres pinturas, tres paisajes. «A este pintor le conozco bien, y es de mis predilectos», pensó. Y luego: «Godofredo Ortega Muñoz ¡oh, tú! estío sol Castilla quintaesencia paisaje aquí pero ecos parisinos en ascética hispánica lo prístino extremado la prístina pureza el color y la forma y en los años cincuenta (55, 57, 59) pintando tus paisajes mientras otros ya andaban con Expresionismo Abstracto, Informalismo o Tachismo y hoy, en 1971, sigues pintando tus paisajes mientras otros andan con el Pop Art. Senda internacional o camino propio, ¡he ahí la cuestión!» Y, de súbito, sintió él una extraña sensación, una presencia a su vera. El rostro volvió y ahí estaba el ángel, de perfil a él, mirando en dirección contraria a la suya en la silla junto a la suya. Casi traslúcido, y con sus alas esas sí translúcidas del todo, muy serio el ángel: un rostro bello ni de hombre ni de mujer, asexuado, lo qué es un ángel. Carlos Alberto le dijo: «Hola», pero el ángel no contesto, no miró, impertérrito él ahí de perfil. Perfil como renacentista, esfumado, en blanco y negro: gama de grises sutiles. «¿Qué tal?», insistió Carlos Alberto, mas no dijo nada el ángel. «Bueno, pues si no quieres hablar...», dijo Carlos Alberto, y los ojos cerró y contó hasta cinco mentalmente, mas cuando abrió los ojos el ángel seguía ahí de perfil, silente y estático. «¿Tú viste la antológica de Ortega Muñoz, la del año pasado en el Casón?», preguntó al ángel, aparentando naturalidad, Carlos Alberto. El ángel no dijo ni mu. «Pues yo sí», dijo Carlos Alberto, «fui a Madrid sólo para ver la exposición, y me pareció magnífica, ¿y sabes quién me acompañó?, mi fiel, culto y excepcional mayordomo: ¡Wadelmás! ¿Y sabes que hablamos con el pintor?, ¿y sabes qué saludamos a sus Altezas los Príncipes de España, Don Juan Carlos de Borbón y Doña Sofía, que visitaron la exposición? ¿no dices nada?, entonces, ¿a santo de qué te apareces?» Y otra vez los ojos cerro Carlos Alberto. Pero esta vez hizo un truco: Tras cerrar los ojos y contar hasta cinco mentalmente dio una fuerte palmada ¡PLAS! y al abrir los ojos el ángel ya no estaba allí. Con parsimonia, continuó hojeando la revista, mientras pensaba: «No entiendo a este ángel». Vio allí entonces en la revista algo que le hizo exclamar: «¡¿Él aquí?!» Era una fotografía: un hombre, dandy de orgulloso gesto, mirada oblicua, labios finos, sutil sonrisa, rasgos equilibrados, frente alta, pelo oscuro, sienes plateadas. Era el marqués de Crestalonga. Era una interviú. La cabecera rezaba: LA UTOPÍA DEL MARQUÉS «¡Menudo bribón!», exclamó en voz alta Carlos Alberto, y luego pensó: «Recuerdo cuando mis padres comentaban la entrevista al marqués, entre risas y bromas, mi padre con la revista en la mano, y yo, a mis catorce años, sin saber bien de qué iba la cosa». «Este hombre está loquísimo», dijo la madre de Carlos Alberto, divertida. «Siempre fue un excéntrico», dijo con un gesto entre displicente y jocoso el padre. Y Litos preguntó: «¿Pero qué dice?, yo no me entero». Carlos Alberto, a la luz de la linterna, leyó en la revista: «En esta interviú, el Marqués de Crestalonga nos expone un proyecto utópico, la creación de un grupo de élite, una aristocracia del espíritu que devuelva al hombre a su perdida unidad con la Tierra, y, a través de la Tierra, con el Universo». El entrevistador, un tal Honorio Moneo, pregunta: «¿Cómo, cuándo y dónde se concretará su proyecto utópico?» M. de Crestalonga: «¿Cómo?, reuniendo la gente adecuada. ¿Cuándo?, pronto. ¿Dónde?, en Villaventolina, mi finca. Escogidos los integrantes de la élite, estos recibirán cursos intensivos de ecología en Villaventolina». «Mis padres rieron con esa entrevista, pero unos años después recibieron una carta». «Yo, el Marqués de Crestalonga, tengo el placer de comunicarles que han sido ustedes escogidos para formar parte de una élite que salvara el mundo y bla, bla, bla...» «¡¿Cómo han podido mis padres dejarse embaucar por ese marqués chiflado?!» Él lo tenía claro: ¡sus padres habían sido embaucados por una secta! «y si la policía no actúa es porque ese marqués está bien relacionado... pero yo bien sé que ya andan tras él y acabará cayendo», pensó Carlos Alberto, y luego: «lo que pasa es que no hay pruebas contra él, pues dice que lo suyo es sólo un curso intensivo de jardinería», pensó con pesadumbre, en la penumbra de la habitación, Carlos Alberto. Y pensó en su pistola (pues él tenía, como su padre, una pistola). «No sé por qué he pensado en mi pistola, porque yo no pienso amenazar a nadie con mi pistola.» Carlos Alberto tenía licencia de armas, concedida después de pasar a la reserva. Él era alférez de complemento en situación de reserva. Pero ya no recordaba bien por qué diablos tramitó una licencia; debió de ser idea de su padre. Y un día llegó a pensar que había soñado eso de que él tenía una pistola guardada en un pequeño baúl forrado de terciopelo violeta, pero buscó la llave en el pequeño jarrón chino pintado a mano ¿habría soñado también lo de la llave en el jarrón? y cogió la llave: no había soñado lo de la llave y abrió el baúl forrado de terciopelo violeta y allí estaba la pistola plateada, su Astra Constable Sport. Pensando en todo esto y sin haber terminado de leer en la revista Búho! nº 22 lo del marqués quedó profundamente dormido sobre la revista sobre la mesa.
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IV. Un martes de otoño
1. Un parque en otoño,
acercándose ya la hora de comer, al menos la hora en que suele comer él. A él no le gusta comer tarde (ni pronto). Él: paseante parsimonioso por el parque otoñal. Carlos Alberto deambula plácidamente. Martes 5 de octubre de 1971. Sopla un viento en sordina. La triste alegría de las hojas rojas, caídas, cayendo o en los árboles. Coreografía vanguardista de las hojas volátiles, en su tránsito de la rama al suelo. Lleva un libro en la mano. Acercándose la hora de comer, el parque está solitario. Sólo él y el parque otoñal.
