Por Pedro Fernández Cuesta
Pedro Fernández Cuesta
JARDÍN VIDRIOSO
(Novela)
I. Apertura y presentación
Protagonista de la novela:
“él”, Carlos Alberto, joven más bien decadente.
Antagonista de la novela:
el “no él” (conjunto de ellos negativos) de Carlos Alberto.
Coprotagonista de la novela:
el “otro sí” (conjunto de ellos positivos) de Carlos Alberto.
1. Aquella mañana desayuné, como todos los días,
café con tostadas en mi jardín vidrioso.
¡Oh, irradiación furiosa de una rotación tranquila!
Qué efectiva resultaba aquella reflexión partidaria,
pero me fastidiaba el placer curioso del destino.
2. «Aquella mañana»,
había escrito Carlos Alberto,
«desayuné, como todos los días,
café con tostadas en mi jardín vidrioso.»
Luego a continuación venían un par de frases que,
por lo que fuera,
Carlos Alberto (casi con saña pero no)
había tachado con una rápida y nerviosa línea de lápiz.
Carlos Alberto escribía con pluma estilográfica.
Lo tachado decía:
«Luego, a través de las verjas del patio,
observé el paisaje con mis fabulosos anteojos prismáticos.
¡Oh, naturaleza de fábricas, técnica y axiomas!»
Aquella palabra, "anteojos",
estaba tachada además con tinta,
con una sola y breve línea.
[Es bien cierto que, aquella mañana,
Carlos Alberto había estado contemplando el paisaje
desde el mirador, con los prismáticos.
Pero la fábrica no puede ser vista ni aun en la imagen ampliada.
En cuanto al patio, es un espacio rodeado por altos muros
de piedra.]
Después de las frases tachadas
Carlos Alberto había escrito lo que sigue:
«Oh, irradiación furiosa de una rotación tranquila!
Qué efectiva resultaba aquella reflexión partidaria,
pero me fastidiaba el placer curioso del destino.»
3. Aquella mañana desayuné,
como todos los días,
café con tostadas en mi jardín vidrioso.
¡Oh, irradiación furiosa de una rotación tranquila!
Qué efectiva resultaba aquella reflexión partidaria,
pero me fastidiaba el placer curioso del destino.
Tenía setenta millones de precoces inquietudes
y una extraordinaria posesión de gravitante reposo.
Sí, era un placer desayunar en mi jardín vidrioso,
en mi patio espiritualizado de jóvenes árboles;
acaso porque me recordaba un específico sueño agradable,
o acaso porque mi cabeza estaba estupefacta
ante la proximidad del indígena.
4. Bien sabía Carlos Alberto
que no era él sino ella, que no era el indígena, sino la indígena. Carlos Alberto siempre había llamado así, indígena, al primitivo habitante de un país prístino. No al nativo manufacturado, ya que el propio Carlos Alberto, o sus padres («¡ay, Dios santo!, y pensar que mis padres...») eran también nativos. Carlos Alberto llamaba indígena al primigenio prístino habitante de un país, a ese que ya estaba ahí antes de irrumpir la civilización y todo los demás. Al aborigen de antes de la llegada de los desarrollados: de esos que van pegando bramidos en primera línea cual automóvil enaltecido. El abuelo de Carlos Alberto («¡ay!, cuándo el abuelo sepa lo de mis padres...») era, claro, otro indígena (¡pues lo acabará sabiendo!) de aquí, España, aunque no de aquí, Fermosa, pues él era natural de Salamanca, áurea ciudad do moraba el digno anciano de pro. Respecto a Wadelmás («mi fiel y excepcional mayordomo») su origen era incierto, pero tenía pinta de irlandés, incluso de sueco, pero él decía haber nacido aquí, en España, y no había por qué dudar de su palabra; luego había que considerarle, sí, ¿por qué no?, un indígena. Pero no en el sentido de salvaje, de prístino. Mas, ¿en qué se fundaba el salvajismo del indígena, o sea, de la indígena?: «en su pura mirada gauguiniana, prístina», pensó Carlos Alberto.
5. «Yo», escribió Carlos Alberto,
«siempre he llamado indígenas a los primitivos habitantes
de un país prístino.
Pero él fue, ya desde el primer día,
el indígena por excelencia.»
Luego supo Carlos Alberto que el joven aquel era,
en realidad,
aquella joven,
pasando de ser el indígena a ser la indígena.
Pero como se había prometido no rebelar aquel secreto,
incluso en sus íntimos escritos
Carlos Alberto continuó escribiendo el indígena.
6. Del diario de Carlos Alberto
«(...) Sí, era un placer desayunar
en mi jardín vidrioso,
en mi patio espiritualizado de jóvenes árboles;
acaso porque me recordaba un específico sueño agradable,
o acaso porque mi cabeza estaba estupefacta
ante la proximidad del indígena.
Mi jardín estaba verde en aquella época del año,
inabordable de tantas condiciones agradables y tristes.
Lo agradable se entiende, pero,
¿por qué lo triste?
¡ah!, ¿qué será entonces cuando llegue el otoño?
Tengo que decirle al mayordomo, pensé,
que no me ponga tanto azúcar en el café,
que no experimente con mi juicioso paladar.»
7. Wadelmás, el mayordomo,
es un hombre alto y atlético; y siempre le verás con la cabeza erguida. Siempre con ese gesto frío, entre afable y adusto. Su cabello ondulado, encanecido, otrora fue pelirrojo, y aún se nota... pero no en sus largas patillas, ya tan blancas.
8. Del diario de Carlos Alberto
«¿Qué hacer hoy?
¿Ir con mi bólido a ese simulacro de realidad que es la ciudad suave y fatal o quedarme aquí, suspirando sinceridad e hipocresía? Aquí, entre estas densas brumas de polvo secular que, por mucho que Wadelmás pase el plumero, no desaparecerán nunca. O eso espero.» Esto escribió Carlos Alberto a las cinco y veinte de la tarde. Luego, a eso de las seis y media, volvió a coger el diario: «Me inclino por lo primero. Iré con mi bólido a ese simulacro, a la pretendida realidad de la ciudad suave (quien dice suave, puede decir también pútrida), veré los transeúntes y el barullo y sentiré sobre mi materia el calor de la electricidad.»
9. Carlos Alberto
es un joven atildado, un auténtico dandi.
Cierto que a veces (la materia es débil), puede caer en faltas contra el refinamiento y la elegancia. Pero se arrepiente con toda su alma y trata de enmendarse.
Carlos Alberto es rico
Él posee una gran mansión
con espléndidos jardines románticos.
Como extensos fragmentos de un paraíso:
líricas florestas no por domésticas menos selváticas
pero dentro de un orden;
no incultas o vulgares
(ineducadas no, por Dios, eso nunca)
más sí un fingimiento selvático
(en el buen sentido de la palabra selva)
que fe, esperanza y caridad podrían infundir al ánima
si es que existe pues claro que existe
pero yo pensaba que se decía alma
no, pero también se dice ánima
¡ah! ¿sí?, pues bueno, no lo sabía.
Carlos Alberto no es rico
No posee una gran mansión
(¡Ah!)
con espléndidos jardines románticos.
Pero bueno, ¿en que quedamos?
Me explico: para el caso es como si todo le perteneciera
desde que sus padres tomaron las de Villadiego.
Como si huyeran de selváticos peligros
buscaron refugio
(la parejita aristocrática ¡qué escándalo!)
en aquella vil comuna
¿cómo no toma la policía cartas en el asunto?
¡maldito gurú estafador!
El padre y la madre de Carlos Alberto (ahí la aristocrática pareja ¡qué escándalo!) tienen ya sus añitos (tampoco tantos, si quieres te digo la edad del padre; decirte la de la madre sería una descortesía no, no, si no hace falta) pero se conservan muy bien «¡ah, el tiempo no pasa por vosotros, caramba, cada día estáis más jóvenes!» «¡hombre, tampoco exageres José Emilio!» «¡que sí, que sí!» y ¡siempre! tan elegantes (ya no) y distinguidos (ya tampoco). «Mis padres ya no son distinguidos.»
Es decir, que se lo dejaron todo a Carlos Alberto, pero legalmente todo sigue siendo de sus padres. Y nada obliga a Carlos Alberto a ocuparse de todo, pero lo hace. Es decir, no es que los padres hayan dejado la mansión y todo lo demás a Carlos Alberto en usufructo, pues lo que le dijeron a Carlos Alberto es que podía disfrutar de la mansión y todo lo demás o hacer lo que le diera la gana, pero sin ninguna condición, sin ninguna obligación; y así han demostrado ellos (los progenitores) ser unos irresponsables probados. «Pues sí.»
Otra cosa: Los padres de Carlos Alberto (o si se quiere Carlos Alberto) son ricos en el sentido de poseer bienes de considerable valor, pero en cuanto a dinero... «¿Aceptar la propuesta de esos buitres chismosos?»
Una forma de sacar dinero sería aceptar alguna de esas exclusivas, que más de una revista “del corazón” le proponen. Pero Carlos Alberto se resiste, pues sabe bien qué es lo que atrae a tales buitres: el escándalo del asunto de los padres. Mas las aves rapaces de la prensa no cejan en su empeño y siguen, erre que erre, con sus ofertas; por lo que Carlos Alberto teme que, o encuentra (¡y pronto!) un medio de sacar dinero, o acabará cediendo a los rapaces profesionales del chismorreo, por más que tema la adusta severa mirada censora de Wadelmás (que, como ya sabemos de sobra, se pronuncia Guadelmás). Y ni que decir tiene, ¡por supuesto!, que Wadelmás está terriblemente disgustado por el asunto de la insensata fuga de sus señores, y, por más que se esfuerza en no exteriorizar sus sentimientos reprimiendo los gestos y las palabras, por aquello de que la faz es el reflejo del alma o por algunas insinuaciones veladas exentas de malicia, que a veces se le escapaban, se le nota. De hecho, Carlos Alberto nunca había visto tan disgustado a Wadelmás. «Mi rígido y afectado Wadelmás está disgustado, y por más que quiere no puede ocultarlo.»
10. Ahora,
Julio Alberto contempla el muro de piedra, que dista de él unos diez metros escasos, con sus fabulosos prismáticos «mis fabulosos anteojos prismáticos» y, aunque enfoca al muro, él ve verjas; no una, dos o tres verjas, sino más: hay miríadas de verjas en su melancólica ánima (que es otra forma de decir alma ya lo sé).
11. En aquel momento
Carlos Alberto contemplaba el muro de piedra, que distaba de él unos diez metros escasos, con sus inverosímiles prismáticos «mis fabulosos anteojos prismáticos» y, aunque enfocaba al muro, él veía verjas. No una, dos o tres verjas contemplaba, sino más: ¡miríadas de verjas!, y toda una naturaleza de fábricas, técnica y axiomas.
¡Oh, naturaleza de fábricas, técnica y axiomas!
¡Oh, irradiación furiosa de una rotación tranquila!
12. ¿Pero es que no veis
a Carlos Alberto contemplando el muro de piedra? ¡Oh, sí, claro que lo veis, vaya que sí lo veis! ¿Y es que no veis cómo él lo hace con sus fabulosos anteojos prismáticos que le regalara su tía Eusebia? Sí, lo veis; a través de mis ficciones lo imagináis: allí, con los prismáticos que le regalara su tía Eusebia, a unos diez metros del muro (escasos), contemplando miríadas de verjas lánguidamente abstraído, firmes sus pies en el pavimento de mármol. «Hay que pisar firme, siempre pisar firme», como suele decir la tía Eusebia «y a Wadelmás también se lo he oído decir»; ¡y toda una naturaleza de fábricas, técnica y axiomas! «pero me fastidia el placer curioso del destino».
13. Le fastidiaba el placer curioso
del destino: Aquel charquito violáceo y último, apenas sí aromatizado por las albricias de la aurora: por un palpitar de sueños crepusculares, mórbidos; sueños que abrasan temblores no por turbios menos graves.
14. Del destino último
que se reflejaba en el charquito en la tarde triste, que de una felicidad intensa llenaba el ánima; aquella tarde sobre todo, aunque hubo otras parecidas. Pero aquella tarde el ánima que es otra forma de decir el alma de Carlos Alberto como nunca se había inflamado, ahí llama ya nunca exangüe y brumosa o tal vez sí ¡ay!, pero no en aquel preciso momento. Araña expulsada, esa que transmuta vergel en páramo. Y no había un charquito sino muchos. Era aquella la tarde de los charquitos.
La conoció la tarde de los charquitos, la tarde que la lluvia recién ida había purificado; «¡malditos charcos!», dijo uno que pasaba hecho ya sopa, y ellos rieron, porque para ellos, que se acababan de conocer, no eran charcos, sino los charquitos, y no importaba estar mojados por la lluvia de antes. Y no se pensaba en catarritos o catarrazos o algo peor que uno pudiera pillar; no pasaba nada porque no se pensaba en ello, primero porque eran jóvenes, y luego porque habían conectado tanto, tanto...
Ella se llamaba Emasinca.
Pero eso fue hace mucho tiempo... hace lo menos cinco años.
¡Cinco años! Para los jóvenes cinco años son una eternidad.
15. Entonces un pensamiento terrible asaltó a Carlos Alberto:
«¡Emasinca!». Súbitamente reparó en ello, y ello le escalofrió:
«Me había olvidado de Emasinca.»
Sí, de pronto el se dio cuenta de que se había olvidado de su novia.
«Porque Emasinca era mi novia... ¿o no?
¡Sí!, claro que era mi novia! pero... ¿por qué hablo en pasado?
¡Ella es mi novia! pero... ¿hace cuánto que no la veo?
¿Hace cuánto que no la llamo?»
¡Mucho tiempo! No era capaz de recordar cuánto, pero desde luego hacía mucho. Pero el caso es que ella tampoco había intentado ponerse en contacto con él. «Por lo menos tiene que hacer ya un año que no la veo», pensó alarmado, «¿cómo puede haberme ocurrido esto?; a ver si es que lo habíamos dejado... ¡no, no lo habíamos dejado!, lo que pasa es que tengo tantas cosas en la cabeza...»
Sí, aquel joven tenía muchas cosas en la cabeza, ¡Oh, cuántas cosas habían acontecido últimamente, cuántas novedades! Para empezar, lo del asunto de sus padres, aquella fuga tan inesperada de aquellos dos irresponsables. Y después, ¡y tal vez era esto lo que a él más le había trastornado!, había estado lo del descubrimiento sorprendente: él era ella. Y en el momento que lo supo se enamoró de ella. «¡Pero ella no sabe nada de mi amor! Y, sin embargo, me he permitido el lujito de olvidarme de Emasinca, ¡de mi novia!. E incluso cuando ayer fui a la ciudad no se me ocurrió ir a verla... pero, ¿cómo se me iba a ocurrir ir a verla... ¡si hasta me había olvidado de que tenía novia!? ¡ay, Dios mío!» Se encontraba él en uno de los pisos altos de la mansión, en el gabinete de lectura, donde sus padres organizaban las tertulias. Por la claraboya del techo entraba una delicada luz mortecina. Carlos Alberto procuraba no usar la luz eléctrica por el ahorro... pero no sólo por eso. Las penumbras se le antojaban protectoras. «Estas penumbras se me antojan protectoras.» Se levantó bruscamente. Antes de que le asaltara aquel pensamiento «¡Emasinca!» encontrábase leyendo plácidamente, apoyado el libro vetusto sobre el tablero del noble y no menos vetusto escritorio.
Carlos Alberto se levantó bruscamente
y avanzó con rapidez hacia el teléfono,
situado al otro extremo de la estancia.
Mas a medio camino de se detuvo en seco.
«No recuerdo el número de Emasinca,
y lo que es peor:
no recuerdo donde lo tengo anotado.»
16. Ahora, ya en su habitación
(su querida habitación, ¡su templo!, el sagrado relicario de su memoria personal), Carlos Alberto busca, con anhelante impaciencia y un poco (o algo más) de desesperación, su agenda de teléfonos, porque ahora sí recuerda perfectamente ¡perfectamente! que él tiene, sí, una agenda de teléfonos, donde tiene que estar anotado el número de ella. Y, mientras busca, los recuerdos van aflorando a su mente... «¡sí, claro que sí!»
17. Y de lo que ya no cabía la menor duda
era de una cosa: Emasinca era su novia, «sí», pues ciertos recuerdos, que se mostraban ya nítidos, ciertos recuerdos que, por lo vívidos que eran y por el carácter que detentaban le hacían sonrojar por momentos, no dejaban espacio a la especulación. Emasinca era su novia «¡sí!» como dos más dos suman cuatro o el todo es mayor que la parte. Pero también estaba empezando a recordar, sí, que discutía mucho con ella «claro, al fin y al cabo somos novios, aunque es verdad que la última discusión fue un poco subidita... No subida de tono, eso no, pero sí de un rojo pasional y perturbador, pues cuando la pasión irrumpe el rojo lo inunda todo. Roja pasión que no viene sola, pues le acompañan sus fieles secuaces: la ira, el odio, el egoísmo, los celos y todos los demás (son muchos), montando entre todos (¡menuda caterva!) una alegoría de tres pares de narices. Claro que, pensándolo bien, ¿cómo es posible amar sin pasión? ¡Ay!, acaso la roja pasión no sea tan mala si se sabe dosificar bien como el ajenjo, dejando caer el agua, gota a gota, sobre el dulce terrón.
18. «No encontré la agenda de los teléfonos,
y soy incapaz de recordar su número. Pero sé donde vive, sí, creo que no me resultaría difícil dar con el portal de su casa, pero no recuerdo bien es si ella vivía en el segundo o... Será cuestión de preguntar a la portera (recuerdo que había una portera, y que me caía mal, aunque no sé por qué; bueno, supongo que no hay que tener un motivo para que a uno le caiga mal una portera).»
19. Hablando con Wadelmás (al otro día):
preparando la partida a la pretendida realidad de la ciudad suave.
–No te preocupes si no vengo a comer, Wadelmás.
El mayordomo no pudo disimular un gesto de contrariedad.
–Si a las dos y media no he llegado, os coméis vosotros lo que sea.
–¿Lo que sea, señor?
–Sí, lo que hayáis preparado para mí, lo coméis vosotros.
–De uno de nosotros quería hablarle, señor.
Ese nosotros se refería a los sirvientes.
–Del in... de Anselmo quería hablarle –continuó Wadelmás.
–Dime, Wadelmás.
–Parece que pretende dormir generosamente durante el resto...
(empezó a decir el mayordomo)
–... de esta absoluta y sensible mañana estival.
(dijo Carlos Alberto, terminando a su manera la frase del otro.)
Para luego exclamar con vehemencia:
–¡Pues que disfrute setenta grados de fastidio en su lecho!
Al oír aquella estrambótica contestación,
el mayordomo no sintió ninguna extrañeza, ni apenas vergüenza ajena, porque ya estaba acostumbrado a la pintoresca forma de expresarse de Carlos Alberto. Y además, tampoco podía decirse que Wadelmás fuera la naturalidad personificada hablando.
–Perdona mi intemperancia, Wadelmás, quizá la madrugada...
[el mayordomo escuchaba impertérrito las palabras de su señor.]
–... (el alba amaneció hoy exquisita)
[el mayordomo escuchaba imperturbable las palabras de su señor.]
–...embrujó mi alma espontánea y pura.
Resulta inexplicable, lector; milagroso si quieres:
Wabelmás seguía incólume, sin apenas sentir vergüenza ajena.
–Sí, es una teoría –contestó el fiel Wadelmás.
–Puede ser, elegante Wadelmás
(dijo Carlos Alberto, regalando al mayordomo una franca sonrisa)
[sonrisa no por melíflua menos varonil]
–...por lo pronto –siguió Carlos Alberto–, prepararé mi bólido,
[su bólido era su automóvil]
–...ese grisáceo capricho de mi alma,
[el mayordomo escuchaba impertérrito]
–...y marcharé discreto y afeitado a la suave ciudad
[el mayordomo escuchaba imperturbable]
–...de realidad pretendida. ¡Ah, te preguntarás
que mundana idea me traigo hoy entre manos! Pues sí, creo que lo has adivinado... [Wadelmás ni decía nada ni pensaba en nada ni adivinaba nada] «y si no lo has adivinado», prosiguió Carlos Alberto, «yo te lo digo: ¡Emasinca!» Al oír aquel nombre, Wadelmás no pudo evitar un gesto de perplejidad y disgusto. «¿Emasinca?», pensó el mayordomo. «¡Anda, Wadelmás!», dijo (con cierta impaciencia imperativa) Carlos Alberto, «no te hagas de rogar y pon ya a punto mi bólido con esa tu sabiduría mecánica.»
20. Se retiró Wadelmás y yo quedé allí, pensatuvo
y anhelante. En mi ánima, un lobo no tan dócil aullaba una melodía no tan jovial, y, aunque trataba de engañarme, todo era, pues me lo decía una angustia nada baladí, cual un gran crepúsculo enmarañado. Como insidiosas telas mal tejidas, en lo técnico, por silentes, lunáticas arañas cafeinómanas.
21. Y ya el bólido avanzaba veloz por la carretera,
dejando tras de sí una estela de exhibicionismo embravecido. Recta o curva, la vía se precipitaba sobre mí.
Yo bebía sediento los kilómetros.
***
II. A la busca de la olvidada
1. «¡Oh, inexpresiva carretera, que te prolongas
impávida y gris, conturbando el paisaje que atraviesas! ¡Oh, pavorosa vía cicatriz que atraviesas un paisaje delicioso en esta mañana estival que ya declina! ¡Oh, aire que despeinas mi cabello! ¡Oh, yo, conductor al volante de este automóvil descapotado y bravío que hace bramar al viento con pujanza!»
El paisaje semoviente embellecía,
con su mística estética impresionista, el ánima conturbada de Carlos Alberto. «¡Oh, cuánta melancolía sin cuento! Pero dime, ¡oh, ánima!, ¿en verdad te lamentas por Emasinca? ¿No será por ventura la otra, la encubierta aborigen, quién más te estremece? ¿No será acaso por ella por quien tú y yo, ánima, temblamos al unísono? ¿No es por ella por quién yo, compendio de cuerpo y alma, tiemblo?»
De esta forma, poesía y filosofía fundíanse
en las elucubraciones de Carlos Alberto, mientras su descapotado auto avanzaba veloz, veloz, veloz...
(Respetando, eso sí, las normas de circulación.)
Veloz, veloz, veloz...
por la carretera inexpresiva, impávida: alma (o ánima) que vuelve su rostro ¿cuándo? en esta corriente del tiempo fluir en mudanza ahora entonces ya nunca siempre en la vereda semoviente que se quiebra o se ondula tropel de palabras lumbre o hielo y todas las penas lágrimas suspiros ¿para qué? sólo un sendero tal vez hacia un abismo buitres, salamandras, murciélagos o ¿por qué no? el místico ensueño azul por supuesto y tal vez la humilde ofrenda pero este camino eterno es tan breve... no, no caves tan pronto, aún es temprano, aún es ahora, hoy, ¡hoy! mañana ya veremos.
2. Antes de llegar a la ciudad
de realidad pretendida, a la ciudad suave, ves correr hacia el auto muy raudas, semovientes, las fábricas obscuras, no tan místicas, sus altas chimeneas hola, qué tal y al punto ya hasta luego: en el retrovisor las ves, y ves que ya se alejan.
3. Luego verás los prados, los campos
con vacas que tanto te alegraban ¡y que te siguen alegrando, diantres! ¡venga, anima esa cara!
4. «Volverá a descansar mi anatomía,
sí, en aquel confortable sillón en el domicilio de Emasinca. Ella estará junto a mí, de pie. De sus estimulantes labios tal vez, lo más probable, fluirán apresuradas e irreflexivas palabras, y mi mente, quizá distante, de seguro no captará su significado. ¡Ay, femenil y alocada Emasinca! ¡Ay, alegre, cariñosa y tal vez inconstante Emasinca! Tus bellos ojos despiden chispas que, cual gotitas de rocío, refrescan mi ánima por los siglos de los siglos amén aunque sólo sea por un ratito me conformo. ¿Y no es tu cuerpo gentil un paraíso que invita a un vivir jubiloso, a una vida a cuerpo gentil precisamente ya por siempre el buen tiempo como ahora? Pero ¡ay! en ocasiones me resultas un poquito pagana e irritante, y es entonces cuando provocas el más antieufórico tedio en mi ánima. Pero... ¡ah!, ¡eres tan gallarda y hermosa!»
5. No hay desventura en la geometría
y en los números, y cuando aún humean las fábricas allí al pasar en el retrovisor y en el recuerdo último ya el apresuramiento, esos ciclistas podían tener más cuidado, leche CONSTRUCCIONES MECÁNICAS bueno, ya estoy en la ciudad PERFUMERÍA DARÍO he aquí la vida a borbotones LIBRERÍA TOMÁS un ómnibus que pasa CAFÉ SUIZO un aviso sonoro: una bocina impaciente, ¡ah!, cómo les gusta darle al claxon BANCO pues bueno, ya estoy aquí, ya en este delirio abstracto que ensordece y lustra, que borra COPRO ORO todo pesar TALLER la vida ahí a borbotones, las multitudes a todas horas agolpándose, los turistas, congestiones, atascos, bocinas, los conductores impacientes... Demasiados vehículos, y el otro día leí que la contaminación estaba aumentando de forma alarmante, si el alcalde no hace nada... Un aviso sonoro: una bocina ¡ya va, ya va, tranquilo, qué prisa tienen todos! ya estás aquí, ya en el delirio abstracto que ensordece. La plaza de Reja y Frutos (el excelso prócer) bien, ahora hay que coger la calle Bajada Vieja, pronto veré a Emasinca, si es que está en casa, si es que existe, ya no sé lo que me digo, bueno, bueno... pase, pase, hay que respetar siempre los pasos de cebra, bueno, ¡adelante!... estas son calles más tranquilas Calle del Arco Nuevo ahora tengo demasiado calor, hasta en camisa Calle del Arco Nuevo ¿Calle del Arco Nuevo? (el corazón palpita con fuerza: emoción intensa) ¡Calle del Arco Nuevo!, la calle de Emasinca, ¡ya estás aquí!, tranquilo... (pasa el semoviente portal en dirección opuesta al avance del bólido: velocidad moderada) ¡Ah, el portal de Emasinca! y allí está la portera... a ver ahora donde aparco...
6. No hay desventura en la geometría
y en los números, pero cuando un portal semoviente (¡ah!, tranquilo, tranquilo...) en dirección opuesta (velocidad moderada) esplende y de qué modo (mas no la luna de plata, ni el sol, este que pasa: di la luna de oro) aligeras, buscas aparcamiento, la vil penumbra regada por las lágrimas grises de los barrenderos, despreciando otras joyas, amores imposibles, indígenas grandezas, folclores de bohemia o anhelos que se abren tal vez al infinito ¿te acuerdas? ¡Ahora sólo Emasinca! Ahora sólo la tierra mestizada de oro, del fulgor de la luna aún siempre tan temprano. ¡No! ¡Despierta! hay que aparcar, ¡aparca!, que el fulgor de un portal resucitado no ose coquetear con las hermosuras y bullicios primaverales al menos hasta que hayas aparcado ¡eh mira, allí hay un hueco! ¡ah, pues sí! y el calor te recuerda que es verano.
7. Ahora, endiamantada el alma,
endiamantado el corazón romántico y, junto con el alma (o ánima) y el corazón romántico, también endiamantado el cuerpo no materia todo, Carlos Alberto, allí frente al portal de Emasinca, ser ahí él, aguarda. Aguarda (frente al portal de Emasinca) en el Parque Nuevo. Y, entre el joven y el portal: escasos transeúntes caminando en uno u otro sentido por esta acera de árboles tan frondosos; pavimentada y umbría vereda contigua a la frondosidad donde él espera y desde donde él puede ver, tras la acera umbría, la carretera con su tráfico escaso; y luego la acera de enfrente, gemela a su opuesta: los transeúntes escasos, los árboles frondosos... Acera, cual su opuesta, muy bien pavimentada.
8. Pero, ¿por qué espera Carlos Alberto?
o ¿a qué espera Carlos Alberto? o ¿por qué el momento del encuentro dilata? Quizá recuerdos olvidados, bloqueados, pugnan por restablecer la comunicación cortada, y, aunque por ahora sólo se manifiestan cual sordos sonidos ininteligibles, cual borrosas imágenes incomprensibles, son potencias que aterran, que espantan. No, no es eso, lo que ocurre es que no recuerdo cual era el piso de Emasinca, (¡mi novia querida!), aunque quizá fuera el segundo, el segundo, creo; pero no estoy seguro. Mira, vuelve a salir la portera y, con una cesta vacía, del portal se aleja poco a poco, lentamente con su paso cansino... ¡Corre, aprovecha la ocasión, Carlos Alberto! Sí, pero... ¿qué ocasión? Carlos Alberto no recuerda el piso donde ella vive; no, no está seguro. Prefiero esperar a que regrese la portera de hacer la compra y preguntar que así se llega a Roma. Pero... ¿qué cara pondrá la portera cuando le pregunte por el piso de mi novia, yo, que tantas veces he entrado y he salido de ese piso, solo o en compañía de Emasinca? Pensará que quiero tomarle el pelo, pues nadie en su sano juicio olvida el piso de su novia, mas... ¿a mí qué me importa lo que piense la portera? Sí, lo mejor será esperar a que regrese con la compra; y quién sabe?, quizá entretanto aparezca Emasinca. Desde luego, no sería extraño, pues ya se va acercando la hora de comer. Aunque también es posible que Emasinca esté en casa, y que en cualquier momento zas aparezca en el portal; puede que ella tenga también que comprar algo... Pan para la comida (por ejemplo), seguramente un colón, o tal vez una libreta, aunque creo recordar que ella prefería el colón; en cambio, no le gustaba la barra, de eso sí que estoy seguro. En cualquier caso, Carlos Alberto ha decidido quedarse esperando. En cualquier caso, a Emasinca o a la otra, Carlos Alberto está esperando ahora, en un rústico banco de madera del parque, a la sombra de un frondoso árbol.
Los minutos pasan lentamente, lentamente...
Tres cuartos de hora esperando y ni portera, ni Emasinca ni nada.
9. El joven Carlos Alberto, hasta en camisa
(como ahora, ahí sentado en el banco del parque) resulta un hombre de gran elegancia (clásica elegancia: nunca gustó de extravagancias). Por el calor ha prescindido de la chaqueta de verano (que ha quedado en el automóvil) pero no de la corbata. Hace calor, sí, pero Carlos Alberto no suda (Carlos Alberto no suele sudar). Carlos Alberto es un hombre bien parecido, alto, delgado, atlético, atractivo. Suele llevar sombrero, aunque hoy no se estile (su sombrero también quedó en el automóvil). Carlos Alberto lleva peinado hacia atrás, y con ligero tupé, su cabello lustroso, cual antiguo galán hollywoodiense. Lleva Carlos Alberto un bigotillo fino muy cuidado, a lo Errol Flynn. Una chica muy culta que conoció, Coralia (¿o era Copelia, como la muñeca mecánica?), le dijo que se parecía a Errol Flynn (era una joven cinéfila que conoció en un cineclub; entonces Carlos Alberto aún no estaba con Emasinca; estaba libre, y Coralia y él, que se entendían bien, se vieron unos cuantos días como amigos, con otra gente de su edad, y después, por lo que fuera, dejaron de verse, se perdieron la pista). ¿Errol Flynn?, en realidad yo creo que no, que los rasgos de Carlos Alberto poco tienen que ver con los de tal galán. Más me recuerdan a los de Rodolfo Valentino (que no llevaba bigote, pero no hay que dejarse engañar por lo del bigote). Y más todavía recuerdan sus rasgos, en realidad, a los de John Gilbert; pero la nariz, eso sí, es mucho más como la de Valentino; ahora bien, la mirada de Carlos Alberto nada tiene que ver con la de Valentino y sí mucho (¡ah!, ¿no os habéis fijado?) con la de John Gilbert; y un poco también, ahora que lo pienso, recuerda la mirada de Carlos Alberto a la de William Powell. En este momento mucho, por ejemplo.
Sí, de tanto esperar, ¿no lo veis?,
a Carlos Alberto se le está poniendo cara
de William Powell.
O, mejor dicho, se le están poniendo ojos
de William Powell.
10. En el parque aquel había un kiosco,
es decir, un puesto de revistas; bueno, de revistas y golosinas y otras zarandajas. Desde donde estaba ahí en aquel banco de madera observó Carlos Alberto cómo el kiosquero preparaba las cosas con intención de cerrar; ¡claro, porque ya era la hora de comer! A grandes zancadas, se acercó Carlos Alberto al kiosco, comprando un ejemplar de Hermes de Hispañia y cinco caramelos tofe bombón (para matar el hambre: desde que dejó de fumar, Carlos Alberto se había aficionado a los tofes. Los de nata o los de sabor café no estaban nada mal, pero prefería los tofe bombón).
Hojeó el periódico sin poder concentrarse en nada, mirando a cada momento hacia el portal de Emasinca.
Y, por su parte, tras aquellas consideraciones, y teniendo en cuenta que el consumo total (bienes y servicios) constituye dólares la deuda el ingreso nacional pero sin llegar aún a ningún tipo de compromiso pero Emasinca y yo sí estamos comprometidos pues somos novios, la portera es testigo y por más que «Bikini» clásico se sentó a conversar con moda baño (reunión de índole internacional) PAGAMOS POR SU TELEVISOR VIEJO ¿dónde estará Emasinca, y por qué no regresa la portera? PARA NIÑAS Y NIÑOS: VUELTA AL COLEGIO ¿ya?, pero si todavía estamos en agosto... pobres niños y parece que continúan las huelgas y los problemas; sí, las cosas parecen estar realmente mal, y los agitadores se aprovechan, claro está EXIGIMOS: Residencia en la capital y vehículo propio; edad máxima, treinta y cinco años; estudios nivel bachiller, dedicación total. OFRECEMOS: Elevadas comisiones, incentivos y dádivas sólo les falta decir carantoñas, ¿qué cara pondría mi excelso Wadelmás si le digo que he decidido trabajar de vendedor a comisión?, pero lo cierto es que tendría que buscar algún trabajo, a ver, a ver... SECRETARIA BILINGÜE para agencia de publicaciones juveniles; se requiere: perfecto dominio del inglés, tanto hablado como escrito muy bien esto lo controlo TAQUIMECANOGRAFÍA en inglés y español esto ya no lo controlo... se ofrece: trabajo interesante, moderna oficina ¡ajá! y ambiente afable y cordial ¡ajajá! JORNADAS INTENSIVAS ¡buf!, quita, quita... Retribución a conveniencia, según aptitudes... Incorporación inmediata y bla bla bla... Bueno, si no fuera por la taquimecanografía y esas jornadas intensivas estaría dispuesto a afeitarme el bigote... ¡y a travestirme como la indígena! MECÁNICO, BUEN SUELDO A CONVENIR ¡ah! esto para Wadelmás, para el día en que se canse de mí, a ver, a ver... ¡hombre, una noticia de caza! EN TREINTAIDÓS BATIDAS SÓLO MATARON UN LOBO ¡el chápiro esmeralda nos asista!, qué mala puntería. El hombre, el lobo y la lucha que nunca cesará. SEMANA FINAL DE REBAJAS Liquidamos todas nuestras existencias de verano ¡ÚLTIMA OPORTUNIDAD! por cierto qué hoy es domingo ¡Venga ya al BOOM de las ofertas inverosímiles! y todavía no he ido a misa, y además ¡GRAN VENTA DE RESTOS, SOBRAS Y RETAZOS! ya me cansa esta espera... ¡anda la osa!, esto sí que no me lo esperaba ¡una reposición esperada! UN REMOLQUE LARGUÍSIMO Lucille Ball y Desi Arnaz Metro Goldwyn Mayer
El diario preferido de Carlos Alberto: Hermes de Hispañia.
Se decía que era un diario masón pero Carlos Alberto no lo creía.
Lo dudo mucho... sí, me plació el filme cuando lo visioné otrora.
¡una reposición esperada! ¿masón? me choca, pensó Carlos Alberto.
UN REMOLQUE LARGUÍSIMO, de Vicente Minnelli
BOOM Vuelta al cole en agosto, ¡qué desfachatez!
Al Hermes sólo le falta un suplemento dominical como el del ABC.
Y me suena que dijeron que pronto tendrían suplemento en color.
Muy pronto tendremos suplemento a todo color, sí, eso dijeron.
Carlos Alberto allí hojeando el Hermes y era domingo.
Domingo 15 de agosto de 1971.
Ahora, al menos, los domingos el Hermes mete algo de color.
Los domingos mete algo de color, sobre todo en los anuncios.
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Adquiera también, para escuchar su música favorita y sus lecciones, este magnífico TOCADISCOS ESTÉREO, portátil y transistorizado.
Luis Alberto consultó su Omega de oro macizo.
–¡Qué tarde ya! –exclamó in mente Carlos Alberto.
En su muñeca la máquina precisa, el Omega de oro.
«Nobleza obliga», pensó Carlos Alberto.
¡Diantre! ¡Un Pegaso Z-102! ¡Mi bólido!, y muy bien dibujado...
Esta ilustración la tengo que recortar para mi álbum.
¡Ah!, parece quimérico
que automóvil de los años cincuenta pueda seguir feliz y lozano, con todo su vigor juvenil, a estas alturas; mas sé que el autor del milagro es Wadelmás; verdad es que no sé qué haría sin este hombre brillante, que nunca podrá ser loado con justicia. Wadelmás, ¡tú!, que del mítico equino galopante alas invisibles incólumes mantienes. De esta guisa se expresaba in mente, nobleza obliga, Carlos Alberto.
EL CINE DE AHORA AQUÍ
Filmes del pasado año que podremos ver pronto en nuestra ciudad.
...los filmes de 1970 que veremos en el año en curso.
Mas vale tarde que nunca, piensa Carlos Alberto.
Un, dos tres, al escondite inglés
Íñigo y conjuntos de música ligera, pudiera ser un film curioso.
El hombre orquesta, con Louis de Funès
¡Ah, este cómico tan aplaudido!, dicen que te tronchas con él.
El conde Drácula, de Jesús Franco
Esta ya se sabe, de susto y sobresalto.
Cuando los dinosaurios dominaban la tierra
Sí, sí... esta película tiene que ser algo grande.
Rio Lobo, el último gran western de John Wayne y Howard Hawks
¡Vaya!, el inífugo Juanito Vainas sigue haciendo de las suyas.
Regreso al planeta de los simios, la más esperada segunda parte.
Con James Franciscus y la actuación especial de Charlton Heston.
Esta no me la quiero perder, y no lleva mala crítica.
Hermes de Hispañia diario local instructivo y constructivo
Director: Marqués de Guindo y Rosas
Se dijo que era raro, meditó Carlos Alberto,
que un diario local se pusiera España, como queriendo abarcar el todo desde la parte, y encima, para más inri, en vez de España o Hispania, esta extraña mezcla, Hispañia. Se habló de falta de respeto al nombre patrio, pero el de Guindo y Rosas justificó filológicamente tal nombre y no se le vetó el invento; pero al de sangre azul y azulado espíritu se le colgó (¡ay!) el sambenito de masón; ¡ah!, pobre marqués de Guindo y Rosas. Mas no sé por que compadezco a un hombre que no es capaz de atar corto a sus rapaces reporteros de pico corvo.
A ver que echan hoy en el CINELUX...
El último cuplé,
una de las películas más glamurosas del cine patrio. Reposición. Sarita Montiel. La obra cumbre de Juan de Orduña. Esta tiene que ser buena, desde luego; buena y profunda... de este director he oído decir que es un genio.
CONTINUAS: PALACIO DEL CINEMA ¡¡Refrigerado!!
Dos estrenos por el mismo precio: Españolas en París y Varietés ¡¡en España se hace cine de calidad!! Pues si es cine de calidad, y sólo por ver a Laura Valenzuela o a Sarita Montiel... Y, desde el domingo que viene: ¡dos magníficas reposiciones!: del productor de King Kong, La diosa de fuego + Cleopatra, del gran Cecil B. de Mille, ¡con la mítica Claudette Colbert!
USTED MISMO PUEDE CORTARSE EL CABELLO
CORTA CABELLO CAPLIS
«¡Regresa la portera!», exclamó in mente de súbito Carlos Alberto.
***
III. La portera
1. En efecto, con su paso cansino
la portera ya regresaba. Y, después de tanto tiempo, no parecía traer en la cesta mucho más que la barra de pan que de ella sobresalía. Bueno, ¿y a mí qué me importa?, el caso es que ahí está la portera, pensó.
2. Y, ni corto ni perezoso,
largos pasos atléticos, Carlos Alberto (tuvo suerte de que el semáforo estuviera a su favor) ya estaba atravesando la carretera con presteza. Y apenas la portera había llegado al portal cuando Carlos Alberto, algo jadeante, abordó a la susodicha con cierta brusquedad (no exenta de modales).
3. Habló él: «Perdone,
muy buenos días... ya casi tardes... tenga usted. Disculpe la molestia, ¿sabe si la señorita Emasinca se encuentra en casa?»
4. La mujeruca
no contestó de inmediato, limitándose a mirar de arriba abajo a Carlos Alberto. Y era difícil saber si el rostro ajado de ella revelaba sorpresa, desdén, lástima o qué. Dijo por fin la portera: «No pensé que volvería a verle por aquí, señorito Carlos Alberto».
5. O sea,
que la portera se acordaba perfectamente de él, de su nombre. «Pero señorito Carlos Alberto», continuó diciendo la mujer (y ahora no cabía duda, su expresión era de lástima), «usted tiene que saber... que ella ya no vive aquí desde que...» «Desde que», se repitió mentalmente Carlos Alberto. Y sintió como un tumulto de recuerdos reprimidos que, desde alguna oscura sima infernal de su cerebro, trataban de salir a la luz. Y, cual relámpago, un temblequeo recorrió su cuerpo todo su ánima alma toda en blanco y negro y color (refrigerada) no apta ¡el acontecimiento del año! primer premio en el Festival Internacional de... ...desde que... «...se casó», terminó de decir la portera. «¡¡Se casó!!», clamó in mente Carlos Alberto, resonando, retumbando, repitiéndose en eco interior la desgarrada voz vehemente ahí en las amplias estancias, en los amplios corredores de la insondable mansión de su cerebro; y entonces ya nada pudo frenar a aquellas hordas reprimidas de recuerdos que, con salvaje estruendo (alaridos o las desprendidas cadenas arrastradas) avanzando a trompicones, ineducados en demasía, irrumpieron aquí, allá y acullá embarullándolo todo ¡Leviatán! ¡LEVIATÁN! sí embarullándolo todo cosechas destruidas las turbas en tumulto embarullándolo todo ¿Quién te envía? las jarras derramando, ¡rompiendo las vajillas! ese Big Bang terrible tal vez todo es posible una danza en un templo sin vestidos de marca en la noche borracha ¿Quién te envía? muertos los timoneles y rezar ya no basta, pues las bestias devoran plegarias ¿Quién te envía? mientras la niebla densa de Londres por ejemplo se regocija di, ¿quién te envía? con el ocultamiento de esa avalancha humana que protege y anula. ¡Oh, ajada portera!, di, ¿quién te envía?, ¿de qué inframundano ámbito procedes?, di, ¿quién con tan nefando mensaje te envía? «¡¡Se casó!!»: ¡Oh!, ya la ciudad toda se desmorona en torno mío, ¡oh!, ya la otrora (¡hace un segundo!) sólida tierra se abre bajo mis pies en grietas espantosas. Ya las carcajadas de los moradores del infierno ensordecen mis sentidos. Atónito yo al recibir el cruel recado; impávido impasible inexpresivo exteriormente yo, mas mi alma grita con tal ira, que colijo que incluso en las más distantes galaxias ha de oírse mi planto. ¡Oh!, mi ánima es ahora un voraz agujero negro que pugna por absorber el universo todo.
Todas estas ocurrencias verbales
y algunas más habitaron de súbito en la mente de Carlos Alberto, pero toda esta verborrea fue discurso mental que duró sólo pocos segundos. Luego Carlos Alberto, más tranquilo ya aunque un poco empalidecido, dijo a la portera: «Claro... claro que sé que Emasinca ya no vive aquí... desde que se casó, ¿cómo no habría de saberlo?, tan sólo preguntaba... bueno... por preguntar... nunca se sabe».
La mujeruca sonrió entonces
con cierta picardía, moviendo lentamente la cabeza; primero de arriba abajo y luego, acto seguido, con aún más pícara expresión, de un lado a otro. «Pues nada, señora... no quiero entretenerla más; me alegra que siga usted bien... que pase usted una buena tarde dominical.» Por toda respuesta, la portera se limitó a emitir una risita queda.
Luego, cuando Carlos Alberto
(un tanto aturdido y confuso) ya cruzaba el paso de cebra (suerte tuvo, pues el semáforo estaba a su favor) la mujeruca, forzando al límite su vocecilla aguda para ser oída pese al ruido de la calle, le gritó: «¡¡Que pase usted también una buena tarde, señorito Carlos Alberto, y cuídese mucho!!»
«Emasinca ya no me pertenece», pensó con tristeza Carlos Alberto.
***
IV. La vida sigue
1. Quizá le costaba reconocer
a Carlos Alberto que Emasinca ya no le pertenecía, y que (¡al fin y al cabo!) no había sido en su vida sino un tenue paréntesis; o un sueño, si se quiere. Un sueño o una novela de amor con un triste final. Final que quizá como autodefensa, como protección de su salud psíquica (psique psyché significa alma), había conseguido abolir para su yo consciente.
2. Pero la vida seguía;
concretamente seguía la tarde del domingo. A ratos en coche, andando a ratos, Carlos Alberto pasaría la tarde dominical de agosto yendo por la ciudad de aquí para allá.
3. Lo primero que hizo
Carlos Alberto (tras el encuentro con la portera) fue buscar restaurante para comer; por allí había un par de restaurantes que estaban bien, mas en ambos él había estado retornaban los recuerdos con Emasinca. Así que tomó el coche y buscó en otra zona. En la Plaza del Marqués se ve el monumento al insigne general Coralinas, que se alza en el centro de un jardín de variopintas flores y esbeltos álamos. En un restaurante de esta plaza comió Carlos Alberto. La Plaza del Marqués no es grande, y se llama así por Coralinas, marqués además de general (se decía que el general Coralinas fue masón como Prim, y también decíase lo opuesto y la mayoría no decía ni mu). Pues eso, que en un modesto restaurante de esta modesta plaza fue donde comió Carlos Alberto (aquel domingo 15 de agosto de 1971 tras el encuentro con la portera) porque «¡ay!» la vida seguía, ya que, «en su corretear lúdico, las palabras hueras no han de poder hacer de mí un melindroso, preso de una beldad aún perfume presente», porque si bien la sima acobarda, por el abuso de ese color o no color, el negro, cierto es también que existen bebedizos o embrujos no lejanos: «la indígena navega por mi savia, por mi azulenca savia se desliza: nave (la suya) cargada de perfumes y ebriedades, pero nada de almizcle: ¡oh, por Dios dejad en paz al almizclero, que trisque en altas rocas el codiciado cérvido!». ¿O quizás la ironía ha de ser, cual no útil piedra áurea o inútil diamante tallado de brillos venenosos, patrimonio exclusivo de místicos ateos quejumbrando? ¡No!, no trivialicemos con lo peligroso para ahondar aún más en un abismo que, al fin y al cabo y se mire como se mire, ¡no parece que al fin nos pertenezca!; «y puesto que Emasinca ya no me pertenece... olvidemos el asunto y volvamos a la cartelera, porque lo cierto es que me apetece ir al cine...» Entonces, súbitamente, el camarero interrumpió sus pensamientos: «¿El señor va a tomar café?» «Sí, un café solo, gracias» Sí, un café solo, gracias ¡oh, irradiación furiosa de una rotación tranquila!
4. «Bueno, repasemos la cartelera
otra vez...» PERO LE FASTIDIABA (color, tolerada) el placer curioso del destino, le disgustaba sí, gracias toda aquella indolencia tan pronto una marinerita compañera de viaje deja la nave en plena tempestad las olas inefables; le fastidiaba SÍ, GRACIAS ese ya más que desolación hastío de cielos luminosos como universos sencillos o vicios elegantes corrompidos; le disgustaba aquel ya no el opio de unos besos de un ser que ya es ser sido; le fastidiaba y mucho SÍ, GRACIAS aquel ya sí la brusca boda la chusma del convite el cura comunista el tipo descarado el puño justiciero el TODO HA TERMINADO: CINE HOLLYWOOD refrigerado La bruja novata, con Angela Lansbury
5. Pues eso,
que Carlos Alberto se tomó el café negro mirando la cartelera de cine, y que le pareció que el café estaba un poco fuerte, amargo en demasía a pesar del azucarillo y que pensó «mejor». Y que eso, que como había pensado Carlos Alberto en ir a misa de ocho... pues eso, que aún tenía mucho tiempo. Pues eso, que recorrería la ciudad hasta las ocho y que luego iría a misa y que luego, por último, iría al cine.
–Por favor, ¿me trae la cuenta?
6. «Siempre e temido caer»,
pensó Carlos Alberto, «en una inobservancia moral como en un dédalo ya sin salida, sin retorno. Y tal vez este temor me llevó a esta amnesia parcial de la que hoy, domingo de feliz recordación, salgo como el que emerge de tinieblas. Nueva etapa de mi vida, mas, ¿por qué hablar de inobservancia moral en el “caso Emasinca”? Es fácil: ¿acaso no pugna con la moral consentir la ruptura de un noviazgo sólido?»
7. «Recuerdo nítido ahora
acude a mí: aquel ángel airado que me visitaba; que se me apareció no una, ni dos, ni tres veces... ¡si no se apareció siete veces no se apareció ninguna!; él me reprochaba mi inobservancia moral, ese no haber sido capaz de abolir una ruptura inicua», pensó Carlos Alberto.
8. «Y ahora recuerdo
esa jamás olvidada visión cuasi divina, ¡oh purísimo desnudo de mujer que, al bañarte en el río, acrisolabas las aguas todas! ¡Oh, tú!: indígena ya por siempre, que transmutaste río español en exótico río polinésico. Pero es chocante que, siendo ella española, parezca polinésica», pensó Carlos Alberto.
9. Y puesto que,
tras la conversación con la portera, Carlos Alberto había vuelto, como quien dice, a nacer, de precepto era vivir ahora con intensidad mayor, o, al menos, con una intensidad de «una más pura y cristalina índole», pensó Carlos Alberto. «¡Alerta!»
10. Y así, en las primeras horas
de la tarde dominical, Carlos Alberto, pues sus sentidos eran noveles y estaban alerta (¡alerta!) pudo captar con rara intensidad (allí reposando cual titán en día de asueto la ciclópea máquina) la ciclópea belleza de una MICHIGAN. «Mañana», pensó Carlos Alberto dirigiéndose como por telepatía a la portentosa obrera, «¡oh, MICHIGAN!, soberbia tú no por altanera sino por excelente, sabiamente manejada por un operario especializado, cargarás tierra, o lo que sea, en un camión, me imagino, con tu terrible pala ¡Transeúntes! ¡¡ALERTA!!» «No veo yo lógico», pensó luego Carlos Alberto, «llamar a la Michigan pala cargadora, yo diría mejor que ella tiene una pala cargadora». ¡¡Ah, las Michigan!!
Wadelmás, el fiel mayordomo,
le había hablado de ellas. Y luego Carlos Alberto las había visto en los anuncios de prensa, retratadas por hábiles dibujantes.
«¡Ah, mi álbum
de recortes», pensó Carlos Alberto, «precisos dibujos que allí atesoro; a veces me producen sensaciones similares a las que esas enigmáticas de pinturas de Chirico me provocan. Es, pues, el puro placer estético, el arte por el arte, lo que ha hecho que me interese por este armatoste magnífico, dicho sea esto sin ánimo de ofender; ¡¡bien sé que es útil la Michigan!! ¡¡alerta, transeúntes!! y es precisamente esta condición útil lo que impide ver su belleza». Decía bien in mente Carlos Alberto, ya que sólo rebajando la Michigan para lo útil se la eleva para el arte por el arte; yo también (habla el narrador, no tan omnisciente) he amado, y casi idolatrado, esta y otras máquinas bellas. ¡Tú sabes mucho de esto, Marta, con tus pinturas de objetos idealizados! (el no tan omnisciente, el artífice de esta novela, dirígese ahora a su amada). Y Carlos Alberto en su decir silente persistiendo: «Son fabricadas por Clark Equipment International y sus compañías asociadas. Alemania, Australia, Francia, Gran Bretaña, Bélgica, Estados Unidos... y creo que también Japón; sí, también Japón. ¡Y aquí estás tú ahora! Aquí tú fuera de mi álbum, mi querida Michigan; aquí tú, mi querida máquina que ya por siempre, en recorte, certeza sensible o recuerdo, ocuparás algún lugar (el que sea) en mi ánima más o menos polvorienta».
El asunto de la Michigan
de marras hizo pensar a Carlos Alberto en Miguel de Unamuno, poeta filósofo. Pensó en concreto Carlos Alberto en aquél libro de Unamuno que con delectación había leído, releído y requeteleído, Niebla, novela o, si se prefiere, nivola (como diría el búho). Tenía Carlos Alberto esta novela en la edición de Espasa-Calpe (Madrid), de 1935, con prólogo de Victor Goti (tercera edición). Pensó más en concreto Carlos Alberto en una frase como una sentencia que, apenas iniciada la novela, puede leerse: «Un paraguas cerrado es tan elegante como es feo un paraguas abierto» «¡Eso no es cierto!», pensó Carlos Alberto, «y la Michigan no pierde su belleza cuando se la dibuja en acción y cuando dicho dibujo, ya recorte fuera de su utilidad publicitaria, es contemplada por los ojos del esteta puro; aunque reconozco que yo, que me he acostumbrado a la contemplación de lo inmóvil, prefiero (y mucho) a la Michigan así, en estado de dominical quietud (tanto en esta certeza sensible como en la certeza trascendida del dibujo allí ya recorte en mi álbum); pero en lo que nunca he podido estar de acuerdo es en lo del paraguas, pues en mi memoria guardo románticas imágenes de paraguas abiertos bajo la lluvia».
«Por cierto», pensó Carlos Alberto,
«tengo que pensar en ese anuncio que tanto llamó antes mi atención... ¿no habré perdido el periódico?... no, lo dejé en el coche». El anuncio en que pensaba Carlos Alberto (que no ha sido mencionado) decía así: ASESOR EN ARTE DE PRIMERAS VANGUARDIAS SE PRECISA
«Sí, sí...», pensó Carlos Alberto
mientras se dirigía hacia el lugar donde permanecía aparcado el coche; su descapotable ahora aguardando ahí con la capota puesta. «Sí, sí...», pensaba Carlos Alberto, «sería algo fantástico conseguir un trabajo así ASESOR EN ARTE DE PRIMERAS VANGUARDIAS SE PRECISA pues de esto creo que entiendo bastante, no en vano me he pasado toda la vida como quien dice con este asunto de las primeras vanguardias... ahora bien, si empiezan a pedir acreditaciones les tendré que decir que yo, de títulos y zarandajas, ¡nada de nada!; pero puedo hablarles de mi colección particular, que ya supera a la de mis progenitores. O que me pregunten, que me examinen, que me pongan a prueba...»
El caso es que al menos
había que intentarlo, ¿verdad Carlos Alberto?, porque si no, con tu tan precaria situación económica... «porque fíjate que ya estamos a quince y Wadelmás sigue ansiando sus emolumentos», reflexionó desazonado Carlos Alberto, «¿qué pasaría si Wadelmás se hastiase de mí, que haría yo entonces?; desde luego, algo hay que hacer; podría vender una obra de mi colección... ¡ah, solución terrible!, sí, terrible, de acuerdo, pero necesaria. ¡Ah, tú, necesidad prosaica que del primo pecado procedes! ¡Oh, primo pero no primoroso pecado que inspiró la serpiente antigua! ASESOR EN ARTE DE PRIMERAS VANGUARDIAS SE PRECISA Sí, esta sería la solución ideal, ¡ah, si lograra tan magnificente trabajo! ASESOR EN ARTE DE PRIMERAS VANGUARDIAS SE PRECISA Sí, sería magnífico... ¡un momento!, ¿he pagado este mes al cocinero?, ¿y a la indígena?, ¿y a la señora Paulina? Sí... todos ellos recibieron su paga, estoy seguro».
Lo primero que hizo
Carlos Alberto al entrar en el auto (su bólido) fue coger el periódico y buscar, más impaciente que ansioso, el anuncio que tanto le interesaba «tiene que estar por aquí... sí... por aquí andaba; a ver... ¡sí, aquí está!» ASESOR EN ARTE DE PRIMERAS VANGUARDIAS SE PRECISA Galería Isidro Rux, calle de los libros 52, Barriada de los bohemios «Isidro Rux... Isidro Rux... ¿de qué me suena a mí este nombre?... sé, sí, que alguien me habló de Isidro Rux... de su galería de arte... de una nueva galería que tenía que ver con algo pintoresco... curioso... sí, sí... ¡un momento! lo tengo en el ápice de la lengua... ¡ya está! ¡un payaso! ¡Isidro Rux es un payaso!, bueno no, más bien un payaso retirado, otro que, como el mítico Clovis Sagot, muta de clown a marchante. ¡Bien!, mañana estaré como un clavo en la Galería Isidro Rux. Claro que estar como un clavo es estar en punto, y yo no sé el horario de esta galería. Bueno, tal vez en la guía de teléfonos venga ya el horario; me gustaría llegar el primero.
Y ya está deambulando
de nuevo Carlos Alberto por la ciudad, ahora ya siempre al volante de su noble auto, del que no se apeará hasta que su reloj (Omega: estilo y precisión) señale las ocho; entonces Carlos Alberto, eso desea, su auto aparcará allí mismo, en ese hueco «¡sí, perfecto!» junto a la iglesia de San Miguel Arcángel. Pero mientras el reloj Omega: estilo y precisión no marque las ocho: LA CIUDAD EN TORNO: fluctuante, variopinta, estimulante, envolvente, sofocante, inquietante, orgullosa y arrogante, excesiva, suntuosa, huraña a veces (no tan cordial, desde luego), quizá a veces (¿y por qué no?) indiscreta como estrella chismosa diamantina más osada seguramente por el bochorno envolvente las risas ofensivas o el pecador buscando ya hotel para luego, para cuando allí jornaleras penitentes muñecas sedientas enlodadas por hienas desalmadas, y todo no es sino certeza maremágnum sensible de confusas sensaciones. Ha de ser mientras el Omega estilo precisión no marque las ocho: sollozo inefable sobrepasando toda hilaridad, como algo ligero delicioso y que el tiempo adorna con aureola envidiable desesperada o los besos idos (quería decíroslo) y que tímidos regresan in mente y es para volverse loco, Carlos Alberto. Para volverse loco en los instantes débiles que se escurren y qué poco importa o en los fríos silencios calmos que hacen tanto mal, de hecho. LA CIUDAD como un más tarde ya veremos, un ya me figuro, hombre o una religión amable y yo sin razonar obedezco ¡en una multitud nadie pronunciará lo más precioso! Y, justamente por eso, ¡oh, ciudad confusa!, y aunque tu memoria sea excelente, podrán borrarse ¡sí! todos los remordimientos. ¡Oh, la ciudad como un que no me turben el reposo o, tal vez, la calle toda como un sueño, los árboles también (en la avenida); también los transeúntes, por supuesto, y un viejecillo que llamó su atención, ¿por qué?, ¡quién sabe!; o, momentos después, LA CIUDAD aquella mujer que esquivó su mirada o tantos jóvenes y todos se reían y tomó un atajo y a su manera estaba alegre al volante de su automóvil y pasaban los balcones; calles ahora estrechas como pasadizos sinuosos y el borracho nerviosísimo ¡qué suerte no ser alcohólico, Carlos Alberto! «aunque creo que bebo demasiado», pensó Carlos Alberto.
11. La ciudad en torno
semoviente ahí y él al volante de su auto esplendente y los edificios el tráfico la gente todo mostrábase preciso claridad meridiana pero muy poco comprensible matices metal lumbre que se quiebra alma cóncava y convexa la tuya «¡oh, ciudad suave de realidad pretendida!», pensó Carlos Alberto desde la atalaya de su alma aristocrática y luego, desde esa atalaya, de súbito descendió, y ved que iba al volante de su auto, al fondo de una triste sima y se sintió plebeyo entre plebeyos en nítido y preciso recuerdo: Carlos Alberto allí en un recuerdo vívido: una boda, un convite ¿QUÉ BODA ERA?
12. LA BODA DE EMASINCA
era, y Carlos Alberto sí allí en aquel convite (era la boda de Emasinca) golpeando (¡y ved que se rompían los cristales!) al plebeyo importuno (copas hechas añicos) cuyo nombre no recuerda, mas no por olvido: su nombre nunca supo; uno cualquiera del convite el plebeyo importuno, que tuvo la mala suerte de, pecando de importuno, topar con un joven, Carlos Alberto, con los nervios a flor de piel (que se dice). Entonces el invitado golpeado, aquel quizá algo más grosero que cualquiera, preso de furia se levantó crispado el gesto y fuertemente cerrados los puños, herido en su orgullo sobre todo. «¡Maldito alfeñique!», gritó al mismo tiempo que se abalanzaba sobre el lechuguino osado. Mas el cura libró a Carlos Alberto de la furibunda acometida del airado. El cura (decían de él que era comunista) se interpuso entre ambos. Como tenazas eran las manos del marxista (¿marxista?, tan solo eran rumores). El furioso trataba de zafarse de las manos del cura, que le dijo: «¡Venga, hombre, perdónale, ¿no ves que hoy no se encuentra muy católico?» «¡Y que se atreva a decir eso un cura comunista!», pensó Carlos Alberto entonces. Al volante de su bólido, recordando reflexionó: «Para los maldicientes cualquiera es comunista...» y seguían los recuerdos: Acaso más airada que el furioso, Emasinca gritó a Carlos Alberto: «¡Olvídate de mí, por siempre olvídate de mí, bórrame para siempre de tu mente!» «¡Y todo, sí, cobra sentido ahora!», pensó (al volante de su auto) Carlos Alberto. «Sí, ahora lo entiendo todo», reflexionó al volante de su bólido, «se ve que mi no consciente, a tono con mi sí consciente, decidió cumplir (al pie de la letra) la tajante e inmisericorde orden de Emasinca, ¡si es que todo tiene su explicación, hombre!» Sí, ¡ahora todo se explicaba!, pero aquellos recuerdos tan vívidos allí seguían; seguían, sí, mas sólo como final THE END de una película que ya (Carlos Alberto quería creerlo) poca o ninguna importancia iba a tener en su vida; final en apariencia triste, pero quizás no tanto, pues cuando una puerta se cierra... FINAL THE END allí Carlos Alberto, joven de óptima cortesía normalmente, abriéndose paso a empujones entre aquella «caterva de plebeyos», que le espetaban gritos maldicientes entre risitas o groseras risotadas. Esta fue la humillante retirada de Carlos Alberto; porque Carlos Alberto se sintió humillado, pero... «no hay mal que por bien no venga», pensó.
13. Y su Omega marcó las ocho
con estilo y precisión, y Carlos Alberto, poniendo fin a su vagabundeo urbano, aparcó su auto allí mismo como había previsto en aquel hueco «sí perfecto» junto a la iglesia de San Miguel Arcángel.
14. Hubo un tiempo
no tan lejano en que Carlos Alberto sintió predilección por las grandes catedrales («en un tiempo tampoco tan lejano»: en el itinerario vital de un hombre joven no existen las grandes distancias). Hubo otro tiempo, más cercano, en que Carlos Alberto se sintió atraído por el campo; allí a solas, en comunión con la naturaleza, buscaba Compañía: rezaba, siempre rezaba; y también recitaba algún poema (de Verlaine o Blake, daba lo mismo) y era su personal manera de cumplir con el dominical precepto. «Y ahora prefiero iglesias pequeñas», pensó Carlos Alberto, «como esta pequeña, bella e íntima iglesia de San Miguel Arcángel».
***
V. La iglesia de San Miguel Arcángel
1. Esta iglesia
fue inaugurada y bendecida el quince de diciembre de mil novecientos veintidós. Es iglesia atípica, y de gran interés artístico; una importante aportación al arte sacro moderno, en línea diametralmente opuesta a la de esas asépticas iglesias hangares, poco aptas para elevar las almas a lo sobrenatural.
2. Podría definirse
esta iglesia como neorrománico expresionista. Lo románico es aquí de una medievalidad muy auténtica, y esa misma autenticidad se muestra en lo expresionista del templo. Nada hay en esta iglesia de San Miguel Arcángel de amaneramiento decorativo, y menos aún de pastiche o de refrito estilístico. Arco, talla, moldura, imagen... de todo irradia verdad y vida, trascendencia, pura espiritualidad que embelesa el espíritu.
3.Y allí pues
(iglesia de San Miguel Arcángel) Carlos Alberto en la tarde dominical que declina mística. «Así es que mi última discusión con Emasinca sí fue, al fin y al cabo, subida de tono... sólo por su parte, eso sí, porque yo gritar, lo que se dice gritar... bueno, en realidad no dije ni mu; y no le demos más vueltas, lo que pasó es lo que pasó: una amnesia parcial por obedecer a rajatabla ¡a sus órdenes! a mi airada exnovia Emasinca. Eso es todo... ¡y sanseacabó!» Sanseacabó. Ahora la tarde mística que declina, las ancianas pías que con tanta ligereza y falta de educación y caridad son tildadas de viejas beatas; los demás feligreses, de todo tipo y condición; el sacerdote al fondo, oficiando; el organista («suena bien el órgano») colmando de música trasmundana el abovedado templo, el incensado aire tibio, atenuando con languidez los recuerdos obsesivos, las preocupaciones y fíjate sí allí en Carlos Alberto tal vez un gesto de fatiga «arcabuz, albaricoque, avestruz, abanico, ábaco, amanita, árbol» in mente recitando; es uno de sus mantras, como decía Emasinca ¡qué sabría ella de mantras! «¡Ah, qué sabría de mantras ni de mantras!», se dice in mente Carlos Alberto, «quizás al principio la serie no era sí, tal vez haya mutado»: esta serie consta de 30 cromos; los 29 primeros son las letras del abecedario y el número 30 las unidades. CHOCOLATES SELECTOS EVARISTO JUNCOSA HIJO Enciclopedia Infantil: una vieja colección de cromos que que Carlos Alberto atesora «¡qué sabría de mantras ni de mantras! canoa caballo cerezas cama cabo cometa ¡y otra vez canoa caballo cerezas cama cabo cometa»: oración en círculo, mantra circular contra el chacal que acecha (bajo el soportal: en medio del chubasco) al hombre del paraguas que lidia con la terca impetuosa lluvia, al hombre que anhela ese chocolate caliente en la paz hogareña que sabe (o cree saber) próxima; pero ¡ah! el destino es impredecible: poco puede imaginar el hombre del paraguas que la alimaña de dientes carroñeros... pero... ¿de veras era un chacal allí al acecho? ¿no era más bien un chino con un chuzo? (guárdate de la púa de hierro de esa lanza que empuña ese chino sereno, vigilante). No, la cosa no sucedió así; lo que ocurrió fue que el chino con su lanza, su chuzo de sereno (el chino era el sereno) mató al chacal ¡ay, pobre! ¿qué dirán los de ADENA? Y, en cualquier caso, en su juego de ingenio con el dígrafo (che: ch) y las bonitas ilustraciones en torno, Carlos Alberto salvaba, siempre, al tipo del paraguas. Mas lo que otrora fuera juego oración o mantra ahora es: «chubasco chocolate chafarote chino chuzo chacal chubasco...», repite in mente Carlos Alberto al mismo tiempo que el cura desgrana sílaba a sílaba las palabras con religiosa cadencia. Y aunque Carlos Alberto, en su propio mantra ocupado, no capta el significado claro de las palabras del que oficia, sí capta, por la concentración que obtiene con su letanía pintoresca, un significante místicamente transmutado: significante que es fonética poesía sobrenatural que incensa su alma hipersensible: ¡oh, irradiación furiosa de una rotación tranquila! ¡oh, arcángel! ¡oh, tropel de voces apócrifas! ¡oh, astronomía aristocrática, subyugante! ¡oh, tú, Emasinca! «¡Emasinca, Emasinca, ya en ayer exiliada para siempre!» Conmoción en el alma: cual la que suscita interrumpir una conferencia imitando el relincho de un caballo sin sentir desagrado de uno mismo. POR EJEMPLO. «¡Mas, ¿no es cierto esto que digo?!», dice, elevando la voz, el oficiante, y despierta a Carlos Alberto, con aquella pregunta, de su ensimismamiento lúdico-místico. «Imagino que sí», responde in mente Carlos Alberto. Luego, mentalmente formula otro interrogante: «¿Qué itinerario tomarás, Carlos Alberto?» Mientras tanto, el oficiante sigue con su homilía, y su discurso, ahora balanceante, casi jazzístico parece. «Al volante de su homilía, el cura sabe tomar con suavidad las curvas», piensa Carlos Alberto, y el decir del sacerdote es sonido para él aún incomprensible. Y entonces, procedente de la calle, se escucha, muy amortiguado, el persistente sonido de un claxon. Y piensa Carlos Alberto que el sonido eléctrico, estridente e insoportable de un claxon, aun siendo solamente ruido, no-música, es, frente al sonido del órgano (incluso al del órgano eléctrico), un sonido más de ahora, más de hoy, más contemporáneo. «Más vanguardista, diría yo; pero amortiguado y en este eclesial contexto, tal apariencia vanguardista se cubre de cierta significación mística, o si se prefiere mistérica», pensó Carlos Alberto. Y, sin saber por qué, Carlos Alberto se ve a sí mismo como un actor de antaño en una película del oeste, diciendo: «¡Yo sólo cumplía órdenes, mi capitán!», para acto seguido volver a su letanía: «dalmática datilera diábolo desfiladero dado delfín daga dalmática datilera...» ¡oh, ciudad suave! ¡oh, realidad pretendida! ¡ah, tú, templo intervalo en el errar de Carlos Alberto! Pues a pesar de que (¿no necesariamente?) una letanía lúdica es (quizás) una llamada de socorro (o mitigar de sombras, como poco) o un inclinarse (ya sin enojo, ¿para qué?) para alzar la vista; y a pesar de ello, digo, ¿no es menos cierto que el hombre necesita, si sus sueños caminan en dirección opuesta o retenidos excusas o raíces, al menos como un tímido festín pequeño para, al acaso río abajo en parte «(en parte al menos) recuperar las horas usurpadas, Emasinca...» Cine película film CARAMELO el signo del Zorro SELECTO por Douglas Fairbanks nombre y dibujo registrado «y aún no he decidido que filme iré a ver luego», piensa Carlos Alberto. Y en ese instante se fija en una escultura allí, sí, esa, que orna, por así decirlo, uno de los capiteles del templo, y reflexiona, más bien divaga... «No acaba de entenderse tanta arrogancia y mala fe en Satanás... hay quienes dicen ahora que Satanás tuvo sus razones... pero su rebeldía fue más que un delito de opinión... claro que sí, claro que sí... ¡uf, qué calor!... San Miguel le mata, sí, de acuerdo, pero Satán resurge, como el ave fénix, de sus cenizas... ¡basta con leer el periódico!... Este Satán ¡que el diablo le confunda! goza de buena salud». Luego, yendo a otro tema en su divagar, mas sin dejar el terreno de lo religioso, pregúntase: «¿Puede estar vigente Santo Tomás en la era ya no de los automóviles o de la televisión, sino de los viajes espaciales?», para rápido contestarse: «¿Y por qué no?» Al entrar en el templo, por contraste con la calle, hacía fresco; ahora tiene calor, mas no suda. Entonces se fija en algo que, hasta el momento, le ha pasado inadvertido: posado en una balaustrada, allí arriba a la derecha, hay un pájaro multicolor.
4. El pájaro multicolor
allí en la balaustrada. «¿Cómo habrá llegado hasta aquí?», se pregunta Carlos Alberto. Entonces el pájaro multicolor, inmóvil cual estatua, de súbito alza el vuelo y, en un pispás, atraviesa el templo casi rozando el techo (la mística bóveda) con sus alas... para ir a posarse, allí enfrente, en otra balaustrada de piedra. «¡Ay, Emasinca, Emasinca... cual pájaro alado tú también has alzado el vuelo! Mas, ¿a qué tanto lamento, no es la indígena la mujer que amo? Sí, de acuerdo; pero el hecho de que no me atreva a llamarla por su nombre, por su vero nombre que sé ahora, muestra que, en mi fuero interno, albergo firme convicción de la ilícita naturaleza de una obcecación que, más por defecto que por exceso me temo, acabará por destruirme un poco más... ¡Basta, he de ser capaz de pronunciar sin miedo su nombre, aunque sólo sea en lo más íntimo de mi pensamiento: ¡Magnolia! ¡Oh, Magnolia, Magnolia! Ya nunca más tú la indígena; ¡por siempre ya Magnolia tú!». Entonces cree observar Carlos Alberto que el pájaro de múltiples colores desde la balaustrada, allí enfrente, le mira con fijeza. Y piensa: «¡Sería un golpe que ahora el pájaro, como el cuervo de Allan Poe, exclamara: ¡Nunca más!; pero, ¿nunca más qué?, nunca más, quizá, el amor; Emasinca era mi amor, y Emasinca alzó el vuelo; y ahora poseo poco más que una vana ilusión: Magnolia. Magnolia es un pájaro volando. No está en mi mano, desde luego. Y lo más probable es que nunca anide en mi alma, en mi ánima en pena. Mejor ser pesimista, por si acaso». Y entonces Carlos Alberto recuerda que antes, cuando el ave echó a volar, nadie (ni cura ni fieles) pareció reparar en el raudo pájaro. «¿Sólo yo reparé en el ave?; verdad es que fue un vuelo silente, pero aun así... ¿acaso el ave solo habita en mi mente? No, ¡qué va!, ni mucho menos; el ave es rotundamente real; tan real como una idea», piensa Carlos Alberto; y ese ave cobra para él tal grado, tal rango de verdad, que feligreses y cura se desdibujan; mas no las estatuas, que resisten el parangón con el ave. «No desdibujas las estatuas, tú, ave multicolor. Ni las columnas, ni las balaustradas, ni las bóvedas...», piensa Carlos Alberto.
5. Y continúa la misa,
el sacerdote con sosiego sigue oficiando el sacro rito católico. Sosiego y circunspección. Y allí también los feligreses entre la devoción (unos) y el aburrimiento (otros). Hay dos o tres viejecitas muy devotas. «Tres son, sí, las viejecitas devotas», piensa Carlos Alberto, que ha oído o tal vez ha leído: los frutos de la devota asistencia a misa son muchos.
6. En reverencia exterior, en compostura,
Carlos Alberto muestra, ha mostrado en todo momento, una impecable actitud. Y es que Carlos Alberto es así, por naturaleza y por educación; no en vano ha tenido, y tiene, un maestro del saber estar: Wadelmás, el fiel mayordomo de virtudes nunca nunca suficientemente elogiadas.
7. «En cualquier caso», piensa
Carlos Alberto, «nunca perderé la fe... la verídica fe, entiéndase bien».
Y, en ese momento, el cura dice:
«Podeis ir en paz»
***
VI. CINELUX
1. Al final
Carlos Alberto ha escogido el CINELUX, donde dan El último cuplé, una de las películas más glamurosas del cine patrio. Reposición. Sarita Montiel. La obra cumbre de Juan de Orduña. Esta tiene que ser buena desde luego; buena y profunda... de este director he oído decir que es un genio.
2. «Esta tiene que ser buena,
desde luego; buena y profunda... de este director he oído decir que es un genio», piensa Carlos Alberto. Y allí está el CINELUX.
3. Su querido, su amado Cinelux:
«¡Ah, qué hubiera hecho en tantos momentos difíciles sin el cine!»
Difíciles. O que a él en su momento le parecieron difíciles.
«¡Ah, qué hubiera hecho sin este y otros cines!»
«¡Vetusto y elegante establecimiento; oh, tú, CINELUX!»
«¡Cuántas penas se aplacaron en ti y por ti, oh CINELUX!»
Y allí está el Cinelux.
Y allí está esa larga fila variopinta de los que hacen cola.
«Y aquí está la fila alongada y variopinta de los que hacen cola.»
La veraniega reposición está siendo todo un éxito de taquilla.
«Pues toca hacer cola... paciencia», piensa, y se suma a los otros.
«Esta película tiene ya sus añitos... hace tiempo que quería verla...»
(Wadelmás le ha hablado hablado de esta película)
«...bueno... Wadelmás me ha hablado de muchas películas...»
(no ha conocido a nadie tan cinéfilo como Wadelmás.
«...a más de acopio de datos, Wadelmás posee agudeza crítica...»
(Carlos Alberto tiene a Wadelmás por un gran crítico de cine)
«... una elegante sutileza de juicio y otros muchos etcéteras...»
Mira su Omega de oro. Marca con precisión las diez y veinte.
La película empieza (noche, sin numerar) a las 10, 35.
«Aun queda tiempo, pero con esta cola...»
De esta película, Wadelmás le ha hecho muchas alabanzas,
«y también de otros filmes de Ormuña... no, no es Ormuña...»
(en la cola, unas chicas con pantalón campana y buen tipo)
«es... Or... ¡Orduña, sí!, Javier Orduña... no... ¡Juan de Orduña!»
(y se fija en ellas, en las del pantalón campana, de espaldas a él).
En rojo allí las letras luminosas : CINELUX
«Eso: Juan de Orduña», piensa él, mira las chicas frente él.
Un gran cartel pintado (vistosos colores) muestra a Sara Montiel.
«Un hombre muy influyente en la historia del cinema...»
Carlos Alberto ha visto algunas de las antiguas.
«... aquella sobre la legión, y esa otra sobre Juana la Loca...»
Sara Montiel ahí, magníficamente pintada en el cartel.
«“Amor loco”... no hombre, no, “Amor loco” no...»
Ríen ahí chicas a la moda; de espaldas, por momentos de perfil a él.
«“Locura de amor”, eso sí; y luego estaba otra que vi también...»
Cola lenta avanza en la tarde sofocante (agosto) que declina.
«... otra también de tema histórico... “Agustina de Aragón”, eso es».
Y había visto él alguna otra en la tele, que ahora no recordaba.
«Era un cinema más ceremonioso y solemne, para mí más grato...»
Una Sara magníficamente pintada nos mira desde el cartel.
«Había preocupación por la armonía en estos filmes...»
Espectaculares sin caer en la exageración pomposa, piensa él.
«Orduña favorece la seducción por lo bello fílmico», piensa él.
«Filmes para eclipsar lo histórico de rancia cátedra» piensa él.
«Algo así me dijo Wadelmás», piensa Carlos Alberto.
«Wadelmás sabrá, que es el que entiende de cine», piensa él.
«Yo algo sé de la prístina vanguardia», piensa Carlos Alberto.
Asesor en arte de primeras vanguardias se precisa.
«Sería fenomenal conseguir un trabajo así...»
4. «El plan va a ser el siguiente
(el que algo quiere algo le cuesta): primero, dormir en la ciudad, en un hotel; segundo, en la galería a primera hora en cuanto abran, ¡como un clavo!... bueno, antes enterarme por la guía telefónica del horario de la galería... espero encontrar habitación en algún un buen hotel.. tercero, una vez allí (¡cuidado!) tengo que estar convincente... pero... ¿cómo se convence a un payaso?»
Carlos Alberto llevaba siempre un maletín consigo.
Siempre que va a la ciudad ese maletín va con él.
En el maletín lleva lo imprescindible por si el pernoctar surge.
En el auto reposa el maletín que lo esencial contiene.
5. Pero, ¿cómo se persuade a un payaso?
Dí, Carlos Alberto:
¿Cómo se convence a un clown?
Galán que se acicalará;
y afrancesará (tal vez)
su ánima, evitando estridencias;
y... ¿para qué?
Chafarrinón del payaso
dará al traste
con la lógica burguesa
del discurso
y se carcajeará, tal vez grosero,
de las tonalidades suaves de una paleta
de conceptos azules,
vagarosos...
Di: ¿cómo se convence a un clown?
Con alma interpretará el galán
su papel (seriedad convenientemente
ornamentada para la ocasión)
mas nada podrá
(hilaridad que a él acude)
ante la facha bufa
del payaso.
6. «Como consecuencia»,
opinó el insigne Pío, «estimo que tanto el tema como su desarrollo son inmorales, y que debe prohibirse el rodaje de este guión». El no menos insigne Villares Barrio también opinó: Villares no entendía por qué se quería revivir aquel género, el cuplé, «de escaso valor artístico y baja moralidad»; el cuplé, pensaba él, «sólo puede despertar la nostalgia de los que lo vivieron, sin que hoy día tenga el menor interés...» ah, ¿sí? «...para el público» ¿para quién?: «para el publico actual» (NOTA: son las palabras literales de Villares que, cual collage, en esta vanguardista novela, o neovanguardista si lo prefieres, se parafrasean o transcriben; como literales son también las anteriores palabras, reales en la ficción, que ya se atribuyeron justamente al insigne Pío. Refiérense, los de pro susodichos, al guión de “El último cuplé”. Por ellos, la película nunca se hubiera filmado. Mas entre los de la moral y las buenas costumbres la reprobación no fue unánime, y el rodaje se autorizó. «¡Yupi!», debió de exclamar entonces Juan de Orduña al recibir la buena nueva».)
7. «Y colorín colorado,
este cuento se ha acabado», piensa Carlos Alberto cuando por fin llega su turno en la taquilla.
–Una de platea, por favor.
–No me quedan –contesta una sonriente señorita.
–Pues una de palco platea.
–Lo siento, tampoco me quedan.
–Pues de palco.
–Aquí tiene.
«¡Uf!», pensó Carlos Alberto, «un poco más y me toca gallinero».
8. Todo un palco
para él, y muy bien situado. Y además la película es fenomenal. Él se la esperaba buena, pero no tanto. «Eso sí que es cine. Cine musical del bueno, no cabe duda», pensó, y, de súbito, renació en él toda la alegría perdida. Y la esperanza.
9. Pero, ¿sabéis?,
súbitamente un grito allí, en la platea, rompe el ensueño fílmico. Es un grito furioso, desgarrado, que de lo oscuro ahí entre las butacas estalla, en forma de imprecación, contra la película. Y surgen rápidas réplicas (aquí, allá y acullá) en forma de ¡chitón! y similares. Y allí se ve por el pasillo, en marcha atlética y linterna en ristre, al acomodador. Y allí, al punto, ve Carlos Alberto como el acomodador amonesta al incívico. Y, con la misma celeridad que ha sobrevenido el incidente, la normalidad (sólo cuchicheos leves que ya se desvanecen) retorna. Todos vuelven a la película. «Hay cada tipo... lo mismo está borracho», piensa Carlos Alberto.
10. Con independencia
de la relevancia que pueda tener para el caso, no quisiera escamotear al lector un dato: en el momento en que el incívico interrumpió con su grito furioso, con su soez imprecación, Sara Montiel (María Luján en el filme) decía: «Mira, desde aquí se presiente la primavera en París».
11. Y, de pronto...
«¡Eh!, ¿qué?» Allí caminando hacia la salida del cine entre las filas de butacas, como un zombi, le ve Carlos Alberto. Y, pese a esa penumbra densa, reconoce en el zombi, por intuición, al autor de la imprecación. Y no sólo eso: «Pero, si ese hombre es...», piensa Carlos Alberto, «¡el marido de Emasinca!» «¡Ay, madre de mi alma», dice en ese momento Sara Montiel María Luján, «cuánto tiempo separada de ti!»
12. «¡Ay, madre de mi alma!,
el marido de Emasinca, es el marido de Emasinca!», exclama in mente Carlos Alberto, «pero, ¿por qué gritó así? ¿y ella... dónde estará?, pues en casa o donde sea... ». Mientras, el marido y supuesto imprecador se ha perdido ya en la oscuridad. «Parecía tan abatido, tan decaído...»
13. Y una pregunta apresurada
irrumpe en la mente de Carlos Alberto:
«¿Todo ha terminado entre los dos?»
***
VII. La ciudad nocturna
1. Y ahora allí aquí
otra vez la calle la ciudad sus atractivos la noche de verano. A la salida del cine la «pretendida realidad de la ciudad suave». Aquí entonces, de nuevo, la calle: vehículos que tuercen o se cruzan (atonalidad caótica); ruidos (motor y claxon), luces noctámbulas de los negocios nocturnos. Otra vez la calle (aquí o allí), vehículos saliendo o entrando en la calle tal o en la avenida cual. La avenida es una calle ancha. Edificios altos, señales de tráfico, anuncios luminosos, peatones... un pobre pasa, taxis (¡Taxi!, exclama uno de posibles) o las farolas. Ciudad que aspira a ser lo más verdadero. «No eres tan suave como pretendes», piensa él.
2. «No eres tan suave
como pretendes», piensa Carlos Alberto.
3. Se ha alojado Carlos Alberto
en el Hotel Doreste, inaugurado allá por la década del charlestón. Más económicos hoteles (pero muy decentes) estaban completos. Y aquí él, ahora, desde el balcón disfruta de una admirable vista. Habitación con vista a la Plaza del Persiles con su rosaleda suntuosa. Ahí la plaza y su jardín, y allí al fondo las luces de la Estación de San Rafael. Ahora son más largos los días, más ya aquí la noche. Con el balcón abierto de par en par, se acuesta ya Carlos Alberto. Pero hace demasiado calor. No es posible conciliar el sueño.
4. «El Hotel Doreste consta
de 200 habitaciones; con su teléfono y su baño (con su agua caliente y fría) cada una; Y con el confort contemporáneo de las vanguardias, sí, de este tema sí que entiendo, Picasso, Modigliani, Chagall, Klee, etc... pero... ¿qué le pasaría al marido de Emasinca? Pienso que todo acabó entre ellos y me da igual. Y eso prueba que yo nunca amé a Emasinca; no, no las vanguardias, las primeras vanguardias... no, yo nunca amé a Emasinca». Aquí él entonces. Noche de agosto. Hotel Doreste. Balcón abierto. Demasiado calor. Imposible conciliar el sueño. Emasinca. Las primeras vanguardias. El último cuplé. Y 200 habitaciones con su...
«¡Al diablo!», piensa Carlos Alberto, y se levanta de un salto.
5. Y aquí allí le tenéis,
en su automóvil en la noche de verano. Carlos Alberto, el joven dandy. Que la Boite Paraninfo se dirige, mismamente. Una boite (pronúnciese buat) es la antesala del infierno, decían ciertos curas «no, por favor, no exageremos», piensa Carlos Alberto.
6. La Boite Paraninfo
cuenta con espacio de baile, luces psicodélicas y música moderna, y el restaurante hippy que llaman, abierto hasta altas horas de la noche. Y lo que es el bar (claro está). Y Carlos Alberto no ha cenado más que lo poco que tomó en el ambigú del Cinelux. Paraninfo es la más chic, la más elegante, la más pija (en el buen sentido de la palabra, entiéndase) o, si se quiere, pija chic, o incluso hippy chic o hippy pija. A Paraninfo van los hippy dandis y las presumidas estrafalarias de boutique. Y allí se dirige Carlos Alberto, por culpa («siempre hay que echar la culpa a alguien o a algo») del insomnio. Y ya aquí Carlos Alberto el umbral de este averno de pacotilla o boite de lujo Paraninfo pisando. Entra, y una bonita canción están poniendo de Fórmula V, “Cenicienta”. Conoce la canción Carlos Alberto, pues tiene el long play, “Adelante!”. «La cosa empieza bien», se dice Carlos Alberto. Y aquí ya los esnobs. Y se fija él sobre todo en ellas. Bellas y sofisticadas, sí, pero... «algunas tienen miradas harapientas», piensa Carlos Alberto, «mirar de agónica alegría o feliz aburrimiento, y aun así cuán bellos esos ojos». Y no ve él caras conocidas. «Y es verdad qué, cuando sonríen, hay en sus labios brisa de jardín florecido», piensa, y lleva razón, pues en las sonrisas de ellas hay como cierta brisa de jardín florecido, si bien te fijas. Graciosas y bellas, y puede que también simpáticas «pero eso habría que verlo». Y, ¿no es cierto?, «atolondradas y coquetuelas ellas», por supuesto. «¡Oh, irradiación furiosa de una rotación tranquila!». Amigos, lo que se dice amigos, no, pero Carlos Alberto tiene conocidos que van por la Boite Paraninfo. No se ven, en este momento, caras conocidas. Aunque, con tanta gente... Entre esos conocidos que frecuentan Paraninfo, el que se aproxima más a la idea que Carlos Alberto tiene de amigo es Ladislao Gautier, afamado artista. Carlos Alberto no entiende cómo tanta fama, pues del dibujo de Gautier peca de amorfo. En la prensa se dijo que su verdadero nombre era Ramón Rivelles, y que Ladislao Gautier era un pseudónimo. El pintor hizo caso omiso del asunto, y se pensó, por eso de que quien calla otorga, que el dato era verídico. Pero, cierto día, el pintor tuvo a bien rectificar el dato en privado, en una confidencia que le hizo a Carlos Alberto. Fue hace un par de años, en otoño, y aquí, en Paraninfo. «Los gacetilleros», dijo Ladislao, «en parte erraron en parte dijeron la verdad; mi verdadero nombre es Ladislao Ramón Rivelles y Durán; lo de Gautier en cosa mía». Posee Ladislao un amplio taller, en la Rúa Empedrada, y allí estuvo una vez de visita Carlos Alberto. Pero no adquirió Carlos Alberto ningún cuadro. Un precio muy alto para un dibujo muy bajo. «El color lo da bien, pero su dibujo es amorfo.» Sin embargo su pintura, realismo social, cada día se valora más. «Me pone un Gin Tonic», pide Carlos Alberto, «con un toque de absenta». Detrás de la barra, una chica muy chic se ocupa de poner los discos. No la ha visto antes Carlos Alberto. «Es monilla», piensa. Antes los discos los ponía uno con barba. Suena “Hilo de seda”, de Los Pekenikes. Él tiene el single (léase sínguel), con esta canción y “Sombras y rejas”, basada en un tema de Albéniz. Carlos Alberto se deleita ya con la música y el cóctel cuando, detrás de él, una agria voz, como de beodo que arrastra las palabras, por su nombre le llama, bruscamente. Sobresaltado raudo se vuelve él, y ahí, a cuatro pasos, el que ha dicho su nombre ahora le espeta improperios. Pues improperios son, aunque mal se entienden. Y se queda de piedra (como suele decirse), pues el borracho es el marido de Emasinca. En efecto, aquel que, espetando improperios, abole bella suite Álbéniz Asturias Pekenikes es ahí beodo el marido de Emasinca. Pero, ¿qué grita este energúmeno, este como poseído por Satán? Esto: «¿Dónde está mi mujer, bastardo, dónde has escondido a Emasinca?», grita de forma atropellada, «¿no respondes? ¡da igual, ya pasará por tu casa la policía con una orden de registro! ¿no lo crees? ¡ya lo creerás!, ya lo creerás cuando la policía te eche la puerta abajo, so cabrito; y yo estaré allí, empuñando mi Astra plateada, y no me temblará el pulso». Y tales palabras pasman más que indignan y abochornan, qué también, a Carlos Alberto, que no es capaz de articular palabra, impertérrito ahí en apariencia cual estatua, cóctel en mano; tan incomprensible es esto para él. «¿Que yo tengo escondida a Emasinca?» Que está borracho es evidente pero... «aun así, tanto despropósito a de obedecer a algo». Y, súbito, un flash intuitivo hace comprender a Carlos Alberto el por qué del estado del embriagado antes, en el Cinelux: la desaparición de ella, Emasinca. Y ahora el afligido te culpa «a saber por qué» de la pérdida de su esposa». Carlos Alberto quisiera tranquilizarle, convencerle con palabras amables, tranquilizadoras, a pesar de la dificultad que entraña tratar razonar con un beodo, «porque con buena voluntad, y sin perder la paciencia, es como mejor se solucionan las cosas»; pero cuando por fin logra articular unas palabras, Carlos Alberto dice: «¡Pero usted está más chiflado que Carioco! ¡Ande a dormir la mona, majareta!» (El tal Carioco es un personaje de Pulgarcito, revista que Carlos Alberto lee desde niño.) Algunos “mueven el esqueleto” en el espacio de baile, sin enterarse de nada
