Carla en París

 Una novela de
Pedro Fernández Cuesta
CARLA PRIMERA EN PARÍS
***

CAPÍTULO UNO

     1. Carla regresa a casa, en bicicleta.
Ha estado en Notre Dame, y el tiempo ha pasado volando. «Sí, es muy fácil hablar con Dios en la catedral, pero hay que ver lo tarde que se me ha hecho». Atrás quedó la catedral; ya la bicicleta no corre paralela al Sena. En su bicicleta parisina pedalea ahora Carla ascendiendo por la cuesta. Gira ahora a la derecha, y se desliza por la Calle Lelian (Rue Lelian), Rúe Lelian que dicen ellos (ella y él), sinuosa, estrecha, mal asfaltada... encantadora. Zigzaguea ahora, impelida por la sinuosidad de la calle y por evitar charcos profundos. Antes había llovido, pero ahora no. Las ruedas van dejando, en el barro de la larga calle sinuosa, su recuerdo zigzagueante. A ambos lados de ella (la joven ciclista) con velocidad pasan los muros y las casas; muros demasiado altos, casas demasiado altas para tan estrecha calle. La larga, encantadora, sinuosa y por momentos tortuosa Rúe Lelian. ¡Pobre Rúe Lelian!

    2. «Pero al menos la Rúe Lelian
no tiene cuestas», piensa la ciclista cuando se desliza ya por la Place du Parnasse (Plaza del Parnaso). Postrimerías novembrinas (de 1971) cuando la ciclista se desliza ya por la Plaza del Parnaso. Plaza vetusta parisina cual la vetusta e incólume mansión ahí en la plaza, hacia la que ella se desliza en su bicicleta sin evitar los charquitos, aquí nada profundos ¡schaffss! ¡schaffss! que no molestan, agradan; como el frío novembrino no incomoda así con su bufanda al viento (aire de París) y su gorro francés ladeado azul (tipo boina).

    3. Una mansión vetusta incólume.
        Casa casi señorial firme frente al tiempo.
        Hogar ahora de ellos, Armando y Carla, los de la luna melosa.
        Luna de miel parisina en cuasi señorial mansión; ¿cómo es eso?
        Su tía. O sea, la tía de Armando, la tía Magdalena.
        La tía Magdalena vivió en París; de ella es la casa.
        Ella, que vive parcamente, nunca quiso vender la casa parisina.
        Por los recuerdos: demasiados cuadros y cosas guarda la casa.
        Ellos querían ir a París; la tía Magdalena les prestó la casa.
        La mansión tiene dos pisos, más bajo y buhardilla.
        En la planta baja, un patio central se abre al sol y a la lluvia. 
        Y, pues antes llovió, ahora estará encharcado.
        Cuando llegaron, el polvo cubría telas, fundas que todo cubrían.
        Olía a cerrado. Pero ya no. Ya el aire de París purificó la casa.
        Polvo, sí, pero en general la casa estaba muy limpia.
        –Me sorprende lo limpio que está todo –dijo Carla.
        –Es que mi tía de vez en cuando contrata un servicio de limpieza.
        –¿Desde España? –preguntó Carla.
        –Sí, creo que sí –contestó Armando.
        –¿Y la llave? –preguntó Carla.
        –La tendrán en la empresa de limpieza –dijo Armando.
        –Me imagino que serán de confianza, Armi –dijo Carla.
        Casi todos le llaman Armando; poca gente don Armando.
        Y, hasta hace poco, únicamente su madre le llamaba Armi.
        Ahora a Carla también le ha dado por llamarle Armi (a veces).

    4. Carla ha dejado la bicicleta
en el patio. Ahora, y mientras sube por las escaleras dice: «¡Hoooola!» «¡Hoooola!», responde Armando desde una estancia del segundo piso. Cuando escuchó el saludo de ella, él estaba dándole a las teclas. «¿No te da vergüenza estar trabajando en tu luna de miel?», dice Carla. Él se pone en pie, abraza a la joven y dice: «Entonces tendré que hacer algo más propio de una luna de miel»

    5. Pues eso: que Carla
había estado aquella mañana en Notre Dame (con Armando ya había estado otras veces) mientras Armando escribía un poco; ya dedicarían la tarde a ver cosas. Pues eso, que el tiempo se pasó volando en Notre Dame y Carla se dijo «voy a llegar tarde, son casi las dos»; Sí, casi las dos de la tarde, y ella dijo a Armi que estaría de regreso en casa a esa hora; pero aún estaba en la catedral y desde Notre Dame a casa de tía Magdalena se tardaba una media hora en bicicleta, mínimo. O sea, que Carla llegó tarde, pero Armando (O más bien Amadeo), sumergido en escritura tan compulsiva (teclear tac tac tac raudo y frenético) ni por asomo se había percatado de que fuera ya tarde. Y entonces decidieron comer en el restaurante de abajo. 

    6. El restaurante de la Plaza del Parnaso
(Le Parnasse Contemporein, se llama), es restaurante a precio fijo o a la carta. Ellos han elegido hoy a la carta: una ración sana y abundante para dividir entre los dos (para economizar y por lo de la abundancia). Servicio irreprochable se dice en el escaparate. Es cierto. Y una botella de vino aunque sólo pidas media (mas si media pediste, sólo media te cobrarán). Comen con apetito ambos. En aquella mesa allí, tristón, de mirada perdida, hay un arlequín, silente bebedor de vino. En aquella otra mesa allá, frugalmente comen y sin tasa beben mujer y hombre: mujer como de principio de siglo y una especie de payasete de gorro cónico. Aquí en su mesita, ellos, Carla y Armando. Ella susurra: «En París se ven muchos arlequines y payasetes, y gente antigua como esa mujer». «Quizá estén rodando por aquí alguna película», musita Armi. «No, no creo que sean actores; yo creo que son así de verdad», susurra Carla. Las paredes del establecimiento (El Parnaso Contemporáneo) están decoradas con cuadros: retratos vetustos, efigies de antaño. Armi le dijo otro día que él reconocía a algunos; que eran poetas franceses. Baudelaire, Rimbaud, Gautier, Mallarme y Verlaine allí enmarcados: estos son los que Armando ha podido reconocer. Y los que no ha sido capaz de reconocer, allí enmarcados, son: Moréas, Mendès, Corbière, Desbordes Valmore (única mujer), Banville, Leconte de Lisle y Sully-Prudhomme. Y Carla y Armi aquí, saboreando su quiche Lorraine de espárragos y su botella de Sauvignon blanco, que no van a vaciar. Y, al tiempo que paladean, charlan: «Anoche tuve un sueño raro, curioso», dice Carla. «Cuenta, cuenta», dice Armando, «¿más vino, Carla?» «Sí, gracias», dice ella, y comienza su narración onírica.

    7. El sueño de Carla.
«Pues verás, resulta que yo iba caminando sola por París, porque tú te habías quedado escribiendo. Entonces veo una librería, que no era sólo una librería. En el escaparate podían verse libros y tebeos viejos, pero también todo tipo de objetos extraños. En un letrero en el escaparate, en francés, ponía: “Libros viejos, revistas y cosas curiosas”. Sobre la puerta podía leerse el nombre de la librería: Librairie Lelian. ¡Ya ves, como la Rúe! Por desgracia, en la Rúe Lelian no existe esa librería. Bueno, sigo. Resulta que entré en la librería. Allí dentro, al igual que en el escaparate, se mezclaban libros, revistas (tebeos) y cachivaches raros y esculturas exóticas como esas que salen en La oreja rota de Tintín. Tras una mesa, había un hombre de gesto huraño. Nos dimos los buenos días en francés y yo me puse a mirar los tebeos, que eran revistas en francés, como Pilote o Tintin (yo estas revistas nunca las he tenido, pero sé que existen). Y entonces, entre aquellas revistas, vi un cuadernillo (de esos apaisados como los de Mundo Futuro), que me llamó mucho la atención. En la portada aparecía una nave espacial, un poco del estilo de las de Buck Rogers (de este personaje sólo he visto viñetas sueltas, que venían en un cuadernillo del curso GALAX). Pues eso, que se veía en la portada una nave surcando el espacio sideral y, como superpuesta a esta imagen, la Torre Eiffel. El cuadernillo llevaba un título que me dejó patidifusa: Carla Première à Paris. ¿Te acuerdas que te decía ayer, Armando*, que desde que estamos casados no había vuelto a soñar con Carla Primera?, ¡pues mira!» [*Carla igual llamaba a su consorte Armi que Armando] 

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    9. El sueño de Carla [sigue (concluye)]
«Yo, entonces, quise echar un vistazo al interior de aquel cuadernillo, pero de repente el dueño de la librería, el hombre ese del gesto huraño, me pegó un grito estentóreo: ¡Sólo se pueden mirar las carátulas!, así, en español; yo entonces, con el sobresalto del grito, me desperté.

    10. ¿Un poco más de Sauvignon?, 
pregunta Armando (Amadeo para los amigos de ciencia ficción). «No, gracias, que me pongo piripi», contesta ella. «Un sueño curioso», dice él mientras echa un poco más de Sauvignon para sí. «Es una pena que la librería esa del sueño no exista», dice Carla. «Ya... pero aunque esa no exista», dice él, «alguna habrá en París que se le parezca, digo yo», y sonríe mientras con el dedo índice se ajusta las gafas (él: intelectual de kiosco: Amadeo Carralde en sus novelas “pulp”). «Sólo podemos aplazar la entrega de su próxima novela una semana... como mucho diez días», le dijeron en la editorial para la que trabajaba (a destajo, dede hacía tanto tiempo). Sí, un aplazamiento de siete días, diez a lo sumo: éstas eran la únicas “vacaciones” que los mandamases dijeron “poder” darle cuando él les anunció su inminente boda y consiguiente viaje a París. «Mejor un viaje más largo y tener que escribir un poco por las mañanas», pensó Armando, y convenció fácilmente a Carla.
    –Si a ti no te importa tener que escribir... –dijo Carla.
    –No me importa en absoluto –contestó Armando.
    Y el tren avanzó en la noche, con su swing trepidante.
    Llegaron a París ¡París! (1971) el 15 de noviembre: 
    Ahora (29 de noviembre de 1971) aquí ellos ¡París! ¡París! ¡París!
¡OH LALÁ! 

    11. Y aquí siguen: la linda muchachita (¡Carla!)
y el intelectual del “pulp” (Armando gafas ahí que el índice ajusta) en Le Parnasse Conemporein (el restaurante de la Plaza del Parnaso). Y, en derredor de los enamorados (de los que juráronse amor indisoluble ante la sacra mesa románica) el arlequín tristón de la mirada sin rumbo (bebedor silente de vino tinto) y la curiosa pareja: payasete él de gorro cónico ahí y joven mujer antigua a su vera. Y, en derredor de todos, las efigies enmarcadas: Mallarme, Rimbaud, Verlaine, Mendès, Corbière, Baudelaire etc, etc... Y la música de fondo (no se había mencionado): canciones que oscilan entre lo suave y lo rítmico, lo dulce y lo festivo, y siempre encantadoras, camp: preciosas canciones de un tiempo ido; Suzanne-Marie Bertin es la que canta ahora, mas Carla y Armando no saben que la cantante se llama así. Ya dan cuenta del postre: tarta Tatin (de manzana). «Esta canción es preciosa», dice Carla. «¿Entiendes la letra?», pregunta Armando. «Algo sí», contesta ella, «dice: “Mon rêve était d'avoir un amant”, que creo que significa “Mi sueño era tener un amante”». Luego añade Carla: «Es una melodía muy romántica, muy triste» (es cierto), para seguidamente, mirando a Armando con melosa irónica graciosa pícara expresión (levantando una ceja) decir: «Yo soy tu amante esposa». «Y yo tu amante esposo», dice él, el profesional de la literatura de kiosco, el de las novelas “pulp” de ciencia ficción a 10 pesetas. «¡Oye, Carla!», dice él, «¿Qué te parece si esta tarde vamos a ver una librería del estilo de la de tu sueño?» «¡Oh, sí!, me parecería fenomenal», dice ella, «¿tú crees que en París habrá librerías así?» «A puñados», contesta Armando; y luego: «¡Garçon!» para, poco después, ya pagada la cuenta, salir ambos a dos del restaurante.

    12. En casa (la mansión de tía Magdalena)
tienen una guía de establecimientos de París. Al poco de buscar en el voluminoso volumen, ella le dice a él: «¡Mira, mira este anuncio!». El tal anuncio (en francés, que aquí traducimos) reza:
LIBRERÍA MALLARME
Libros Antiguos, Agotados, Raros
Libros y Revistas de Historietas
Objetos Curiosos para Coleccionistas
Casa concurrida por todos los españoles
residentes en París
Se habla español
CASA RECOMENDADA
Rue Verlaine-Rimbaud, 33 
PARÍS 

    13. «¡Qué curioso!», dice Carla,
esta librería se llama Mallarme, y la rúe donde está se llama Verlaine-Rimbaud; ¿y acaso no son éstos los nombres de tres de los retratados en el restaurante?, ¡vaya casualidad!» «¡Casualidades parisinas!», dice él, «aunque también es verdad que aquí son poetas muy conocidos; en España, en cambio, se les conoce muy poco». Armando tiene razón, pues, hoy por hoy (1971), estos poetas son muy poco conocidos aun entre los que se interesa por la poesía. 

    14. Aun entre los que se interesan por lo lírico, 
pero Armando sí les conocía. Rubén Darío, que admiraba a Mallarme, fue el primero en traducir un poema suyo al castellano, Les fleurs (Las flores). Pero los poemas (jeroglíficos, herméticos) de Mallarme son de los que tardan en ser acogidos, y, llegada la hora del recibimiento, por los escogidos sempiternos ávidos de toda la vida. ¡Oh, Mallarme!; tú, padre de la vanguardia poética con tu (y no tan azarosa) tirada prístina (pequeños hexaedros punteados) en un momento álgido. Él anheló un verso, dijo Verlaine, musical y raro, y a veces lánguido, excesivo. Eso dijo Verlaine, mas bien sabía, yo sé, que no hay exceso en arte cuando éste lo es auténtico: sí, tú ahí, Mallarme, poeta maldito, que así te tildó él, Lelian. ¡Pobre Lelian!, exclamó Paul Verlaine (que era Lelian). Sí, Lelian es Verlaine, pero él, Armando, no lo sabe. Carla tampoco. A la plaza donde viven, ellos acceden por la Rúe Lelian, pero desconocen que Lelian... ¡es Verlaine! ¡Y la plaza es la Plaza del Parnaso! Y Paul Verlaine incluyó a Mallarme (en su libro de poetas malditos) entre los parnasianos. Y, en Les poètes maudits (Los poetas malditos), hablando Verlaine de sí (de Lelian) aludió al Parnaso. De Mallarme, Armando sólo recordaba haber leído, en cierta revista, el poema Las flores, en la traducción de Darío, versión donde se transmuta el poema original (en versos) en pòeme en prose: De las avalanchas de oro del viejo azur en el día primero, y de la nieve eterna de los astros, sacaste los grandes cálices para la tierra, joven aún y virgen de desastres (...) Etcétera. Y le gustó mucho. Él, Armando, no recordaba haber leído nada más; sólo aquella traducción de aquel poema del Mallarme primero, que aún no había llegado a esos espléndidos “excesos” supralúdicos, por el Rubén Darío ensayista desconocidos o quién sabe si, quizá, aposta eludidos.

    15. ¿Y Rimbaud y Verlaine?
A Carla le sonaban de algo, tal vez (quizá, pero no estaba nada segura) porque, cierto día, había dicho algo sobre ellos Ernesto, el director del grupo de teatro (aquel al que iba, donde estrenaron una obra con éxito: ella estuvo espléndida). Armando sí conocía a estos poetas. Del joven Rimbaud (toda su obra la escribió siendo muy joven) recordaba haber leído un poema (¿o quizá dos?) en ese vetusto libro del abuelo que, en un anaquel (ahora, ahí) de la buhardilla del nieto (él, Armando Pérez Frei), dormía: ser ya sólo un estar entre el recuerdo y el olvido. Y fue sólo un poema, Armando, sólo uno de él el que leíste, pues sólo uno hay en el volumen. De él: de Juan Arturo Rimbaud, cual los caracteres impresos allí rezan, castellanizando el nombre del joven vate en la tez amarillenta de la página añeja del ejemplar añejo. Añeja página... libro añejo... cual añejo es el vino del que nos habla Rimbaud en su poema:
     Un armario esculpido, grande; la encina obscura
     tomó, de puro antigua, la traza de un buen viejo;
     y el armario derrama por su negra abertura
     perfumes incitantes, como el buen vino añejo
     [...]
     –¡Oh armario de otros días, cuántas historias sabes
     que quisieras contarnos en tus sordos rumores
     cuando tus puertas negras se abren pausadas, graves!

    16. Al comienzo del libro añejo
    (y joven) del cual hablamos, bajo el autor y el título puede leerse:  
Sociedad de Ediciones Literarias y Artísticas
LIBRERÍA PAUL OLLENDORFF
50, Chaussée d'Antin, 50
PARÍS
    O sea, un libro parisién en castellano (del año de 1900).
    De 1900: aunque en el libro no viene el dato, lo sé de buena tinta.
    Su autor, o sea, el traductor de los poemas, Enrique Díez-Canedo.
    Poemas variados en el libro, de múltiples autores.
    Hugo, Gautier, Villon, Baudelaire o Rimbaud...
    Verlaine, Banville, Gautier, Rossetti, Withman, Wilde...
    Y tantos, tantos otros...
    Y ya al final, tras el índice, con modesta letra, un dato: 
    Impreso por E. Aubin. Ligugé (Vienne).
    Una joya de libro, en fin. Para bibliófilos.
    Esto Armando lo sabe: una joya de libro.
    Aunque hace tantos años que, por lo que sea, no lo ha abierto.
    ¡Ah!, y casi me olvidaba del título del libro:
    IMÁGENES (buen título)
    Debajo, el subtítulo: (versiones poéticas)

    17. También de Rimbaud
(ya saben, el del armario) Armando recordaba haber leído, años ha, un sesudo ensayo en una de aquellas revistas tan serias que no llevaban ni ilustraciones, o sea, como la Revista de Occidente, pero no era esa, no. Armando recordaba que era otra, de esas que leía su padre. Pero ahora no me viene el nombre... No, ahora no le venía el nombre. Era algo así como Alcázar, o Renacer... no, no... era otro nombre, pero Armando no era capaz de recordarlo. Fortaleza. No, no era Fortaleza. ¡Bah!, da igual. El caso es que era un ensayo (o un artículo o lo que sea) sobre el poeta que, en su momento, le pareció interesante, pero del que ahora no recordaba nada de nada. Mira (le dijo un día a Carla), si alguien me preguntara ¿quién fue Rimbaud? lo más que podría contestarle es que fue un poeta francés que escribió sus poesías siendo muy joven, y que un poema suyo hablaba de un armario.

    18. Allí donde Armando leyó
(tiempo ha) aquel escrito sobre Rimbaud era (y aún es) un ejemplar de la revista Escorial (año 1945, nº 51), y digo que “aún es” pues todavía se conserva en casa, aunque perdida entre otras muchas viejas revistas. El ensayo se titula Rimbaud al trasluz, y su autor, Vicente Gaos, dice, entre otras cosas, que Rimbaud era un ángel demoníaco, lugarteniente de Luzbel, y que esto aclara todo el misterio.

    19. ¿Y el pobre Lelian?
Pues bien: allí donde él hallo (leyó) el poema de Rimbaud halló (leyó) poemas de Verlaine. Ya saben: IMÁGENES (buen título). Y allí él, de los poemas de Verlaine (tres) eligió cual predilecto éste:
      ¡Dios mío, vuestro amor me ha lacerado
      y está vibrante aún la roja llaga,
      Dios mío, vuestro amor me ha lacerado!
      ¡Dios mío, de temor estoy transido
      y aún truena la candente quemadura,
      Dios mío, de temor estoy transido!
      ¡Dios mío, veo la ruindad de todo, 
      y en mí se ha entronizado vuestra gloria,
      Dios mío, veo la ruindad de todo!
      Mi espíritu anegad en vuestro Vino,
      juntad mi vida al Pan de vuestra mesa,
      mi espíritu anegad en vuestro Vino.
      Tomad mi sangre, nunca derramada, 
      tomad mi carne, de sufrir indigna,
      Tomad mi sangre, nunca derramada.
      Tomad mi frente, de rubor exenta,
      para escabel de vuestros pies divinos,
      tomad mi frente, de rubor exenta.
      Tomad mis manos, las que holgaron siempre,
      para el rojo tizón y el raro incienso,
      tomad mis manos, las que holgaron siempre.
      Tomad mi corazón, vano en latidos:
      púncenle las espinas del Calvario;
      tomad mi corazón, vano en latidos.
      Tomad mis pies, los frívolos viajeros;
      que corran al clamor de vuestra gracia;
      tomad mis pies los frívolos viajeros.
      Tomad mi voz, rumor mendaz y tosco,
      para la Penitencia y sus repulsas;
      tomad mi voz, rumor mendaz y tosco.
      Tomad mis ojos, del error lumbreras:
      de la oración el llanto los apague;
      tomad mis ojos del error lumbreras.
      ¡Ay, Dios de las ofrendas y el perdón,
      qué pozo vil de ingratitud el mío,
      ay, Dios de las ofrendas y el perdón!
      ¡Dios del terror y Dios de santidad,
      ay, que negro el abismo de mi crimen,
      Dios de terror y Dios de santidad!
      Dios de paz, de alegría y de ventura,
      todos, todos mis miedos e ignorancias,
      Dios de paz, de alegría y de ventura,
      bien lo sabéis, bien lo sabéis, Dios mío,
      de los mortales el más pobre soy,
      bien lo sabéis, bien lo sabéis, Dios mío, 
      más todo lo que tengo, aquí os lo doy.
    He aquí el poema que impresionó el alma de Armando.
    Hacía años que no había vuelto a leerlo, pero en su alma habitaba.
    De él recordaba solo una vagarosa sensación sin palabras. 
    Una sensación espiritual prístina  que escapaba de todo concepto. 
    Etérea intuición silente de una olvidada melodía.
    Y, hablando de olvidos,
¿sabías, lector (no, claro, ¿cómo ibas a saberlo?) que Carla (aunque lo ha olvidado) copió parte de este poema siendo muy jovencita? Pues sí, eso hizo. Y más. Pero lo ha olvidado completamente.
    Volveremos más adelante con este tema.

    20. La primera vez que comieron
en El Parnaso Contemporáneo, Carla le había preguntado a Armando:
    –¿Y cómo conoces las caras de todos esos poetas?
    –Por el Diccionario Enciclopédico Ilustrado de mi abuelo. 
    –¿Era de tu abuelo?
    –No sólo eso; mi abuelo fue el autor del Diccionario.
    –¿Tu abuelo hizo un Diccionario Enciclopédico?
    –Sí, él fue el que lo dirigió; es de la época de Alfonso XIII.
    –¡Anda!, no sabía que tu abuelo hubiera sido tan importante.
    Aquel Diccionario fue importante en su época. 
    Un único y grosísimo volumen profusamente ilustrado.
    Se conoce como el Diccionario de don Armando Pérez Pro.
    Hoy* ya no se reedita, pero se encuentra aún en librerías de viejo.
    [*Hoy: 1971]

    21. Ahora ellos pedalean
(ambos a dos: ciclistas urbanos) por ciertas calles parisinas. Calles no de las más conocidas. Calles que ni en temporadas algídas los turistas atestan. Y ahora, noviembre que declina, sólo es álgido el aire. Sólo es álgido el aire parisino. Y ya que «no queda muy lejos» (dijo Armando) [¡schaffss! ¡schaffss!: los charcos] «será una media hora en bici», y ya llevan casi una ¡schaffss! ¡schaffss! pedaleando. «¡Pues parece ser que calculé mal!», dice el ciclista Armando. «¡No importa!», responde con alegría Carla, la ciclista ahí bufanda al viento (¡el aire de París!) y su gorro francés ladeado azul (tipo boina) que en parte cubre una media melena lisa y camp, negra cual azabache.

    22. En bici se deslizan
ahí ambos a dos, y las casas y las cosas y la gente en dirección opuesta pasan. Y algún animalito, gato o perro. Y los pájaros en lo azul. Y hay una lluvia fina, apenas perceptible. Mas perduran los charcos.
    Un golfillo trepa por un árbol, cual gato; su amigo aguarda arriba.
    Al pasar los ciclistas, los golfillos vocean gritos incomprensibles.
    Flota al viento, cual capa, la larga gabardina de una chica que pasa.
    Un coche azul, un coche rojo, otro azul, una motocicleta verde.
    Un hombre bufanda al viento lleva una gran cartera de la mano.
    El escaparate PATISSERIE muestra sus surtidos multicolores.
    Árboles deshojados enfilan la calle húmeda.
    Gente joven (chicos y chicas) subidos a una tapia.
    Una mujer con paraguas rojo y abrigo azul.
    Chica camina largas piernas pantalón campana añil abrigo rojo.
    Una casa en ruinas. Un camión verde, que echa mucho humo.
    Un estanco TABAC PRESSE con la fachada azul.
    Muchachas con bufandas y gorros multicolores.
    El asfalto que brilla húmedo; en lo azul los pájaros.
    La imperceptible lluvia. Las hojas rojas de los árboles.
    Coche, camión, coche, coche, motocicleta, coche, coche, coche...
    Dos jóvenes con pantalón campana corren, se persigue, ríen.
    Un anciano con boina busca algo con su bastón en un charco. 
    Más allá de los tejados de pronunciadas pendientes se ven grúas.
    Un vendedor de globos pasa con su multicolor mercancía.

    23. Quizá no han sido capaces
de ir por el camino más corto, pero el caso es que por fin, tras más de una hora, han llegado. Hela aquí: LIBRAIRIE MALLARME, reza el rótulo. Encadenan sus bicis a un árbol. Entran. Dan las buenas tardes en francés y lo mismo hace un hombre que está allí, tras un mostrador. Ellos han leído en el anuncio de la guía que aquí, en esta librería de la calle Verlaine-Rimbaud, se habla español, y lo han vuelto a leer ahora, antes de entrar, en un letrero en el escaparate abarrotado: de libros y objetos “raros”. Carla, que habla bien el idioma, pregunta en francés al del mostrador que si habla español, y éste responde en castellano que sí. Y luego (en perfecto castellano con un marcado acento francés) les dice que la librería la fundó su bisabuelo (él es un cuarentón) y que se pueden dedicar a curiosear, a su aire, por la abarrotada tienda. Y eso es lo que hacen. Carla se pone a mirar los tebeos, Armando los objetos “raros”. Carla había advertido, en su almanaque del 50 aniversario de Pulgarcito (lo compró el 3 de octubre) que, hablando allí de la historia del Pulgarcito, nunca se utilizaba la palabra tebeo. «Claro, es lógico», dedujo Carla, «al fin y al cabo, el TBO no era una revista de Bruguera, o sea, que era la competencia». Pero a ella le gustaba usar tebeo para referirse a cualquier historieta.

    24. Carla mira los tebeos,
y ve que hay una gran variedad, y que los hay en francés y en español.
    «Esta librería es tan genial como la de mi sueño», piensa.
    «La del sueño se llamaba Lelian, como la Rúe», piensa.
    «Aquí el dueño no es huraño como el del sueño», piensa.
    Pero sí hay cachivaches y esculturas “raras”, como en el sueño.
    Como en el sueño, revistas Pilote y Tintin.
    [Pilote: le journal d'Asterix et d'Obelix 
    En page 28, Tanguy et Laverdure chez les diables rougues]
    [Tintin: le super journal del jeunes de 7 a 77 ans
    BERNARD PRINCE, L'OASIS EN FLAMMES! (22 avril 1969)]
    Carla hojea las revistas.
    «No creo que me diga eso de “sólo se pueden mirar las carátulas”»
    Carla cree bien, pues el cuarentón no es un maniático.
    «Si encuentro el tebeo de Carla Première à París me pasmo»
    Tienen Asterix en Helvecia en francés, que ella ya tiene en español.
    Le llama la atención Le petit vingtième, de los años 30, con Tintín.
    Tienen varios ejemplares de Le petit vingtième,
revista que le decepciona al echar un primer vistazo al interior, ya que casi todo son letras; pero «sólo por las portadas y las páginas de Tintín merece la pena esta revista... Sí, sí, es muy cara, pero es un documento histórico», piensa Carla, «al menos una sí me llevaré... no, mejor creo que me llevaré todas».
    Ahora mira Carla los tebeos en español; son muchos los que hay.
    «¡El Pulgarcito aquí en París!», piensa Carla (exclamación silente).
    [PULGARCITO Revista Juvenil OLEGARIO de Raf 
    Voy a darme un garbeo hasta la casa del profesor Pepinoff...]
    «Voy a darme un garbeo hasta la casa
del profesor Pepinoff», dice Olegario en portada SORTEAMOS cada MES UN SIMCA 1.000 GRAN LUJO (6 de enero de 1969) precio 5 pts Nº 1966 RIGOBERTO PICAPORTE solterón de mucho porte por Segura Decore su hogar gane dinero DECORACIÓN en su propia casa EL SHERIFF KING V. Alcázar Díaz EL LAGO COMANCHE (continúa en la página 12) ZIPI y ZAPE, por Escobar «¿Por qué grita tanto papá?» Portugal tiene una extensión «¡Esposa mía!» de 91.971 kilómetros cuadrados «¡VEN CORRIENDO!» 12 (viene de la página 9) «Vive para su profesión», piensa Cinthia Carr. «Sus tortitas de maíz están muy ricas, Cinthia; ¿receta de tía Abigail?», dice King. «Bueno, ¿sabe una cosa?», responde Cinthia Carr, «¡también tengo mis talentos naturales!» Cinthia es una joven rubia y pecosa, de formas generosas (continuará) MORTADELO Y FILEMÓN por F. Ibáñez ¡MIAUUU! «Pero, jefe... el botoncito... yo qué sabía... ¡reprimaseeee!» El español Alvaro de Mendoza descubrió las Islas Salomón DON AGAPITO por Sanchis GORDITO RELLENO por Peñarroya «La verdad, hay días en los que mejor sería no levantarse de la cama ZZZZ...» «Iré por el atajo Las hermanas GILDA del parque...» «¡Cuántas estrellas! ¡Pero si me hallo flotando CARIOCO en el espacio (¡Horror!) [por Conti] interplanetario! ¡PLOF! EL ROBINSÓN SUIZO por Cassarel Cerón I.R. WISS (continuará) Doña URRACA (de Jorge) por Torá «Bueno, no se enfade!», dice Caramillo. Cultura física Director Manuel Rillos No desaproveches esta oportunidad Llene y envíe hoy mismo este cupón: Nombre Apellidos Domicilio Población Provincia Estudiante Labrador Oficinista Obrero: a todos interesa ESCUELA RADIO MAYMÓ Impreso en España (Printed in Spain) ¡Ah! y TRIBULETE de Cifré.
    Mas no solo el Pulgarcito (varias revistas) Carla ve allí.
    Allí también: DDT revista juvenil (varias).
    También allí: TIO VIVO, el semanario de las carcajadas (varias).
    «Estas portada de Peñarroya son buenísimas», piensa Carla.
    Allí también DDT revista humorística para mayores (varias).
    «Las portadas de Cifré también son fantásticas», piensa ella.
    También allí SISSI revista femenina 2'50 ptas Num. 90 (1959)
    «La maravillosa vida de Tony Perkins en fotos», lee silente Carla.
    Allí también SISSI extra de verano 5 ptas Rock Hudson
    «Encontraréis también: Shelley Winters»
    «Shelley Winters, confesiones de una gran estrella», lee ella silente.
    También allí TBO extraordinario dedicado al dibujante URDA
    con motivo de sus 50 años de colaboración: 1917 1967
    «Otro que me llevo». piensa Carla.
    Allí también: DOSSIER DOSIER revista de...
    Pero no, «esto no es un tebeo», piensa Carla.

    25. No, aquella revista, DOSSIER DOSIER,
no era un tebeo ¡bah!, una revista que se ha traspapelado, pensó Carla, apartándola a un lado, pero, un momento, esa cara... (pensó Carla) me suena... no, no es posible (pensó Carla) pero sí, aquel de la foto, en la portada de aquella revista (DOSSIER DOSIER) era (sí, es él, no hay duda) su magister (léase magíster), uno de la aquella Institución de tan triste recuerdo. Allí aparecía, en la portada de aquella revista francesa que ella tenía en sus manos. Entrevista con Termópilo Camposanto, rezaba en francés un rótulo sobre la efigie fotográfica del magister. Es verdad, así se llamaba: don Termópilo, pensó ella. Bajo la foto, y con letras más pequeñas podía leerse: La Institución de don Termópilo en París, y debajo, con letra ínfima y en español (único texto hispánico de la portada) se decía: Traducción de la entrevista en las páginas crema. Carla echó un vistazo a las páginas interiores. Se trataba de una revista bilingüe, en francés y en castellano. El texto en castellano venía, con letra demasiado pequeña, en las últimas páginas, de color amarillento blancuzco: las llamadas páginas crema. El magazín, que trataba distintos asuntos, dedicaba varias páginas al tema de portada. El magazín iba ilustrado con fotografías el blanco y negro. La única página de la revista a todo color era la contraportada (el anuncio de un lujoso reloj Favre-Leuba de pulsera), pues en la portada sólo iban en color los rótulos: el título de la revista en amarillo y las otras letras en azul. La fotografía de don Termópilo era en blanco y negro.

    26. «¿Qué has cogido, Carla, 
toda esa pila de tebeos?», pregunta Armando. «¿Te parecen muchos?, pues he intentado ser comedida; y tú, ¿has encontrado algo?» «Sí, esta japonesa de porcelana», dice Armando, «es bonita, ¿verdad?» «Sí, es muy bonita», dice Carla.
    La japonesa lleva un kimono azul pálido.
    Flores color violeta decoran el kimono azul.
    La japonesa tiene ojos rasgados y boca pequeña.
    La japonesa es pálida como su kimono azul.
    La japonesa lleva una sombrilla nipona.
    Por detrás lleva un gran lazo rosa.
    La japonesa es delicada cual la porcelana.
    Porque es de porcelana.
    Su exquisitez parece rococó.
    Ellos han visto arte de tan refinado estilo, aquí en París.

    27. Michel hace un par de paquetes,
esmerándose mucho. «Merci, Michel», dicen ellos  a duo. Michel, que así se llama (y así se ha presentado) el dueño de la librería, responde: «A vosotros» (así, en español). En el embalaje de la japonesa Michel se ha esmerado mucho, por la fragilidad de la figura. Después, Michel les ayuda a instalar los paquetes en las cestas de las bicis, sujetándolos con cordeles. Casa concurrida por todos los españoles residentes en París, se decía en el anuncio, pero esta tarde los únicos clientes han sido ellos dos.

    28. Ya está en casa
(la de su tía) la japonesa de porcelana, la delicada escultura. Obra ella maestra del arte de la porcelana. Bibelot exquisito. Pero ahora, ahí en el salón obscuro, no puede verse. Y tampoco pueden verse, en el salón obscuro, sobre el anaquel del armario vetusto, la pila de revistas (todas ellas tebeos menos una). Pero no sólo en el salón. En toda habitación de la mansión reina lo obscuro, pues ya es de noche.

    29. También en la habitación de ellos
casi reina lo obscuro, más no absolutamente. Luz sutil, por indiscreta rendija, de los faroles callejeros noctámbulos. Y aquí la obscuridad se hace penumbra para ellos. Vislumbre de las formas. Mas, sobre todo, el tacto.    

    30. Cuando la luz de París
entró por la abertura (de las cortinas semiabiertas) ella despertó. De la habitación de arriba (el segundo piso) oíase quedo el teclear rítmico de la Talbos (modelo 90) de Amadeo (Armi) Carralde. «¡Qué madrugador y qué trabajador!», exclamó Carla mentalmente. Y de súbito ¡FLASH! recordó haber soñado con Carla Primera. Se levantó de un brinco, para anotar el sueño en su cuaderno cuanto antes.

    31. Hay que decir
que, desde que llegó a París, Carla ya no anotaba cada noche todos los sucesos del día, o sea, que ya no llevaba un estricto diario como antes. Ahora se limitaba a escribir cosas sueltas, que iban precedidas por la fecha del día. En esta novela solamente se mostrarán algunos de estos escritos, los que vengan a intuitivo cuento.

    32. El sueño que anotó Carla
(sueño segundo de esta novela): «¡Hola! Sueño de la noche del 29 de noviembre de 1971, París. Yo estaba en la librería Mallarme, hojeando tebeos. Miré a ver que hacía Armi, y vi que estaba hablando con una japonesa. Pensé: “En cuanto una se descuida... ¡bah!, ya es mayorcito para defenderse de las japonesas”. Seguí a lo mío, a mirar tebeos. Pero de pronto vi al magister, allí en la librería, que estába entrando por una puerta, al fondo. En la puerta por donde había entrado el magister un letrero decía: “¡Los mejores tebeos aquí!”. Y yo, ni corta ni perezosa, entré por aquella puerta. Allí no vi ya a don Termópilo, y me di cuenta de que no estaba ahora en la librería Mallarme, sino en aquella librería Lelian, la del anterior sueño. Entonces busqué con ansia el tebeo del otro sueño, el de Carla Primera (al fondo me miraba el librero huraño). ¡Y ahí está!, lo he encontrado: Carla Première à Paris. Yo me lanzo a leer el interior con avidez, y consigo leer un par de páginas antes de que el huraño, con su estentóreo grito ¡Sólo se pueden mirar las carátulas! me despierte. Y ahora voy a contar lo que pude leer del tebeo: Carla aparece surcando el espacio sideral en su nave de tebeo camp, entonces exclama: ¡Oh!, un agujero rosa!, y luego piensa: Los agujeros negros se ven cada dos por tres, pero un agujero rosa es algo verdaderamente excepcional. En otro recuadro, sigue pensando: Dicen que si al pasar por un agujero rosa pides un deseo, éste se cumple ipso facto. En otra viñeta, y mientras la nave entra ya por el agujero rosa, Carla, o sea, Carla Primera, expresa su deseo: Quisiera viajar al París de 1971. Entonces la nave, durante dos o tres viñetas, se pone a dar vueltas y más vueltas en un furioso torbellino. Carla Primera pierde la conciencia. Al volver en sí, se ve en el interior de su nave que, por sí misma –automáticamente– ha tomado tierra en medio de un bosque. Y piensa: Según mi localizador, me encuentro en 1971 y en el Bosque de Boulogne, en las afueras de París. Y entonces baja de la nave con un maletín, y con un mando hace ¡ZIUUM! y reduce la nave al tamaño de un juguetito. Guarda miniatura y mando en el bolsillo y luego, maletín en mano, se pone en marcha mientras piensa: Bueno, a buscar un tren que me lleve a París. No pude leer más, pues desperté por el grito del huraño.»

    33. CARLA PRIMERA,
    llamada LA CONQUISTADORA
                  [Emperatriz por Aclamación Tonante,
                  Emperatriz de la Gran Espiral
                  (antes llamada Vía Láctea)
                  Generalísima Cum Laude]
    surca el espacio sideral en su nave (superlumínica) de tebeo camp.
    Que la nave recuerde a los tebeos camp no es casual.
    El diseño de la nave está inspirado en viejos tebeos.
    Y a Carla Primera (magna dibujante) se debe el diseño de la nave. 
    Carla Primera tiene ya sus añitos: 969 muy bien llevados.
    Y ahí está: surcando el espacio sideral en su nave de tebeo camp.
    –¡Oh!, un agujero rosa –exclama Carla Primera.
    «Los agujeros negros se ven cada dos por tres, pero 
    [¡Oh, color de la felicidad!]
    un agujero rosa es algo verdaderamente excepcional», piensa.
    Sí, Carla Primera,
un agujero negro (ahora: en tu ahora, Carla Primera) es cosa de todos los días. No así antes, ¿verdad? Tú, que eres culta, conoces la historia de los agujeros negros y la historia de los agujeros rosas, ¿verdad que sí? ¡Pues claro que sí, Carla Primera! Tú sabes, Carla Primera, que el primero que pensó en los agujeros negros (sin así llamarlos) fue aquel profesor de Cambridge, John Michell, que, ¡ya en 1783!, soñó con una estrella de tamaño ínfimo y de masa inmensa; estrella para nosotros no
visible, pues su gravedad terrible de su luz sería freno. ¡Oh, que avaro tu campo gravitatorio, astro soñado! Tú, estrella invisible que el ser a ti próximo con tu ser conmueves (y sabed que con intención digo ser, y no materia). Pero a aquel astro, otrora inmenso, luego tan contraído, Michell no lo llamó agujero negro. El nombre fue un invento de John Wheeler, allá en mil novecientos sesenta y tantos, como tú sabes bien, Carla Primera (y posiblemente sepas la fecha exacta, que yo no quiero [en el sentido de no puedo] recordar; dejémoslo en 1960 + X). Finales de la década prodigiosa, en cualquier caso. 
    [X: no 10, sino equis (la incógnita)]
    [La década prodigiosa: los años sesenta]
    Mas para ti un año prodigioso, Carla Primera: ¡1971!
    Sí, Carla Primera,
1971 es tu año (París y antes de París) prodigioso. ¡Oh, Carla Primera, tú, sueño de Carla! [Antes de París: ver (leer) Vida de Carla Primera la Conquistadora]. Y ahora tú, Carla Primera (¡oh, ente onírico!) ves  ante ti (¡oh, la vie en rose!) un agujero rosa (color feliz). Y bien sabes, Carla Primera, que el primero que pensó en los agujeros rosas como agujeros de los deseos fue el omnisciente de la presente novela, el 29 de agosto de 2025. Pensó en ellos en este día y les dio nombre y vida onírica. Y ahora tú, Carla Primera, estás a punto de pasar por uno de ellos. ¡Ya! ¡Ahora! ¡En este mismo instante entra ya en él tu nave de tebeo! Y pides tu deseo: París, 1971.

    34. París, 30 de noviembre de 1971.
Es temprano en la mañana. Notre Dame. Allí está Carla. Contempla la fachada, allí de pie. Su bicicleta quedó más allá, encadenada. Amadeo (o sea, Armi) quedó tecleando. Se acerca el día de entregar su novela, que mandará por correo (la editorial pagará los gastos de envío). Y ahí está Carla frente a la catedral magnífica y nunca avara de luz. Catedral que luz belleza a todos ofrece, resplandeciente. Difundes tu luz, atraes hacia tu luz; vida luz tú, catedral, que Vida Luz refleja. Sólo la tiniebla reusa recibirte. Carla ahí de pie, contemplándote. Ella ahí (luz) que sí es de ella: luz que da testimonio de la Luz, reflejándola; pero muchos no han querido, no quieren recibir esa luz. Tu luz, Notre Dame. Ella sí, ahí de pie, temprano en la mañana. «La catedral me da poder», piensa Carla, «poder de ser una hija de Dios». Ella, ahí de pie ante la catedral magnífica, parafraseando a San Juan eso piensa. Carla conoce bien el evangelio del apóstol San Juan, es su evangelio preferido. «Yo no creo que preferir un evangelio a los otros», piensa ella, «pueda ser pecado... no, después del Concilio Vaticano II no lo creo». Mucho ha oído Carla hablar en su casa, a sus padres, del Concilio y del Papa Pablo VI, y del viaje a Tierra Santa, «que fue muy importante, pues era el primer Papa que iba a Tierra Santa, yo era una cría», piensa ella, ahí frente a Notre Dame. Mira las esculturas de la portada. Y recuerda, allí enmarcada en el salón, la indulgencia plenaria. «El diploma, digo no, la indulgencia, quiero decir», piensa ella, «va a nombre de papá y familia». «Es que la indulgencia parece como un diploma, como un título, pero no tiene nada que ver», piensa. «Es una indulgencia plenaria familiar, pero no creo que coja también a los primos, no lo pone claro», piensa ella ahí, la joven que mira la portada de Notre Dame, sus estatuas. «¿Ya habrán mandado mi diploma GALAX?» Poco antes de casarse, Carla terminó sus estudios a distancia, y con sobresaliente, además. «Sobresaliente, me pusieron» «La indulgencia es de 1966, creo; es una carta; sí, como una carta que manda papá al Papa pidiendo la indulgencia familiar y éste contesta que sí, que se la da» «Cuando volvamos podré ver ya mi diploma de dibujante, pues para entonces ya estará allí; ¿y cómo será?; si es como el que venía en pequeño en el folleto sí será bonito; esto si que tiene que ser pecado, o sea, que me haga más ilusión mi diploma de dibujante que la indulgencia», piensa. Desde su atalaya, quiméricas gárgolas demoníacas la ciudad escrutan. Carla ahí, frente a la fachada occidental, mira. Frente a ella allí la catedral, otrora desacralizada por la vulgaridad vil de ciudadanos revolucionarios “de pro”. Ultrajada tú, catedral magnífica, por petimetres abyectos de terror sedientos. Carla ve allí el rosetón magnífico. María y el Niño allí: a la altura del centro de la rueda eterna sus rostros. Y los ángeles. Y, entre rosetón y puertas, los reyes bíblicos, que la furia inculta destruyó creyéndoles franceses: ¡oh, Revolución, de la zafiedad hija predilecta! Carla mira. Ve. Allí el Juicio Final. Allí Cristo, allí los instrumentos de la Pasión. Carla algo ha leído sobre estas cosas, en un libro que compró y que ahora está en el anaquel, junto a los tebeos: ninguna revista que no sea un tebeo allí ahora. ¿Y la revista DOSSIER DOSIER? La lleva ella, la que mira la fachada, en su bolso, en ese bolso grande que lleva en bandolera. Y, en la fachada, la Virgen y San Juan, «el que escribió mi evangelio prefe», piensa Carla. Y, debajo, San Miguel y el Diablo se disputan un alma: balanza allí similar a la que usara Anubis en el tribunal de Osiris. Mas si el alma egipcíaca levedad de pluma ansiaba, aquí el alma pesantez necesita: para que baje el plato que conviene; como aquí pasa, donde se salva el alma. «Menos mal», piensa ella. Y, más abajo, muertos resucitan. Y, más abajo aún, Cristo en el parteluz. De todas estas cosas habla el libro de Carla. «Qué ilusión poder leer pronto la nueva novela de Armando», piensa. Lleva Carla su gorro francés ladeado azul (tipo boina). Lleva bufanda y abrigo. Frío parisino. Si os casáis en invierno, para vuestro viaje escoged lugares templados, habían leído, «y ya ves, aquí estamos», piensa Carla. Lleva abrigo corto azul turquesa, bufanda verde esmeralda, pantalón campana color trigueño, bolso en bandolera (tonos violáceos) y botas azul marino.

    35. Ahora (poco después de lo antes narrado)
Carla toma un café crème y un croissant en una croissanterie no lejana a Notre Dame. Es una cruasantería café. Al establecimiento ha venido andando. La bicicleta sigue (es de suponer) encadenada donde Carla la dejó. Y mientras almuerza, ahí en su mesa junto a la ventana, Carla lee la revista que llevaba en el bolso de tonos violáceos, o sea, DOSSIER DOSIER; y, en concreto, lee la entrevista con don Termópilo.

    36. CONVERSAMOS CON TERMÓPILO CAMPOSANTO
    (una entrevista de Damien Armand Dubois-Morel)
    Dubois-Morel: 
~Usted, que fue enseña del conservadurismo retro más recalcitrante, el adalid del paso atrás, el reaccionario impenitente, ahora ha cambiado, mostrándose como un Termópilo Camposanto de nuevo cuño abierto a la revuelta, a la innovación, a la inmoderación.
    Termópilo Camposanto:
~No he cambiado tanto... Fui y soy un hombre de orden. Pero muchas veces se suele confundir orden (disciplina) con conservadurismo.
    Dubois-Morel:
~Pero usted ha cambiado. En sus libros ya no se habla de pecado, sino de barbarismos desestabilizadores. 
    Termópilo Camposanto:
~Es que todo es lenguaje, ¿no es verdad?, y esto ya lo sabía muy bien antes; pero entonces no era el momento (ni el lugar) para explicitar lo latente en el concepto mítico. Había que sobrenadar, ya que aún no era el momento de la inmersión. Las fosas abisales asustan. ¡Aterran! El tiempo de la mesura ha sido clausurado, pero quien ha echado la llave no he sido yo, sino el el nuevo ámbito. Y aun así, he de matizar: algo queda en mi de aquella mesura, lo que pasa es que mi mesura es ahora tensa, nerviosa, activa, ¡altiva!, vigilante, veloz. 
    Dubois-Morel:
~Hábleme de la burguesía.
    Termópilo Camposanto:
~Lo pequeñoburgués ha de ser desterrado de todo pensar honesto, es decir, libertario. Hoy por hoy me interesa la ley de la praxis, frente a la praxis de la ley. El burgués, siempre pequeño, es hombre de leyes. El libertario, al contrario, es hombre de praxis. Aunque me vea usted bien trajeado, las mangas de mi camisa están arremangadas.
    [Carla no entiende ni jota, pero sigue leyendo.]
    Dubois-Morel:
~Hábleme del nihilismo.
    Termópilo Camposanto:
~Quisiera encontrar en el nihilismo la esencia de esa obligación moral ineludible, de esa llamada al deber que, cuando alza su voz viril, sólo admite una respuesta: ¡a sus órdenes!
    Dubois-Morel:
~Sí, ahora veo que sigue usted siendo el mismo.
    Termópilo Camposanto:
~Pero, ¿de verdad había llegado a dudarlo? ¡claro que soy el mismo! 
    Dubois-Morel:
~A veces veo en usted el extraño caso de dos yoes opuestos en pugna; supongo que ha leído a Stevenson.
    Termópilo Camposanto:
~He leído a Stevenson: su Isla del tesoro, sus poemas, La isla de las vocesEl señor de Ballantrae... Pero usted está pensando en una obra en concreto, El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde. Pero no, señor mío, la dualidad sobre la que versa este relato en nada me atañe. Yo siempre he sido uno, aunque antaño haya tenido que suavizar mis aristas.
    [«Yo he leído esa novela del doctor Jekyl», piensa Carla.»]
    Dubois-Morel:
~¿Suave usted en el pasado?; yo tenía entendido que usted, antaño, era muy aficionado a las varas de fresno.
    [«Las famosas varas de fresno», piensa Carla]
    [Lo cierto es que la joven Carla
apenas fue castigada con la tristemente célebre vara de fresno, y nunca con saña; pero aquello, en aquel momento, provocó en ella pesadillas sádicas que hubieran merecido no ya dos rombos, sino diez o más.] 
    También el maestro de Tom Sawyer era así», piensa Carla.]
    Termópilo Camposanto:
~Fuera de contexto nada se comprende. Y, por otra parte, una vara de fresno es un objeto rico en símbolos: clarividencia y potencia, materia prima... Porque el fresno no tiene nada que envidiar al avellano ¿eh?, el caduceo, sin ir más lejos... ¡qué sé yo! También le podía hablar de la palomancia, qué no es sólo cosa de chinos, pues ya los germanos... ¿y si le hablo de la rabdomancia? ¿y de la rediestesia? Estamos hablando de un arma mágica, mi amigo, no de otra cosa. ¡Estamos hablando de autoridad espiritual! ¿no sabía usted que la vara amansa los dragones? ¡ah, pues entonces...! Seamos un poco serios, cuidemos las palabras, no nos dejemos llevar por ellas. Y no es necesario golpear, basta con mostrar, o acariciar apenas. ¿No se ha parado a pensar que una caricia puede hacer mucho daño y un golpecito puede ser acariciador? ¡Son demasiadas cosas!, no le puedo enseñar a usted en un minuto... pero dejémoslo, no hagamos una montaña de un grano de arena. Sólo una cosa más: ¿acaso sabía usted que el fresno era, para los escandinavos, símbolo de la inmortalidad? Pues también los germanos... pero mire, mejor dejarlo aquí.
    [Carla está leyendo la entrevista 
en las páginas crema, donde viene traducida al español. En las páginas crema no vienen fotografías, y la letra es muy pequeña. Carla hace una breve pausa en su lectura. Quiere echar otro vistazo a las fotos de don Termópilo, en las páginas en francés: dos fotografías (en una de ellas se le ve charlando con el entrevistador); luego mira la foto de portada. El entrevistador, el tal Dubois-Morel, hombre más bien joven, tiene un rostro normal, incluso simpático, piensa Carla. Tiene el aspecto de un hombre de hoy, con su jersey de cuello alto y su chaqueta sport. A su manera parece de un anuncio de esos del Corte Inglés, piensa Carla. En cambio, don Termópilo, su antiguo magister (léase magíster), es un hombre extraño, de rasgos duros y mirada muy fría; profundas arrugas surcan su rostro. Su indumentaria es chocante, pues es decimonónica. Sigue igual que siempre, piensa Carla. Y vuelve a las páginas crema.]
    Dubois-Morel:
~Usted vino a París impelido por las circunstancias. 
    Termópilo Camposanto:
~Sí, soy un exilado, o exiliado, que de ambas formas puede decirse; a mí me gusta más exilado. Me empujó Hado, pero me congratula estar inmerso en este ámbito estimulante. Hado es impredecible, ¿verdad?, no en vano es hijo de el Caos primordial. Pero fíjese en lo que voy a decirle: el desorden del Caos es un orden invertido que tiene un poder destructor magnífico; y, usted lo sabe, sin destrucción de lo viejo, de lo caduco, no hay construcción nueva. El Caos es materia pura, pero no materia sólida, sino materia libre; y se lo digo: la materia supera al espíritu, no le quepa la menor duda. ¿Quizá le extrañan mis palabras?, ¿acaso no sabía que yo era materialista?, sí, sí lo sabia, ¿verdad?; pero atienda: no materialista al uso. Los materialistas al uso no comprenden el misterio profundo del Caos y de su hijo Hado. Yo sí.
    Dubois-Morel:
~Hoy, algunos estudiantes y trabajadores parisinos se identifican con usted; otros, por el contrario, le detestan.
    Termópilo Camposanto:
~Y otros, conociéndome, me ignoran; y otros no me conocen. Pero sí, algunos jóvenes rebeldes desencantados ven en mí a uno de los suyos. Otros, con iguales circunstancias, no se avienen a mi idiosincrasia.
    [Carla sigue sin entender
ni jota. No entiende por qué sigue leyendo todo aquello. «Me doy por vencida», piensa; pero, antes de cerrar la revista, decide ver que otras cosas pregunta el entrevistador, saltándose las respuestas del magister. Y, casi al final de la entrevista, una pregunta despierta su curiosidad.] 
    Dubois-Morel:
~Su Centro Culto, que ha abierto cerca de Notre Dame, ¿es un primer paso para resucitar en París su Institución?
    Termópilo Camposanto:
~En cierta medida, sí. Ya veremos. Por de pronto, el Centro Culto está teniendo muy buena aceptación; y además, como usted ha dicho, el Centro Culto se encuentra en una ubicación de pivilegio, muy cerca de Notre Dame, en la Calle Hermes-Mercurio 6. Allí tenemos biblioteca pública y exposiciones de temas varios y, en breve, empezaremos con las conferencias y los debates.
    [«Muy cerca de Notre Dame...», piensa Carla.]

    37. «Muy cerca de Notre Dame...»,
piensa Carla, y, por un instante, se le pasa por la cabeza la idea de ir al Centro por curiosidad, ya que queda tan cerca. Pero no, «quita, quita... a mí no se me ha perdido nada allí», piensa ella, ahí en la cruasantería café. Mas al poco ya despliega su plano de París sobre la mesita. «Rue Hermès-Mercure... Rue Hermès-Mercure...» Pero nada. En el plano no viene la calle. «No siempre vienen todas las calles», piensa Carla.

    38. Y ya la tenemos cerca de la catedral,
preguntando a una señora de sonrisa amable. Y vemos ahora que ésta le responde, en francés, que no conoce esa calle. Luego lo intenta con un provecto y pulcro caballero, y tampoco tiene suerte. Después con una simpática ancianita, y lo mismo. Entonces, de súbito, Carla se ve abordada por un joven que, a pesar de que hace un frío que pela, va en encamisa y con las mangas arremangadas. «Bonjour», dice el joven.

    39. El joven arremangado
no es muy alto, pero sí fuerte. Su mirada es franca, su cabello rebelde. Carla no entiende cómo no tiene frío.

    40.  Y he aquí as palabras que se cruzan
(en francés, aquí ofrecidas en español) Carla y el joven arremangado:
    –¿Preguntabas por la Calle Hermès-Mercure? –dice él.
    –Sí... ¿sabes tú donde está? –pregunta Carla.
    –Sí, mira: sigue aquella calle estrecha todo recto...
    –¿Aquella? –pregunta Carla, señalando con el dedo.
    –Sí. Todo recto. Luego te toparás con un muro muy alto –explica él.
    –Con un muro muy alto, vale –asiente Carla.
    –Sí, un muro alto. Ahí se interrumpe la calle. Luego a la izquierda.
    –A la izquierda al llegar al muro, ¿no? –dice ella.
    –Sí, por una calle aún más estrecha, siguiendo el muro alto.
    –Siguiendo el muro alto... sí –asiente ella.
    –Entonces llegarás a una pequeña plaza.
    –Una pequeña plaza –piensa Carla.
    –La única salida de la plaza es la calle Hermès-Mercure.
    –Por la única salida de la plaza... –repite Carla.
    –Aparte de la calle por la que vas a entrar, la única salida. Esa es.
    –Muchas gracias –dice Carla.
   –No hay por que darlas –responde el arremangado.

    41. El trayecto:
«Au revoir», dijo él, y Carla contestó lo mismo, como eco que mutara voz viril en voz femenina. Ahora ya avanza Carla por la calle estrecha. Todo recto, aunque la calle no es del todo recta. Y ya ahí ahora, frente a ella, el muro alto. «No pensé que fuera tan alto», piensa Carla. Calle angosta que se interrumpe. Y ella que tuerce a la izquierda, siguiendo un muro demasiado alto por una calle demasiado estrecha. Sensación de angustia. «Dios mío, ¿por qué he entrado en esta ratonera?», piensa ella. Y entonces respira: la pequeña plaza ahí, al fin. «¡Hasta nunca!», piensa Carla, despidiéndose de la calle agobiante. Y atraviesa la plaza en dirección a su única salida (a excepción de la calle agobiante por la que ha entrado); salida única de la plaza que ha de ser la calle Hermès-Mercure. Es una plaza ni fu ni fa la que Carla atraviesa. «Una plaza ni fu ni fa», piensa ella. La plaza ni fu ni fa está desierta. «Espero que la calle Hermès-Mercure tenga salida, si tengo que volver a pasar por esa calle agobiante me da algo», piensa Carla. Y de pronto tiene un súbito extraño pensamiento que escalofría: «Esto no es París».

    42. La calle:
    A la entrada de la calle Carla está,
con miedo de seguir adelante. «Si fuera Carla Primera no me pasarían estas cosas; ¡ella es tan valiente!; y pensar que Carla Primera quizá esté aquí, en París... Sí, sí... sé de sobra que que lo he soñado, pero...», piensa Carla, allí quieta a la entrada de la calle. De una calle normal, ni estrecha ni ancha, pero sin gente, sin tráfico ni vehículos aparcados. Lo cual hace que la calle resulte, para Carla, inquietante. Para ella ahí con su coqueto gorrito francés ladeado azul (tipo boina); para ella ahí quieta, joven esbelta azul turquesa su abrigo (corto) y verde esmeralda su bufanda y acampanado trigueño (su color) el pantalón y estos tonos violáceos del bolso en bandolera y azul marino sus botas. «Bueno, ya vale de tonterías», piensa decide Carla y entra en la calle y ya camina por la rue Hermès-Mercure pues esta no puede ser otra. Casas a ambos lados modestas no altas tejados de pronunciada pendiente todos ellos y sus chimeneas no humeantes. «¡Ah, ya sé!», musita, «estoy en la Edad Media».

    43. El Centro Culto:
    Sí, ahí está, ahí lo tiene, 
«el Centro Culto», piensa Carla. Es una modesta casa de dos pisos con la puerta abierta de par en par. Un modesto rótulo sobre la puerta reza: Centro Culto. Entra, y en el hall le da los buenos días un joven. Éste, de rostro demacrado y buena estatura, viste de gris, con una prenda de una sola pieza, como la que usan los trabajadores, pero impoluta; lleva las mangas arremangadas. «Bonjour», ha dicho el joven. «Bonjour», ha contestado Carla. Pero el joven (rubicundo él) ha supuesto, por el acento de ella, que no es francesa. Él joven rubicundo, en castellano, pregunta: «¿Eres española?» «Sí, ¿cómo lo sabes?» «Por tu acento», dice el joven. «Mi francés debe de sonar fatal», dice Carla. «No, todo lo contrario, tu francés es impecable, y te lo está diciendo un parisino, pero capto bien los acentos», dice el joven sonriendo. Mirada intensa la de él, ojos algo juntos. «Gracias», dice Carla. Y piensa que él habla muy bien el castellano, aunque su acento francés es muy marcado.

    44. La exposición:
    Ahora Carla esta viendo una exposición
aquí, en Centro Culto. En la exposición, que lleva por titulo Euclides, abundan libros vetustos de Los elementos; pero también hay libros de geometría de otros autores, e instrumentos de precisión de otrora para el dibujo lineal, y poliedros tallados en piedra o madera, y poliédricas formas minerales con sus varias formas dadas por natura. También se repite, aquí o allá, en la amplia sala casi vacía, un letrero donde se lee: EUCLIDES A MUERTO, y, debajo, con letra más pequeña: Conoce el pasado, pero vive el ahora. El reiterativo mensaje está en francés. «Esto no vienen a cuento», piensa Carla. En la amplia sala únicamente allí, de espaldas a Carla viendo lo expuesto, un pierrot de figura longa; y allá, también de espaldas a Carla observando lo expuesto, una mujer alta y delgada, de complexión atlética, por completo vestida de negro. «Aquí en París hay muchos pierrots y arlequines... no me extraña que Picasso los pintara», piensa Carla mientras mira lo expuesto. Hace frío en la sala. «¿Ya habrá terminado Armando la novela?», piensa ella ahí con abrigo, gorro y bufanda y sin pasar calor. Hace frío en la sala. Los ángulos exponen su condición precisa. Cartabones. Escuadras. Libros y minerales. Cubos. Dodecaedros. Artificio y natura tallan las mismas formas. La brillante pirita es un dodecaedro que parece de oro. «Cómo me gustaría tener este mineral», dice Carla en pensamiento átono. Es su ser no consciente quien le ha dictado el pensamiento atónico, si así puede decirse* de la exclamación que de signos exclamativos carece. [*Y claro que se puede: es licencia poética.] Entonces ve Carla que la mujer de negro la mira de soslayo, desde el fondo de la sala, con una mirada intensa y una sonrisa en los labios. Por un instante, recíprocas miradas se aúnan con fijeza. Y es tan solo un instante, pero un instante largo. Carla baja rauda la mirada. Casi azorada su mirar abaja la chica de la coqueta boina parisina que ahora sí le da calor, a pesar de este frío que aquí hace, de este frío que la sala hace gélida, tan, tan gélida. Tum, tum, tum... late el corazón de Carla, apresurado. Únicamente una fracción de segundo a visto Carla el rostro de la mujer de negro. Y ha sido suficiente: «Es ella, ¿cómo es posible?», piensa Carla y mira el libro ahí junto al dodecaedro dorado, Libro Primo de Evclides. Ella: Carla Primera allí, «no, no puedo equivocarme, es el rostro que tantas veces he visto en sueños», el rostro de Carla Primera, con su peculiar nariz aguileña, con sus facciones añosas pero tan vigorosas y férreas*. [*Ver (leer) Vida de Carla Primera la Conquistadora] Y, súbitamente, voces rompen el silencio blanco de la sala gélida. Carla mira de través, y ve, escucha, como la mujer de negro y el albo pierrot, ahora juntos, en francés conversan. Y Carla entiende: El longo pierrot del albo traje amplio, el pálido joven, apuntando a uno de los letreros (EUCLIDES HA MUERTO, etc) le dice a la añosa mujer de negro: «¡Qué solemne estupidez!» «Sí», dice la de nocturnal indumento, «he estado tentada de arrancarlos todos y hacerlos pedacitos, pero a mi edad ya no estoy para estas hazañas, ¿nos vamos ya?» «Sí, vamos», contesta el pierrot de la blanca gorguera y el blanco sombrero cónico; y ambos cruzan la sala hacia la puerta. Al pasar junto a Carla, le dirigen a duo un saludo, al que ella contesta, y al poco queda sola ahí en la sala. «Tengo que ir tras ellos», piensa Carla de súbito, y, movida por imperioso impulso, comienza a encaminarse veloz hacia la puerta; mas, a su espalda, una voz viril, fuerte, autoritaria, frena sus pasos: «¡Mademoiselle Carla!». Ella da media vuelta, y ve al magister. Allí, ante Carla, al otro extremo de la sala gélida, junto a una puerta enfrente de aquella a la que ella se dirigía, está el magister. «¡Señorita Carla!», reitera, ahora en español, don Termópilo. Carla ahí, atónita, se ha quedado sin palabras. «Le doy la bienvenida, señorita», dice don Termópilo, «así, ¡en español!, como mandan los cánones, pues ¿quién necesita la lengua de Jean Racine si posee la de Miguel de Cervantes?» Ella ahí, atónita, se ha quedado sin palabras. «¿Se comió la lengua el gatito Micifú?», dice don Termópilo con sorna, y sus profundos surcos se acentúan: boca que se alonga en burlesca sonrisa. Carla, por decir algo (para no quedar como una niña pazguata) va y dice: «Ya no soy mademoiselle, sino madame» «¿Y eso pourquoi?», pregunta el magister mezclando idiomas. «Pues porque ya estoy casada», contesta ella con candoroso orgullo. «¿Ah, sí?, ¡no me diga!, ¡qué sabio el adagio latino que reza “tempus fugit”», declama el magister, y, al observar que Carla frunce ligeramente el ceño, añade: «Y que solemos traducir como “el tiempo vuela”; ¿acaso las nupcias le han hecho olvidar su latín?» «Ya lo había olvidado mucho antes de la boda», piensa Carla, pero nada dice. El magister vuelve a la carga: «Sed fugit interea, fugit irreparabile tempus». Carla se limita a sonreír con su dulce sonrisa irónica, levantando una ceja. El magister traduce: «Pero huye entretanto, huye irreparablemente el tiempo». Ella asiente con leve movimiento: tres raudas reverencias de su rostro, y aún cree estar obligado el magister a rubricar su cita: «Virgilio», dice. «¡Ah!», es lo que dice únicamente Carla. «Felicite de mi parte a su afortunado esposo», dice don Termópilo. «Gracias», dice ella. «Apuesto a que su boda es reciente», dice él. «Sí, muy reciente», dice Carla, y su rostro resplandece. Y un rubor leve colorea, embellece sus mejillas. Dice el: «Y apuesto a que está usted aquí, en París, en viaje de novios». «Sí», dice ella, y «¿cómo lo ha adivinado?», piensa. «No sé por qué a todos los recién casados les da por venir a París», dice él displicente. «Quizá por ser una ciudad tan bonita, y con tantas cosas para ver», dice Carla con convicción. «Sí, será eso», dice don Termópilo sin entonación. Y entonces, movida por repentino impulso, ella mira su reloj de pulsera. «¡Huy, qué tarde se me ha hecho, tengo que irme!», exclama Carla. Él, el de la indumentaria decimonónica, dice raudo: «¡Espera Carla!»; así, tuteándola por primera vez. Carla frunce el ceño: «No puedo... yo... es tarde y...», balbucea. Siguen solos en la sala gélida. «¡Atienda sólo un segundo!», insiste el magister, «quiero que sepa que tengo algo suyo, pero no aquí» (el tratamiento de usted a vuelto). Carla siente deseo de marcharse de allí, de dejar a aquel hombre con la palabra en la boca y salir disparada, ¿algo suyo?, «no me interesa», piensa. «¿Algo mío?», pregunta Carla. «Sí, un par de cuadernos suyos de cuando estudió en la Institución, se fue usted sin recogerlos; pero no los tengo aquí, sino en mi château, en las afueras de París; si vuelve usted otro día por aquí podrá recuperarlos... y venga con su cónyuge, me gustaría conocerle». Carla no sabe que decir ante estas palabras cuasi anhelantes (brillo de anhelo en los ojos sin brillo del magister). «Yo... vale... bien... muchas gracias... buenos días», dice Carla. «¡Un segundito!», dice él. «No, de verdad, ahora sí que me voy», dice Carla, casi casi enfadada, oye. Mas el, raudo, ha cogido algo de uno de los estantes, y se lo entrega a ella. «Tenga, usted lo aprecia más que yo; lo que para mí es piedra, es para usted tesoro», dice el oferente. «¡El poliedro dorado!», exclama Carla mentalmente. «No, no puedo aceptarlo», dice ella. «No me haga reír, mademoiselle Carla, es sólo una piedra», dice él. Mademoiselle Carla: así llamaba el magister a Carla en las clases de francés, y ella, que lo había olvidado, lo recuerda. Y acepta la ofrenda y dice adiós y gracias y sale pitando.
    
    45. Carla regresa a casa, en bicicleta.
    «Hoy sí que voy tarde»,
piensa. Llueve. Ya al río Sena la bicicleta no corre paralela. Ya bajo la lluvia en su bicicleta parisina pedalea ahora Carla ascendiendo por la cuesta. Con brío, y ni piensa en la lluvia. Brusca la derecha gira ya, y por la Rúe Lelian sinuosa estrecha mal asfaltada a trompicones ella se desliza ahora demasiado deprisa un día me la pego, piensa. Zigzaguea ahora, impelida por la sinuosidad de la calle y por evitar los charcos profundos. Lluvia que moja su rostro juvenil, bien empapada va. Con velocidad pasan los muros altos las casas altas de la tortuosa pero tan encantadora Rúe Lelian ¡Pobre Rúe Lelian! y no siempre puede Carla ¡schaffss! ¡schaffss! evitar los charcos: París, 30 de noviembre del 71.
***

CAPÍTULO DOS

    1. París, martes 30 de noviembre de 1971,
dos y media (deux heures de l'après midi).
    –¡Hoooola! –dice Carla mientras sube por las escaleras.
    –¡Hoooola! –responde Armando mientras baja las escaleras.
    Se encuentran en la escalera, se besan: ¡oh, el amor!
    –Vienes empada –dice Armando.
    –Es que llueve mucho –dice Carla.
    –La lluvia es nuestra amiga –dice Armando.
    –Sí, nuestra mejor amiga –dice Carla.
    –Pero sécate, o vas a coger un catarro –dice Armando.
    –¿Terminaste la novela, Armi?
    –Terminada y mandada por correo, Carlitina.
    –¡Pero te habrás quedado una copia! –exclama Carlitina.
    –Sí, claro; una copia para mi Carla, fan de mis novelas baratas.
    –Me chiflan tus novelas baratas, Amadeo Carralde.
    Se abrazan, se besan: Oh, l'amour!

    2. Como se ha hecho tan tarde
deciden comer abajo, en el Parnaso (Le Parnasse Contemporein, en la Plaza del Parnaso). Y aquí están, comiendo y charlando ella y él. Y ahí en derredor otros clientes, solos o en pareja. Y ahí en derredor cuadros en las paredes, efigies del pasado: Rimbaud, Verlaine, Baudelaire y un largo etcétera. Entre los clientes destaca ese que viste de arlequín, que es parroquiano habitual, casi siempre solitario. Y Carla y Armando no saben: en el restaurante ellos empiezan a ser conocidos como “los de la casa grande”. Humo en el restaurante, olor a tabaco de pipa. Carla y Armando comen y charlan.

    3. Carla y Armando comen y charlan:
«Es que... ¡fue increíble!», dice Carla, «te juro que aquella mujer era clavada a Carla Primera, la de mis sueños; y es que, encima, yo había soñado eso, que ella estaba aquí en París, en el París de ahora». «¡Pero qué bonita eres, Carla!», piensa Armando. «Sí, ya sé que es imposible que sea ella, pues ella no existe... bueno... existe en los sueños, que la verdad es que no sé lo que son». «No, ni yo tampoco», dice Armando, «pero sí que son curiosas esas fantasías raras que crea la mente». «Sí... a mí este encuentro con Carla Primera, aunque no sea ella, vale, me ha dejado algo patidifusa», dice ella. «Bueno... tú tampoco te obsesiones, Carla...» Con apetito comen, mientras parlan, su rica sopa de cebolla parisina: polifonía de cebolla frita, mantequilla, aceite y queso gruyer. En la botella y en sus copas ahí el Sauvignon blanco. «Y luego eso del encuentro con ese fantasma del pasado, con ese don Termópilo, que es un hombre más raro...», dice Carla. «Pero al menos te hizo un regalo bien bonito», dice Armando. «Sí, eso sí... el dodecaedro dorado es una monada...», dice Carla, «pero... ¿no es coincidencia que me regale lo qué más me gustaba?; es verdad que estuve mucho tiempo mirando el dodecaedro... pero en ese momento don Termópilo no estaba allí en la sala. Y lo de que quiera conocerte a ti... ¿qué te parece?» «Bueno... si tú quieres... a mí no me importa...», dice Armando. «Yo creo que no te hace mucha gracia el plan», dice Carla, «y a mí tampoco, no te creas... lo que pasa es que sí me gustaría recuperar esos cuadernos de cuando era una chiquilla...» «Iremos y recuperarás tus cuadernitos, Carlitilla». «Eres un sol, Armando mío... pero, bueno... tampoco el asunto es tan urgente; más adelante, pues sí.»

    4. Después de comer, deciden ir al Jeu de Paume,
el museo de los impresionistas. Ya habían estado allí otro día, pero lo vieron muy deprisa. Quieren verlo con más calma. Allí Renoir, Manet, Monet, Cézanne, Gauguin, Van Gogh, Toulouse-Lautrec, Pissarro, etc. ¡Ah!, y uno de los preferidos de Carla: Rousseau, un naif allí entre los impresionistas.
    Al museo han venido en metro.
    
    5. [A la entrada del museo habían visto 
un letrero en varios idiomas, español incluido, que decía: “Cerrado los martes excepto los que caigan en día 30”. «¡Qué suerte, porque hoy es día 30», dijo Carla. «Pues sí», asintió Armando.]

    6. Ya han salido del museo, y ahora
ambos a dos toman sendos capuchinos en el Café Concord, una bonita cafetería de llamativa fachada roja, en el Bulevar Saint-Germain. Y, a pesar del frío, están tomando sus cafés en la terraza, para ver pasar la gente. Ahora no llueve. «Mira esas dos», dice Carla. Son dos mujeres que pasan con sus sombreros de plumas y sus largas faldas, como esas de los cuadros impresionistas. «Esta moda antigua se da en París tanto como en España», dice Carla. «Puede que haya un baile de disfraces por aquí cerca», dice Armando. «Que no van disfrazadas, hombre, que son así», replica Carla. Pasan ahora dos chicas monas con aspecto de chicas de hoy, de 1971. «Seguro que yo te gusto menos que esas dos», dice Carla coqueta. «¡Ni de broma!», exclama Armando. «Vale, vale, te creo», dice Carla, pero no puedes besarme aquí en la calle».

    7. Ahora meriendan en un parque
un bocadillo de fuagrás. El par de bocadillos los han traído hechos de casa, por eso del ahorro. Ahí en el parque, muchas palomas y pajaritos hambrientos. Carla y Armando echan parte de su pan, en migajas, a las palomas y a los pajaritos en este 30 de noviembre de 1971. 

    8. Y sabed que la historia se repetirá 
en el futuro; o quizá lo pretérito es quien repite lo que fue en el futuro. El caso es que el 8 de agosto de 1991 Marta y yo, autor de esta novela, nos tomamos un café en el Café de la Concordia. Habíamos estado en el Jeu de Paume, pero los impresionistas ya no estaban allí. Los habían trasladado al Orsay, pero vimos una exposición de Jean Dubuffet. Tras el café, merendamos en un parque un bocadillo de foie-gras. Había allí muchas palomas y pajaritos hambrientos, pero nosotros estábamos tan hambrientos como ellos. Después nos comimos un pastel de manzana. Nosotros no habíamos comido antes, como Carla y Armando. Nuestra merienda era nuestra comida.

    9. Tras merendar en el parque,
Carla y Armando están leyendo. O mejor dicho: Carla lee y Armando escucha, ahí los dos sentados en el banco del parque pasando frío pero ella se ha empeñado. Ella lee en voz alta el comienzo de novela de él. Se ha traído la copia en el bolso. Ella había dicho «lee tú, Armi», pero él dijo «no, tú lees mejor». Tampoco pasan tanto frío, porque van bien abrigados. A Carla le ha hecho gracia el comienzo de esta novela, pues trata de una pareja de recién casados, en un distante futuro, que viaja a Venus en su luna de miel. Allí, en París II, la capital de Nueva Francia (la colonia francesa venusiana) hay una Torre Eiffel II de descomunal tamaño, al lado de la cual la Torre Eiffel terrestre de París parece, en el cotejo que establecen los forasteros, una mera miniatura. Ellos, Carla y Armando, ya estuvieron en la Torre Eiffel. Como nosotros (Marta y yo) subieron por escaleras hasta el segundo piso. Arriba hacía mucho viento, ¿recuerdas Marta? Carla interrumpe un instante la lectura de la novela y dice: «¿Recuerdas, Armando, el viento que hacía arriba en la Torre Eiffel?» Y luego: «La novela me está encantando, Armi; bueno, sigo». Pero él, con alarma, exclama: «¡Un momento, Carla, escucha!»

    10. Una revuelta callejera
    «Escucha, Carla,
es como una algarabía... pero no... es más como una revuelta...» «Sí, sí, Armando, son gritos violentos, y ruidos... y cada vez se oyen más y más cerca...» Y pronto no es ya sólo oírles, sino verles: allí una masa humana que avanza muy deprisa rompiendo escaparates a su paso y lanzando gritos como amenazas animales inarticuladas y las pancartas, y las banderas que esgrimen blanden como armas y las armas: bates de béisbol o tal vez sólo palos sin más y uno de ellos ven que lleva una antorcha su brazo desnudo camisa arremangada luengas barbas. Y ella, Carla, casi subliminalmente piensa en dos arremangados el informante y el del museo más ninguno tenía barba como el de la antorcha. Y ya él, Armando ¡corre! esta tirando de ella la lleva casi en volandas como en los tebeos. Pero la masa humana es cual un todo orgánico que veloz se extiende, cual un todo orgánico lava viva desbocada ¡corre Carla! y tan vociferante y tan ruidosa esa lava esa masa viva tan demente ¡ay Armando por favor no tan deprisa no puedo seguirte ay me haces daño en la muñeca! Y súbitamente ¡diablos! exclama Armando otra masa que sale por otra calle les cierra el paso. Ambas masas se arrojan objetos están enfrentadas y ellos dos en medio y un objeto pasa muy cerca de ellos tal vez una botella. Y Carla se da cuenta de que sus pies ya no tocan el suelo y de que va mucho más deprisa: él, Armando, que corre a grandes zancadas, la lleva en brazos. Y todo aquello no parece real es como una pesadilla piensa Carla además la calle se llena de humo ¡eh, aquí, aquí, por aquí! es un longo pierrot quien se dirige a Armando. Sigue al blanco pierrot, con ella en sus brazos. Corren hacia una puerta grande que cuando llegan ellos se abre y pronto tras ellos se cierra. A salvo en el amplio zaguán que huele a flores ven como una mujer de alta talla atranca con una barra la puerta que luego canda con una llave grande. Afuera, los enloquecidos dan golpes contra la puerta. «¡Menuda es la gentuza esta!», exclama el pierrot en español. «¿Estás bien, Carla?», dice Armando. «Sí», le contesta Carla. La mujer alta y atlética, camisa negra remangada y larga falda negra, dice (también en español) al pierrot: «Si tuviera veinte años menos saldría... y les haría trizas a todos con mis propias manos». «¡Dios mío!, pero si es... Carla Primera», piensa Carla.

    11. A salvo en el amplio zaguán
que huele a flores (porque hay flores) ellos: Carla, Armando y el longo albo pierrot con la mujer de negro. Cruzan el albo pierrot y la de negro rápidas palabras en francés, que Carla no entiende bien y aún menos Armando de haberlo intentado, pero él no está a eso, sino a Carla, que está aturdida y pálida, algo mareada. «¿Has perdido las gafas, Armi?» «No, las tengo en el bolsillo; me las quité antes de echar a correr.» La de negro pregunta a Carla en español: «¿Qué tal, chiquita?» (su acento francés es leve). «Bien, gracias, algo mareada», dice Carla. «¡Bah, eso se arregla con un coñac!», dice la mujer de negro. Armando limpia sus gafas con el pañuelo. «Cabritos de fuera ya no golpear puerta», dice el pierrot, con marcado acento francés. «Habláis español», dice Carla. Y la mujer de negro (nariz aguileña, facciones añosas vigorosas férreas) dice (mirada intensa): «Él es francés, yo soy española» (sonríe).

    12. En un gran salón están ahora
en cómodos sillones sentados, tomando coñac los cuatro. El salón es suntuoso y a él han subido por balaustral escalera marmórea. El pálido pierrot de la blanca gorguera no lleva ahora el albo sombrero cónico, que reposa ahí en una esquina de esta marmórea mesa que los cuatro rodean. El pálido pierrot es muy joven y se ve que su palidez es puro maquillaje. Las mejillas de Carla han recuperado su natural color con el coñac. Pinturas vetustas que la pátina vela, en sus barrocos marcos, abarrotando las paredes. «Entonces... es usted española pero lleva ya mucho tiempo viviendo en París», dice Carla. «¡Que si llevo tiempo!», dice la de negro, «mucho antes de que vosotros nacierais yo ya vivía en esta casa». El coñac es un Hennessy VS de color ambarino (aromas de almendras y frutas de vid). «¡El mejor coñac que he probado en mi vida!», exclama Armando. Dice la de negro: «Bien, creo que es hora de que nos presentemos», dice la mujer de negro. «Es verdad, que aún no nos hemos presentado, con este jaleo...», dice Armando. «Me llamo Petra», dice la de negro, y, señalando al pierrot: «él es Pierre» «Ella es Carla», dice Armando, «y yo soy Armando». «¿Hacer poco de boda tú y tú?», pregunta Pierre a Carla y Armando. «Sí... poco hace», contesta Armando, influido por la forma de hablar de Pierre. «¿Cómo sabes?, o sea, ¿cómo lo sabes?», pregunta Carla a Pierre. «Veo anillos y también imagino», responde Pierre. De bronce dorado, lámpara rococó pende del techo; otrora portó velas, y hoy bombillas, apagadas ahora: luz de natura, tenue ya, por la ventana entra. De fuera (la calle) gritos apenas llegan, que ellos ignoran. «Esta mañana te hemos visto», dice Petra a Carla. Esta dice: «Sí, en la exposición». Allí, sobre plataforma circular marmórea, álzase alto reloj rococó, de madera dorada. «¡Qué reloj tan magnífico!», piensa Armando. «¿Petra?, no, yo sé bien quién eres tú», piensa Carla. Petra lleva un corte de pelo similar al de Carla, pero más a lo Louise Brooks; y sus cabellos son grises. Sus manos son grandes, de largos dedos, «más grandes que las de Armando, que no son nada pequeñas», piensa Carla. «Pero... esos de la calle, ¿qué quieren?», dice Carla. Pierre contesta: «Notre Dame será templo diosa razón, dicen en su pancarta ellos; lo de siempre». Dice Petra: «Sí, la misma monserga de siempre; y como son iguales y juegan a lo mismo, luchan entre sí y, de paso, destrozan las cosas y ponen en peligro a la gente». Dice Pierre: «Luego police llega y dicen democracia no hay». «Sí, pero por lo menos», dice Armando, «cuando llegó la policía se apaciguaron un tanto, aunque todavía siguen pegando gritos» «Enciende la luz, Pierre, que estamos a oscuras», dice Petra. Áurea lámpara rococó alumbra ya la estancia (Pierre de un salto se había levantado y raudo había dado al interruptor). Ahora casi deslumbra toda esta luz, que tanto ornato aquí y allá (tanto dorado) potencia. «¿Otra copa?», ofrece Petra. «Sí, un día es un día», dice Armando. «Yo muy, muy poco», dice Carla. «Yo dice sí», dice Pierre. «No se necesita un vino espumoso para brindar», dice Petra, y «¡chinchín!», chocan las cuasi esféricas copas con su líquido añejo. «¡Salud!», dicen los cuatro al unísono. 

    13. Fuera, en la calle,
se desgañitan agrios los revoltosos.

    14. En el gran salón siguen ellos,
conversando. Dice Petra: «Yo antes tenía una tienda de antigüedades; ahora me dedico sólo a las traducciones; Pierre es uno de los mejores mimos callejeros». «¡Ah!, ¿traduce usted libros?», pregunta, con sumo interés, Armando. «¡Oh!, Pierre es un mimo callejero...», piensa Carla. «Sí, novelas, poemarios... y un poco de todo; del español al francés», dice Petra. «Yo... nosotros...», dice Armando ajustando sus gafas con el dedo índice, «...ella, Carla, es dibujante; y yo soy escritor de ciencia ficción». «Sí, es verdad, soy dibujante diplomada, aunque aún no me ha llegado el diploma», piensa Carla. «¡Ciencia ficción!», dice Petra, «me gusta ese género literario». «Bueno... lo mío es novela de kiosco, ¿sabe?, que casi nadie considera literatura... aunque para mí sí lo es», dice Armando. «¿Firmas Armando o...?», comienza a preguntar Petra. «No», dice Armando, «uso seudónimo... Amadeo Carralde» «¡No me digas!», exclama Petra, «yo he leído muchas novelas tuyas... y me han gustado mucho». «¡Yo soy su fan número uno!», exclama Carla. «¡Tú fan enamorada eres!», exclama Pierre, y a la joven se le suben un poco los colores. «Bien, pues si no puedo ser la fan número uno seré la fan número dos», dice Petra. «¡Yo fan tres!», dice Pierre, y una carcajada general llena la sala luminosa. El reloj rococó marca las ocho menos veinte.

    15. Fuera, en la calle, 
ya no gritan los agrios revoltosos.

    16. Y en el gran salón siguen ellos,
conversando. Dice Petra: «Ese don Termópilo no es trigo limpio, niña; si vas a por tus cuadernos, es mejor que vayas con Armando» «Pero... fue el magister quien dijo que fuera acompañada...», dice Carla. «¡Ya!, típico truco barato», dice Petra. Carla no entiende: «¿Truco barato?» «¡Ja! tú inocente eres, poco tiempo tú fuera de cascarón parece», dice Pierre, y Carla sonríe con su ingenua sonrisa irónica, alzando una ceja. «No sé que se trae entre manos ese don Termópilo, pero sin duda nada bueno», dice Petra. «Conmigo fue amable», dice Carla, «me regaló un mineral dorado que era lo que más me había gustado de la exposición, un dodecaedro natural perfecto; ¡y es casualidad que fuera a regalarme lo qué más me había gustado!» «No creo que fuera una casualidad... apuesto a que don Termópilo observó que te detenías mucho mirando el mineral», dice Petra. «Pero allí sólo estábamos nosotros tres», dice Carla. «Si vais otro día mirad hacia arriba, y veréis varias cámaras de vigilancia  aquí y allá; concretamente, hay siete», dice Petra. Luego, al poco, cambian de tema. «¿Ha traducido usted al francés alguna novela de ciencia ficción española o hispanoamericana?», pregunta Armando a Petra. Dice Petra: «Pues hasta ahora sólo he traducido una novela, El planeta sicalíptico, de P. P. Dubach, para una revista de ciencia ficción de aquí de París, L’Avenir!!». «¡P. P. Dubach!», exclama Armando, «le conozco en persona, ¡el bueno de Pepe!». Dice Petra: «¿Le conoces en persona?, yo también; ¿sabes que ahora vive en París?». «¡No tenía ni idea!; hace años que le perdí la pista... esa novela, por ejemplo, no la conocía», dice Armando. «Es una novela reciente, de 1970; se publicó en L’Avenir!! por capítulos». «Había leído, hace ya tiempo, que había dejado de escribir», dice Armando, «¡cómo me alegra saber que está en activo!» «¿Sabías que Pepe y yo somos de la misma edad?», dice Petra. «¡Hala!», exclama Carla, arrepintiéndose de ello al instante, y, con sonrisa irónica, Petra le pregunta: «¿Qué edad crees tú que tengo, chiquilla?» «Pues... no sé...», dice Carla, azorada, «969 no creo». Ante aquella salida de tono, Petra y Pierre irrumpen en sonoras carcajadas; Armando ríe entre dientes nerviosamente, mientras se ajusta las gafas con el dedo índice; Carla está colorada cual tomate: «¡glup!»

    17. Y ahí siguen ellos, en el gran salón,
charlando. Dice Petra: «Así que eres sobrino de Magdalena, la pintora; sí, conozco a tu tía... ella me compró algunas piezas, cuando tenía la tienda de antigüedades, que recuerdo bien haber mandado a su casa de la Plaza del Parnaso, donde estáis viviendo ahora vosotros». El dorado reloj rococó, en el salón lujoso (de los áureos reflejos) marca las ocho y media. Dice Petra: «Pues si te parece, Armando, podría traducir algo tuyo para L’Avenir!!». Contesta Armando: «Me gusta la idea de darme a conocer en París; pero algo ya publicado mejor no, por el líos de los derechos de la editorial para la que trabajo y esas cosas... pero podía escribir un cuentecillo...» «Sí, es una buena idea», dice Petra, «pues un cuento es más fácil de vender; en L’Avenir!! se publican sobre todo cuentos».

    18. Ellos ya en la calle, en la noche desapacible
fría y ventosa tras las despedidas calurosas, cuando se cierra la puerta grande de la casa de Petra; y sólo se han alejado unos metros cuando voces llaman su atención; Carla y Armando miran hacia arriba y ven a Petra y Pierre saludando con la mano desde un balcón. De igual modo corresponden ellos, Carla y Armando, a los saludos de Petra y Pierre.

    19. Y ya caminan ellos por la calle,
donde aún quedan restos de la trifulca. Empleados públicos se afanan en retirar de la calle todos esos restos: pancartas, cristales, palos, latas de cerveza... La policía aún vigila. «¡Brrrr!, qué frío hace», dice Carla. «¿Quieres que volvamos ya a casa, Carla?, la estación de metro queda cerca...». «Sí, mejor... estoy cansada... además, desde donde nos deja luego el metro hasta casa hay un trecho andando...» «Pero si tú quieres podemos coger un taxi», dice Armando. «No, hombre... tampoco estoy tan cansada... más cansado tendrías que estar tú.» «¡¿Yo?!», pregunta Armando. «Sí, tú», dice Carla, «que te echaste antes una buena carrera cargando conmigo» «Pero si pesas como una sílfide, amor mío», dice, y la atrae más hacia sí. Caminan abrazados. «¡Mi héroe!», dice Carla, y se besan en la noche desapacible.

    20. Noche del martes 30 de noviembre del 71
y, ya en casa (la mansión venerable de la tía), en la cuasi penumbra del dormitorio Carla y Armando leve la luz en juegos atrevidos excitantes se explayan ¡Armando!, exclama ella y él juega con esa escultura viva cálida labios entreabiertos que tiembla o se extasía o se estremece ojos cerrados ¡ah! y ¡Carla! dice Armando.

    21. El miércoles 1 de diciembre de 1971
deciden ir, «pues si hemos que ir a buscar los cuadernos», dice Carla, «mejor ir cuanto antes» a lo de los cuadernos. «Como tú quieras», dice Armando. Y deciden ir esa misma mañana. Y ya ellos en sus bicis ahí (hace frío no llueve) por la Calle Lelian (Rúe Lelian que dicen ellos), sinuosa, estrecha, mal asfaltada... encantadora. Zigzagueando ambos ahí por la sinuosidad de la calle. A un lado y a otro de ellos, los felices ciclistas, con velocidad pasan los muros y las casas, muros demasiado altos, casas demasiado altas para tan estrecha calle. Atrás ha quedado la Plaza del Parnaso, donde, incólume frente al tiempo, casi señorial la casa de tía Magdalena se alza. Y ya ambos a dos en sus bicis ahí (atrás ha quedado la Calle Lelian) descendiendo la cuesta. Y ya ahora ahí las bicicletas deslizándose paralelas al Sena. Y ya ahí ahora frenando sus bicis frente a Notre Dame.

    22. Carla explica a Armando
que conoce un camino mucho más corto para llegar a la Calle Hermès-Mercure, donde está el Centro Culto, pero que es mejor que vayan por un camino más largo, pero mejor. Y ahí van los dos en bicicleta; Carla un poco más adelantada, guiando. «¿Y qué es lo que le pasa al camino corto?», pregunta el ciclista Armando. «Que tendríamos que pasar por una calle muy estrecha, que me agobia mucho», contesta la del gorrito francés ladeado azul tipo boina y la bufanda al viento, la jovencita de la bici.

    23. El Centro Culto ahí.
Frenan. Ahí la modesta casa de dos pisos, con su puerta abierta de par en par. Y el modesto rótulo sobre la puerta: Centro Culto. Entran Carla y Armando, y en el hall les da la los buenos días un joven, el cual, de rostro demacrado y considerable estatura, viste una prenda gris de una sola pieza, de trabajador, mas impoluta; va arremangado. Es el joven del otro día. «Es del del otro día», piensa Carla. «Bonjour», ha dicho el joven, y Carla se ha fijado en que el joven rubicundo tiene un ojo morado (el izquierdo). 

    24. Carla, que sabe que el joven habla español,
pregunta en nuestro idioma al rubicundo parisino:
    –¿Está don Termópilo?
    –Sí, está en su despacho –contesta el parisino–, acompañadme.

    25. El rubicundo acaba de salir del despacho
y ellos, Carla y Armando, están frente a una mesa grande, tras la cual está sentado don Termópilo, en un sillón de alto respaldo.
    –Por favor, tomen asiento –dice don Termópilo.
    Y ellos se sientan en un par de cómodas butacas, allí dispuestas.

    26. Ya ambos frente a don Termópilo,
ya Carla y Armando cómodamente sentados frente a la mesa grande y pulcra: ordenado escritorio sobre impoluto tablero. Ya ambos frente a don Termópilo, ahí tras la mesa en su sillón de alto respaldo. «Usted es, sin duda, el agraciado consorte de Carla», dice don Termópilo. «Sí, me llamo Armando.» «Y yo soy, como usted sabrá ya, don Termópilo; imagino que su estancia en París les estará resultando grata en sumo grado.» «Sí, sí... muy grata, claro... en sumo grado, como usted dice», dice Armando, y mira de reojo a Carla, algo tensa ante don Termópilo. Éste dice: «Carla me comentó que usted se dedica a...» «No recuerdo haber dicho yo nada sobre Armando», piensa Carla mientras Armando dice: «Soy escritor...» «¡Ah!, ¿sí?, y... ¿qué escribe usted?» «Ciencia ficción», dice Armando. «¿Novelas de ciencia ficción?, ¡que curioso!; y las firma usted como Armando...» «No; las firmo con un seudónimo: Amadeo Carralde.» «¡Ya!; quizá esconde usted su verdadera identidad por motivos políticos...» «¡Qué va!», contesta Armando, «lo que pasa es que en la editorial pensaron que mi nombre era poco exótico, sobre todo por lo de mi apellido Pérez, así que me dijeron: ¡Ande!, búsquese un nombre más comercial, y a mí se me ocurrió Amadeo Carralde y a ellos les pareció bien y ya está». «¡Ya!, una mera cuestión de...» Pero Carla, con brusquedad, corta la frase de don Termópilo: «Perdón, pero nosotros habíamos venido por lo de mis cuadernos, ¿sabe?». «¡Ah!, sí, los cuadernos... claro, claro... me he imaginado que venían para eso... pero el caso es que no están aquí; siguen todavía allí, en mi château de las afueras de París.» Carla balbucea: «Bien... pues... no pasa nada... otro día...» «¡No tiene por qué ser otro día!», exclama don Termópilo con entusiasmo súbito, «vengan a por esos cuadernos a mi château... ¡esta misma noche!; sí, son mis invitados, cenarán con nosotros... ¡sí!, ¡hecho!, no acepto un no por respuesta... a no ser que tengan ustedes otro compromiso, o tengan ya compradas entradas para la ópera, o...» «No, no tenemos compradas entradas para la ópera... ni nada de eso», dice Armando, «pero... ¡qué sé yo!... ¿tú, Carla, qué piensas?... y otra cosa... ¿cómo ir hasta su château?, pues nosotros no tenemos coche, y además usted va a estar acompañado, y no quisiéramos ser molestia...» «¿Acompañado?», dice don Termópilo, «sí... pero en el château sólo vivimos mi hermana y yo... aparte de la servidumbre... y a mi hermana le gusta recibir visitas; y luego, respecto a lo otro, lo de cómo llegar al château, no se preocupen; si me dan la dirección de su casa, mi chofer ira a buscarlos». 

    27. Ahora (media hora después de lo antes narrado)
toman un café crème y un croissant en la croissanterie (la cruasantería café) no lejana a Notre Dame. Las bicis encadenadas han quedado a la puerta del establecimiento. Y Carla y Armando, ahí en su mesa frente a la ventana, mientras almuerzan hablan. «Ese hombre me fatiga con su sola presencia», dice Carla. «Es un tipo raro, pero tú piensa en el dodecaedro dorado.» «Eso sí, Armi... pero creo que no teníamos que haber aceptado lo de la cena...» «¡Bah!, ¿por qué no, amor?, puede ser una experiencia curiosa, ¡no todos los días le invitan a uno a cenar en un castillo!», dice Armando. «Castillo no, sino château», dice ella con sonrisa irónica, y luego moja su croissant en el café. Armando, que ya ha dado cuenta de su media luna, toma un sorbo de su café. «A quien sí me gustaría volver a ver es a Petra... me cayó muy bien», dice ella, «y Pierre también... aunque es un poquitín burlón». «A Petra vamos a tener verla otra vez por fuerza... recuerda que va a traducir un cuentito mío al francés... un cuentito que escribiré ipso facto en cuanto alguna musa me estimule.» «Si quieres te puedo estimular yo», dice ella con gesto coqueto. «Sí, estimúlame, Carla», dice Armando abalanzándose. «Mmmm... Armando, por favor... suéltame... suéltame o me enfado...» Hay bastante gente allí, casi todas las mesas están ocupadas, pero casi nadie se ha fijado en ellos. «Carla... ¿de verdad te has enfadado?» «Sí, me he enfadado de verdad», dice ella muy seria, sin alzar la mirada, «¿qué estará pensado de mí toda esta gente?... creerán que soy una... fresca». «No, Carla, en todo caso... habrán pensado que el fresco soy yo.» «Dime con quién andas...» dice ella sin alzar la mirada. «Pero por favor, Carla... venga, mírame... te pido perdón» susurra Armando. «No puedes besar a tu mujer en público de esa forma», musita ella. «Pero reconoce que tú te ofreciste a estimularme, ¿eh, Carla?, y uno no es de piedra.» Carla alza entonces la mirada... y ofrece su ingenua sonrisa irónica, levantando una ceja. «Ya no estás enfadada, Carla mía», dice mientras toma con sus manos las de ella. «Ya no», dice ella. «Ha sido nuestra primera riña, Carla» «Sí, y ojalá todas sean como esta...», dice ella. «Ya no habrá más, Carla.» «Las habrá Armando, y mucho peores que esta... es lo normal, ¿no?, pero eso no impedirá que nos queramos siempre» «¡Siempre, Carla!», contesta Armando.

    28. Desde que llegaron a París 
Carla y Armando han visitado muchos museos: el Jeu de Paume (en el que estuvieron ayer por segunda vez), el Guimet (¡el de las estampas japonesas!), el Gustave Moreau (en la casa donde él vivió), el Louvre, por supuesto (aquel museo inabarcable al que quieren volver otra vez) y el Museo de Arte Moderno, donde a Carla le llamaron especialmente la atención las pinturas o collages o lo que fueran de Martial Rayse, un pintor francés del arte pop.

    29. Ellos siguen en la cruasantería café
(y espero que los tórtolos no vuelvan a reñir por tonterías). Carla dice: «¿Te acuerdas de aquel pintor pop francés que me gustó tanto?, ¿cómo de llamaba?» «Sí... espera... me quedé con su nombre... era... ¡Martial Rayse!» «¡Sí!, Matial Rayse, es verdad, ¡qué buena memoria tienes!», dice Carla, y añade: «aquella pintura (o collage, o fotografía coloreada o lo que sea) me llegó al alma, porque me hizo pensar en Los viajes de Julita, mi cuento troquelado de infancia... porque... ¡era lo mismo!: la pintura estaba troquelada igual que el cuento, y, también igual que el cuento, incluía un objeto de verdad... el cuento, una bolsita de viaje en miniatura, y la pintura, un sombrero y una toalla de playa de verdad». Entonces Carla, que está contando esto con alegría infantil, se queda, súbitamente, callada, abstraída... «¿Qué pasa, Carla?», dice Armando. «Nada, nada... », dice ella, «es que de repente... me ha venido algo a la cabeza... algo que he soñado esta noche... y que tiene que ver... con la bolsa de viaje en miniatura... pero... no soy capaz de... ¡ah, sí, ya está!, lo acabo de recordar», dice ella, y sonríe. «¡No me digas que otra vez has soñado con Carla Primera!», dice Armando. «Sí, te lo digo», dice Carla mientras busca algo dentro de su bolso. «Mi libreta de apuntes», dice, «voy a apuntar rápidamente el sueño, antes de que se me olvide, ¿no te importa, verdad?» «Claro que no, Carla.» Y Carla, rauda con su boli BIC Cristal, toma nota en su libreta. «Ya está», dice poco después Carla, mientras guarda en el bolso libreta y boli.

    30. El 29 de noviembre, mientras comían
en Le Parnasse Contemporein, Carla le dijo a Armando: «Anoche tuve un sueño raro, curioso». «Cuenta, cuenta», dijo Armando, «¿más vino, Carla?» «Sí, gracias», dijo Carla, y comenzó su narración onírica. 

    31. El sueño de Carla de la noche del 28
    (rememoración de los apartados 7 y 9 del capítulo uno)
«Pues verás, resulta que yo iba caminando sola por París, porque tú te habías quedado escribiendo. Entonces veo una librería, que no era sólo una librería. En el escaparate podían verse libros y tebeos viejos, pero también todo tipo de objetos extraños. En un letrero en el escaparate, en francés, ponía: “Libros viejos, revistas y cosas curiosas” Sobre la puerta podía leerse el nombre de la librería: Librairie Lelian. ¡Ya ves, como la Rúe! Por desgracia, en la Rúe Lelian no existe esa librería. Bueno, sigo. Resulta que entré en la librería. Allí dentro, al igual que en el escaparate, se mexclaban libros, revistas (tebeos) y cachivaches raros y esculturas exóticas como las que salen en La oreja rota de Tintín. Tras una mesa, había un hombre de gesto huraño. Nos dimos los buenos días en francés y yo me puse a mirar los tebeos, que eran revistas en francés, como Pilote o Tintin (yo estas revistas nunca las he tenido, pero sé que existen). Y entonces, entre aquellas revistas, vi un cuadernillo (de esos apaisados como los de Mundo Futuro), que me llamó mucho la atención. En la portada aparecía una nave espacial, un poco al estilo de las de Buck Rogers (de ese personaje sólo he visto viñetas sueltas, que venían en un cuadernillo del curso GALAX). Pues eso, que se veía en la portada una nave surcando el espacio sideral y, como superpuesta a esa imagen, la Torre Eiffel. El cuadernillo llevaba un título que me dejó patidifusa: Carla Première à Paris
    Carla concluyó así la narración de su sueño:
«Yo, entonces, quise echar un vistazo al interior de aquel cuadernillo, pero de repente el dueño de la librería, el hombre del gesto huraño, me pegó un grito estentóreo: ¡Sólo se pueden mirar las carátulas!, así, en español; yo entonces, con el sobresalto del grito, me desperté.

    32. El siguiente sueño de Carla 
    (rememoración del apartado 32 del capítulo uno)
(sueño segundo de esta novela): «¡Hola! Sueño de la noche del 29 de noviembre de 1971, París. Yo estaba en la librería Mallarme, hojeando tebeos. Miré a ver que hacía Armi, y vi que estaba hablando con una japonesa. Pensé: “En cuanto una se descuida... ¡bah!, ya es mayorcito para defenderse de las japonesas”. Seguí a lo mío, a mirar tebeos. Pero de pronto vi al magister, allí en la librería, que estaba entrando por una puerta, al fondo. En la puerta por donde había entrado el magister un letrero decía: “¡Los mejores tebeos aquí!” Y yo, ni corta ni perezosa, entre por aquella puerta. Allí no vi ya a don Termópilo, y me di cuenta de que no estaba ahora en la librería Mallarme, sino en aquella librería Lelian, la del anterior sueño. Entonces busqué con ansia el tebeo del otro sueño, el de Carla Primera (al fondo me miraba el librero huraño). ¡Y ahí está!, lo he encontrado: Carla Première à Paris. Yo me lanzo a leer el interior con avidez, y consigo leer un par de páginas antes de que el huraño, con su estentóreo grito ¡Sólo se pueden mirar las carátulas! me despierte. Y ahora voy a contar lo que pude leer del tebeo: Carla aparece surcando el espacio sideral en su nave de tebeo camp, entonces exclama: ¡Oh!, un agujero rosa!, y luego piensa: Los agujeros negros se ven cada dos por tres, pero un agujero rosa es algo verdaderamente excepcional. En otro recuadro, sigue pensando: Dicen que si al pasar por un agujero rosa pides un deseo, este se cumple ipso facto. En otra viñeta, y mientras la nava entra ya por el agujero rosa, Carla, o sea, Carla Primera, expresa su deseo: Quisiera viajar al París de 1971. Entonces la nave, durante dos o tres viñetas, se pone a dar vueltas y más vueltas en un furioso torbellino. Carla Primera pierde la conciencia. Al volver en sí, se ve en el interior de su nave que, por sí misma –automáticamente– ha tomado tierra en medio de un bosque. Y piensa: Según mi localizador, me encuentro en 1971 y en el Bosque de Boulogne, en las afueras de París. Y entonces baja de la nave con un maletín, y con un mando hace ¡ZIUUM! y reduce la nave al tamaño de un juguetito. Guarda miniatura y mando en el bolsillo y luego, maletín en mano, se pone en marcha mientras piensa: Bueno, a buscar un tren que me lleve a París. No pude leer más, pues desperté por el grito del huraño. 

    33. Y regresamos a la mañana del miércoles 1 de diciembre
de 1971. Y ellos siguen en la cruasantería café. Ella, antes de contarle a él el sueño que acaba de recordar y anotar, le ha contado (le acaba de contar ahora), en primicia, el sueño de la noche del 29 de noviembre. «O sea, que mi japonesa de porcelana se volvió de carne y hueso en el sueño... vaya, vaya...», dice Armando.

    34. «Y ahora, Armando, si te parece bien,
te voy a contar el sueño que recordé y anoté antes, que es continuación de los otros dos. Lo que he recordado es esto: Carla Primera está en la habitación de un hotel o algo así... entonces ella saca de su maletín un muñequito, un pierrot de tamaño pequeño, como un Madelman o así, y entonces va y con un mando, dando a unos botoncitos ¡ZAASS! hace que el pierrot se vuelva de tamaño natural, como una persona, pero en realidad no es una persona, sino un... autómata, como una especie de robot de aspecto humano, que en el sueño era igual que Pierre.»

    35. «Tus sueños son muy interesantes, Carla»,
dice Armando, «son como una novela por capítulos». «Hablando de novelas», dice Carla, «¿sabes que en el bolso llevo tu novela, para, en algún momento, leer un poco?». «¡Ah!, muy bien», dice él, «pero oye, Carla, y aparte de eso, ¿qué quieres que hagamos esta tarde antes de la famosa cena?».

    36. Carla propuso ir (volver) a la librería Mallarme,
y hacia allá se dirigen en sus bicis ella y él. Y ya llevan un buen rato en sus bicis deslizándose ambos a dos las casas y las cosas y la gente en dirección opuesta pasando. Y ni lluvia ni charcos pero sí algún gato algún perro y los pájaros en lo azul. Y ya ahí (igual que el otro día) el escaparate PATISSERIE mostrando sus surtidos multicolores. Y luego ahí también los árboles deshojados enfilando la calle y toda esa gente tan variopinta que pasa... Y ya ahí la casa en ruinas del otro día y el estanco TABAC PRESSE de la fachada azul. Y el tráfico, y más y más gente... y los tejados de pronunciadas pendientes... y, mira, como el otro día, el vendedor de globos que pasa con su multicolor mercancía.

    37. Y llegan a la calle Verlaine-Rimbaud,
y allí está la LIBRAIRIE MALLARME. Pero ven ellos que se les ha hecho algo tarde, por lo que «mira, sí, mejor comemos antes por aquí cerca, y después nos venimos ya a la librería», dice Carla. «Claro, es mejor así», dice Armando. Montan de nuevo en sus bicis y buscan por allí cerca algún sitio donde comer, que pronto encuentran, con menú del día barato. El rótulo reza: L'important c'est la rose, y, junto a él, hay una rosa roja troquelada y lacada, de chapa metálica. «Han puesto el nombre al restaurante por la canción esa... la de ese cantante... que ahora... no me sale su nombre...», dice Carla. «Sí... ¡Gilbert Bécaud!», dice Armando. «¡Gilbert Bécaud!, sí», dice Carla, la del gorro francés ladeado azul (tipo boina). Y ya están manducando, y no hay ni mucha gente ni poca y el lugar es sencillo, normalito, pero agradable. «Pues sí que tenía hambre», dice la manducadora. «Y yo tengo hambre de ti», dice Armando con pícara sonrisa mientras ajusta sus gafas con el índice. «Creo que el aire parisino te está afectando...» dice Carla. «El aire parisino no tiene nada que ver con esto, la culpable eres tú y sólo tú» «¡Armando!», exclama sonriente Carla. «Dime, preciosidad», dice él. «Ahora... come y calla», contesta ella. Y ambos callan y comen, al tiempo que se intercambian pícaras sonrisas. Y entonces ella recuerda cuando él la salvo ayer de aquel tumulto, y un dulce escalofrío recorre su cuerpo. El restaurante de la rosa troquelada está en la misma calle Verlaine-Rimbaud. Afuera, encadenadas a un árbol, sus bicis reposan.

    38. Y ya ambos tórtolos (ella y él) en la librería Mallarme
están. Afuera han dejado sus bicicletas, a un árbol encadenadas. Ellos, tras intercambiar afables saludos con Michel, como si le conocieran de toda la vida, se han puesto a mirar cosas. Carla los tebeos, y Armando los objetos “curiosos”. Ella piensa: «Por esta zona no miré el otro día, a ver que veo por aquí...» Y... «¡Anda!, LOS HIJOS DEL CAPITÁN GRANT, de las Joyas Literarias Juveniles... vamos a ver quién hace los dibujos... ¡ahí va!, Torregrosa... me lo llevo fijo...» En 32 atractivas páginas a TODO COLOR «¿Y este?... FLIPPER... a ver... a ver... los dibujos sí que son buenos... y el color no digamos... pero... no... no, el nombre del dibujante no viene en ninguna parte... no sé por que hacen estas cosas... y muy bien encuadernado... también me lo llevo... aquí, en esta librería, hay más tebeos en español que en francés...» «Todo ha salido bien, papá. Tim realmente parece feliz.» Los dos amigos juegan con Flipper en el agua. «¿Qué muchacho no sería feliz... con un nuevo hermano y un delfín vivo como compañero?» «Estos tebeos en francés no están nada mal... pero no me lo puedo comprar todo... más tebeos franceses... ¡eh!, este es interesante... y está en español», piensa Carla, «ya sólo por la portada... a ver... sí, sí, muy bueno...» El tebeo se llama Pantera Rubia en el corazón de Borneo y en la colorida carátula una rubia despampanante, encaramada en un árbol, alza su cuchillo contra un feroz tigre. Carla se fija especialmente en la falda corta de leopardo de la chica, y en que va descalza. Es un dibujo magnífico que firma un tal Ingam. «Pantera Rubia es la chica... y mira... aquí hay otro número de este tebeo... Pantera Rubia, los demonios amarillos... es el dos.. y el otro es el uno... ya no hay más... ¡ah!, sí, aquí hay otro, pero... ¿qué es esto?... es la misma portada que esta otra, pero...» Sí, la portada es la misma: Pantera Rubia, sobre la testa de un elefante, tensa su arco, mas ahora... «en vez de blusa y falda corta de leopardo... lleva un bikini de leopardo... la firma es la misma, Ingam... pero el título cambia, está en italiano: Pantera Bionda, i demoni gialli». A Carla, el curioso hallazgo le hace pensar que «esto es casi como lo de la maja vestida y desnuda de Goya». Carla no consigue encontrar más tebeos de Pantera Rubia... «¿y este libro... qué pinta aquí entre los tebeos?» Paul Verlaine LES POÊTES MAUDITS «Este Verlaine... sí, es uno de esos poetas de los cuadros del restaurante... del Parnasse... uno del que no sé qué me dijo Armando...» Mira el índice del libro y ve ahí, entre otros nombres, el de... «¡Lelian!, como la calle», musita exclamativamente Carla. ¡Poor Lelian!, es lo que pone en el índice, y luego hojea consulta lee traduce el prólogo del editor y... «¡Zambomba!», exclama musita, «resulta que Lelian es Verlaine», piensa, «este libro me lo llevo... y creo que ya me llevo bastantes cosas...». Carla está pletórica de satisfacción por tanto hallazgo magnífico.
    Ella estaba pletórica de satisfacción 
por tanto hallazgo magnífico. Acercose ella adonde estaba Armando. Díjole él: «Veo que has conseguido muchas cosas, encanto». Y aquella encantadora joven dijo: «¡Oh, sí, mira!, ¿y tú?, ¿has encontrado algo?» «¡Yes!», exclamó el hombre alto de gafas, sonriendo, y «¡mira!» dijo, mostrandole a ella la esculturilla de un delfín. «¡Un delfín!», exclamó vivamente Carla. «¡Y mira!», dijo Armando, mostrándole a Carla otra pequeña escultura, esta de una pantera. «¡Rezambomba! pero esto es... ¡la repanocha!», exclamo ella. «Bueno... no sé... es la típica pantera... a mí me gustan estas cosas...», dijo él, extrañado por las reacciones de ella. «¿Alguna cosa más?», preguntó ella con rostro entre divertido y asustado. «Pues... unicamente este libro», dijo él, mostrando Los hijos del capitán Grant. «¡No! ¡a mí me da un patatús!», dijo Carla casi más asustada que divertida. «Pero Carla... ¿qué te ocurre?», dijo Armando ya preocupado. «¡Mira!», respondió Carla, «¡un delfín!», y mostró su tebeo de Flipper. «¡Y... panteras!», exclamó, mientras le mostraba sus tebeos de Pantera Rubia. «¡Y mira esto otro!», añadió, al tiempo que enseñaba a Armando su tebeo de Los hijos del capitán Grant. «Pero... esto es increíble», dijo Armando. «¡Sí, esto es magia o telepatía!», dijo Carla riendo, vivamente excitada. Michel, allí tras su mesa, les miraba extrañado, sin saber a que venía tanto escándalo.

    39. ¿Fue magia o telepatía?
¿o quizá sólo casualidad? Trama extraña que tejió el azar en el tiempo en un momento cristaliza, cual milagro hilarante. Pantera mujer rubia o negra pantera de madera de ébano (a buen precio) formas félidas las dos ostentan. Envanecidas por natura tensan sus cuerpos sólidos, y a la vista o al tacto (madera tan pulida) entregan su belleza; arte que exalta un cuerpo (mujer semisalvaje) más o menos vestido, u otro cuerpo (no humano) desnudo por completo, que cauteloso acecha.

    40. ¿Fue telepatía o magia?
¿o quizá sólo casualidad? Trama extraña que tejió el azar en el tiempo de pronto cristaliza cual prodigio delfín gris azulado acuático y alegre que, en ágil salto (ya de tebeo ya de porcelana) briosamente su cuerpo fusiforme curva. 

    41. Y, en cualquier caso,
magia o telepatía o azar (o lo que sea) también allí, y en el momento álgido del azaroso mágico milagroso (etc) contubernio hecho telepatía (o telepática apariencia) dos versiones (en novela o tebeo) de la misma obra: Los hijos del capitán Grant, del francés Julio Verne. La novela, fiel traducción al castellano de 1951, por T. C. El tebeo, adaptación de José Antonio Vidal Sales, dibujos de Vicente Torregrosa Manrique. La novela lleva ilustraciones firmadas A. Ackermín. Está editada en París. En la primera viñeta del tebeo pone: adaptación: Cassarel. Lo que hizo a Carla deducir que Cassarel era un seudónimo de José Antonio Vidal Sales. Y dedujo bien. «Un día de 1864, a bordo del yate-goleta inglés “Duncan” en ruta hacia Glasgow», escribió Vidal Sales; y así (pero en mayusculas y sin tildes) fue copiado el texto, con la famosa “máquina para rotular”. Pero, a última hora, alguien añadió a mano (y con cierta inseguridad) una coma detrás de “Duncan” y unos puntos suspensivos detrás de Glasgow; demostrando aquel corrector no haber entendido el sentido, a modo de título (o voz “desde fuera” de filme), de la correcta frase de Cassarel. El libro de Verlaine no halló equivalente azaroso.

    42. Salieron de la librería.
Hacía frío. Ellos sujetaron con cordeles sus paquetes, en las cestas de sus bicis. Michel les miraba, sonreía tras el cristal de la puerta cerrada. Casa concurrida por todos los españoles residentes en París, se decía en el anuncio, pero esta vez, como la otra, los únicos clientes habían sido ellos dos. El regreso a casa en bicicleta a Carla se le hizo pesado. Armando mostrábase inmune al frío y al cansancio. Aquel intelectual de gafas (si intelectual puede decirse del escritor de ciencia ficción de kiosco) estaba demostrando ser un tipo enérgico. Como cuando el otro día corrió con Carla en brazos, como si llevara una pluma. «¡Menudo hombre!», pensó ella mientras pedaleaba en una cuesta arriba, y aquel pensamiento mitigó su cansancio, e hizo que olvidara el gélido frío de París. «Al final no hemos leído nada de la novela...», pensó Carla, que recordó que en su bolso llevaba la copia de la novela de Armando, «la he estado llevado en el bolso para nada, ¡jolines!».

    43. Ya subían la última cuesta del trayecto,
y él iba cantando una canción alegre, aquella del baúl de los recuerdos de Karina, «una casi hecha cisco... y Armando incombustible», pensó mientras pedaleaba ella buf, buf... «¿Estás cansada, amor?», preguntó Armando interrumpiendo su canción su rostro vuelto hacia Carla buf, buf... «Buf, buf... no mucho... no te preocupes...», contestó la ciclista respiración jadeante y giraron ambos a dos a la derecha y se deslizaron ya por la Calle Lelian (Rue Lelian), Rúe Lelian para ellos (ella y él), la sinuosa estrecha mal asfaltada y encantadora calle buf buf buf y ahora (aquel ahora) zigzagueaban impelidos por la sinuosidad de la calle y a ambos lados de Carla y Armando veloces pasaban muros casas muros demasiado altos para tan estrecha calle «ya queda poco», pensó Carla, «¡pobre Lelian», pensó ella recordando el título del capítulo del libro adquirido, que ahora viajaba en el paquete en la cesta de su bici «pero al menos la Rúe Lelian no es cuesta arriba», pensó ella y se deslizaban ya por la Place du Parnasse Plaza del Parnaso en las postrimerías (del 71) novembrinas, plaza «¡ah, por fin!» vetusta parisina cual la vetusta incólume mansión allí frío novembrino y Carla llevaba su bufanda al viento (aire de París) y su gorro francés ladeado azul (tipo boina).

    44. Y entonces Carla propuso:
«¿Qué te parece si dejamos las bicicletas en casa y luego nos vamos al Parnasse?» «¿Al Parnasse... ahora?, creía que estabas cansada...» «Es que necesito una copa», dijo ella. «¿Una copa?», le preguntó Armando con cierta sorpresa, mientras con su llave abría la recia puerta vetusta de la vetusta incólume mansión de su tía. «Sí, ¿qué pasa?», dijo Carla con un coqueto movimiento de hombros, «¿acaso una chica no puede necesitar una copa?» Y, antes de que él pudiera contestar, añadió: «Eso sí, antes quisiera tomarme un café» «Muy bien Carla, como tú...» «Y después de la copa leeremos un poquito de tu novela en el Parnasse», interrumpió ella con voz melosa, «¿no te parece romántico?» «Sí, muy romántico», asintió él abrazando a la joven. Estaban en el patio. Carla, desasiéndose de sus fuertes brazos, dijo: «Cada cosa en su momento... ahora vamos al Parnasse». «Tus deseos son órdenes para mí», dijo él, «pero no dejemos los paquetes aquí en el patio, no siendo que llueva y se estropeen tus libros».

    45. Entraron en el Parnaso Contemporáneo
justo cuando fuera, en la plaza casi vacía, rompía a llover. El atardecer ya no quedaba tan lejos, pero todavía tenían mucho tiempo antes de la cena. «Aún queda mucho tiempo para la hora, ¿no?», estaba diciendo ella en el momento en que entraban en el Parnaso, en el momento en que fuera, en la Plaza del Parnaso, irrumpía la lluvia. Miró su reloj de pulsera él y dijo que sí, que quedaba tiempo, «sí, Carla, todavía queda mucho antes de que venga a buscarnos... ¡eh!, un poco más y nos cae encima la tromba...» Se habían librado por muy poco de la impetuosa tromba de agua, «¡jopelas!», exclamó ella a propósito de aquella lluvia súbita. Entraron, digo, el el Parnaso Contemporáneo, justo cuando allí fuera, en la plaza, descargaban las nubes, con ímpetu, su masa de agua (violenta ofrenda del cielo parisino), y allí en una mesa vieron a varios payasos con el arlequín solitario de siempre en compaña (y uno de los payasetes es aquel de gorro cónico que han visto allí otras veces; era la primera vez que le veían con el arlequín), y en otra mesa se reunían unos tipejos malcarados, que parecían los clásicos “apaches” parisinos míticos. Un arlequín triste, payasetes, tipejos típicos, el camarero tras la barra, ellos dos, que ya habían escogido mesa junto a una ventana, y para de contar; y pronto ya cada cual con su café crème tan humeante; y Carla musitó (voz suave tan queda) a Armando: «Esos de ahí, los de las gorras, tienen una pinta horrible» «Me he fijado», susurró él; y se olvidaron de ellos. Los de las gorras (ladeadas) eran, claro, los tipejos típicos, los de los pañuelos anudados al cuello, los pitillos en la boca, las camisas rayadas... Carla y Armando se desentendieron de ellos, de los que bebían vino mascullando su jerga incomprensible. «Al fin y al cabo, no hay que juzgar a la gente por su aspecto, sino por sus actos», había pensado Carla; «no creo yo que sean peligrosos», había pensado Armando. Y se centraron en sus “cafeses” (como decían bromeando) y en sus cosas: «no, la verdad es que no me apetece mucho lo de la cena de esta noche», dijo Carla, y Armando contestó que «¡venga!, anímate, seguro que lo pasamos bien». «Sí, seguro que va a ser una experiencia curiosa, digna de ser luego rememorada», sonrió irónica ella, alzando una ceja como solía, y luego (cambiando de tema) bisbiseando, Carla comentó: «En París hay muchísimos payasetes, ¿eh?» «Sí... está visto que es una cosa típica de aquí», respondió él ajustando sus gafas con el dedo índice. Tras el cristal, la lluvia arreciaba.

    46. Y allí seguían, en el Parnaso Contemporáneo,
Carla y Armando, mientras (fuera) la lluvia no cejaba en su “diluvial” empeño. Ellos, al resguardo de la lluvia (dentro) se ocupaban ahora de sus copas y su lectura. Carla leía la novela de Armando, en un tono de voz moderado, y a él (el autor) le gustaba escuchar, en la voz dulce de  Carla, sus ocurrencias de kiosco. Los payasetes con el arlequín y los tipejos típicos seguían allí, pero ahora sí que se habían olvidado (por completo) de ellos. Alrededor Baudelaire, Rimbaud, Gautier, Verlaine, Mallarme y compañía, allí enmarcados, y ahora sabían ella y él, y lo habían estado comentado (un poco antes de ponerse con la lectura de la novela), que Verlaine era el pobre Lelian (¡pobre Lelian!), mas aún no habían reparado (pues apenas habían mirado el libro de los poetas malditos) en que de dos de los enmarcados allí en el Parnasse (de dos de los que Armando no había reconocido) venían sendos retratos en el libro: los de Tristan Corbière y Marceline Desbordes Valmore (esta, la única mujer entre los retratados allí en el Parnasse). Allí ambos, Carla y Armando, con su coñac (no había podido ser un Hennessy VS, pues no lo tenían); ella leía: «Aquello fue una auténtica conmoción: París II se había quedado sin luz, de golpe y porrrazo. De pronto en las calles, un instante antes esplendentes, imperó la penumbra, pues la tarde ya avanzaba hacia su ocaso. Los recién casados echaron a correr cogidos de la mano (él tirando de ella) en busca de sus aerobicis...» Carla alzó la mirada y dijo a Armando: «Esto me recuerda a lo que nos ocurrió el otro día, cuando el jaleo aquel... ¡a ver si vas a ser profeta!» «¿Profeta yo?, no creo, vamos...» Carla volvió a la lectura: «y, mientras corrían, empezaron a oír, más lejos o más cerca, gritos, estrépito de vehículos colisionando y las crispantes sirenas de las aeronaves policiales. Y, de súbito... ¡zas!, a ella se le rompió el tacón de un zapato...» Carla alzó la mirada y dijo: «¡Ah!, pero... ¿iba con tacones? ¡jopelines!», y, acto seguido, volvió a la lectura: –¿Estás bien, te has hecho daño, vida? –le preguntó Cardenio a Luscinda, que, perdiendo pie, había caído sobre el duro asfalto. –No... no te preocupes... estoy bien, no me he torcido el tobillo ni nada –dijo ella...» Carla alzó la mirada y exclamó: «¡uf, menos mal!... oye, Armi, estos nombres, Cardenio y Luscinda, ¿cómo se te ocurrieron?» «Los tomé prestados del Quijote», respondió él, y ella continuó con la lectura: «–dijo ella, y él, asiéndola con sus férreos brazos, la alzó como si fuera una leve pluma, prosiguiendo con ella en brazos la carrera...» Carla alzó la mirada y, con los ojos muy abiertos, exclamó: «¡Lo mismo que el otro día!» «Sí... je, je...», dijo Armando, «el día de la revuelta callejera, o sea, ayer, estuve a punto de decírtelo, es una coincidencia increíble... pero luego pensé “no, mejor que lo lea ella”» «Es verdad», dijo Carla, «lo de la revuelta fue ayer... me parecía que había sido hace mucho más tiempo... oye, Armi, últimamente todo son coincidencias... pellízcame, porque creo que estoy soñando». «Yo si tú quieres te pellizco», dijo Armi, «por mí encantado, pero luego no te enfades como la otra vez». Carla, pícara, sonrió con ironía, alzando una ceja: «Qué tonto eres», dijo, y continuó leyendo la novela, que se ponía cada vez más interesante, pues Cardenio y Luscinda veían que unos tipos enmascarados (con máscaras de siniestro aspecto) trataban de robar sus aerobicis. Eran tres los encapuchados, pero Cardenio, con brío, se enfrentaba a ellos, dejándoles pronto fuera de combate ante la extrañeza de Luscinda, que desconocía las habilidades pugilísticas de su cónyuge. Y fue en aquel punto álgido del episodio cuando Armando interrumpió, para anunciar: «¡Mira, Carluchina, ha dejado de llover!». «¡Ah, sí!, no me había dado cuenta», dijo Carla. Y entonces entró en el Parnasse un hombre alto, enjuto, todo vestido de negro, con botas altas lustrosas y chaqueta y gorra visera, ambas de cuero. Era un hombre de unos cincuenta años, de complexión atlética. El agua resbalaba por su ropa impermeable. Se veía que había caminado un buen trecho, antes de que cesase la lluvia. Todos le iban siguiendo con la mirada, mas él, indiferente a todos y con la dignidad de un coronel, se dirigió hacia la barra, tras la cual el camarero abrillantaba tenaz una copa, suavemente e insistentemente frotándola con un paño. «Oye», susurró Carla, «¿no será este el chofer, que viene ya por nosotros?» «No creo, aún es muy pronto», musitó Armando mirando su reloj de pulsera, «todavía queda casi una hora para las ocho y media». Ocho y media: a esa hora más o menos (eso había dicho don Termópilo) llegaría el chofer a recogerles. «Entonces no debe de ser él», bisbiseó Carla. Y entonces, mientras el recién llegado hablaba con al camarero, los tipejos típicos, con rapidez y sigilo, abandonaban el local. «Mira, esos se van», susurró Carla. «Y parece que esos también», dijo Armando. En efecto, los payasetes se habían puesto en pie, y uno de ellos, el del gorro cónico, se empeñaba en convencer al arlequín para que se fuera con ellos. Pero el arlequín triste decía que no con la cabeza. No quiso insistir ya más el del gorro cónico, y los payasetes abandonaron el Parnasse sin el arlequín. Y fue, en aquel momento, cuando Carla y Armando vieron que el de la negra indumentaria, con decisión, se acercaba a ellos.

    47. La conversación con el chofer 
se desarrolló así (el chofer hablándoles en perfecto castellano, con un marcado acento francés): «Buenas tardes, soy el chofer que envía don Termópilo; y presumo que ustedes son don Armando y señora.» «Sí, somos nosotros», dijo Armando, «¿se lo ha dicho el camarero?» «Sí», contestó lacónicamente el chofer. De la visera de charol de su gorra de plato caía agua, gota a gota. Agua resbalaba por el cuero impermeable de su negra chaqueta. «No le esperábamos tan pronto», dijo Armando. «No es tan pronto... », dijo el chofer, «teniendo en cuenta que ustedes aún no están vestidos... porque imagino que no tendrán intención de ir así a...» Armando y Carla se miraron; él, sonriendo y encogiéndose de hombros; y Carla poniéndose una mano delante de la boca y tratando, con poco éxito, de refrenar la risa. El chofer, en su marcial posición de firmes (talones juntos, cuerpo erguido...) no se inmutó. «Creo que más elegante que va él... no se puede ir», dijo Carla sonriente, señalando a Armando. Este, al tiempo que ajustaba el nudo de su corbata (¡de seda natural!: hexágonos dorados y marrones) dijo con una amplia sonrisa: «Sí, creo que vamos muy bien». Carla vestía bonito jersey de algodón, rayado y multicolor (verdes, rosas, naranjas, rojos o azules en atrevida y juvenil armonía allí conviviendo). Las formas naturales de Carla las franjas paralelas del diseño curvaban. Llevaba Carla también pantalón verde muy ajustado, terminado en amplia “campana”. Serio, mientras gotas de agua caían (intervalos no tan regulares) ante su rostro enjuto, el chofer dijo: «Pues pongámonos en camino, aunque sea algo pronto, pues he dejado el coche lejos, en cuesta, a la entrada de la Rue Lelian, ya que no me aventuré a entrar, con tan importante auto que llevo, por calleja de tan exigua anchura».

    48. Se pusieron en camino los tres,
y el chofer caminaba delante, muy deprisa, con pasos largos y firmes y sin esquivar charcos profundos, diríase que buscándolos, chapoteando briosamente con sus botas charoladas. La lluvia ida había encharcado completamente la Plaza del Parnaso. Atravesada ya esta, enfilaron por la Calle Lelian, aún más intransitable que la plaza, por juntarse barro con charcos. Y como el chofer caminaba ¡chaff! ¡chaff! en línea recta, cada vez se distanciaba más de Carla y Armando. «Ha de ser un coche muy grande», dijo Carla, «para que no pueda pasar por esta calle, ¿no crees tú?» «Sí», dijo Armando, «tiene que ser un Rolls Royce... por lo menos, y aún así...» El viento frío del día que declinaba jugaba con la bufanda de ella, la del gorro francés ladeado azul (tipo boina), que con tiento caminaba, evitando los charcos y el barro. «¡Armando, cuidado, que te estás metiendo en el barro!»

    49. Al salir de la Rúe Lelian
(como ellos decían), Carla y Armando se quedaron pasmados, pues el chofer estaba allí, de espaldas a ellos... ¡junto a un Seat 600! «¿Y ese es el importante auto?», dijo Armando. «Pero si es... ¡un Seiscientos!», exclamó Carla. Y entonces el chofer (de cara al Seat 600 y de espaldas a ellos) prorrumpió, brusca y súbitamente, en sonoras imprecaciones. «¿Qué dice?», preguntó Armando a Carla, pues el chofer imprecaba en francés. «No le entiendo casi», dijo Carla, «y me alegro... porque para mí que está diciendo cosas muy feas». Cuando estuvieron ya cerca del chofer, ellos pudieron ver que este miraba un papelito, que parecía ser la causa de sus imprecaciones. «Se ve que le han puesto una multa...», susurró Carla a Armando. Se equivocaba.

    50. Lo que había pasado y lo que pasó luego
    Pronto el chofer aclaró el asunto,
ya un poco más tranquilo. Resulta que el automóvil que había dejado allí aparcado, ¡un Rolls Royce!, había sido robado, y los ladrones [que en la nota (que Carla tomó por una multa) firmaban “Bandits”] habían dejado, en su lugar, ¡aquel Seiscientos! La nota, en francés, traducida al español, decía: “Acepte este Seat 600 de segunda mano para paliar la penosa pérdida de su flamante Rolls”. La nota parecía estar escrita y firmada con pluma estilográfica. «Sí, esto se ha escrito con una pluma estilográfica, no cabe duda», opinó Armando. Un hombre y una mujer, que habían salido al balcón (de un primer piso) atraídos por los gritos del chofer, les observaban. El chofer, con voz alta y clara, les explicó que habían robado su coche, y les rogó que le dejaran telefonear desde su casa, o que telefonearan ellos por él a la policía. Todo esto lo dijo el chofer en francés, claro está. Los del balcón le contestaron que podía subir a telefonear, que su piso era el 1º B. El chofer se encaminó hacia el portal de aquella casa. 
    Carla y Armando decidieron aguardar 
en la calle. «¿Y ahora... qué?». preguntó Carla. «A ver que nos dice el chofer, cuando haya llamado...», contestó Armando, «dijo que tardaría poco». «Telefoneará primero a la policía y supongo que después a don Termópilo...», dijo Carla, «¡menuda papeleta, tener que explicar a don Termópilo que el Rolls a sido robado!, porque este coche robado.. será de don Termópilo, digo yo...» «Sí, claro...», dijo Armando. «Hace un poquito de frisco», dijo Carla. «Frisco... es una ciudad de Texas», dijo él. «¡No me digas!», dijo Carla con sonrisa irónica, elevando una ceja. «¡Te lo digo, y te lo repetiré tantas veces como sea preciso!», exclamó Armando con absurda entonación, mientras asía a su joven esposa por los hombros. «¡Se equivoca usted, caballero!», dijo Carla, dando a su voz extrañas inflexiones, «frisco, en mi argot juvenil... significa frío». «Es usted juvenil en extremo», dijo Armi con su entonación absurda, atrayendo hacia sí a su encantadora cónyuge (manos las de él asiendo los hombros de Carla), «maravillosamente juvenil, añadiría yo...» «Me conturba usted, amigo mío», dijo Carla, imprimiendo unas inflexiones absolutamente ridículas a su voz. Entonces «¡¡Eh!!» escucharon la voz del chofer, que les llamaba desde el balcón. «En una media hora estará aquí un taxi», comunicó el chofer, «pueden subir para esperar, es el 1º B». «De acuerdo», dijo Armando.
    Subieron al 1º B
de aquel edificio de cuatro pisos. Primero no encontraban la luz en el portal. Luego sí. No había ascensor. Subieron, con tenue luz eléctrica, por una vieja escalera, de escalones desiguales y gélida barandilla de metal. Manchas de humedad en las paredes. Sus pasos hacían eco en el hueco de la escalera. Un eco débil, fantasmagórico. No tuvieron que llamar, la puerta del 1º B aguardaba entornada. La pareja que desde la calle vieran en el balcón, un afable matrimonio de edad avanzada, casi les obligó a tomar un ponche caliente, que ellos agradecieron en grado sumo. Sobremanera agradecieron Carla y Armando ese ponche, allí al brasero de la mesa camilla. Los afables anfitriones compartían la mesa con ellos; fumando en pipa él, haciendo punto de ganchillo ella. Entre tanto, el chofer, algo alejado de la mesa camilla donde charlaban los cuatro, sentado en el borde de una silla, fumaba un cigarrillo con cara de póker. Quienes más hablaban eran Carla y la anfitriona, en francés, sobre París, sobre lo que ellos habían visto y sobre lo que les quedaba aún por ver.  
    Primero llegó el coche de la policía,
y con los policías se fue el chofer. Los policías se llevaron también el Seiscientos. 
    Poco después llegó el taxi, 
que tomaron Carla y Armando, tras despedirse afectuosamente de tan afables anfitriones (Rose y Gérard). 

    51. En el taxi ya
Carla y Armando, y el paisaje ya nocturnal pasando tras los cristales... Urbano (para más señas) allí el paisaje que, tras las ventanas laterales, a derecha e izquierda, pasaba... y, en los asientos traseros del taxi ellos allí, Carla y Armando, viendo ese paisaje nocturnal y lunar. Luna allí a la derecha, por encima de los tejados de pronunciada pendiente y altas chimeneas... Y allí junto al frío y empañado cristal (a la derecha) Carla estaba, y Armando junto a ella, mirando ambos aquella luna allende el cristal, que por momentos se escondía tras los tejados de pronunciada pendiente, tras las chimeneas altas. Y allí delante, silente cual cartujo, el taxista, conduciendo el taxi carretera adelante. A veces un taxista de pocas o nulas palabras es muy de agradecer. ¡Cuán afortunados los dos por aquel monjil silencio del taxista! Tortolitos lunáticos arrellanados desplazándose en nocturnal viaje y qué felices entonces eran. ¿Y no es acaso lunático aquel que ama la luna y la sigue en su viaje nocturnal y dice «mira, se esconde»? «Mira, se esconde», dijo Carla, pero, ¿es que en verdad se escondía esa luna?; ¿no eran los tejados y las chimeneas quienes, en su nocturnal movimiento, ocultaban por momentos el astro celeste? Pero no; ellos sabían bien que se movía el taxi, y ellos con el taxi, y que la luna se movía, sí, pero demasiado despacio para que se notase. «¿Y cuántos días tarda la Luna en dar una vuelta a la Tierra?», preguntó Carla. «Creo que veintiocho», contestó Armando, y el taxista silente nada dijo. El taxista silente, entre otras cosas, no entendía casi el castellano, o eso es lo que parecía; y lo más probable es que a él, las manos al volante, no le importase lo más mínimo la conversación de sus clientes. Más ella no preguntó cuánto tardaba la Tierra en dar una vuelta al Sol, pues lo sabía. «Trescientos sesenta y cinco días», pensó Carla, y los párpados se le cerraron. «Enoc vivió trescientos sesenta y cinco años», pensó, y se quedó dormida. Y soñó.

    52. Y soñó 
(1 de diciembre, en el taxi, en la tarde nocturnal) que estaba con Petra [sueño cuarto de esta novela]. Caminaba con Petra por un descampado obscuro. «Hay que ir con cuidado», dijo Petra, «no vayamos a caer en una zanja». Caminaban solas, Petra y Carla, por aquel descampado sin gente, silente, nocturnal... «Me dices que hay zanjas, y la oscuridad es muy grande», dijo Carla, «si no fuera porque voy contigo... creo que tendría mucho miedo». A lo lejos veíanse formas inmensas y borrosas, vagarosas, inquietantes... casi imperceptibles. «¿Aquellas formas?, son edificios en construcción», dijo Petra, «pues París está en obras». «¿Y dónde estará Armando?» «Está sentado junto a ti», dijo Petra. «No sé por qué dices que Armando está sentado junto a mí, si tú y yo estamos aquí solas en este horrible descampado» «¡No estás aquí, Carla!», dijo Petra mirándola a los ojos mientras, asiéndola por los hombros con sus manos férreas, la zarandeaba con brusquedad.

    53. Entonces Carla despertó,
y vio que estaba en el taxi, junto a Armando. Pero el paisaje, allí tras el cristal, había cambiado. Ahora el campo allí, los árboles veloces... y todo tan sumido en la oscuridad; y se adivinaba: fuera de los dominios del taxi, habría de reinar un silencio tan denso como el del conductor. En la penumbra aquella de la tarde noche invernosa, el rugidor motor discordante del taxi perturbaba un silencio cuasi sacro. Faros potentes (los del taxi) deslumbraban los pasajeros árboles presurosos. Y Carla sintió alivio por estar allí, en aquel taxi, y no en aquel onírico sórdido descampado inquietante.

    54. El silente taxista llegó a su destino,
el château de don Termópilo. Flanqueada por alto y recio muro pétreo, la alta verja cerrada allí, frente a la cual se detuvo el taxi. El taxista se apeó para pulsar el timbre (a la izquierda de la verja), y poco después, con chirriar gimiente, la verja era abierta por dos jóvenes criados. De par en par se abrió la alta verja, y por ella entró el taxi, que enfiló por un ancho sendero, a cuyos lados alzábanse imponentes cipreses, cuyas esbeltas afiladas copas perennes desafiaban el invierno. Detrás del taxi que se alejaba, los dos criados (impolutamente uniformados) cerraron prontamente la verja.

    55. Al fondo del sendero, el château,
iluminado por faroles y algunas góticas ventanas lucientes. También el sendero por el que avanzaba el taxi estaba iluminado, por farolas entre los cipreses a ciertos intervalos dispuestas. La Luna (creciente por más señas) seguía allí, sobre el château ahora, en aquel ahora. Por fin ante ellos el château, pero, a pesar de la luz de faroles y ventanas, aquella edificación se distinguía vagamente, confusamente... mas, no obstante, sí podían advertirse altas chimeneas, altos tejados, cónicos pináculos...

    56. El mayordomo,
era un individuo tieso y circunspecto, de blancas y largas patillas, que mantenía elevado su prominente mentón en todo momento. Tras pagar y despedir al taxista con fría cortesía, guió a Carla y Armando a través de escaleras marmóreas abalaustradas y corredores interminables que cuadros vetustos atestaban. El mayordomo iba unos pasos delante  de ellos, que le seguían en silencio. Al final, parecía que habían llegado a su destino. El mayordomo golpeó con sus nudillos, rítmicamente, en una puerta magnífica. «Aguarden un segundo», les dijo en español con acento francés, y entró en la estancia abriendo la puerta lo justo para poder pasar. «Los invitados ya están aquí», le oyeron decir desde fuera un instante antes de que la puerta, ya sí del todo, se abriera para ellos.

    57. En un elegante salón
estaban, sentados en confortables sillones de elegante tapizado, Carla y Armando, en compañía de don Termópilo y su hermana. En torno a una mesa baja de cristal los cuatro estaban sentados, allí en el amplio y elegante salón. La hermana, mujer de avanzada edad, fue presentada por don Termópilo como «doña Cornelia, mi hermana». En torno a la mesa, hablaban sobre el Rolls Royce robado. En apariencia, a los dos hermanos no les había afectado mucho el suceso. Hablaban del asunto casi con desdén. «Cosas que pasan», dijo don Termópilo, «la police ya está ocupándose de tan prosaico asunto, no le demos más vueltas». En sus manos tenía Carla uno de sus cuadernos (el otro reposaba sobre la mesa de cristal, cerca de ella), y mientras escuchaba o hablaba (poco) hojeaba aquel cuaderno. Pero, en tan rápido hojear, y pendiente como estaba de la charla, Carla sólo podía captar una excelente caligrafía y unos magníficos rótulos. En la portada del cuaderno allí en sus manos, Carla había visto un rótulo: “Dictados”, mientras que en la portada del cuaderno que reposaba sobre la mesa se leía “Redacciones”. Carla no había llegado a abrir el de “Redacciones”. Los dos cuadernos estaban muy bien encuadernados, con tapa dura y cosidos. «Moreau peca, para mi gusto», dijo el magister, «de inferir demasiada carga literaria a sus pinturas». «Pues a nosotros nos gustó muchísimo», dijo Armando, que sujetaba en su mano derecha una copa de fino cristal. Un vermut antes de la cena. El mismo mayordomo que les guió hasta el salón lo había servido, al poco de acomodarse ellos en torno a la mesa baja de cristal. Ante Carla, al fondo de la estancia, un cuadro llamaba su atención; era una pintura grande, suntuosamente enmarcada, que mostraba una rara escena: A la derecha, al pie de un árbol, veíase una serpiente, retorcida en forma de ocho, que se mordía la cola. En aquel árbol había un nido, y hacia él dirigía su vuelo un animal harto extraño, híbrido de avispa (su cuerpo), murciélago (sus alas) y paloma (su cabeza). En su pico de paloma portaba una rama de laurel. «Sí, eso no es una rama de olivo», pensó Carla, «sino de laurel». A la izquierda se veía, sobre un pedestal tosco, una copa, de la que salían llamas humeantes. Y entre las lenguas de fuego, y como suspendido en el aire, un corazón (el típico corazón simplificado). Y tan cautivada estaba Carla por la pintura aquella, que ya no seguía la conversación de los otros. «¿No opina usted lo mismo, Carla?», preguntó don Termópilo. «¿Eh?, sí, claro, claro...», respondió Carla, por decir algo. «Pero... ¿no era uno de tus pintores favoritos?», preguntó Armando. «¿Quién?», preguntó a su vez Carla. «Rousseau... el pintor naif, de quien hablamos», dijo Armando. «¡Ah, sí, claro que es uno de mis favoritos, es genial!», dijo Carla, y los otros rieron. Los hermanos, con aristocrática risa contenida; con franca risa espontánea Armando, mientras ajustaba sus gafas con el dedo índice. «Parece que se hallaba usted en la famosa comarca leonesa», dijo don Termópilo a Carla. «¿Qué comarca leonesa?», preguntó Carla, extrañada. «Babia», respondió el magister, y todos, Carla incluida, volvieron a reír.

    58. En el espacioso comedor
estaban ya los cuatro; estancia tan elegante como el salón donde antes estuvieran. Lujosos candelabros dorados sobre la mesa larga, trémulas llamas. Temblorosas llamas, de longas velas sobre brazos áureos. Tres, con cuatro brazos cada uno, los sustentadores flamantes de las flamas ígneas. Ígneas trémulas tímidas temblorosas las flamas de los áureos candelabros que a Carla fascinaban. Dos sirvientes, ella y él, vinos y viandas disponían sobre la mesa larga de los candelabros distinguidos. Él, el portador de los vinos, era un joven ágil, de impecable presencia. Ella, la portadora de las viandas, era una esbelta y atractiva mujer, que despertó al instante el interés de Carla, pues era una joven oriental en extremo parecida a la japonesa de Armando. El pálida tez de la bella sirviente poseía la finura de la porcelana. Apenas hizo su aparición en el comedor, Carla se fijó en la sirviente. «Es igual que la japonesa de Armando», pensó, y, al mirar de reojo a su cónyuge, observó que este miraba con fijeza a la portadora de las viandas, «muy probablemente japonesa». «Sí, es oriental... y muy probablemente japonesa», pensó Carla mientras, al inclinarse la sirviente para depositar suavemente la bandeja de las viandas sobre la mesa, y por la cercanía de las trémulas flamas ígneas, esplendía su tez pálida, evocadora de láctea traslúcida porcelana nipona (ecos finos, silentes, de caolín, feldespato y cuarzo). Tornose a hablar de arte, y esta vez Carla estaba atenta. «Es una obra, opino, sobrevalorada, casi fallida», observó don Termópilo, con gélido tono aristocrático (alcurnia decadente en sus cadencias mórbidas); mas Carla, tajante en su respuesta, respondió: «Yo no estoy de acuerdo en absoluto». Hablaban de una pintura: “El pobre pescador”, de Puvis de Chavannes”. «Es usted taxativa y aseverativa», dijo, con deje abúlico, doña Cornelia. «Yo me sumo a la opinión de Carla», dijo Armando. Y don Termópilo les preguntó: «¿Y qué virtudes adornan, según ustedes, pintura tan sensiblera?» «“El pobre pescador”», argumentó Armando, «no es una pintura sensiblera, sino de una sensibilidad religiosa sobria, profunda; lo sensiblero es exagerado y fingido; esta obra es contenida, y expresa una espiritualidad verdadera». «Que bien habla Armando», pensó Carla. «Luego cree usted en la verdad», dijo el magister. «Creo en la verdad», dijo Armando. «Querrá usted decir en su verdad», dijo don Termópilo. «No, no hablo de una verdad subjetiva, sino objetiva», dijo Armando, «una verdad a la que se puede acceder por el arte... o de otras formas...» «¿Como por ejemplo?», preguntó el magister. «Pues... por ejemplo...», dijo Armando, «por el amor (y miró a Carla de reojo) o (mirando de nuevo al magister) por la religión», y al decirlo sonreía, al tiempo que se ajustaba las gafas con el índice. «¿Y piensa en alguna religión en especial?», dijo don Termópilo, «¡hay tantas!» «Pensaba en el cristianismo, por supuesto», dijo Armando. «Por supuesto», repitió, cual eco irónico, doña Cornelia. En lo que se refiere a los vinos y a las viandas, aquella cena estaba siendo de alto standing (léase estandin), y Carla lo manifestó, sin ambages, con espontáneas palabras: «Esta cena es de alto standing, no me esperaba algo así», dijo, y aquellas palabras despertaron la espontánea risa fina de los hermanos y la risa normal de Armando. Carla les obsequió a los tres con su inocente sonrisa irónica. Alto standing: Vichyssoise con trucha ahumada y espárragos verdes de primero, y ahora (en aquel ahora): Albóndigas de pollo y atún en salsa a la pimienta con vino blanco, de segundo. «Informaré a la cocinera de sus parabienes», dijo la hermana. «No se si se percata usted de que, en su país», dijo don Termópilo, «los curas está ya preparando las lanchas salvavidas para abandonar el barco, cuando no están alejándose ya del barco a golpe de remo, e incluso nadando ya, los más impacientes, sin guardar la ropa». «Me choca mucho», dijo Armando, «que diga usted “su país” cuando es también el suyo». «Ubi bene, ibi patria», repuso el magister, «y ahora me encuentro a placer en París». Carla observó que una de las llamitas del candelabro temblequeaba más de la cuenta, mas no llegó a extinguirse, recuperando su ígnea seguridad, su verticalidad serena. Respecto a vinos, Chardonnay antes, Cabernet Sauvignon en el momento (aquel) presente. Y Carla sentía ya los efectos de esos “gran reserva”, de aquellos vinos de alcurnia y prosapia que, con jovialidad, musicaban sutilmente sus percepciones... «¿Entiendo yo el porque de esta cena, de estas atenciones, de estos vinos generosos?», pensó Carla con interrogativo tono. Las paredes del comedor veíanse cubiertas de cuadros, pero la tenue luz impedía ver, en ellos, algo más que manchas borrosas. «Pensar que ese altivo caballero», pensó Carla, «es el mismo que me daba con aquella vara, me resulta extraño... ¿por qué lo haría?, porque yo ya no era ninguna niña para esos castigos tan infantiles... y además no me hacía ningún daño... y un castigo que no hace daño, ¿a quién beneficia?» «Sí», dijo don Termópilo, «yo soy un exilado; a mí me gusta más exilado que exiliado; usted, como escritor, sabrá que de ambas formas puede decirse... sí, yo prefiero exilado, a pesar de que el concepto latino, “exilium”... pero mejor no entrar en etimologías...; el caso es que me empujó Hado... el hijo del Caos primordial, ¿sabe?; él, Hado, “fatum”, es decir, el destino, que es impredecible, me empujó... pero, ¡cuidado!, el desorden del Caos es un orden invertido, que tiene un poder destructor... ¡magnífico!; y, ¿lo ignora usted, Armando?, ¡sin destrucción de lo vetusto, de lo caduco... ¡no hay construcción nueva!, ¡no hay futuro!». «Todo esto me suena de la entrevista que leí», pensó Carla. «Yo jamás calificaría de magnífico a un poder destructor», dijo Armando, «yo no creo en la revolución, sino en la evolución, que crea cosas nuevas sin destruir las cosas viejas; y conste que estoy hablando de lo bueno, sea nuevo o sea viejo; y, dicho sea de paso, lo viejo, si es bueno como ... Notre Dame, sin ir más lejos, siempre es joven». «¡Sí!, estoy de acuerdo», dijo Carla, algo achispada, alzando su copa de vino viejo, «¡hurra por Armando!». Marejada de tinto robusto en la elevada copa de generoso cáliz a punto allí de derramarse, mas no; y risas allí de ellos: risas finas de los hermanos y risa normal, casi nerviosa, de él. Y entonces se abrió la puerta, y la llama de la vela del candelabro, que ya antes temblequeara, de nuevo temblequeó, con más brío ahora, y se extinguió; y Carla, la joven achispada por los generosos vinos, vio a la llama extinguiéndose, pereciendo, y vio entrando por la puerta a quien traía los postres en bandeja de plata, que era la presunta japonesa, y la mirada de la “japonesa” pareciole maligna a Carla, y no sabemos qué hizo Carla al querer poner la copa sobre la mesa, pero el hecho es que cayó la copa, derramándose extendiéndose el tinto viejo por el blanco nuevo (en apariencia) mantel; y la oriental acentuó su maligna mirada al sonreír, o eso pensó Carla, que turbose, y los hermanos estallaron en carcajadas no tan finas (poco aristocráticas), casi groseras, vulgares, y Armando quiso enderezar la copa, y su mano viril topó con la mano de la sirviente oriental que era suave delicada blanca, y leves y corrosivos casi celos turbaron el ánimo, ya turbado, de Carla. Entre la sirviente y Armando enderezaron la copa, y parecía que ella acariciaba la mano de él, mientras le sonreía con libidinosa malicia, o eso pensó Carla; y él correspondió con una sonrisa a la sonrisa de ella. Luego la oriental se fue, tras servir los postres, y los celos se esfumaron de la achispada mente de Carla. A secar el mantel entró otra sirviente, que parecía una francesita, muy bonita; Carla y Armando sonrieron a la joven, y ella a ambos. Y como el postre estaba exquisito, Carla volvió a estar feliz y contenta, como antes; pero lo único malo, pensó Carla, es que la llama extinguida (perecida) ya no estaba. «¿Qué más da?», reflexionó Carla, «al fin y al cabo sólo era una llama, que se puede volver a encender...» Y siguió deleitándose con el postre exquisito: Crème brûlée. Quebrada ya, y en parte consumida, la crujiente capa de caramelo, accedía ahora Carla a la dulce crema.

    59. En su suite 
(la que para ellos había dispuesto el magister) estaban ya ellos, Carla y Armando. Tras las razones de peso de don Termópilo, accedieron ellos a pernoctar en el château. Razones de peso: el Rolls Royce robado; el chofer aún con la policía, a muchos kilómetros del château; fuera, la tormenta (lluvia, rayos y truenos) arreciando; dificultad de conseguir a semejantes horas, y con semejante tiempo, un taxi... Total: accedieron a pernoctar en el château, en aquella habitación para ambos dispuesta, en la que ahora, en aquel ahora, ellos se encontraban. Increíble aquella habitación en la que se hallaban, que semejaba la suite (“suit”) nupcial de un hotel de lujo, alcurnia y prosapia, como dirían en las historietas de Bruguera, que tanto fascinaban a Carla. Rápidamente descubrieron que aquella habitación no era una habitación, ¡sino tres! «¡Esto es una suite de lujo!», exclamó ella entusiasmada. El dormitorio propiamente dicho era una amplia habitación, de palaciega y exquisita suntuosidad. «¡Es suntuosa y exquisita!», exclamó ella, todavía achispada. Desde el dormitorio se accedía a otras dos habitaciones (más pequeñas, mas no pequeñas) por sendas puertas. Una estancia, un cuarto de baño grande, impresionante; la otra, una salita de estar no menos impresionante. El buen gusto exquisito, los buenos materiales empleados y esa impoluta limpieza es lo que impresionaba. «¡Jolines, macho, esto es la repera!», exclamó la achispadita. Corrió Carla, de la ventana del dormitorio, las cortinas del estampado azul y perla, y vio fuera la tormenta briosa tras el cristal límpido, y vio como entraba luz (de un farol) por la ventana. «Basta con esta luz, ¿no crees?», dijo Carla, y, sin esperar respuesta de Armando, apagó la luz eléctrica del dormitorio, quedando la estancia en semipenumbra. «¿Apagas?», preguntó él. Carla dijo con voz queda: «Si ha puesto cámaras ocultas el magister, al menos que no haya tanta luz... no le facilitemos las cosas...» «¡Tú estas un poquito piripi, Carla, reconócelo!» «No hables tan alto», susurró ella, que estaba sentada allí sobre la colcha blanda, al borde del lecho. Y por luz tan tenue la joven iluminada; por esa luz sutil del farol del muro, que difundíase desde la ventana de las cortinas azul y perla, ahora a los lados recogidas. «Tú, amigo mío, sabes perfectamente que no estoy piripi», dijo Carla dando inflexiones absurdas a su voz, quién sabe si imitando algún personaje de dibujos animados. Armando, que estaba de espaldas a ella mirando en el interior de un armario, se dio la vuelta presto, y vio ella que tenía él en sus manos lo que parecía un pijama de mujer. «Mira Carlitina, he encontrado...», empezó a decir Armando, con voz normal. «No, así no, Armando, tienes que decirlo con voz rara», interrumpió Carla con voz normal pero caprichosa. Él, dócil al capricho de ella, imprimiendo al tono de su voz altibajos incoherentes, dijo: «Mira Carlusca mía, hallé en el cajón del armario tu pijama rosa de seda natural». Aunque la voz de Armando era absurda, el pijama era, en efecto, de seda natural y de un rosa leve, con matices rojos que eran como pétalos. Ella se levanto del lecho, y dio algunos pasos hacia él para coger el pijama. Armando vio que venía hacia él una hermosa joven alta y esbelta, de exquisitas formas femeninas. Y aquel bombón... ¡era su esposa! Jersey rayado y multicolor ella vestía, y ajustado pantalón verde, terminado en amplia “campana”. Su busto seductor curvaba las franjas paralelas del jersey; sus caderas magníficas eran armoniosas. La podían haber cogido para el anuncio aquel, y por eso Armando pensó en aquel anuncio. Se sentó de nuevo ella sobre la blanda cama, ahora con el pijama de seda entre sus manos. «¿También has encontrado tu pijama?», preguntó ella (con voz normal). «Sí, está también en el cajón del armario... como nos dijo don Termópilo» «Este pijama», dijo Carla, «parece de mi talla, espero que no sea de tu japonesita». «Eso de “tu japonesita”», contestó él, «lo tenías que haber dicho con la voz rara». «¡Ah!, pues contéstame tú con voz rara», dijo Carla. Con voz rara, Armando contestó: «Me confunde usted, amiga mía, esa sirviente oriental nada tiene que ver conmigo, ni siquiera conozco el delicioso timbre de su voz... ¡oh, no!, ¡he quedado en evidencia al mencionar su timbre delicioso!». Aquella ocurrencia la dijo Armando con tal gracia, que hizo reír a Carla a carcajadas, y él rió con ella. Desternilláronse los dos en la suit suntuosa. Luego, ella dijo: «¿Tú has pensado que aquellos malcarados del Parnaso pudieron tener que ver con el robo del Rolls?; yo sí he sospechado de ellos, y hasta de los payasos, pues unos y otros salieron del Parnaso con mucha prisa al llegar el chofer; lo que pasa es que no dije nada porque... así, sin tener pruebas...». Carla seguía sentada en la cama, con el pijama de seda en las manos; Armando seguía de pie, allí frente a ella; tras él, la ventana abierta; agua resbalaba, copiosamente, por el lado de fuera del cristal; penetraba la luz tenue del farol del muro; tras el resplandor de un rayo, se oyó un trueno. «Coincido contigo», dijo Armando, «sospechas pero sin pruebas, así que mejor no decir ni mu». Después añadió: «Debe de ser ya tarde, creo que tendríamos que ir poniéndonos nuestros bonitos pijamas». Sobre una mesita ahí cerca reposaban los dos cuadernos de Carla. «Ya», dijo Carla, «pero me da vergüenza si estás tú delante». El dormitorio no era una, sino tres piezas. «Vale», dijo él, «yo me pondré el pijama en la habitación de al lado»; y, tras coger su pijama, entró en la pieza contigua, en la salita suntuosa. Ella ya no se sentía achispada, pero percibía los latidos de su corazón. En la estancia de la luz tenue, Carla empezó a ponerse el pijama. No hacía ni frío ni calor, mas sintió un dulce escalofrío al despojarse de la ropa. En un espejo allí (imagen penumbrosa), se vio reflejada; de cuerpo entero (en el espejo largo) se vio allí de pie, esbelta, tan túrgidas sus formas, cual íntimo anuncio de ropa íntima. La tenue luz esfumaba, acariciaba las formas de ella en el espejo íntimo. Lencería parisina la de ella allí. Mas despojose también de aquella lencería. Recogió dócil el espejo aquel estriptis. Púsose ella luego el ajustado pijama de seda. Y, al sentir los pasos de él, se acostó ella rauda, tapándose; más al punto se destapó, para que él pudiera ver cómo le sentaba a ella su ajustado pijama de seda. «Como no hace frío no me he tapado», dijo Carla, y Armando respondió sin palabras. Pues no era ya («cada cosa a su momento») el momento de las palabras. No era ya «¡ah!» el momento de las palabras; era ya el momento del hacer («¡ah!», exclamó Carla) sin palabras y en horizontal. Por ahora. Luego vendrían (cálidas, escuetas, necesarias) las palabras íntimas, apagadas. Más ahora (para empezar) sólo una onomatopeya, un dulce placentero lamento de Carla cual suprapalabra («¡ah!») dulce y prístina. Y, ávido, acariciando Armando aquella seda, ajustada a las formas tan tersas de Carla allí, ante al espejo silente penumbroso, ante la ventana de la luz difusa, del rumor del agua de lluvia, del deslizar copioso en esa noche tormentosa en la suite única («¡ah!», exclamó Carla). «¡Ah!», exclamó Carla, y pronto ya no la seda, pronto ya él con ansia ávida acariciando esa tersa calidez, por encima años luz de aquella seda. Sí: más allá de la seda, dócil a las caricias su cuerpo allí en la noche tormentosa, y allí el espejo, en ellos concentrado. Mas un cristal con su envés de azogue, ¿acaso puede concentrarse?; y si pudiera (que no puede) ¿acaso podría importarle a él, espejo inanimado, aquella escena íntima? Imposible es que un cuerpo desnudo femenino, aún dúctil al fervor que da el deseo, abolido ya todo pudor, dé alma a un mineral, si no la tiene. Y allí, de Carla («¡ah!»), esa expresión tan mística en los momentos álgidos. No es lo álgido frío, en estos casos, sino fuego, deleite sublimado, éxtasis tan frenético que todo el cuerpo de la hembra cimbra. ¿Mas qué podría importar esto al espejo? Una hembra que cimbra, por más que sea tan joven y bonita, nada puede importarle a un espejo, carente de sentidos. Recorriendo esas curvas suaves naturales de Carla, sentía Armando las vivas vibraciones de ella. Tacto y vista se aunaban en el juego. Certeza tan sensible de sentir, por el tacto, lo que la vista otorga: sin censura su cuerpo iluminado en esa luz difusa. Exhibición magnífica no apta para menores. «Ohhhhh... ahhhh... » y, de nuevo, ese «ohhhh», decía Carla. Del cristal, al anverso, el agua resbalando de la lluvia copiosa. Fogosa ceremonia nocturna bendecida. De la delectación. Fieles a las caricias los cuerpos nocturnales. Práctica del amor. Impone la natura sus leyes ancestrales. Instinto transmutado en fulgor tan romántico. Punto final. «Espero que este amor no sea pecado», pensó ella un instante después de la aventura. Mas, ¿pecado por qué? «¿Pues no estamos casados por la Iglesia, jolines?», pensó Carla. Más Carla no sabía: todo lo que pasó allí sobre la cama lo vio, sin quitar ojo, aquel espejo. Estratégicamente situado frente a la cama, no perdió ni un detalle aquel espejo lúbrico. Y si tras la ventana la intemperie (tormenta impenitente), tras el espejo una estancia sórdida (por indecente) de una de aquellas torres al muro del château adosadas. Ya tapada (junto al amante esposo), y a punto de quedarse dormida, Carla recordó que no había rezado sus oraciones de la noche. «Con tanta juerga no he rezado mis oraciones», pensó Carla, «es lo que tiene una luna de miel»; y comenzó, ya cerrados sus ojos, a rezar mentalmente: «Ángel de la guarda, dulce compañía, no...» Pero de ahí ya no pasó, pues se quedó dormida.

    60. Y soñó
[sueño quinto de esta novela] que despertaba sobresaltada en la noche; pero el dormitorio habíase tornado lóbrego y sórdido... mas no exento, empero, de gótico encanto, cual decorado de vetusta película de terror. «¡Terror y sobresalto!», exclamó Carla al ver como había cambiado la estancia. Mas su exclamación no despertó a Armando, que dormía ahí como un bendito. «Duerme como un bendito», pensó ella, y, de súbito, notó una presencia, una sombra, al fondo de la estancia, que hacia ella avanzaba lentamente. Era la sombra de una figura alta. Incorporada en la cama, Carla, que mostraba sus desnudas y eminentes prominencias túrgidas gemelas, con sábanas y colcha cubriose el torso, rauda. Fue el pudor lo primero, después quiso gritar, pero no pudo, paralizada por el miedo. Mas pronto respiró, pues vio que era Petra quien se acercaba y ahora se paraba allí, al pie de la cama, frente a ella. «¡Petra!, ¿cómo tú aquí?», dijo Carla. «No soy Petra, soy Carla Primera», dijo la mujer al pie de la cama. «¿Y entonces Petra, quién es?», preguntó Carla. «Petra soy yo en estado de vigilia, Carla Primera soy yo en estado onírico», dijo Carla Primera, «y he venido a advertirte de una cosa; toma buena nota de estas palabras: “detrás del espejo está lo sórdido, ¡cuidado con lo oculto que está tras el espejo!”. Carla miró de reojo al espejo; luego dijo: «La verdad es que nunca me fié de este espejo». Entonces, Carla Primera sacó de un bolsillo de su chaqueta un mazo de naipes, de poco grosor. «Son cartas de Tarot... los veintidós Arcanos Mayores», dijo, y, acercándose más a ella, y abriendo la baraja en forma de abanico, boca abajo los naipes, dijo: «Toma una carta». La jovencita de los hombros desnudos tomó una carta con la mano diestra, y mientras sujetaba, con la otra, cobertor y sábanas. «¿Qué carta te ha ha salido?», preguntole a Carla su homónima onírica. «La torre», dijo Carla, que ya conocía esa imagen, pues conocía el Tarot de Marsella, y aquella carta pertenecía a ese Tarot. Una torre ahí, herida por rayo cual pintoresco vegetal ígneo. Ahí el rayo, decapitando la torre; ahí los dos hombres cayendo; ahí los circulitos de colores, pululando por el cielo; ahí las plantas, dispersas por la tierra... (El número del Arcano era el XVI) «Esta carta prefigura un castigo», dijo Carla Primera. Y su joven homónima de los hombros desnudos preguntó: «¿Voy a ser castigada?» «Tú no: el magister», fue la respuesta que Carla obtuvo. Y aquí terminó el sueño.

    61. El día siguiente (dos de diciembre)
comenzó para Carla cuando ¡RIIIIIING! la despertó aquel timbre. Luz natural entraba ya por la ventana. Seguía lloviendo.. «Yo lo cojo», dijo Armando, levantándose. «¿El despertador?», pensó Carla, volviendo a cerrar los ojos. Fuera llovía a cántaros. No era el del despertador aquel timbre, sino el del teléfono. El de un teléfono en la salita de la suite, al que ayer noche casi no habían prestado atención. Arrullada por aquella lluvia tras el cristal, Carla volvió a quedarse dormida, pero sólo por un instante. Armando allí silbaba una alegre melodía, mientras terminaba de ponerse su elegante pijama. “El baúl de los recuerdos” era la alegre melodía que silbaba él, mientras se abotonaba la chaqueta del pijama, allí de pie y sin gafas. Ella se incorporó... «¡Hola!», dijo Carla, «¿qué era ese timbre que sonó antes?»; mas, antes de que Armando pudiera contestar, «estás muy guapo sin gafas», dijo ella. «Y tú estás preciosa en traje de Eva», dijo él. Hizo ella amago de taparse, mas no consumó la pudorosa acción. «Se acabaron las mojigaterías», pensó Carla. Y, a la vista de él sus bien torneadas formas naturales, preguntó de nuevo: «¿Qué fue ese timbre?». «El teléfono... un criado para anunciar que el desayuno es a las diez», contestó Armando, «y ahora son... las nueve y cuarto», dijo, mientras consultaba su reloj de pulsera, que tenía sobre la mesilla de noche. O sea, que tenían el tiempo justo para ducharse y vestirse. El criado había dicho también a Armando que el mayordomo vendría, a las diez menos cinco, para acompañarles (no siendo que por el camino se perdieran) al comedor. En los cajones del armario tenían, y no dejó de sorprenderles, mudas limpias. «Demasiada premeditación veo en todo este asunto», reflexionó Carla. Pero no era el momento de pararse a reflexionar, pues el tiempo corría. Decidieron, a propuesta de él y para ganar tiempo, ducharse juntos. Sólo consiguieron perder más tiempo. Les extrañó algo la ausencia de cortinas, pero no estaban para extrañezas, sino para certezas sensibles. Frente a ellos, un gran espejo no les quitó los ojos de encima, si de un espejo puede decirse esto. El espejo contra la pared, y, tras esta, la estancia sórdida por indecente. Y cuando el mayordomo ¡TOC, TOC! llamó a la puerta, ellos, claro está, no estaban listos. «¡Espere un momento, por favor, todavía no estamos listos!», exclamó Armando, y apresuradamente se vistieron entre risas ahogadas. Risas ahogadas las de la pareja feliz mientras, tras la puerta, el mayordomo esperaba impávido con gesto adusto. ¡Qué difícil es eso de no reír cuando a uno le da la risa!

    62. Desayunando
estaban ya en un salón-comedor amplio, y acompañábales el magister. No lujosa la estancia como el espacioso comedor donde cenaron ayer. Pero sí de moderno y sobrio diseño, elegante, equilibrado. Ellos dos y el magister con ellos, desayunando. Y, al otro lado de la habitación, un sofá y unos sillones, frente a un televisor. Y, entre asientos y televisor, una mesa baja. Y al fondo, sobre un armarito, una radio. Y como radio y televisor dormían, sólo las voces de los tres oíanse en la estancia. Y el tenue entrechocar aleatorio de cubiertos con tazas o tazas con platos cual fondo de aquellas voces... «Vamos a ver», dijo don Termópilo, «si ya funciona el televisor». Y tiró de un cordón dorado acabado en borla que tenía a mano (junto con otros cordones con igual borla de diversos colores). Al poco tiempo entraba la sirviente oriental, alta y esbelta (la supuesta japonesa). El magister ordenó: «Verifique si televisor y radio emiten ya con la debida corrección». La “japonesa” procedió dócil a la verificación: dio breves pasos hacia el televisor y, en cuclillas y así sus curvas femeninas acentuando, lo encendió. Solamente imagen confusa y ruido. Luego hizo lo mismo con la radio, y marcáronse aún más sus formas allí en cuclillas, de espaldas a ellos (el magister, en su silla, se había vuelto hacia ella). Sólo ruido daba la radio. Ya apagados los dos aparatos, púsose firme como un soldado la sirviente ante el magister, e hízole una reverente inclinación de cabeza. «¿Y solamente para esto la ha hecho venir?», pensó Carla. Y Armando pensó: «Esto podía haberlo hecho cualquiera de nosotros». «Merci, mademoiselle Takanaka», dijo don Termópilo, y la joven dio media vuelta, caminando hacia la puerta cual modelo de pasarela, con su ceñido uniforme azul marino. «¿No se lo dije?, ni el televisor ni la radio funcionan», dijo don Termópilo. «Se trata», prosiguió el magister, «de una lluvia inusual, que está poniendo en jaque a la ciudad de París. Los más agoreros ya hablan de un nuevo diluvio universal, de un Yahvé airado que ha roto el pacto. ¡Qué risible toda esa gente ignorante!, ¿no es cierto? El arco iris volverá a salir, sin duda, pero por ahora... Las autoridades lo han dejado bien claro: “sólo en caso de emergencia puede desplazarse el ciudadano en auto”, y esto vale también para los taxis. Todo esto lo sé, como ya les dije antes, por haberlo captado por onda corta... ventajas de ser radioaficionado. Y, en definitiva, que no les va a quedar más remedio que seguir siendo, por el momento, mis invitados». Respondió Armando: «Es muy amable, y es un placer para nosotros seguir aquí, pero... aún lloviendo mucho, no parece que la cosa sea tan grave como para no...» «¡Ah, amigo mío!», dijo el magister, «no es cosa de pareceres; las autoridades competentes han hablado, y, ante eso...» Miró don Termópilo a Armando, con una amplia sonrisa. «Sí, claro...», dijo Armando. Luego miró el magister a Carla, y la sonrisa del anfitrión tornose libidinosa, lujuriosa, lúbrica. Y a Carla le incomodó aquella mirada. «No me gusta cómo me mira este hombre», pensó ella. Preguntó Armando: «¿Y del asunto del Rolls, se sabe algo?, y, por cierto... ¿qué hay del teléfono?, funciona, puesto que esta misma mañana...». «¡Ah, el teléfono!, claro, no les he hablado del teléfono; el interno sí funciona... y por eso recibieron una llamada esta mañana, pero no es posible establecer contacto con el exterior... desde ayer por la noche; de hecho, estaba hablando con mi chofer cuando el teléfono se cortó; allí seguía él, en París, investigando por su cuenta... pero, por ahora, me dijo, del Rolls Royce rien de rien... pero confío en él, ¿saben?, es un buen investigador, y creo que dará con el Rolls antes que la policía.» Cesó de hablar don Termópilo, y Armando dijo: «Que no funcione el teléfono... eso sí que me parece extraño». «¡Pero amigo mío!, ¿es usted experto en telecomunicaciones?, ¿y meteorólogo?, ¿es usted meteorólogo?», preguntó el magister. «No, no soy ni una cosa ni la otra», contestó Armando con afable sonrisa, «pero como escritor de ciencia ficción... me intereso por el mundo de la tecnología». «Sí, pero convendrá usted conmigo», respondió don Termópilo, «que a veces la realidad supera a la ficción». «Sí, eso no se lo discuto», dijo Armando. Fue entonces cuando entró en la estancia doña Cornelia, la hermana de don Termópilo, que, tras tras dar los buenos días a los allí presentes, se dirigió a Carla de esta manera: «Estaba trabajando en mi invernadero; si me acompaña podré enseñarle mis rosas» «Muchas gracias... sí, me gustaría», dijo Carla. Don Termópilo ya les había explicado antes que su hermana no desayunaría con ellos, pues era muy madrugadora y ya lo había hecho. «Usted vendrá conmigo, Armando», dijo en tono cuasi imperativo don Termópilo, «a ver mi biblioteca». Ante aquella orden, o cuasi orden, no pudo hacer Armando otra cosa que acatarla: «¡A sus órdenes, mi comandante!», exclamó Armando in mente. Y, puesto que ya habían terminado de desayunar los tres, de dos en dos los cuatro se encaminaron a sus respectivos destinos.

   63. La biblioteca de don Termópilo
era impresionante. Dijo el magister: «Aquí puedo tener perfectamente unos diez mil libros... o tal vez más». Estaban los libros ordenados por materias, en interminables y altas estanterías de buena madera, de esas que nunca se comban por más excesivo que sea el peso. «Esta zona es la de los libros prohibidos, así la llamo yo», dijo don Termópilo. Había allí libros como “Justine”, del marqués de Sade, junto con libros de las llamadas ciencias ocultas: astrología, alquimia, espiritismo, magia... E incluso había allí, en esa zona prohibida, una serie de tomos, muy bien encuadernados (letras doradas sobre terciopelo rojo) que recogían toda una colección de esas revistas ilustradas en color y clasificadas X, con sus explícitas crudas fotografías orgiásticas (vino no, mas sí champán) de hombres y mujeres en desenfreno; y Armando sintió por aquella tan cruda explicitud, más que otra cosa, asco. «Son revistas holandesas, de las primeras en color», dijo don Termópilo, «un documento histórico». Y Armando pensó que el magister quizás era, también, un documento histórico de algo, pero, ¿de qué? Entre estanterías y estanterías, en esa amplia biblioteca había, con butacas en derredor, una mesa marmórea. Sí vio magnífico Armando aquel libro entre los prohibidos: “Utriusque Cosmi”, de Robert Fludd, con láminas que armonizaban lo geométrico y lo figurativo, simbólicamente, con un resultado mágico. Aún parvos, los rudimentos que Armando poseía de la lengua del Lacio le bastaron para traducir, in mente y antes de que el magister lo hiciera de palabra, aquel título: “De ambos mundos”. «Edición de 1617; he aquí una joya de libro», dijo el magister. «Sí», pensó Armando, «y teniendo una joya así, no se cómo se atrevió usted a mostrarme antes tal bazofia». «Esta, y no quisiera pecar de inmodestia al mostrársela», dijo el magister, «es la zona de los libros por mí escritos». Había un buen número de libros, y en el lomo de todos ellos se podía leer el mismo nombre: Termópilo Camposanto. «Calculo que habrá unos cincuenta... más o menos», dijo el magister. Armando dedujo, por sus títulos, que eran ensayos. «Sí, la mayoría son libros teoréticos», dijo el magister, «pero se aviene a ellos mejor el concepto de “tratados” que el de “ensayos”; repare usted bien en el considerable grosor de muchos de mis libros; personalmente... he preferido siempre la sólida robustez del tratado a la ligera endeblez del ensayo... pero, en tantos años... veamos... veamos... tenía que haber de todo... sí, aquí está, ¡hop!, mire usted este viejo libro, esta descolorida carátula, ¿qué pone aquí?, “poemas”, en efecto, y, en la contracubierta, ¿qué?, sí, este soy yo, aquí era tan joven como usted... o más». Aquel libro se titulaba “Las obsesiones insanas”. «Lea», dijo, con su huesudo dedo índice señalando, don Termópilo; y Armando leyó: “Este libro se terminó de imprimir el día 1 de diciembre del año 1931”. «Oui, mucho ha llovido desde entonces», dijo el magister, «ya han pasado cuarenta años... que se cumplieron ayer, 1 de diciembre de 1971». En letra muy menuda, en la contracubierta, bajo una fotografía de un don Termópilo muy joven, venía una reseña sobre el autor, donde Armando sólo pudo leer “Nace este joven poeta...” antes de que diera vuelta nuevamente al libro don Termópilo. La portada venía ilustrada con una bella estampa; una delicada estampa japonesa de tres mujeres en diversas posturas. Y Armando creyó conocer a esas tres mujeres de elegantes kimonos, una de las cuales, de espaldas, llamaba especialmente la atención. Grácil la sinuosidad de su cuerpo al apoyarse en la baranda. «Aseguraría», dijo Armando, «haber visto esta bonita estampa en el Museo Guimet». «Sí, amigo mío, tiene buen ojo», dijo el magister, «la estampa se encuentra en el Guimet; se titula “Mujeres en la terraza”, y muestra un momento íntimo; tres mujeres que, obviamente, están solas. Sin embargo, usted y yo las contemplamos... actuamos como voyeurs, ¿no cree?». «Sí, en cierto modo», dijo Armando, «y con las películas no digamos». «¿Qué me dice de la poesía, le interesa?», preguntó don Termópilo. «Sí», dijo Armando, «me interesa mucho». «Tenga el libro», dijo don Termópilo, «es para usted... no, no me diga que no, tengo más ejemplares... pero... ¡espere!... ¡hop!», exclamó mientras sacaba una estilográfica áurea del bolsillo interior de su chaqueta. Lo hizo veloz, y también veloz, como si la tuviera pensada, escribió la dedicatoria con briosa letra caligrafía, trazando, con presteza, firma y rúbrica luego. «Tenga, lea usted», dijo, al tiempo que guardaba su áurea estilográfica en su bolsillo interno, el magister. Mayor estatura la de Armando, pero también buena estatura don Termópilo, ambos frente a frente en la biblioteca densa. Armando leyó in mente: “Para Carla y Armando, cuarenta años después ahora”. «Gracias por haber incluido a Carla en la dedicatoria», dijo Armando. «Era obligado hacerlo», dijo don Termópilo, mas no explicó el porqué de tal obligatoriedad, y Armando no quiso entrar en averiguaciones.

    64. En el invernadero
con doña Cornelia estaba Carla. Allí ambas en aquel espacio protector estaban. De la lluvia extrema protegidas las dos. Y doña Cornelia esas rosas mostraba, nombraba. Rosas tantas de las inclemencia protegidas por acristaladas bóvedas: Templo de cristal, a la rosa consagrado; pero no sólo a la rosa. No únicamente, pero sobre todo la rosa; las rosas, en sus múltiples variedades. No sólo ellas (las rosas): también orquídeas, por ejemplo. De intenso rojo ellas (las rosas), y rosadas, y amarillas, y blancas. E incluso... ¡azules! ¿Azules? Sí, rosal de rosas azules había, y aseguraba doña Cornelia que eran naturales. ¡Qué hermosas aquellas rosas azules! «¡Qué hermosas estas rosas azules!», pensó Carla; y fue entonces cuando doña Cornelia habló a Carla del poeta Novalis, pero Carla conocía ya al poeta Novalis, conocía ya la historia de la flor azul de la novela del poeta; pero pensaba que las flores azules naturales no existían, «y ahora resulta que sí», pensó Carla. Pero doña Cornelia no parecía simpatizar con Novalis, pues hablaba de él con tal desdén que Carla se sintió molesta; mas nada dijo; y la belleza de las rosas bajo la acristalada bóveda (y sobre ella, la lluvia persistente) hizo que aquella molestia se desvaneciera al instante.

    65. Copla en azul menor
          La bóveda cristalina 
          (pertinaz lluvia persiste) 
          a la rosa que se viste 
          del color celeste y triste 
          da protección opalina. 
          Y aquel color ideal 
          del poeta
          vela, ya verdad concreta, 
          lo real. 

    66. Del invernadero
la bóveda de cristal protegía aquel recinto de rosas. Y Carla miró hacia aquella estructura semiesférica de hierro y cristal: cúpula estoica allí la bóveda, soportando incólume aquella lluvia. Opalino tu color mágico, bóveda cúpula. Y Carla vio aquella cúpula poligonal (geodésica) todo concepto arquitectónico ignorando pero toda la magia (y la lluvia, y el color opalino) por la intuición sabiendo, sin palabras; y casi temió que la estructura de hierro y de cristal cediera (la lluvia persistente) ante el embate sostenido de aquel diluvio. Pero no. La protección de ellas dos y de todas las rosas y de todas las flores parecía bien asegurada bajo la recia cúpula. Monótona agresiva arriba allí la lluvia al otro lado de esa opalina cúpula nada podía contra cristal e hierro. Y de la alta cúpula lo opalino, de las rosas lo azul ponía a salvo. Azul tan espiritual y dulce y triste de la rosa, de las rosas celestes ideales otrora, y ya reales. Y, por reales ideales, lo prosaico real con su velo ideal (poesía) idealizando.

    67. En el salón de su suite
estaban Carla y Armando ahora. Ella leyendo, escribiendo él. Ella leía sus cuadernos. ¿Y qué escribía él? Un cuento, que había iniciado hace apenas media hora esa misma mañana allí, en aquel salón de la suite del château do se alojaban. Un cuento de ciencia ficción, claro está. Y ella, más que leer, hojeaba sus cuadernos. Lectura rápida y simultánea de ambos cuadernos allí, en el sillón cómodo. Noble madera la de silla y mesa do él se sentaba, escribía. Afuera llovía, mas no era posible ver desde allí la lluvia. El salón carecía de ventanas. Pero oían, en el salón silente, murmullo de lluvia tras el cristal en la habitación contigua (en el dormitorio del espejo). Armando escribía a mano, cosa no usual en él. Papel y pluma había encontrado allí, en la mesa escritorio. Dos allí los cuadernos que ella hojeaba sobre sillón tan muelle: “Redacciones” y “Dictados”, y algo en ellos despertó su interés. En ambos cuadernos se hablaba de Verlaine. «Qué curioso, yo creía no haber oído hablar de él hasta hace poco, que era un descubrimiento parisino, y ahora resulta que...» Pensó en la Calle Lelian (Rue Lelian), su Rúe Lelian: sinuosa, estrecha, mal asfaltada... encantadora. In mente Carla zigzagueaba por los sinuosos caminos del recuerdo. Murmullo de la lluvia tras el cristal en el salón silente (del dormitorio del espejo habitación contigua venía aquel murmullo amortiguado). Sobre una mesa allí en el salón, el libro de poemas de don Termópilo reposaba estático. Carla recuerda: fue en el restaurante de la Plaza del Parnaso, “Le Parnasse Contemporein” (a precio fijo o a la carta) donde ella creyó haber conocido a Verlaine por vez primera, allí en la pared su retrato vetusto (efigie de antaño) junto a otros, y Armando dijo que era Verlaine, un poeta francés, y ella dijo que no le conocía, que nunca había oído hablar de ese poeta... pero sin embargo allí, en sus cuadernos juveniles, Verlaine. Caligráfica letra (la suya) hablaba allí de Verlaine. Entre otras muchas cosas, se hablaba de Verlaine en aquellos cuadernos juveniles. En “Dictados”, había escrito ella, con tan buena letra, al dictado del magister. En “Redacciones”, la misma letra caligráfica (la suya), pero mucho mas cuidada, expresaba la opinión de la redactora (Carla) sobre el dictado. Dictado titulado, el que a Carla interesaba en aquel ahora, “Verlaine, un poeta decadente”. La redacción se titulaba: “Opinión sobre el dictado de Verlaine”. En el dictado se podía leer que Verlaine, poeta francés decadente, no supo (o no quiso) llevar esta decadencia al límite, o sea, no pudo (quizás no lo intentó) transmutar esa decadencia vil en auroral decadencia. Se decía también que Verlaine sólo supo entregarse patéticamente a la Iglesia y, ridículamente, pedir perdón por sus pecados, declarándose católico sin ambages en un libro, “Sensatez”, dedicado a su madre, que desmerece al ser comparado con sus obras anteriores. Dábase fin al dictado sobre Verlaine con dos breves fragmentos de poemas; uno, del libro “Fiestas galantes”; el otro, de “Sensatez”:
    Pablo Verlaine, de “Fiestas galantes” (1869)
       Arlequín sus planes combina
       para el rapto de Colombina
       y hace piruetas, el bribón.
       Colombina, extasiada, siente
       un corazón en el ambiente
       y voces en su corazón.
       (Versión de Díez-Canedo, en “Del cercado ajeno”)
    Pablo Verlaine, de “Sensatez” (18)
       ¡Dios mío, vuestro amor me ha lacerado
       y está vibrante aún la roja llaga,
       Dios mío, vuestro amor me ha lacerado!
       ¡Dios mío, de temor estoy transido
       y aún truena la candente quemadura,
       Dios mío, de temor estoy transido!
       (Versión de Díez-Canedo, en “Imágenes”)
    Ya en el apartado 19 del CAPÍTULO UNO se anticipó:
    La muy joven Carla había copiado este último fragmento.
    Pero lo había olvidado completamente.

    68. En el salón de su suite seguían
nuestros amigos, Carla y Armando. «Bueno», dijo él, «ya tengo la idea básica para el cuento». Sí, Armando ya tenía la idea básica del cuento que, finalizado y una vez traducido por Petra (sosias de Carla Primera, a decir de Carla), podría publicarse en “¡L'Avenir!”, la revista parisién de ciencia ficción. «¡Qué imaginación tienes!», dijo ella. «Pues has de saber que la idea del cuento me la diste tú», dijo Armando. «¿Yo?», se sorprendió Carla. «Sí, cuando anoche dijiste que podría haber cámaras en el dormitorio; y no sólo cámaras, sino también micrófonos, ya que me decías que hablase bajo...» «Ya, y tú me dijiste que estaba un poco piripi... pero dime, Armi, ¿de qué tratará el cuento?... sólo en general, sin desvelar nada de la trama.» Contestó Armando: «Va de espejos que se miran en nosotros y nos leen la mente». «¡Qué horror!», dijo Carla, «pues para mí que el espejo del dormitorio es uno de esos». Después, Carla cambió de tema: se puso a hablar de Verlaine y leyó a Armando los dos fragmentos del cuaderno “Dictados”. Él dijo que el segundo de los fragmentos lo conocía, pues el poema completo venía en un libro que él tenía, llamado “Imágenes”. Carla dijo: «¡Es verdad!, viene aquí, bajo los versos: Versión de Díez-Canedo, en “Imágenes”». «Curioso», dijo Armando, «Don Termópilo sacó el fragmento del mismo libro que yo tengo; cuando volvamos a España te lo enseñaré, era de mi abuelo, que en paz descanse». «Si volvemos», dijo ella. «¿Qué?», preguntó él. «Digo», dijo Carla, «que no se si algún día saldremos de este castillo, o château, donde estamos secuestrados... Y no te creas, Armi, que digo esto totalmente en broma... Pero, volviendo con lo de Verlaine, ¿sabes qué?, según el dictado, o sea, según don Termópilo, el poema religioso es malo. A mí no me lo parece». «Ni a mí», dijo Armando, «ese poema me gusta mucho». «¿Quieres que te lea lo que escribí sobre esto en mi redacción?» «Sí, claro», dijo él. Y Carla leyó...

    69. Opinión sobre el dictado de Verlaine
~Mi modesta opinión es esta: a mi me parece que el hecho de que una persona se arrepienta de sus pecados no tiene nada de malo, sino todo lo contrario. A mí los dos poemas me gustan igual, y, aunque la verdad es que una no entiende de poesías, hay que tener en cuenta que, según mi padre (mi madre piensa igual) la poesía tiene que llegar al corazón. O sea, que a mí estas dos poesías me llegan al corazón, y ya está.
~No se de qué tendría que arrepentirse Verlaine, pero “el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. El primer poema sugiere algo misterioso, como un sueño. Arlequín y Colombina están enamorados, eso está claro. Ella le espera. Él se acerca sin ser visto. Y creo que ella quiere ser raptada por él. Él es un bribón, pero no es malo. Es como un payaso. Ella es sensible, y es muy hermosa, algo pálida. Son cosas que me vienen a la cabeza al leer el poema.
~El otro poema es como una oración. Ya dije antes que no sé de qué se tiene que arrepentir, pero el hecho de hacerlo dice mucho a su favor.
~He mirado qué significa “decadente”, y no sé qué tendrá que ver esta palabra con estas poesías tan bonitas.
~También he visto que “decadente”, aparte de “decrépito” y cosas así, significa “muy refinado”, pero no sé por qué un poeta muy refinado va a ser decrépito.

    70. Allí en el salón de su suite seguían
ambos a dos. En aquel ahora, Carla relataba a Armando su sueño, que el lector ya conoce. Lo recordó y anotó mientras él se afeitaba (ya los dos en el salón). Después, mientras Carla leía sus cuadernos, Armando se puso con su cuento, como sabemos. Y ahora ella relataba su sueño a Armando. El sueño: Un despertar sobresaltado en la noche, un lóbrego y sórdido dormitorio (encanto gótico, empero), Armando que duerme, una sombra que lentamente avanza: Petra-Carla Primera allí, que dice su mensaje: «Detrás del espejo está lo sórdido». Y aún ella dice más: «¡cuidado con lo oculto tras el espejo!». Luego, por fin, un naipe: «La Torre». «Pues ya ves», dijo Carla, «yo sueño ayer noche con el espejo y a ti se te ocurre un cuento sobre espejos». Mas no te he dicho, lector, que a Armando le gustó mucho la juvenil redacción de Carla. «Sueñas cosas fantásticas», dijo él. Y después fueron al dormitorio, para mirar por la ventana a ver como iba la lluvia.

    71. Frente a la ventana (en el dormitorio)
ambos estaban, mirando caer la lluvia. «¡Venga lluvia!», exclamó ella, «esto es la repanocha». Por la ventana veían allá al fondo, en aquel día lluvioso, el recio muro del château, flanqueando a derecha e izquierda la puerta de entrada. Alta verja cerrada allí flanqueada por alto y recio muro pétreo. Enrejado frente al que se detuvo el taxi, cuando llegaron ayer al château. Veían allí al al fondo, por la ventana en el día lluvioso, el ancho sendero (por el que, a su llegada, enfiló el taxi), y los cipreses imponentes que ahora recibían, estoicos, toda aquella agua del cielo; y los faroles ahora sin luz, entre los cipreses. Carla y Armando se fijaron en aquella rústica casita de mampostería, de madera la puerta y toda la lluvia repiqueteando sobre las tejas. La misma lluvia que repiqueteaba en el cristal de la ventana era: incansable, impenitente. Pegada al muro estaba la rústica casita, a la derecha de la verja desde el punto de vista de ellos. «¡Qué casita más mona!», exclamó Carla, «¿vivirá alguien en ella?» «Ni idea», dijo él, «quizá sea del jardinero, o quién sabe...» «Es una lluvia muy persistente, vale», dijo Carla, «pero no parece nada del otro mundo... creo que el magister nos está engañando». «¿Tú crees?; ese don Termópilo es un tipo curioso, pero no creo que...», comenzó a decir Armando, cuando, de súbito: «¡RIIIING!»

    72. Era ¡RIIIIING! el teléfono del salón
(o saloncito, o salita, si se prefiere) de la suite ¡RIIIIIIIING! y lo cogió Armando. «Dígame», dijo él, y ella se sentó también, a su lado; y una voz de mujer al otro lado del hilo, con marcado acento (japonés, pensó él) dijo: «Hola, le habla mademoiselle Takanaka» «¡Ah, mademoiselle Takanaka», dijo Armando para que se supiera quién llamaba al tiempo que guiñaba un ojo a Carla, la cual, con su sonrisa irónica (levantando una ceja) le propino un ligero puntapié. «Atienda bien a mi mensaje», dijo la señorita Takanaka, «tienen que marcharse del château, y cuanto antes». «¿Cómo dice?», dijo él sorprendido. «Déjeme usted terminar», dijo la japonesita, «ustedes están retenidos en el château con engaños; no hay problema para ir a París; el chofer está en el château, y también el Rolls Royce; las comunicaciones no están cortadas...», «Pero... ¡qué me dice!», exclamó él. «Monsieur, s'il vous plâit», dijo, con impasible frialdad, mademoiselle Takanaka, «déjeme terminar», y prosiguió así: «tienen que abandonar el château cuanto antes, y lo harán así: si miran por la ventana de su suite verán, junto a la verja, la casa del jardinero; vayan allí cuanto antes, ahora mismo; encontrarán la puerta de la casa abierta, y adentro dos bicicletas; también el enrejado está abierto, pero dentro de algunos minutos puede estar cerrado; ahora que aún están a tiempo, escapen de aquí». «Pero, señorita Takanaka, no...», empezó él a decir (Carla sólo podía oír la voz de Armando, y no podía saber que diantres estaba pasando); la japonesita cortó en seco a Armando: «No digo más, ¡váyanse de una vez!», dijo, y colgó. «¿Qué diantres pasa?», preguntó Carla frunciendo el ceño, un poco mosca.

    73. Armando contó a Carla
(que ya estaba un poco mosca) todo lo que había dicho la japonesita, y se pusieron a deliberar sobre qué diantres hacer ante aquella llamada tan extraña. La deliberación fue muy breve: «Nos vamos», dijo Carla. «Nos vamos», dijo Armando. Entonces, súbitamente: ¡RIIIING! «Otra vez el teléfono», dijeron a duo, y dudaron durante unos segundos, pero Armando lo descolgó: «Dígame». Era, de nuevo, la señorita Takanaka: «Olvidaba una cosa; con las bicis pueden hacer luego lo que prefieran, quedárselas o abandonarlas». «Gracias, yo...», comenzó él, pero: «No me las de a mí; solamente soy la mensajera», dijo, y colgó.

    74. Sin pensárselo dos veces
se pusieron sus abrigos, y, sobre estos, unos impermeables que vieron (habían visto antes ya) en el armario ropero. Carla guardó en su bolso sus cuadernos juveniles y el libro de poemas de don Termópilo. Y, con sumo sigilo, salieron de la suite. Pensaban que, en cualquier momento, se toparían por el pasillo con el mayordomo, o con algún criado, o con el propio don Termópilo o con su hermana. Pero no apareció nadie por aquel pasillo, ni por aquel otro, ni por las escaleras abalaustradas por las que bajaron... («esto es un laberinto»). Iban tranquilos, pues habían pensado que, si alguien les pillaba, se limitarían a decir que iban a dar un paseo («Sí, nos gusta pasear bajo la lluvia»). Pero nadie en aquellos pasillos amplios, nadie por esa otra escalera marmórea... («Es de mala educación largarse así, pero...», pensó Carla). Nadie en el penumbroso corredor ahora, «nadie tampoco aquí», pensó Armando. Y al principio sí iban tranquilos, pero ya no tanto, ya tum, tum, tum... el corazón latía con excitado ritmo «somos unos críos», pensó él, tum, tum, tum... «me ha parecido oír unos pasos», pensó, casi musito ella, pero no. Ni pasos ni nada, y había cuadros y jarrones por los pasillos y vieron una puerta que les pareció que iba a ser la que daba al exterior. Efectivamente: ya los dos estaban fuera, corriendo bajo la lluvia.

    75. Ya los dos estaban fuera,
corriendo bajo la lluvia hacia la casita, pero, y casi sin dejar de correr, por un instante ella se volvió, y durante aquel instante creyó ver, a una ventana asomadas, dos mujeres: la japonesita y la hermana. Mas ahora era el momento de correr tras Armando. Bajo aquella lluvia, y pisando aquellos charcos, por el camino de los cipreses corrían los dos hacia la casita. Y ya estaba allí. «Sí, la puerta de la casita está abierta», dijo él. Y dentro vieron las dos bicicletas prometidas. Carla llevaba su gorrito francés azul (tipo boina) bajo la capucha: del amplio impermeable que cobijaba también su bolso. Con las bicicletas, aún sin montar en ellas, se dirigieron hacia la verja. Y sí, se abría sin dificultad. 

    76. Carretera adelante
bajo aquella lluvia los dos en las bicicletas iban. Sensación (¡schaffss! ¡schaffss!: los charcos) de libertad (veloces iban) les invadía: carretera velocidad campo árboles luz nubes lluvia charcos... Y se deslizaban se miraban reían al tiempo que pedaleaban: ¡schaffss! ¡schaffss! «¡Al fin libres!», pensó, casi gritó Carla. Automóviles bajo la lluvia pasaban en opuestas direcciones; salpicando alejándose los que pasaban a su lado. Ciclistas aún más calados ellos, Carla y Armando, por los automóviles desconsiderados. «¡Maldita sea tu estampa!», imprecó él al Coupé “en fuga”, y ella rió bajo la lluvia. Y entonces vieron detenerse en el arcén al Coupé. Ya no Coupé “en fuga”, ya auto allí bajo la lluvia en el arcén aguardando. «¡¿Me habrá oído?!», gritó, gafas chorreantes de agua, él. «¡No creo!», gritó, rostro mojado, ella. Impelidos ellos a gritar por tal fragor pluvial esto se dijeron, mientras se deslizaban sus bicis bajo esa lluvia. Y el Coupé (azul) ya allí. «¡Eh, hace señas para que paremos!», gritó Carla. «¡Eso parece!», gritó Armando.

    77. El dueño del Coupé azul
se llamaba Yves (la lluvia arreciaba ahora), y sólo quería ayudar a los ciclistas: «Si quieren les llevo», dijo en francés, «¡van a pillar un buen resfriado». Era un tipo orondo, pícnico, con rubicundo y algo escaso y repeinado cabello. Llevaba grueso jersey verde, de cuello alto. Tendría poco más de treinta años. La lluvia arreciaba in crescendo. Yves, como la lluvia recia, también había caído del cielo.

    78. Yves
les dijo que la lluvia pertinaz no había causado problemas fuera de lo normal, confirmando lo que les dijo mademoiselle Takanaka. Carla iba en el asiento de delante, Armando detrás. Armando no hubiera podido mantener una conversación con Yves, pues no sabía suficiente francés. Carla iba traduciendo, para Armando, lo que Yves les decía. Yves dijo, por ejemplo, que estaban locos queriendo llegar a París en bicicleta y con aquel tiempo. Yves les preguntó que de dónde venían, y Carla dijo que de casa de un amigo. Como el conductor no preguntó más sobre el particular, ellos no dieron más explicaciones. El Coupé avanzaba bajo una lluvia que se volvía nieve. Ellos veían caer aquella nieve desde el coche en marcha. Carla pensó en las navidades, ya no lejanas. Yves les dijo que tenía previsto parar a comer en un restaurante de carretera, ya cercano, y que le gustaría que ellos le acompañaran. Las bicicletas, en la baca del coche, se iban cubriendo tenuemente de nieve. Se apresuró a decir Yves, a continuación, que si ellos no tenían dinero él tendría el placer de invitarles. Le dieron ellos las gracias, mas añadiendo que era él quien merecía ser invitado. Yves dijo que ya se vería. Pero los tres, en lo que sí estaban de acuerdo, era en parar a comer en el restaurante. La nieve caía copiosamente sobre las bicicletas. El Coupé azul recibía, en marcha casi veloz, aquellos blancos copos. Yves hablaba, con cierto entusiasmo, de las excelencias del restaurante al que se dirigían. Que, al poco, vieron anunciado en un cartel:
LE CANARD BLEU
restaurant de bord de route

    79. En el cartel,
además, una flecha y otras indicaciones explicaban algo que ya Yves les había dicho: había que desviarse por una carretera secundaria para llegar al restaurante.

    80. Por la rústica carretera
estrecha ya entraba el Coupé azul, al que iba blanqueando poco a poco la nieve copiosa. Copos del cielo que también a la naturaleza a ambos lados de la carretera, casi camino, iban cubriendo con alba veladura. Y allí ya el restaurante al borde del camino. Sí, aquello no era carretera, pensó Carla, sino camino. Aquel restaurante era un establecimiento de rústico aspecto, bajo la nevada cual postal navideña. Y, ya aparcado el Coupé en el margen del camino rústico, por la puerta los tres entraban.

    81. A la postre,
tras el postre y el café, y tras un afable rifirrafe que no llevaba a parte alguna (tanto ellos como él querían pagar la cuenta), cada cual pagó lo suyo y santas pascuas.

    82. Y, de súbito, el chofer
de don Termópilo apareció allí. A punto de pedir la cuenta, vieron que se dirigía a ellos. Caminaba hacia los tres, pero sólo les miraba a ellos dos. Alto y enjuto, todo de negro, allí el chofer, avanzando hacia ellos. Con sus botas altas, lustrosas, caminando hacia ellos. Con su chaqueta y su gorra visera (algo de nieve cubriendo hombros y gorra) allí junto a ellos se detuvo el chofer, aquel cincuentón de complexión atlética y mirada fría, dura. Dio las buenas tardes al trío (en francés) y luego (en castellano), dirigiéndose a la pareja dijo: «Tienen dos bicicletas que no les pertenecen, y he venido a llevármelas». Carla frunció el ceño, pero Armando, tranquilo y sonriente, dijo al chofer: «Nos habla usted como si hubiéramos robado las bicis, pero no es así; las tomamos prestadas cuando dedujimos, por nosotros mismos, que estábamos retenidos en el château mediante engaños; y, claro, a nadie le gusta que le tomen el pelo». Armando hablaba así para no meter en problemas a la señorita Takanaka ni a nadie. Yves, que había encendido un habano, observaba sin enterarse de nada. El chofer dijo a Armando: «Sé quien les ofreció esas bicicletas, fue mademoiselle Takanaka en nombre de... ahora eso no importa; lo que importa es que esas bicicletas son de mi señor, don Termópilo, y él me envía a recuperarlas». «Yo esas bicis no las quiero para nada», dijo Carla. «Y yo tampoco», dijo Armando, «¡por cierto!, ¿qué fue del Rolls Royce robado?» «La policía ya lo recuperó», dijo el chofer, «lo tengo ahí afuera; en él me llevaré las bicicletas». «Pues me parece muy bien», dijo Armando, «y a ti, Carla, ¿qué te parece?» «Me parece fenomenal», dijo Carla.

    83. Armando ayudó al chofer
a bajar las bicis de la baca y guardarlas en el maletero de Rolls Royce. Yves y Carla observaban bajo la marquesina, a resguardo de la copiosa nieve.

    84. El chofer al volante del Rolls
estaba, y ya a punto de arrancar, cuando le dijo Armando: «Recuerdos a don Termópilo, su hermana y todos los del château, y reitere muestro agradecimiento por tantas atenciones» (no había ironía en las palabras de Armando). «De acuerdo», dijo con sequedad el chofer; y el Rolls se alejó bajo la nieve.

    85. En la Place du Parnase
(Plaza del Parnaso) paró el Coupé, albeado su azul por tan persistente nieve. En esa plaza vetusta aparcó Yves su Coupé, junto a la incólume mansión, residencia de ellos. La nieve había blanqueado toda la plaza, y aquella alba copiosidad iba in crescendo. Ellos se apearon del coche, protegidos por los impermeables (que el chofer del Rolls Royce no les reclamó). Armando llevaba un periódico enrollado. Carla sintió frío al apearse del Coupé. El periódico era Le Parisien. De camino, se detuvo el Coupé junto a un kiosco. Yves compró Le Figaro. Armando se apeó del Coupé para comprar los periódicos. Compró los dos periódicos, no aceptando que Yves le diera luego el importe del suyo. Ellos invitaron a Yves a subir a tomar algo, pero no tenía tiempo. Les dio su dirección en París. Durante el camino, Yves les dijo que era contable. Armando volvió a dar las gracias a Yves en nombre de los dos. Y el auto se alejó bajo la nieve densa en la tarde invernal.

    86. Ya en casa estaban
Carla y Armando, en el salón, aburguesados ambos en sendos sillones muelles. Carla hojeaba el libro de poemas de don Termópilo; Armando hojeaba Le Parisien. Ratificaba lo dicho por mademoiselle Takanaka y Yves un artículo sobre las intensas lluvias: nada del otro jueves. A ella, aquellos poemas le parecían ininteligibles. Carla cerró el libro; y miró otra vez aquella delicada estampa de la portada: de elegantes kimonos, tres mujeres allí, una de las cuales, de espaldas, llamaba especialmente la atención: grácil sinuosidad la de su cuerpo al apoyarse en la baranda (“Mujeres en la terraza”). Y Carla y Armando lo habían comentado ya: ¡cuánto les gustó aquella estampa cuando la vieron en el Guimet! “Las obsesiones insanas”, podía leerse, junto al nombre del autor, sobre esa estampa. Ella dio vuelta al libro: en contracubierta, bajo una fotografía de un joven don Termópilo, aquella reseña sobre el autor, que ninguno de los dos había llegado a leer. Ella la leyó; y quedó desconcertada: se decía allí que Termópilo Camposanto... ¡¡era hijo único!! «¿Cómo que hijo único?», pensó Carla, «y su hermana, ¿qué?». Le dijo a Armando lo que acababa de leer, y éste quedó también muy extrañado. «¿Es qué acaso doña Cornelia no es su hermana?», se preguntó Carla. «¡Yo qué sé!, exclamó Armando, «don Termópilo es un tipo tan extraño... que se puede uno esperar cualquier cosa». Entonces, de súbito, recordó algo, una cosa que no había contado a Carla. Dijo Armando: «¿Sabes qué he recordado?, según veníamos hacia París creí ver, al volante de un auto que nos adelantó a toda pastilla, a la señorita Takanaka». Imprimiendo raras inflexiones a su voz, ella dijo: «Su obsesión insana por esa china del Japón le hace ver visiones, caballero». Con similar voz ridícula, él contestó: «La única obsesión insana me la provoca usted, bella dama». Y, dicho esto, abandonando su sillón (el periódico lanzólo al aire) fue raudo hacia el sillón de ella; la abrazó con energía y, con brío, la besó. No fue un beso de broma. E iba a más. Pero ella le paró los pies: «¡Eh, para, cada cosa a su momento», dijo ella, sonriendo con coquetería. Y Armando preguntó si quedaba mucho para la llegada de ese momento, y Carla, su cabello camp en desorden, miró su reloj de pulsera, y dijo, su corazón acelerado, que quedaban exactamente tres segundos. Él contó hasta tres, y entonces fue el momento, mas no exactamente en el sillón de ella, ni el de él, el que ocupara antes de ir raudo hacia ella; el momento fue allí, en el salón, pero algo más allá, sobre el sofá muelle: «Ohhhhh... ahhhh...», dijo ella, y, de nuevo, «ohhhh». Imponía natura sus leyes ancestrales. Instinto transmutado en fulgor tan romántico. Y: dulzura de sus labios, cuerpo al cual estremecen tan febriles caricias, y la ropa de Carla tirada por el suelo. «Ohhhhh... ahhhh...», y, de nuevo, «ohhhh». La seda del deseo en sus curvas tan trémulas. ¡Oh, lánguida energía de lo exangüe tan vivo!: amada que se entrega sin trabas y sin límites. Delirio palpitante que dilata gemidos fortalece el deseo. Dócil cuerpo exultante de la mujer amada que el amado acaricia: febriles las caricias pulsan gemidos dóciles. Cuerpo de hembra felina palpita entre sus brazos. «Ohhhhh... ahhhh...» Buscan la manos ávidas los ámbitos tan íntimos. De misterios tan íntimos él busca los secretos. Hoy no hay sombras que encubran las bondades de Carla. No apagaron las luces al lanzarse al deseo. «Ohhhhh... ahhhh...» Mujer tan bondadosa se aviene a sus caprichos. Armonía tan íntima para buscar el éxtasis. Recorrer su tersura: juvenil, generosa; incendiar tus sentidos con las mieles de ella. «Ohhhhh... ahhhh...» Tan nítidas las formas de beldad que embelesa... de beldad que embelesa... de beldad que embelesa... ¡Carla!

    87. Media hora después,
Carla estaba sola en el salón, en el sillón de antes del excitante suceso. Allí, en el silencioso salón, apenas percibía Carla un teclear lejano. Él su cuento escribía, en la estancia donde solía trabajar. Bien acomodada en su sillón, Carla escribía.

    88. Lo que escribió Carla en el salón silente:
«¡Hola!, hoy es 2 de diciembre de 1971, y aquí estoy, sola en el salón, comenzando a escribir estas líneas. Son ahora las seis menos veinte de la tarde. Hoy comimos tan pronto que ya tengo hambre. Creo que voy a ir a ver que encuentro en la nevera. Bueno, ya estoy aquí para seguir escribiendo (mientras doy buena cuenta de un pan con chocolate y un café con leche). Los días aquí en París eran tranquilos, sin sobresaltos. Pero estos últimos días han sido raros. Por ejemplo, Carla Primera otra vez a regresado a mis sueños. Se supone que ella está aquí, en París. Y, sobre todo, ha entrado en escena don Termópilo. Todo empezó cuando encontré (y compré) aquella revista donde le hacían una entrevista. No sé yo si me arrepiento de haberla comprado. Creo que no. En la misma librería (Librería Mallarmé) compró Armi esta japonesita de porcelana que ahora, desde donde escribo, puedo ver con sólo alzar la mirada. Y, junto a la japonesa, en el anaquel del armario, veo también mis tebeos apilados, comprados también en esa librería. El dueño de la librería se llama Michel, y es muy amable. Desde que llegué a París, ya no anoto cada noche todos los sucesos del día, como hacía antes. O sea, que ya no llevo exactamente diario. Ahora me limito a escribir cosas sueltas, en general breves, pero esta tarde me invade el ansia de escribir. Casi inaudible, escucho desde aquí la Talbos de Amadeo Carralde, o sea, de Armando. Amo Notre Dame. ¡Qué fácil es rezar a Dios (o sea, a Jesús) cuando estoy allí, en esa hermosa catedral! Notre Dame me da fuerza, poder. Me siento tan poderosa como Carla Primera. Quizás nunca debí preguntar a aquel joven por la calle Hermès-Mercure. Aquel joven iba arremangado, a pesar del frío. Quizás no debí entrar nunca por la calle estrecha y agobiante. Esa calle conducía a la plaza, y la única salida de la plaza era Hermès-Mercure. Antes de entrar por esta calle, me asaltó un pensamiento raro: «Esto no es París». ¡Pensé que estaba en la Edad Media! Pensándolo bien, creo que hice bien en ir allí, al Centro Culto, pues allí, en la exposición, ¡vi a Carla Primera! (Ahora sé que aquella mujer se llama Petra, y el pierrot que estaba con ella, Pierre). Además, si no hubiera ido allí, no tendría ahora mi poliedro dorado, que puedo ver frente a mí si alzo la vista, junto a la japonesa de porcelana. La verdad es que el parecido de Petra con la Carla Primera de mis sueños es sorprendente. Ambas son idénticas. Y como soñé que Carla Primera estaba aquí en París, en este París de ahora... En fin, que no será más que una coincidencia. Dicen que no hay mal que por bien no venga, y a veces es muy cierto. De no haber sido por aquella revuelta callejera, nunca hubiéramos acabado en casa de Petra. Al salir del Jeu de Paume fuimos al Café Concord, en el Bulevar Saint-Germain, y nos tomamos unos capuchinos. Después, en un parque, merendamos un bocadillo de fuagrás. Tras merendar, seguimos en el parque a pesar del frío (porque me empeñé yo) leyendo la novela de Armi. Yo había llevado la copia, en mi amplio bolso. Hoy, como ya no pensamos salir de casa, vamos a seguir leyendo la novela. ¡Qué miedo pasé con esa revuelta callejera!, en cambio Armando se portó como un héroe de tebeo. Inmediatamente antes de aquella revuelta callejera, allí en el parque, yo leía en voz alta la novela de Armando. Yo le había dicho que leyera él, pero Armando se empeñó en que leyera yo; «tú lees mejor», me decía. No pasábamos tanto frío, en verdad, pues íbamos bien pertrechados. Me gustó mucho el comienzo de la novela: una pareja de recién casados del futuro, que viajan a Venus en luna de miel, a París II, capital de Nueva Francia. Y allí hay una Torre Eiffel II, inmensa en comparación con la original. Y, de pronto, la revuelta callejera: gritos violentos, ruidos... que cada vez se oían más cerca... Aquella masa humana avanzaba muy deprisa, con pancartas, banderas, palos, ¡qué se yo! Venían rompiendo escaparates, furiosos. Espantoso. Corríamos, pero Armando iba demasiado deprisa. Entonces otra masa, saliendo de otra calle, nos cerró el paso. Armando me cogió en brazos para poder escapar. Sí, como un héroe de tebeo. Es lo que hubiera hecho el sheriff King, el inspector Dan o cualquiera de esos. Y apareció el pierrot (Pierre), que nos llamaba: ¡un sueño raro en medio de una pesadilla! Y pronto estuvimos a salvo en casa de Petra, o sea, de “Carla Primera”. Es decir, de la mujer de la exposición, que de nuevo entraba en escena. Petra nos contó que antes tenía una tienda de antigüedades, y que ahora se dedicaba a las traducciones (del español al francés). Nos presentó a Pierre el pierrot como uno de los mejores mimos callejeros. Y resulta que Petra conocía las novelas de Amadeo Carralde; había leído unas cuantas y le habían gustado mucho, eso nos dijo. Me sorprendió la curiosa forma de hablar de Pierre. Por ejemplo, decía: «Tú fan enamorada eres». Petra nos dijo, de don Termópilo, que no era trigo limpio, cosa que en el fondo yo ya sabía, pero, por estarle agradecida por lo del dodecaedro dorado, no quería pensarlo. También Petra propuso a Armando escribir un cuento para “L'Avenir!!”. Ella lo traduciría al francés. Es el cuento que Armi está escribiendo ahora. Ya hace mucho que no llega carta de mis padres. Otra sorpresa de Petra es que conocía a tía Magdalena. El miércoles fuimos a por los cuadernos al Centro Culto. Nos recibió el joven arremangado de la otra vez. Hoy, si no me equivoco, estamos a jueves. Sí, fijo, hoy estamos a jueves. El caso es que, después de ir hasta el Centro Culto, el magister va y dice que mis cuadernos no los tiene ahí, y nos invita a ir a su castillo, o sea, a su château. Recuerdo que después, en un café cerca de Notre Dame, me enfadé como una tonta con Armi (nuestra primera riña). Recuerdo ahora sueños raros, pero ya los tengo anotados. En uno, Pierre era un autómata de Carla Primera. Después de estar en la cafetería (riña leve) fuimos, otra vez, a la librería Mallarmé. Allí (¿casualidad, telepatía, tal vez magia?) si Armando un delfín, yo “Flipper”; si él una pantera, yo “Pantera Rubia”; ¡Y los dos (en novela o tebeo) “Los hijos del capitán Grant”! Alzo la vista y ahí, frente a mí, las dos esculturillas, el delfín y la pantera.»
    Aquí se interrumpió el escrito.

    89. Carla hubiera seguido escribiendo,
pero oyó que llamaban a la puerta. Dejando el escrito, bajó a abrir.
    –¿Quién será? –pensó Carla.

    90. Lo que encontró Carla junto a la puerta
fueron dos sobres, que alguien (se supone) había metido por la rendija de la puerta. Por la mirilla no vio a nadie, por lo que no quiso abrir la puerta. Los dos sobres eran idénticos, ambos en blanco y sin cerrar, y contenían sendas tarjetas iguales: invitaciones para una inauguración. 

    91. Las invitaciones (en francés)
decían (traducidas al español para el lector de esta novela) así:
El 2 de diciembre de 1971
a las ocho y media de la tarde
queda usted invitado a la
INAUGURACIÓN
en Montmartre
de la
EXPOSICIÓN COLECTIVA
DE PINTURA
del grupo de
LOS ANTIGUOS
Habrá vinos y viandas
(es preciso mostrar esta invitación)

    92. En el reverso
de aquella tarjeta, gemela a la otra, que ella tenía en su mano, un plano de Montmartre indicaba el lugar exacto del evento. «Dos de diciembre es hoy», pensó Carla, y miró su reloj de pulsera. «Yendo en metro, nos daría tiempo más que de sobra.»

    93. En esto llegó Armando
y vio a Carla allí, junto a la puerta, mirando la tarjeta. El sobre vacío y la otra tarjeta en su sobre estaban sobre la mesita del hall, o sea, jol. Y Armando preguntó: «¿Quién era?» «Pues no lo sé... nadie... pero han metido unos sobres... O sea, por la mirilla no vi a nadie, y no me atreví a abrir la puerta». «Pues hiciste muy bien, Carla», contestó Armando.
***

CAPÍTULO TRES

    1. Cogieron el metro
más cercano (a la estación fueron andando: no lejos la más próxima) y se dirigieron (taladrante el ruido del ferrocarril eléctrico [alta tensión] suburbano) a Montmartre. 
    
    2. Bajaron en Abbesses 
(Abadesas) y, como iban bien de tiempo, se demoraron contemplando la entrada art nouveau de la estación, obra de Guimard. Ya no nevaba, pero todo estaba nevado. Hierro fundido, motivos vegetales, en acorde lo verde (modernas estructuras) con lo blanco: la nieve. Nieve sobre la marquesina acristalada. “Métropolitain” (mas sin la tilde) allí: el bello rótulo. La plaza, toda nevada. Gorro francés azul (ladeado, tipo boina) el de ella. Él, su corbata de seda. Nieve en la Place des Abbesses.

    3. Caminaron hacia su destino:
desde la Plaza de las Abadesas, al lugar que se indicaba en el plano de la invitación. Ya estaban en Montmartre, en el barrio mítico. Ya habían estado allí otras veces, pero nunca habían visto el barrio así, nevado. A Carla le pareció aquello como un cuadro de Monet. El aire era frío. Se escuchó el repicar intenso de una campana. «¡La Saboyana!», exclamó Carla. Repicar duro, pero dúctil; tenaz, pero moroso. «Lo más seguro, sí», dijo él. La Saboyana era la titánica campana del Sagrado Corazón. «Dicen que puede oírse en todo París», dijo Carla. «¡Seguro que sí!, es un sonido muy potente!», dijo Armando. La electricidad iluminaba ya la calle con luz plomiza. Allí, por encima de los tejados bohemios, la cúpula y la torre de la inmensa Basílica, fantasmagoría densa en virtud de lo blanco. El frío parecía intensificarse por momentos. La campana enmudeció, y se hizo un silencio como de una nada densa, colmada de ser. Era como un silencio iluminado, y subían por una cuesta. «¡Ahí!», dijo Carla.

    4. Sí, es ahí,
ahí el rótulo, sobre la puerta, anuncia la exposición de los Antiguos, su inauguración. «No es la hora, Armi, pero la gente ya va entrando.» Sí, la gente ya va entrando. Algunos son antiguos. Otros, gente normal; es decir, gente de hoy en día, de principios de los setenta (1971, como el lector sabe). La puerta es estilo modernista, pero sencilla, sobria. Bajo el arco rebajado ya van entrando. Un individuo, con aspecto de hujier, va mirando las invitaciones. Es un tipo alto, robusto. Carla y Armando están pasando ahora. Carla se ha alegrado de que el alto y robusto sólo mire las invitaciones, pero no se las quede. Pues a ella le gusta mucho conservar recuerdos. Primero se accede a una especie de hall, y luego, entrando por otra puerta, se desciende por una escalera de caracol. Los dos, Carla y Armando, están bajando ahora por esa escalera. Y llegan a la sala de la exposición. Mas pronto pueden ver que no hay una única sala, sino varias comunicadas entre sí. Hay ya bastante gente, antiguos o de ahora. Diríase que esto es una semifiesta de disfraces. Se supone, empero, que los antiguos no van disfrazados, que son así. Hay muchas pinturas, de estilos diversos. Sobre todo impresionistas, simbolistas y realistas, pero también ven, acaban de ver, pinturas cubistas. Ella dice: «Mira, Armi, cubismo; para ser antiguos son muy modernos». Y Armi, mientras ajusta sus gafas con el índice, contesta: «Es cierto, aunque el cubismo tiene ya sus añitos». «Es verdad», dice Carla, «este año venía en el ABC que Picasso había cumplido noventa años».

    5. Sí, ya ellos ahí, en la exposición de los Antiguos:
Carla pregunta: «¿Tú sabes cuándo se inventó el cubismo?» «Creo que a principios del siglo», contesta Armando. Sí, mucha pintura y mucha gente (cada vez más) pero, ¿dónde los vinos, dónde las viandas? «Aún no es la hora, claro», piensa Carla, «pero...» Y entonces ven, en una de las salas, mesas grandes y vacías de albos manteles impolutos. Hasta ahora, Carla y Armando sólo han mirado superficialmente los cuadros. También (ahora) se fijan en la gente y en sus comentarios (en francés). Carla suele entenderlos, y musita su traducción a Armando. Todos los comentarios de la gente, en francés, aquí (en la novela) aparecerán en español. Un antiguo (aspecto bohemio pero pulcro: barba y pelo largo) le dice a otro (pulcramente desaliñado: pelo largo y barba): «¡Plein air, amigo mío, plein air!», mientras con ostensibles ademanes muestra un cuadro de hechura impresionista. El pulcramente desaliñado contéstale de esta guisa: «Este cuadro ha sido pintado con el estómago vacío y se nota; es triste, por más que el pintor haya aclarado su paleta». Replica el primero: «Usted proyecta su propia tristeza en un cuadro que carece de ella... pero, hablando de estómagos vacíos... ¡mire ahí!, parece que ya llegan las viandas». «¡Y el vino!» exclama el otro. «Mira, Armi, los vinos y las viandas.» En efecto, ya unos camareros antiguos disponen, sobre los blancos manteles impolutos, los vinos y las viandas. Coches y carruajes* (fuera mientras tanto) siguen llegando [*los antiguos usan vehículos de tracción equina, y (pocas veces) viejos autos de la década prima del vigésimo siglo; también llegan coches de ahora con gente de hoy]. Algunos, antiguos y normales, llegan a pie. Dentro, de momento decae el interés por el arte, por la atracción que ejercen los vinos y las viandas. Carla, ya una copa en una mano y en la otra un canapé, hacia arriba mira, y ve que la sala está abovedada como un templo. Nervada estructura cenital que crea espiritual acorde con el sabor del canapé de foie, que Carla degusta. Armando se fija en una ventana de la sala, allí al fondo. Entre cortinas de terciopelo azul, recogidas a ambos lados, se puede ver, tras el cristal, la calle iluminada por las farolas. «O sea, que después de haber bajado tantas escaleras», piensa él, «ahora estamos a nivel de la calle». Y esto es debe a las grandes diferencias de nivel que hay en Montmartre. Por la calle que da a la puerta (donde paran autos y carruajes) el edificio es bajo; por la calle que da a esa ventana que él mira ahora, el edificio es alto. En todo esto piensa Armando. Hay cada vez más gente, casi un barullo en torno a los vinos y a las viandas. Los visitantes tienen apetito. Gentío (de ayer y hoy) honra así los canapés, los vinos de solera. Consumir (buffet libre) como muestra de aprecio a estos vinos, a estas viandas. Se escuchan risas, incluso alguna que otra comedida carcajada. «Estos canapés saben a gloria» dice una antigua a otra antigua (largas faldas con finisecular polisón las de ambas). Carla, mientras da un sorbo de vino tras un canapé, escucha la voz aguda de una mujer que viene quién sabe de donde: «¡Oh!, ¿no es ese el duque de los topacios?» Un joven moderno ha tenido que pedir perdón a una señora antigua, por pisar sus largas faldas (sin querer, eso sí). Carla oye que alguien dice a alguien: «¡Pero no bebas tanto, botarate!». Una pareja, chico y chica de hoy (es decir, sin disfraz o lo que sea), brindan chin chin y derraman (sin querer, claro) el vino añejo. Brindan Carla y Armando también, pero con más cuidado chin chin chocan las copas y alegra el alma ese sonido cristalino. «¡Pero no bebas tanto, botarate!», acababa de oír Carla: ¿era una voz masculina o femenina? Carla no lo tenía, hace un momento, claro; no lo tiene, en este momento, claro. Lo que Carla oye, óyelo Armando, pero éste no entiende lo que oye. Entre las antiguas las hay más modernas. Destacan entre el barullo, en torno al buffet, a las mesas, dos elegantes: mujeres no fin de siglo, jóvenes de principios del XX ambas son (disfrazadas o lo que sea). Ambas ahí felices (ji, ji, ja ja) están, y ¡oh! ved, oíd cómo ellas ríen. Vestido, el de una, en muselina color rosa pálido; en muselina azul el de la otra, y ambos guarnecidos de encajes y adornados con bordados de seda: muy ceñido el talle y generoso escote ambas lucen y graciosos entredoses, y bieses de tafetán y qué sé yo. Moda de París 1907 la de ellas en aquí ahora 1971 ¿y por qué no? Antiguas modernas ji ji ji ja ja ja elegantes atrevidas estimulantes de tanto prieto talle escote generoso muselinas sedas tafetán y ese saber recogerse la falda quedando al descubierto su zapato. Fue es 1907: Picasso pintó pinta Las señoritas de Aviñón aquí allí en París, cuando Hegel, cien años antes, Fenomenología 1807 mas no en París publica publicó. Fenomenología ji ji ji ja ja ja del Espíritu sedas [certeza sensible] tafetán al corro la patata beberemos los vinos, comeremos las viandas o yo qué sé qué sé yo. Antiguos (más o menos) y modernos (o sea de hoy mismo 1971), y Carla ha creído ver entre el barullo a la japonesa. Sí, por un instante Carla creyó vislumbrar, entre aquel barullo, a mademoiselle Takanaka. Sólo por un instante, sí; pero sintió que el presente tornábase pasado, y se sintió algo mareada quizá por el vino y el barullo. «No sé si por el vino o por el barullo, pero me siento un poco mareada, Armi», pensó ella, mas nada dijo. Antiguos y modernos (hombres y mujeres) allí a barullo, pero Carla y Armando se fijaban sobre todo en las mujeres antiguas. Las dos coquetas ji ji ji ja ja ja allí seguían en su 1907 en 1971 y de las dos la más coqueta era la señorita del rosa pálido mortecino de reflejos argentados, y habría que mencionar también los bonitos sombreros de ambas. Varios caballeros, jóvenes o no tan jóvenes (antiguos o de hoy) arremolinábanse en torno a ellas. Se fijaron entonces Carla y Armando en una aún más moderna joven antigua, que vestía una atrevida (para 1911) falda pantalón, que no le impedía lucir, también, un bello sombrero Belle Époque ahíto de lánguidas plumas irisadas. Y esta moderna joven antigua mantenía una animada charla con una joven de ahora. Vestía esta parisina de verde y rojo: verde gorro y pantalón campana verde y rojo jersey largo cual un vestido corto y rojas botas de ancho tacón y puntera fina. Y, de ancha hebilla dorada, un cinturón ciñendo cintura breve. «¡Hay!, no sé si por el vino o por el barullo, pero estoy algo mareada», dijo Carla. «Es que aquí hay mucho jaleo», dijo Armando, «ven, amor, vamos a otra sala». Y, al poco, ambos estaban en una sala tranquila. Allí había poca gente; pocos se acordaban de los cuadros. Paisajes. Carla y Armando estaban sentado en unas butacas. «Ya se me ha pasado el mareo», dijo Carla; y, por delante de ellos, comenzaron a pasar camareros con bandejas. Iban camino de la sala de los vinos y las viandas, llevando viandas dulces y dulces vinos que iban ofreciendo, según pasaban, a los pocos que en la sala aquella había. Carla y Armando cortésmente («no, gracias») aquel cortés ofrecimiento rechazaron. Ya no tenían hambre. Ya aquel mareo leve había pasado, pero siguieron un rato allí sentados, hablando. «Me pareció ver entre la gente», dijo Carla, «a la señorita Takanaka». «Yo, ya te lo dije», dijo Armando, «creí ver a Takanaka, en un auto que nos adelantó cuando veníamos a París, o sea, que no sería imposible que ella estuviera aquí». «Igual ha venido para vigilarnos», dijo Carla, «tal vez para llevarnos de nuevo al château». «Eso», dijo Armando, «tienes que decirlo con voz rara». «No», dijo Carla, «lo digo con voz normal, porque te hablo en serio». «¡Ya!, ¿y cómo nos va a obligar», preguntó Armando, «la tal señorita Takanaka, con una pistolita?» Carla, con voz rara, contestó: «No me extrañaría nada, caballero, ya que esa señorita Takanaka es una oriental perversa, sibilina y sutil, ¿acaso no lee usted, señor mío, tebeos juveniles?». Carla y Armando estallaron, al unísono, en sonora carcajada. Pero su hilaridad jocosa fue interrumpida por un «Buenas noches» (así, en español) con marcado acento oriental. Aquel rato de charla, interrumpido en un momento de hilaridad álgida fue. Al alzar la mirada ambos al unísono, viéronla. Era ella, sí, mademoiselle Takanaka. Iba acompañada por un elegante caballero. «Buenas tardes o, más bien, como usted dice, noches», dijo Armando, «pues ya deben de ser... sí, ya son las nueve». Armando dijo esto último («...sí, ya son las nueve») tras un rápido vistazo a su reloj de pulsera. Por su parte, la sorprendida Carla se limitó a decir: «Hola». Más no tan sólo esa súbita aparición («¡Takanaka!», pensó) sorprendió a Carla, sino la vestimenta de la japonesa. Lucía Takanaka un lujoso kimono azul de seda natural, con bellos estampados áureos y purpúreos. De porcelana policroma de tamaño natural (viva) Takanaka parecía. Lo dorado y lo rojo purpurino sobre el intenso azur: ese kimono ahí de Takanaka. Ese kimono allí de Takanaka: estampado feliz de florecillas. Y Carla sólo pudo decir hola. El caballero acompañante vestía frac. Era alto y delgado. Su rostro, de muy pronunciadas facciones. Su mirada, intensa. Sus ojos, negros. Sus manos, grandes. Fumaba cigarrillo con boquilla. Su sonrisa era rara, se contraía en un extraño rictus. Llevaba el pelo negro muy engominado. Dijo: «Buenas noches, yo soy Ker, duque de los topacios». Armando y Carla se levantaron. Armando estrechó la mano del duque; éste besó la mano de Carla; a ésta casi le dio la risa, pero se contuvo. Ker se había presentado «Buenas noches, yo soy Ker, duque de los topacios» en un castellano con marcado acento quién sabe de qué país. Acento francés no parecía ser. «Íbamos, mademoiselle Takanaka y yo», dijo el duque, «a ver los cuadros cubistas, para intentar entender esa pintura extraña tan famosa». Tras cruzar breves palabras, acordaron ir juntos a ver los cuadros cubistas las dos parejas, y Carla iba hablando con Takanaka y Armando con Ker. Takanaka y Carla juntas iban, la primera algo más alta que la segunda. Armando y Ker, misma alta estatura ambos. Antes ya Carla y Armando habían echado un vistazo a esas pinturas cubistas, como el lector quizá recuerde. Costó encontrar los cuadros cubistas en aquel laberinto de salas. Laberíntico entramado de salas: de ahora o de otrora, los visitantes, no muchos, deambulaban. O se detenían ante los cuadros, a veces con los brazos cruzados o gesticulando para potenciar sus improvisaciones críticas. No muchos: aún la mayoría se agolparían ávidos en torno a las viandas dulces, a los dulces vinos. Y al fin ya allí localizaron ellos cuatro (Carla Takanaka Armando Ker) los herméticos cuadros cubistas: entramados geométricos rectas curvas ángulos luces sombras donde, confusamente, adivinábanse figuraciones. Cubismo de 1910 o 11 o 12 muy picassiano. Pero cada artista ponía su yo personal. «El cubismo es destructivo, destruye la belleza natural», dijo el duque. «Cubismo no es arte», dijo Takanaka, «el arte es bonito, cubismo muy feo». «Es como la visión de un extraterrestre», dijo Armando, «con un sentido visual distinto al nuestro». «A mí», dijo Carla, «no me gustaba el cubismo cuando quería entenderlo; pero luego me dijeron que uno no tiene por qué entender el arte... y mirando así el cubismo, sí que me gusta». «¿Le gusta esto?, ¡si es una locura!», dijo Takanaka. «¿Por qué va a ser una locura?», dijo Carla, «hay ritmo, como en el jazz; y mire, ¿no ve aquí una cara?, y esto es un árbol... es verdad que, una vez que ves la cara o el árbol, siguen siendo una cara rara o un árbol raro; pero también en los tebeos humorísticos las caras y los árboles y lo que sea son raros, pero son unos dibujos muy bonitos». Ella accionaba con las manos al hablar. Movía Carla sus manos leves, y el duque observó, en la mano derecha de la joven, el áureo anillo, la alianza de oro. A punto ya de pronunciar “mademoiselle” viró a “madame” el duque al ver ese dorado símbolo. «Madame, lamento decirle que su comparación no es del todo feliz», dijo Ker, «ya que los tebeos de humor distan mucho de ser arte». «No estoy de acuerdo», dijo alguien antes de que contestara Carla. Miraron (Carla Takanaka Armando Ker) y vieron, alta, delgada y de fuerte complexión, a la mujer (pues la voz era de mujer, una voz grave de mujer) que había opinado. Vestía de forma sobria y elegante, con falda larga. Iba toda vestida de negro. «¡Petra!», dijo Carla, dando alegre entonación a su exclamación espontánea. En efecto, era Petra, e iba acompañada de Pierre, el blanco, longo pierrot. Ker y Takanaka no tuvieron que ser presentados o presentarse, ya que al parecer ellos y la pareja de recién llegados, Petra y Pierre, ya se conocían de antes. Dijo Petra: «Irrumpí diciendo que no estaba de acuerdo, y ahora os diré por qué lo dije; los tebeos, de humor o “en serio”, son arte». Ker, el duque de los topacios, nada dijo, limitándose a sonreír con despectiva irónica desdeñosa sonrisa. «¿Cuáles son sus tebeos preferidos?», le preguntó a Petra una Carla de inocente expresión, pues Carla no había perdido el hálito infantil, aliento esperanzador que permite captar la esencia más allá de lo prosaico. «Mis tebeos preferidos», dijo Petra, «son los de la editorial Bruguera; todos esos personejes... Carioco, Carpanta, Gordito Relleno y todos los demás; y también el TBO propiamente dicho». Se asombró Carla de cómo los gustos de Petra coincidían con los suyos, y todavía más cuando la de negro añadió: «Otro es Mundo Futuro». Con entusiasmo, Carla exclamó: «¡Coincido en todo, yo hubiera contestado lo mismo!». «Sí», dijo el duque de los topacios, «mejor entusiasmarse con la nostalgia de los tebeos, ya que poco pueden exaltar el ánimo los cuadros cubistas aquí expuestos». «Cual otro arte», dijo Petra, «el arte cubista puede exaltar el ánimo; pero para ello es necesario sensibilizar antes el espíritu; sólo un espíritu afinado puede captar este arte. Con el cubismo, Picasso mostró una gran riqueza de genio, y los cubistas que aquí vemos se nutren de esa riqueza. Con el cubismo llegó una belleza nueva, pero pocos fueron y son capaces de reconocer esta belleza». Y, mientras Petra decía esto, allí frente a ellos aquellas construcciones de rara geometría plana poliédrica donde podían adivinarse, más o menos oscuramente, transmutados ecos de natura. Construcciones allí árboles cilindros casas cuadrados cubos rostros poliedros de un lado y del otro arriba abajo ritmo claroscuro libre pero necesario los ocres los grises y los verdes sobre todo mas aquí y allá también lo azul lo rojo y esa rara transmutación Petra nariz aguileña comprendía mirada intensa añosas facciones férreas mirada intensa vigorosa; y Mundo Futuro (El Mundo Futuro, en verdad, pero el “El” destacaba poco) era un tebeo; y como el “El” destacaba poco, Carla decía «deme Mundo Futuro», y siempre lo llamó ya Mundo Futuro y Petra dijo también Mundo Futuro. «Y es que ella soy yo», pensó Carla, «porque Petra es Carla Primera, que ha venido a París desde el futuro». [En la luna melíflua (¿y cómo es eso?: París, exposición antigua ellos están) estaban: Carla Armando esa vida sueño viviendo buhardilla mundo a la carta oh, vida sana y abundante; oh, vida ahí como escaparate es cierto. Oh, vida con apetito una buena botella de vino Carla mujer y Armando hombre. Oh ese “oh” sin signo de apertura sin signo de cierre admirativo exclamativo como payasete silente. Oh “oh” no enfático o enfático amortiguado como cónico grito susurrado de un arlequín de un payaso gente de antaño y era 1971.] Y, entonces, una subrepticia mirada de Ker a Carla avivó en el duque una aristocrática decadente lujuria antigua, mas los otros no lo percibieron. Carla (su belleza) soliviantó el deseo irreflexivo del duque decadente. Ker miró a uno y otro lado, con cierto nerviosismo, como temeroso de que alguien pudiera estar observando sus más ocultos pensamientos. Y vio Ker en Carla algo puro, como un día primaveral, y sintió un deseo ávido de viciar esa pureza aspirando esa fragancia, de incendiar aquel pasaje, de embriagarse en esos labios, febrilmente. Y el anillo dorado, aquel símbolo áureo, la alianza de oro, aún más estimulaba la pasión lasciva de Ker. «Esta plebeya ha de ser mía, y esta noche», pensó el de los topacios en su idioma. El alma del duque (a la certeza sensible esto invisible, claro) era de un gris sucio, mugriento. La vida aquí en París del duque había sido un despilfarro, una carrera orgiástica. Émulo del tal Tenorio y los de su calaña, a las mujeres despreciaba. Noble, según decía, de nacimiento, no era hombre de honor. Desdeñaba la virtud, el vicio amaba. Venía de no se donde y caminaba sin rumbo fijo, esclavo del placer. ¡Y quién sabe de donde procedía su fortuna! (una mediana fortuna). Lo amoral puede residir en cualquier estamento. Aquí (él) en el estrato noble (aún siendo abyecto), pues era duque, o eso decía Ker, igual se lo había inventado todo, no me extrañaría nada (a mí: yo, este no tan omnisciente narrador). Carla era, para Ker, nuevo capricho, un nuevo “negocio concupiscente”, como decía él, el de los topacios. Los otros cinco hablaban, comentaban una pintura cubista, y él, Ker, fingía que escuchaba, ajeno, indiferente a sus palabras. Y el duque miraba a Carla como si lo hiciera a través del ojo de una cerradura, o de rendija, pero ninguno de los otros captaba esa aviesa mirada. Miraba él como quien escucha, como quien acerca la oreja a una puerta.